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Publicado: 29 de mayo 2024 11:09  /   BRANDED CONTENT
 

La longeva sana costumbre del amor propio

Publicado: 29 de mayo 2024 11:09  /   BRANDED CONTENT              
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El amor está muy bien, es bonito cuando encuentras pareja y compartes mimitos y arrumacos. Pero tampoco hay que dejar de lado el amor propio, el que nos damos a nosotros mismos y que puede ser tan intenso y satisfactorio como el que se hace entre dos.

Hablamos de la masturbación, claro, una práctica sexual tan vieja como la tos, que, en mayor o menor medida, todos hemos llevado a cabo alguna vez (y bien que lo hemos disfrutado). Según un estudio de 2022 realizado por Diversual, la tienda online de productos sexuales para adultos, sobre la masturbación en España, las personas con pene se masturban de media unas 3,73 veces por semana, siendo el periodo más intenso entre los 18 y los 24 años, con una media de 4,76 veces. Las personas con vulva lo hacen una media de 2,89 veces por semana, coincidiendo con las personas con pene en la edad de entre 18 y 24 años como el periodo más intenso, con una media de 2,92 veces. Así que sí, nos gusta querernos.

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Eso sí, no siempre ha tenido la buena fama que merece, quizá debido a que en las culturas más conservadoras la sexualidad estaba asociada a la reproducción, y lo de entregarse al onanismo, placentero sí (y mucho), pero muy reproductivo no es.

Un inciso antes de seguir: lo de onanismo viene de Onán, un personaje bíblico del Génesis al que Dios fulminó por no querer dejar embarazada a su cuñada, con la que se casó al morir su hermano. Según la ley judía, el primer hijo que engendrara con su cuñada sería considerado hijo tardío del difunto, heredando todo lo del fallecido y desplazando en la sucesión a su padre biológico. Y como Onán no estaba dispuesto a perder sus derechos, lo que hacía era eyacular sobre la tierra cuando se acostaba con su cuñada-esposa. Así que, más que masturbarse, lo que hacía Onán era un coitus interruptus, pero como ambas prácticas están mal vistas por la religión, pues ya estaría.

No los llames mitos, llámalos bulos

Son muchos los mitos (mejor llamémoslos bulos) que han circulado tradicionalmente alrededor de esta práctica sexual. Que si no es sexo verdadero, sino un sucedáneo; que si no te puedes masturbar cuando tienes pareja porque le estarías haciendo un feo; que si te puede quitar el sueño si te tocas por la noche… De entre todos ellos hay dos que se llevan el número 1 de la estupidez: si te masturbas te salen granos (esta, para cualquier género) y, doblamos la apuesta, si te masturbas (y eres hombre) te quedas ciego.

Esta última tontería, sin ninguna validez científica, como la anterior, tiene su origen en Aristóteles, que creía que el semen se almacenaba cerca de los ojos. Y claro, si eyaculabas más de lo que la moral exigía, tanto vaciar el depósito podía afectar a la visión. De hecho, en la Antigua Grecia, se creía que el hecho de expulsar fluidos corporales (y el semen es uno de ellos), provocaba que la cabeza se enfriara porque no le llegaba correctamente la sangre (no hace falta que te expliquemos en qué órgano se concentra, ¿no?) y, por tanto, corrías el peligro de quedarte ciego.

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Beneficios de entregarse al onanismo

La masturbación no solo es divertida y placentera, sino que aporta no pocos beneficios para la salud física y mental de las personas. Para empezar, es una práctica sexual segura: nada de ETS ni embarazos no deseados. Además, proporciona un autoconocimiento del cuerpo y del propio placer que luego vendrá más que estupendísimamente para tener una relación sexual satisfactoria con la pareja y pedirle que te toque o te estimule en ese sitio tan especial que tú ya sabes.

La masturbación lleva asociado el orgasmo. Y cuando llegas a él, liberas dopamina y otras hormonas como la serotonina que ayudan a reducir el estrés y a relajar los músculos, por lo que puede ser incluso un buen estimulador del sueño y un calmante del dolor natural. De hecho, hay expertos que recomiendan a las mujeres masturbarse cuando tienen la regla porque eso alivia los dolores menstruales.

A nivel físico, aumenta la circulación sanguínea y refuerza el suelo pélvico, ideal para evitar la incontinencia urinaria. Y si te obsesionan las arrugas de la piel, un buen orgasmo hace que liberemos DHEA, una hormona antienvejecimiento que también aporta beneficios al sistema inmune y a la salud cerebral.

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Los dildos de nuestros abuelos

Que los seres humanos disfrutamos del sexo a solas es algo que la historia se ha empeñado en demostrarnos. Y, además de las manos, sabemos por los restos arqueológicos encontrados que nuestros ancestros han usado dildos más o menos elaborados para su autoplacer y el de sus parejas, que podrían considerarse los tatarabuelos de esos juguetes estrella que se pueden encontrar en tiendas eróticas especializadas de hoy como Diversual.

