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25 de agosto 2015    /   CREATIVIDAD
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Dismaland: Así es el parque temático de Banksy por dentro

25 de agosto 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Con cuidado de no tocar el agua verdosa del estanque, los turistas se hacen fotos con el furgón policial, reconvertido para la ocasión en fuente y tobogán. Es inevitable plantearse la cuestión que siempre perseguirá a Banksy. ¿Hasta qué punto está el antisistema dentro del sistema? ¿Hasta qué punto se puede ser reivindicativo cuando tus obras se convierten en objetos de subasta?
La respuesta que el artista plantea es Dismaland: un parque temático y exhibición de arte en forma de Disneyland desconchada que no elude sus contradicciones sino que las abraza con fuerza. Tal y como la define su creador, es una «exposición de arte, entretenimiento e iniciación al anarquismo» en la que todo juega a favor de la obra.

Dismaland no puede defraudar porque promete precisamente eso (en inglés, dismal es aquello que nos hace sentir mal o que resulta penoso). El parque está en Weston-super-Mare, en el suroeste de Inglaterra, cerca de Bristol, la ciudad donde el artista se labró su nombre.
La localización es perfecta: cutre, gris y decadente en el sentido más triste del término. Hace años, esto era una piscina, pero salta a la vista que fue hace mucho tiempo. Esa atmósfera de abandono es resaltada por una música hawaiana estridente y unos empleados, siempre con sus orejitas de plástico, que se pasean arrastrando los pies y su mejor cara de «odio este trabajo, este parque y esta vida».
Se han cubierto bien las espaldas. Pesos pesados como Damien Hirst o el grafitero Lush aportan piezas a una colección que incluye más de 50 artistas de 17 países, entre los que se cuentan los españoles Escif y Paco Pomet.
También se pueden ver cortos contudentes como el ya clásico El empleo y, para redondear la jugada, grupos como Massive Attack o Pussy Riot tocarán el 25 de septiembre. La entrada cuesta 3 libras (unos cuatro euros) y abren todos los días durante las cinco semanas que dura el espectáculo.
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Lo primero que hacemos es pasar por unos peculiares controles de cartón, en los que todo parece haber sido dibujado con rotulador. Policías de mentira nos hacen preguntas absurdas, no muy lejanas de la realidad.
Nos dan ese panfleto, homenaje a los mejores-peores carteles de espectáculos cutres para turistas y, nada más entrar, vemos un castillo cochambroso y una estatua distorsionada de la sirenita. En el lago, o más bien el charco, hay una lechera para controlar manifestaciones.
La puesta en escena es puro Banksy: elementos cotidianos aparecen unidos a imágenes o conceptos reivindicativos. El conjunto pretende despertar una reflexión y, en el mejor de los casos, una llamada a la acción.
Ese punto de crítica constructiva queda representado en los puestos de organizaciones como ACORN. Uno de sus miembros, Matthew, aparece en las fotos de la exposición. «Es bueno que un artista use su fama para dar a conocer movimientos locales que, si no fuera por eso, no estarían en los medios», explica este voluntario. «En este caso me parece útil, alcanzamos nuevas audiencias. Otras veces, algunos artistas se acercan al activismo principalmente por estética y tienes que ser consciente de ese peligro. Pero no creo que sea el caso».
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«Esto es un intento de crear un día fuera con la familia distinto, uno que mande un mensaje más apropiado a la siguiente generación», escribe Banksy en la guía. «El cuento de hadas se ha acabado».
Especialmente traumático para los británicos más apegados a la corona, el castillo de Cenicienta esconde el puñetazo final a la promesa de ‘y fueron felices para siempre’. El carruaje de la princesa ha sufrido un accidente de tráfico. La habitación está a oscuras. La luz que vemos son los flashazos del ejército de paparazzi que retratan su cadáver, a apenas unos metros de distancia. Levantamos las cámaras… ahora nosotros también somos cómplices.
Así que no se sienta mal si de vez en cuando trata esto como «una aportación más a la crónica sobresaturación del mercado del ocio». Es parte de la gracia, se pueden hacer selfies en cualquier sitio (hay una zona designada especialmente para esto).
La idea es que no se quede solo en eso. «El arte no es un espejo en el que reflejar la realidad, sino un martillo con el que darle forma», escribe Banksy, citando a Bertolt Brecht. Según el grafitero, su parque plantea una pregunta: «¿Qué pasa si estás en una habitación llena de espejos y el martillo es gigante y de espuma?».
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Con cuidado de no tocar el agua verdosa del estanque, los turistas se hacen fotos con el furgón policial, reconvertido para la ocasión en fuente y tobogán. Es inevitable plantearse la cuestión que siempre perseguirá a Banksy. ¿Hasta qué punto está el antisistema dentro del sistema? ¿Hasta qué punto se puede ser reivindicativo cuando tus obras se convierten en objetos de subasta?
La respuesta que el artista plantea es Dismaland: un parque temático y exhibición de arte en forma de Disneyland desconchada que no elude sus contradicciones sino que las abraza con fuerza. Tal y como la define su creador, es una «exposición de arte, entretenimiento e iniciación al anarquismo» en la que todo juega a favor de la obra.

