9 de noviembre 2017    /   IDEAS
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¿Existe discriminación contra los fumadores?

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La consultora japonesa Piala Inc. abordó el problema del tabaquismo en el trabajo usando, como instrumento, la envidia. Decidió que los empleados que no fuman contarán con seis días más de vacaciones y a algunos de los adictos a la nicotina se les atragantó el humo: cuatro de ellos, según contó la empresa a The New York Times, dejaron de fumar a partir de entonces.

La medida nació de la queja de los trabajadores sanos. Se revelaron porque los fumadores se escapaban varias veces al día para repostar y, sin embargo, luego, al final de la jornada, salían a la misma hora que el resto. Las características de las oficinas, además, obligan a que los empleados tengan que bajar hasta el sótano desde la planta 29, con lo que cada dosis de nicotina los obliga a ausentarse unos 15 minutos.

El jefe reflexionó y decidió regalar seis días de descanso. Es una iniciativa que premia el no fumar, es decir, que mantiene las condiciones iniciales de todos los trabajadores pero incentiva a una parte. Sin embargo, existen empresas donde se han articulado medidas punitivas que, según cómo se lean, pueden suponer una discriminación. Algunas entidades directamente no contratan fumadores, como la Clínica Cleveland, mencionada en el mismo también en The New York Times.

Hay otras iniciativas invasivas: cobrar más a los fumadores por las coberturas médicas, e incluso, desde hace unos años, algunas voces plantean que los fumadores, los bebedores o los gordos queden excluidos del sistema nacional de salud porque consideran que son responsables de su mal y, por tanto, no tienen derecho a consumir dinero de las arcas públicas.

¿Se está produciendo una acción discriminatoria contra los fumadores? ¿Deben ser castigados por su vicio aunque se preocupen de no afectar con el humo a quienes no quieren intoxicarse? ¿Hay otros vicios invisibles que no afectan a la productividad pero están aceptados?

 

¿Es el tabaco el único vicio que afecta a la productividad?

La justificación para medidas incentivadoras como las de Piala Inc. o para las discriminatorias de otras empresas radica en la productividad: perder tiempo para salir a fumar hace que se trabaje menos. Fumar es una adicción legal, pero recibe cada vez una condena social mayor porque entra en colisión con la cultura del cuidado, la preocupación por el físico y la vida saludable.

Hay otras adicciones no toxicológicas que, sin embargo, se despliegan en horas de trabajo y afectan al ritmo de las tareas: por ejemplo, el enganche a las redes sociales o al teléfono móvil. Es un vicio, pero no se califica en su gravedad: está aceptado, como antaño el tabaco.

La única forma efectiva y no discriminatoria de valorar la afectación a la productividad del tabaquismo sería midiendo los objetivos cumplidos por cada trabajador. En este sentido, tomarse pequeños descansos no implica por sí mismo una merma en el rendimiento.

Hay técnicas de concentración que abogan por dividir el tiempo en periodos activos e inactivos. La concentración se agota y si la mente no reposa, no resetea la máquina y corre el riesgo de caer en un estado de dispersión pegajoso y difícil de sobrellevar (esta dispersión continua, por cierto, es la que provoca la continua visualización de redes sociales o contenidos web). Nada impide que un fumador llegue con las neuronas más chispeantes tras dedicar cinco minutos o diez a inhalar humo y contemplar la calle.

Es cierto que el acceso a redes se bloquea en algunas oficinas, cosa que también genera debate. Miguel Pereira, asesor digital de Mahou o L’Oreal, explicó a El País que la mejor medida era «no bloquear nada a no ser que se haya detectado y cuantificado un problema de distracción inasumible. E incluso así, la solución no está en prohibir sino en formar al empleado». Es decir, huir de la brocha gorda. «La opción paternalista de vigilar al trabajador está obsoleta», añadía Pereira.

 

¿Expulsar a los fumadores del sistema sanitario?

Las voces que piden profundizar en el arrinconamiento tocan extremos preocupantes. Algunos han llegado a plantear en Reino Unido que los fumadores, al igual que los obsesos y los bebedores, no reciban cobertura por parte de los servicios públicos de salud. En esa órbita, en 2016, el EISMD (Instituto europeo para las ciencias, los medios y la democracia) lanzó la siguiente pregunta: «¿El acceso al cuidado de la salud gratuito debe dársele a todos, independientemente de sus elecciones en estilos de vida?».