El dildo más antiguo del mundo data del Paleolítico y lo encontraron unos científicos alemanes en las cuevas Hohle Fels situadas cerca de Suabia. Se trata de un falo de piedra perfectamente pulido de unos 20 cm de largo por tres de ancho.

En la Antigua Grecia, se recurría al olisbo, un dildo con forma de pene que podía encontrarse fabricado con distintos materiales: piedra, cera, cuero o madera, que sus usuarios lubricaban con aceite de oliva, y que, posteriormente, los romanos bautizaron como diletti.

El dildo se convirtió en vibrador en el siglo XIX. Y más que para el placer, los médicos los usaban con sus pacientes femeninas para tratar lo que ellos llamaban histeria. Tocarse una misma estaba feo, pero, oye, si te lo hacía el médico y, encima, era por tu bien, la cosa cambiaba.

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El inventor del vibrador fue el doctor Joseph Mortimer Granville en 1870. Y viendo el éxito que tenía entre sus pacientes mujeres aquel aparato electromecánico, la firma de electrodomésticos americana Hamilton Beach se lanzó a su fabricación en un formato más reducido. Todo para desestresar a sus queridas compañeras de vida (y sacar pasta, ya puestos). Como curiosidad, esos primeros vibradores fabricados en serie tenían el cabezal desmontable e intercambiable para poder ser usados, una vez calmados los furores uterinos, como batidora en la cocina. Si esto no es economía circular, yo ya no sé…

En 1965 Gosnell Duncan creó el primer dildo de silicona, un material mucho más resistente a los lavados y al calor que el caucho que se empleaba en sus predecesores. Entonces, estos juguetes sexuales no se consideraban juguetes, sino productos médicos que se vendían solo a parejas heterosexuales con problemas sexuales. Duncan creó el suyo después de sufrir un accidente que lo dejó parapléjico, como ayuda para personas con discapacidad.

Y así hasta llegar a los dildos y juguetes sexuales actuales, que ya no juegan solo con la forma fálica, y que han incorporado lo último de la tecnología a su diseño. En Diversual podrás encontrar una amplia gama de estos artilugios, además de otros productos destinados al placer entre adultos como preservativos, artículos para la práctica del BDSM, lencería, lubricantes y juegos eróticos de mesa y de cartas. Lo que sea para practicar el amor propio.

El amor está muy bien, es bonito cuando encuentras pareja y compartes mimitos y arrumacos. Pero tampoco hay que dejar de lado el amor propio, el que nos damos a nosotros mismos y que puede ser tan intenso y satisfactorio como el que se hace entre dos.

Hablamos de la masturbación, claro, una práctica sexual tan vieja como la tos, que, en mayor o menor medida, todos hemos llevado a cabo alguna vez (y bien que lo hemos disfrutado). Según un estudio de 2022 realizado por Diversual, la tienda online de productos sexuales para adultos, sobre la masturbación en España, las personas con pene se masturban de media unas 3,73 veces por semana, siendo el periodo más intenso entre los 18 y los 24 años, con una media de 4,76 veces. Las personas con vulva lo hacen una media de 2,89 veces por semana, coincidiendo con las personas con pene en la edad de entre 18 y 24 años como el periodo más intenso, con una media de 2,92 veces. Así que sí, nos gusta querernos.

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Eso sí, no siempre ha tenido la buena fama que merece, quizá debido a que en las culturas más conservadoras la sexualidad estaba asociada a la reproducción, y lo de entregarse al onanismo, placentero sí (y mucho), pero muy reproductivo no es.

Un inciso antes de seguir: lo de onanismo viene de Onán, un personaje bíblico del Génesis al que Dios fulminó por no querer dejar embarazada a su cuñada, con la que se casó al morir su hermano. Según la ley judía, el primer hijo que engendrara con su cuñada sería considerado hijo tardío del difunto, heredando todo lo del fallecido y desplazando en la sucesión a su padre biológico. Y como Onán no estaba dispuesto a perder sus derechos, lo que hacía era eyacular sobre la tierra cuando se acostaba con su cuñada-esposa. Así que, más que masturbarse, lo que hacía Onán era un coitus interruptus, pero como ambas prácticas están mal vistas por la religión, pues ya estaría.

No los llames mitos, llámalos bulos

Son muchos los mitos (mejor llamémoslos bulos) que han circulado tradicionalmente alrededor de esta práctica sexual. Que si no es sexo verdadero, sino un sucedáneo; que si no te puedes masturbar cuando tienes pareja porque le estarías haciendo un feo; que si te puede quitar el sueño si te tocas por la noche… De entre todos ellos hay dos que se llevan el número 1 de la estupidez: si te masturbas te salen granos (esta, para cualquier género) y, doblamos la apuesta, si te masturbas (y eres hombre) te quedas ciego.