Dismaland no puede defraudar porque promete precisamente eso (en inglés, dismal es aquello que nos hace sentir mal o que resulta penoso). El parque está en Weston-super-Mare, en el suroeste de Inglaterra, cerca de Bristol, la ciudad donde el artista se labró su nombre.
La localización es perfecta: cutre, gris y decadente en el sentido más triste del término. Hace años, esto era una piscina, pero salta a la vista que fue hace mucho tiempo. Esa atmósfera de abandono es resaltada por una música hawaiana estridente y unos empleados, siempre con sus orejitas de plástico, que se pasean arrastrando los pies y su mejor cara de «odio este trabajo, este parque y esta vida».
Se han cubierto bien las espaldas. Pesos pesados como Damien Hirst o el grafitero Lush aportan piezas a una colección que incluye más de 50 artistas de 17 países, entre los que se cuentan los españoles Escif y Paco Pomet.
También se pueden ver cortos contudentes como el ya clásico El empleo y, para redondear la jugada, grupos como Massive Attack o Pussy Riot tocarán el 25 de septiembre. La entrada cuesta 3 libras (unos cuatro euros) y abren todos los días durante las cinco semanas que dura el espectáculo.
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Lo primero que hacemos es pasar por unos peculiares controles de cartón, en los que todo parece haber sido dibujado con rotulador. Policías de mentira nos hacen preguntas absurdas, no muy lejanas de la realidad.
Nos dan ese panfleto, homenaje a los mejores-peores carteles de espectáculos cutres para turistas y, nada más entrar, vemos un castillo cochambroso y una estatua distorsionada de la sirenita. En el lago, o más bien el charco, hay una lechera para controlar manifestaciones.
La puesta en escena es puro Banksy: elementos cotidianos aparecen unidos a imágenes o conceptos reivindicativos. El conjunto pretende despertar una reflexión y, en el mejor de los casos, una llamada a la acción.
Ese punto de crítica constructiva queda representado en los puestos de organizaciones como ACORN. Uno de sus miembros, Matthew, aparece en las fotos de la exposición. «Es bueno que un artista use su fama para dar a conocer movimientos locales que, si no fuera por eso, no estarían en los medios», explica este voluntario. «En este caso me parece útil, alcanzamos nuevas audiencias. Otras veces, algunos artistas se acercan al activismo principalmente por estética y tienes que ser consciente de ese peligro. Pero no creo que sea el caso».
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«Esto es un intento de crear un día fuera con la familia distinto, uno que mande un mensaje más apropiado a la siguiente generación», escribe Banksy en la guía. «El cuento de hadas se ha acabado».
Especialmente traumático para los británicos más apegados a la corona, el castillo de Cenicienta esconde el puñetazo final a la promesa de ‘y fueron felices para siempre’. El carruaje de la princesa ha sufrido un accidente de tráfico. La habitación está a oscuras. La luz que vemos son los flashazos del ejército de paparazzi que retratan su cadáver, a apenas unos metros de distancia. Levantamos las cámaras… ahora nosotros también somos cómplices.
Así que no se sienta mal si de vez en cuando trata esto como «una aportación más a la crónica sobresaturación del mercado del ocio». Es parte de la gracia, se pueden hacer selfies en cualquier sitio (hay una zona designada especialmente para esto).
La idea es que no se quede solo en eso. «El arte no es un espejo en el que reflejar la realidad, sino un martillo con el que darle forma», escribe Banksy, citando a Bertolt Brecht. Según el grafitero, su parque plantea una pregunta: «¿Qué pasa si estás en una habitación llena de espejos y el martillo es gigante y de espuma?».
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