El debate nace de las presuntas dificultades de sostenibilidad económica del sistema. Gravita una idea peligrosa: los fumadores o los gordos (caso más grave todavía) son los responsables de sus enfermedades porque eligen mantener hábitos no saludables de vida. Es la traslación al ámbito de la salud de esa tautología que atribuye al individuo la culpa de sus propios males: ellos escogen suponer una carga para las arcas públicas.

Sin embargo, un estudio de la catedrática de Economía Beatriz González, Análisis económico de los estilos de vida: externalidades y coste social, planteaba que los fumadores, en realidad, aportan más dinero al Estado que los no fumadores. A través de los impuestos de las cajetillas, engordan el bolsillo público y, además, viven menos y consumen menos jubilaciones y recursos por enfermedad prolongada.

Apoyado en una cultura que ve en el cuidado del cuerpo un acto de responsabilidad moral y social, podría abrirse la puerta a discriminaciones y estigmatizaciones contra los más desfavorecidos que no se habrían tolerado en las últimas décadas. El tabaquismo, el alcoholismo y la obesidad son signos de pobreza y de clase social baja. Medidas así generarían un apartheid sanitario y laboral contra los más precarios y pobres: también hay ricos o clases medias fumadoras, alcohólicas, drogadictas u obesas, pero tienen seguros privados y dinero suficiente para tratarse, o para contratar médicos, coachers o hipnotistas que les ayuden a despegarse de la nicotina.

¿Qué tiempo o ánimo le queda a una señora que limpia casas durante diez horas al día (o a un camionero que solo se detiene para dormir) para hacer running, crossfit, spinning o implicarse en el proceso de ansiedad que requiere abandonar el tabaco? Entonces, ¿es la exigencia de autocuidado a este nivel una discriminación moderna, encubierta?

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La medida nació de la queja de los trabajadores sanos. Se revelaron porque los fumadores se escapaban varias veces al día para repostar y, sin embargo, luego, al final de la jornada, salían a la misma hora que el resto. Las características de las oficinas, además, obligan a que los empleados tengan que bajar hasta el sótano desde la planta 29, con lo que cada dosis de nicotina los obliga a ausentarse unos 15 minutos.

El jefe reflexionó y decidió regalar seis días de descanso. Es una iniciativa que premia el no fumar, es decir, que mantiene las condiciones iniciales de todos los trabajadores pero incentiva a una parte. Sin embargo, existen empresas donde se han articulado medidas punitivas que, según cómo se lean, pueden suponer una discriminación. Algunas entidades directamente no contratan fumadores, como la Clínica Cleveland, mencionada en el mismo también en The New York Times.

Hay otras iniciativas invasivas: cobrar más a los fumadores por las coberturas médicas, e incluso, desde hace unos años, algunas voces plantean que los fumadores, los bebedores o los gordos queden excluidos del sistema nacional de salud porque consideran que son responsables de su mal y, por tanto, no tienen derecho a consumir dinero de las arcas públicas.

¿Se está produciendo una acción discriminatoria contra los fumadores? ¿Deben ser castigados por su vicio aunque se preocupen de no afectar con el humo a quienes no quieren intoxicarse? ¿Hay otros vicios invisibles que no afectan a la productividad pero están aceptados?

 

¿Es el tabaco el único vicio que afecta a la productividad?

La justificación para medidas incentivadoras como las de Piala Inc. o para las discriminatorias de otras empresas radica en la productividad: perder tiempo para salir a fumar hace que se trabaje menos. Fumar es una adicción legal, pero recibe cada vez una condena social mayor porque entra en colisión con la cultura del cuidado, la preocupación por el físico y la vida saludable.

Hay otras adicciones no toxicológicas que, sin embargo, se despliegan en horas de trabajo y afectan al ritmo de las tareas: por ejemplo, el enganche a las redes sociales o al teléfono móvil. Es un vicio, pero no se califica en su gravedad: está aceptado, como antaño el tabaco.