Esta última tontería, sin ninguna validez científica, como la anterior, tiene su origen en Aristóteles, que creía que el semen se almacenaba cerca de los ojos. Y claro, si eyaculabas más de lo que la moral exigía, tanto vaciar el depósito podía afectar a la visión. De hecho, en la Antigua Grecia, se creía que el hecho de expulsar fluidos corporales (y el semen es uno de ellos), provocaba que la cabeza se enfriara porque no le llegaba correctamente la sangre (no hace falta que te expliquemos en qué órgano se concentra, ¿no?) y, por tanto, corrías el peligro de quedarte ciego.

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Beneficios de entregarse al onanismo

La masturbación no solo es divertida y placentera, sino que aporta no pocos beneficios para la salud física y mental de las personas. Para empezar, es una práctica sexual segura: nada de ETS ni embarazos no deseados. Además, proporciona un autoconocimiento del cuerpo y del propio placer que luego vendrá más que estupendísimamente para tener una relación sexual satisfactoria con la pareja y pedirle que te toque o te estimule en ese sitio tan especial que tú ya sabes.

La masturbación lleva asociado el orgasmo. Y cuando llegas a él, liberas dopamina y otras hormonas como la serotonina que ayudan a reducir el estrés y a relajar los músculos, por lo que puede ser incluso un buen estimulador del sueño y un calmante del dolor natural. De hecho, hay expertos que recomiendan a las mujeres masturbarse cuando tienen la regla porque eso alivia los dolores menstruales.

A nivel físico, aumenta la circulación sanguínea y refuerza el suelo pélvico, ideal para evitar la incontinencia urinaria. Y si te obsesionan las arrugas de la piel, un buen orgasmo hace que liberemos DHEA, una hormona antienvejecimiento que también aporta beneficios al sistema inmune y a la salud cerebral.

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Los dildos de nuestros abuelos

Que los seres humanos disfrutamos del sexo a solas es algo que la historia se ha empeñado en demostrarnos. Y, además de las manos, sabemos por los restos arqueológicos encontrados que nuestros ancestros han usado dildos más o menos elaborados para su autoplacer y el de sus parejas, que podrían considerarse los tatarabuelos de esos juguetes estrella que se pueden encontrar en tiendas eróticas especializadas de hoy como Diversual.

El dildo más antiguo del mundo data del Paleolítico y lo encontraron unos científicos alemanes en las cuevas Hohle Fels situadas cerca de Suabia. Se trata de un falo de piedra perfectamente pulido de unos 20 cm de largo por tres de ancho.

En la Antigua Grecia, se recurría al olisbo, un dildo con forma de pene que podía encontrarse fabricado con distintos materiales: piedra, cera, cuero o madera, que sus usuarios lubricaban con aceite de oliva, y que, posteriormente, los romanos bautizaron como diletti.

El dildo se convirtió en vibrador en el siglo XIX. Y más que para el placer, los médicos los usaban con sus pacientes femeninas para tratar lo que ellos llamaban histeria. Tocarse una misma estaba feo, pero, oye, si te lo hacía el médico y, encima, era por tu bien, la cosa cambiaba.

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El inventor del vibrador fue el doctor Joseph Mortimer Granville en 1870. Y viendo el éxito que tenía entre sus pacientes mujeres aquel aparato electromecánico, la firma de electrodomésticos americana Hamilton Beach se lanzó a su fabricación en un formato más reducido. Todo para desestresar a sus queridas compañeras de vida (y sacar pasta, ya puestos). Como curiosidad, esos primeros vibradores fabricados en serie tenían el cabezal desmontable e intercambiable para poder ser usados, una vez calmados los furores uterinos, como batidora en la cocina. Si esto no es economía circular, yo ya no sé…

En 1965 Gosnell Duncan creó el primer dildo de silicona, un material mucho más resistente a los lavados y al calor que el caucho que se empleaba en sus predecesores. Entonces, estos juguetes sexuales no se consideraban juguetes, sino productos médicos que se vendían solo a parejas heterosexuales con problemas sexuales. Duncan creó el suyo después de sufrir un accidente que lo dejó parapléjico, como ayuda para personas con discapacidad.

Y así hasta llegar a los dildos y juguetes sexuales actuales, que ya no juegan solo con la forma fálica, y que han incorporado lo último de la tecnología a su diseño. En Diversual podrás encontrar una amplia gama de estos artilugios, además de otros productos destinados al placer entre adultos como preservativos, artículos para la práctica del BDSM, lencería, lubricantes y juegos eróticos de mesa y de cartas. Lo que sea para practicar el amor propio.

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