23 de diciembre 2014    /   CREATIVIDAD
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Las historias secretas de los números

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Estamos acostumbrados a describirla con palabras, pero la realidad se reduce a un puñado de números. Por sí solos no dicen nada, hay que amasarlos y darles forma, como quien junta letras para crear palabras. Hay que macerarlos en un contexto, como quien mezcla palabras hasta parir un relato. Hay que compararlos, analizarlos y finalmente traducirlos, porque seamos claros, los números son más difíciles de amasar que las letras.
Las historias que esconden los números han sido un misterio para la humanidad hasta hace poco, un relato escondido que esperaba a ser descubierto. En el siglo XIX se empezaron a hacer encuestas, eminentemente políticas, que posteriormente fueron expandiéndose a otros ámbitos. Los números empezaban a hablarnos, pero aún guardaban muchos misterios. Ha sido en los últimos años, con la revolución que ha supuesto internet, cuando sus secretos han empezado a tornarse más accesibles. Infografistas y periodistas se han volcado en descifrar la acumulación masiva de datos, eso que ha venido a llamarse el Big Data. Pero los números son una materia prima susceptible de dar resultados variopintos, y pueden contar historias de formas muy diversas.
Lifeline1
Domestic Data Streamers es un colectivo de desarrolladores catalanes que convierte los números en instalaciones. Amasan los datos para crear estadísticas y usarlas en sistemas interactivos y experiencias. «La mayor parte de los proyectos que hacemos son experimentos», comenta Pau García, uno de los integrantes de este colectivo. «Nosotros proponemos sistemas pero los resultados están siempre en manos de la gente; desconocemos lo que al final podemos obtener». Esta naturaleza incierta y su forma de actuar, siempre en tiempo real, hace que sus instalaciones sean esporádicas. Convierten lo intangible en físico durante un tiempo, como si se tratara de un hechizo, hasta que la instalación se desmonta y los números vuelven a desvanecerse en un mar de datos inconexos.
¿Cuándo quieres morir?
La vida es susceptible de ser contada a través de números. ¿A qué hora te levantas? ¿Cuántas calorías consumes en el desayuno? ¿Cuánto tiempo inviertes en ducharte?… ¿Cuándo quieres morir? Es una pregunta sencilla que requiere una respuesta igualmente simple. Un número, dos dígitos, tres para los más ambiciosos, que se resisten a salir de nuestros labios cuando nos lo preguntan. ¿Cuándo quieres morir? Esta fue la pregunta que formularon los integrantes de Domestic Data Streamers a más 1.200 personas. El resultado se plasmó en el DHUB de Barcelona, en una miríada de globos blancos y negros que flotaban atados a cuerdas de distinta longitud. Estas representaban la edad que habían elegido los entrevistados como la ideal para morir.
Lifeline2

Lifeline – Domestic Data Streamers from Les Palmiers on Vimeo.
«El espacio era infinito», explica García, «un sitio donde podías perder toda referencia espacial. Queríamos algo que desdibujase aún más esa realidad, algo que flotase alrededor tuyo». El ‘Domestic’ de Data Streamers hace referencia a los objetos con los que este colectivo representa los datos, decididamente costumbristas, así que la decisión de representar la vida y la muerte con cuerdas y globos pareció acertada desde un principio. Como narra García, «todo el mundo ha tenido un globo de helio entre sus manos y todo el mundo lo ha perdido alguna vez en el aire. Es una pérdida pequeña pero, al igual que la muerte, irreparable».
Más allá de la belleza plástica de esta instalación, Lifeline se convirtió en un experimento valioso por su valor sociológico. «Con una simple pregunta estábamos explorando aspectos muy interesantes sobre el ser humano», comenta García, «podíamos deducir mucha más información de la que la gente nos daba directamente; por ejemplo, saber si la persona era realista o no a partir de su respuesta. Pero donde encontramos riqueza es en la explicación que muchas personas dieron, en el discurso que se plantea uno mismo cuando te hacen una pregunta cuya respuesta va a ser representada públicamente».
Centrándonos en la estadística, Lifeline corroboró pensamientos que se podían intuir. Los más jóvenes tienden a querer vivir más años (entre 100 y 130), hasta que llegan a los 21-22, donde predomina una parte más realista y la gente no se plantea tanto la cantidad sino la calidad de vida, apuntando entre los 75 a los 85. A partir de los 45, la curva de la muerte va subiendo gradualmente y en correlación con el envejecimiento del público hasta los 90-95. También hay gente que se sale de las normas y tendencias. Hubo un hombre de 32 años que dijo que quería haber muerto con 17. «Se ve que no le había pasado nada interesante desde entonces», comenta García. También hubo mucha gente que fijó los 27 como edad límite, en un macabro guiño al club de los 27. Y un 12 % de la gente quería ser inmortal.
Optimismo, sexo y comida china
themoodtest3
No todos los trabajos de Domestic Data Streamers tienen un carácter tan oscuro y profundo. De hecho este colectivo se caracteriza por el positivismo y desenfado de sus intervenciones. La primera, que marcaría la pauta de las siguientes, tuvo lugar en un muro de la plaza de Tres Xemeneies, en Barcelona. The Mood Test consistía en una representación de los pensamientos, positivos y negativos de los viandantes de este espacio público, relacionándolos con la situación económica del entrevistado y el momento del día. Durante 24 horas, los integrantes de Domestic Data Streamers preguntaron a la gente y generaron una visualización de datos a tiempo real con sus respuestas, llegando a conclusiones como que las ocho de la mañana es la hora más deprimente, que las mujeres son más optimistas que los hombres o que el dinero, en estos asuntos, pinta más bien poco. Este año han vuelto a repetir la experiencia y tienen intención de volver a hacerlo cuando pasen otros 365 días.