La única forma efectiva y no discriminatoria de valorar la afectación a la productividad del tabaquismo sería midiendo los objetivos cumplidos por cada trabajador. En este sentido, tomarse pequeños descansos no implica por sí mismo una merma en el rendimiento.

Hay técnicas de concentración que abogan por dividir el tiempo en periodos activos e inactivos. La concentración se agota y si la mente no reposa, no resetea la máquina y corre el riesgo de caer en un estado de dispersión pegajoso y difícil de sobrellevar (esta dispersión continua, por cierto, es la que provoca la continua visualización de redes sociales o contenidos web). Nada impide que un fumador llegue con las neuronas más chispeantes tras dedicar cinco minutos o diez a inhalar humo y contemplar la calle.

Es cierto que el acceso a redes se bloquea en algunas oficinas, cosa que también genera debate. Miguel Pereira, asesor digital de Mahou o L’Oreal, explicó a El País que la mejor medida era «no bloquear nada a no ser que se haya detectado y cuantificado un problema de distracción inasumible. E incluso así, la solución no está en prohibir sino en formar al empleado». Es decir, huir de la brocha gorda. «La opción paternalista de vigilar al trabajador está obsoleta», añadía Pereira.

 

¿Expulsar a los fumadores del sistema sanitario?

Las voces que piden profundizar en el arrinconamiento tocan extremos preocupantes. Algunos han llegado a plantear en Reino Unido que los fumadores, al igual que los obsesos y los bebedores, no reciban cobertura por parte de los servicios públicos de salud. En esa órbita, en 2016, el EISMD (Instituto europeo para las ciencias, los medios y la democracia) lanzó la siguiente pregunta: «¿El acceso al cuidado de la salud gratuito debe dársele a todos, independientemente de sus elecciones en estilos de vida?».

El debate nace de las presuntas dificultades de sostenibilidad económica del sistema. Gravita una idea peligrosa: los fumadores o los gordos (caso más grave todavía) son los responsables de sus enfermedades porque eligen mantener hábitos no saludables de vida. Es la traslación al ámbito de la salud de esa tautología que atribuye al individuo la culpa de sus propios males: ellos escogen suponer una carga para las arcas públicas.

Sin embargo, un estudio de la catedrática de Economía Beatriz González, Análisis económico de los estilos de vida: externalidades y coste social, planteaba que los fumadores, en realidad, aportan más dinero al Estado que los no fumadores. A través de los impuestos de las cajetillas, engordan el bolsillo público y, además, viven menos y consumen menos jubilaciones y recursos por enfermedad prolongada.

Apoyado en una cultura que ve en el cuidado del cuerpo un acto de responsabilidad moral y social, podría abrirse la puerta a discriminaciones y estigmatizaciones contra los más desfavorecidos que no se habrían tolerado en las últimas décadas. El tabaquismo, el alcoholismo y la obesidad son signos de pobreza y de clase social baja. Medidas así generarían un apartheid sanitario y laboral contra los más precarios y pobres: también hay ricos o clases medias fumadoras, alcohólicas, drogadictas u obesas, pero tienen seguros privados y dinero suficiente para tratarse, o para contratar médicos, coachers o hipnotistas que les ayuden a despegarse de la nicotina.

¿Qué tiempo o ánimo le queda a una señora que limpia casas durante diez horas al día (o a un camionero que solo se detiene para dormir) para hacer running, crossfit, spinning o implicarse en el proceso de ansiedad que requiere abandonar el tabaco? Entonces, ¿es la exigencia de autocuidado a este nivel una discriminación moderna, encubierta?

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Opiniones 2
  • Aconsejo a Esteban que antes de escribir sobre un tema se informe algo más. De entrada hace muchos años que no se utiliza la palabra vicio para hablar de una adicción como la del tabaco. Segundo, en qué se basa para decir que las redes sociales son un vicio cuando ni los expertos se ponen de acuerdo en si pueden ser o no representativos de una adicción. Tercero, el tabaco es el único producto que utilizado como dice el fabricante mata, pero no sólo mata a quien lo usa directamente sino al que lo hace pasivamente. Por último, comparar la necesidad del autocuidado con fumar, te recuerdo que una adicción, me hace sospechar que fumas. Te aconsejo que lo dejes y que visites una unidad de oncología, allí sí que hay ansiedad pero por seguir viviendo

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