13 de junio 2017    /   IDEAS
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Las ventajas de decir «lo siento» aunque sea mentira

13 de junio 2017    /   IDEAS     por          
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Decir «lo siento» es una de las herramientas dialécticas más poderosas jamás forjadas. Solo dos palabras (o una, dependiendo del idioma en cuestión).

Sorry
Entschuldigung
Desolé
Scusa
извините

Cuanto usted tenga la absoluta certeza de que le asiste la razón y cuando no abrigue la menor duda acerca de que no tuvo la culpa de este o aquel incidente, entonces diga sonoramente:

Lo siento.

La pronunciación es importante, así como el tono. La frase ha de estar libre de titubeos, como si brotara directamente de su conciencia, pura y cristalina como una fuente de aguas con mineralización débil.

O escriba un mensaje de WhatsApp acompañado del correspondiente emoji con lágrimas de cocodrilo. Si decide redactar una carta a mano, hágalo con caligrafía ampulosa y elaborada. Elija un papel adecuado, poroso, de color marfil y un gramaje sólido, e inicie la epístola con un «Perdóname, por favor»; después desarrolle los argumentos (que usted sabe que son falsos) que le hacen suplicar la disculpa, y termine con la sentencia que nos ocupa. La ventaja de excusarse por escrito es que queda constancia de ello, ya que los bits se los lleva el viento digital y las palabras se borran de la memoria o, peor aún, se distorsionan con el tiempo.

Decir «lo siento» nos deparará muchas más ventajas y recompensas que decir lo contrario: «Pídeme perdón». Por más que sepamos en nuestro fuero interno que efectivamente, quien tiene que disculparse es la otra persona, obtendremos de inmediato una superioridad moral que podremos emplear más adelante a nuestra conveniencia.

Comparto este conocimiento con ustedes, no para que lo difundan, porque ello nos perjudicaría a todos, especialmente a mí, sino para que lo atesoren. Utilícenlo cuando sea necesario, pero con precaución y sin excesos, así que tenga cuidado con la ironía.

Discúlpese ante su pareja.

Cariño, perdóname, por favor. La culpa ha sido mía. Debí haber tenido más tacto y no irrumpir en el dormitorio sin llamar, así no te habría sorprendido practicando una felación al apuesto vecino del tercero.

O ante su jefe.

Discúlpeme, señor De La Riva. He cometido un error que no volverá a repetirse. Y le agradezco mucho que me lo haya señalado, eso me hará ser mejor y más eficiente. Terminar el informe con dos días de adelanto ha sido sin duda una torpeza por mi parte.

O ante su suegra.

Perdóname, Mari Puri. Nunca debí haberte regalado ese bolso de setecientos euros cuando sabes que soy mileurista, solo para granjearme tu afecto.

El hecho de pedir perdón por algo de lo que sabemos que somos inocentes, pero conocedores del efecto que ello tendrá, nos provoca una sonrisa interior que se extiende sobre nuestro ánimo como un bálsamo. Pero cuídese bien de que sea interior; si la otra persona descubre la treta, las consecuencias serán catastróficas y ni siquiera nos libraremos de ellas diciendo repetidamente «Lo siento», mientras una hilaridad descontrolada se apodera de nuestras facciones.

Le pido disculpas si este artículo ha podido herir su sensibilidad. Lo siento, no era mi intención.

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Lo siento.

La pronunciación es importante, así como el tono. La frase ha de estar libre de titubeos, como si brotara directamente de su conciencia, pura y cristalina como una fuente de aguas con mineralización débil.

O escriba un mensaje de WhatsApp acompañado del correspondiente emoji con lágrimas de cocodrilo. Si decide redactar una carta a mano, hágalo con caligrafía ampulosa y elaborada. Elija un papel adecuado, poroso, de color marfil y un gramaje sólido, e inicie la epístola con un «Perdóname, por favor»; después desarrolle los argumentos (que usted sabe que son falsos) que le hacen suplicar la disculpa, y termine con la sentencia que nos ocupa. La ventaja de excusarse por escrito es que queda constancia de ello, ya que los bits se los lleva el viento digital y las palabras se borran de la memoria o, peor aún, se distorsionan con el tiempo.

Decir «lo siento» nos deparará muchas más ventajas y recompensas que decir lo contrario: «Pídeme perdón». Por más que sepamos en nuestro fuero interno que efectivamente, quien tiene que disculparse es la otra persona, obtendremos de inmediato una superioridad moral que podremos emplear más adelante a nuestra conveniencia.

Comparto este conocimiento con ustedes, no para que lo difundan, porque ello nos perjudicaría a todos, especialmente a mí, sino para que lo atesoren. Utilícenlo cuando sea necesario, pero con precaución y sin excesos, así que tenga cuidado con la ironía.

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Cariño, perdóname, por favor. La culpa ha sido mía. Debí haber tenido más tacto y no irrumpir en el dormitorio sin llamar, así no te habría sorprendido practicando una felación al apuesto vecino del tercero.

O ante su jefe.

Discúlpeme, señor De La Riva. He cometido un error que no volverá a repetirse. Y le agradezco mucho que me lo haya señalado, eso me hará ser mejor y más eficiente. Terminar el informe con dos días de adelanto ha sido sin duda una torpeza por mi parte.

O ante su suegra.

Perdóname, Mari Puri. Nunca debí haberte regalado ese bolso de setecientos euros cuando sabes que soy mileurista, solo para granjearme tu afecto.

El hecho de pedir perdón por algo de lo que sabemos que somos inocentes, pero conocedores del efecto que ello tendrá, nos provoca una sonrisa interior que se extiende sobre nuestro ánimo como un bálsamo. Pero cuídese bien de que sea interior; si la otra persona descubre la treta, las consecuencias serán catastróficas y ni siquiera nos libraremos de ellas diciendo repetidamente «Lo siento», mientras una hilaridad descontrolada se apodera de nuestras facciones.

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