Domestic Data Streamers- The mood test from Arnau Blanch on Vimeo.
Otra interesante instalación es la que propone Data Cuisine, un híbrido entre datos, sexo y gastronomía realizado en el marco del Open Data Cooking Workshop. «Lo del sexo era algo que teníamos pendiente y la mezcla nos sonó bien», asegura García. Los números se transformaron aquí en comida. Así unos tallarines mostraban cuánta gente tiene sexo en la primera cita, representando el género por colores, y distribuyendo los tallarines juntos (si tienen sexo) o separados (si no lo tienen). Unos dumplings podían estar rellenos de carne (hombres) o pescado (mujeres) y representar según su color si se trata de solteros o casados; y por la cantidad de sésamo y sal que tienen encima, la cantidad de sexo que practicaban.
datacuisine4
Domestic Data Streamers demuestra lo maleables que son las cifras en cada instalación. Los números en sus manos se convierten en agua, en arena, en tallarines fluorescentes o en globos de helio. Se traducen a un lenguaje cercano, bonito y fácil de asimilar. Próximamente los transformarán en tejidos e incluso en un corazón. Cualquier vehículo es válido para contar las historias secretas de los números.

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Estamos acostumbrados a describirla con palabras, pero la realidad se reduce a un puñado de números. Por sí solos no dicen nada, hay que amasarlos y darles forma, como quien junta letras para crear palabras. Hay que macerarlos en un contexto, como quien mezcla palabras hasta parir un relato. Hay que compararlos, analizarlos y finalmente traducirlos, porque seamos claros, los números son más difíciles de amasar que las letras.
Las historias que esconden los números han sido un misterio para la humanidad hasta hace poco, un relato escondido que esperaba a ser descubierto. En el siglo XIX se empezaron a hacer encuestas, eminentemente políticas, que posteriormente fueron expandiéndose a otros ámbitos. Los números empezaban a hablarnos, pero aún guardaban muchos misterios. Ha sido en los últimos años, con la revolución que ha supuesto internet, cuando sus secretos han empezado a tornarse más accesibles. Infografistas y periodistas se han volcado en descifrar la acumulación masiva de datos, eso que ha venido a llamarse el Big Data. Pero los números son una materia prima susceptible de dar resultados variopintos, y pueden contar historias de formas muy diversas.
Lifeline1
Domestic Data Streamers es un colectivo de desarrolladores catalanes que convierte los números en instalaciones. Amasan los datos para crear estadísticas y usarlas en sistemas interactivos y experiencias. «La mayor parte de los proyectos que hacemos son experimentos», comenta Pau García, uno de los integrantes de este colectivo. «Nosotros proponemos sistemas pero los resultados están siempre en manos de la gente; desconocemos lo que al final podemos obtener». Esta naturaleza incierta y su forma de actuar, siempre en tiempo real, hace que sus instalaciones sean esporádicas. Convierten lo intangible en físico durante un tiempo, como si se tratara de un hechizo, hasta que la instalación se desmonta y los números vuelven a desvanecerse en un mar de datos inconexos.
¿Cuándo quieres morir?
La vida es susceptible de ser contada a través de números. ¿A qué hora te levantas? ¿Cuántas calorías consumes en el desayuno? ¿Cuánto tiempo inviertes en ducharte?… ¿Cuándo quieres morir? Es una pregunta sencilla que requiere una respuesta igualmente simple. Un número, dos dígitos, tres para los más ambiciosos, que se resisten a salir de nuestros labios cuando nos lo preguntan. ¿Cuándo quieres morir? Esta fue la pregunta que formularon los integrantes de Domestic Data Streamers a más 1.200 personas. El resultado se plasmó en el DHUB de Barcelona, en una miríada de globos blancos y negros que flotaban atados a cuerdas de distinta longitud. Estas representaban la edad que habían elegido los entrevistados como la ideal para morir.
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Lifeline – Domestic Data Streamers from Les Palmiers on Vimeo.
«El espacio era infinito», explica García, «un sitio donde podías perder toda referencia espacial. Queríamos algo que desdibujase aún más esa realidad, algo que flotase alrededor tuyo». El ‘Domestic’ de Data Streamers hace referencia a los objetos con los que este colectivo representa los datos, decididamente costumbristas, así que la decisión de representar la vida y la muerte con cuerdas y globos pareció acertada desde un principio. Como narra García, «todo el mundo ha tenido un globo de helio entre sus manos y todo el mundo lo ha perdido alguna vez en el aire. Es una pérdida pequeña pero, al igual que la muerte, irreparable».
Más allá de la belleza plástica de esta instalación, Lifeline se convirtió en un experimento valioso por su valor sociológico. «Con una simple pregunta estábamos explorando aspectos muy interesantes sobre el ser humano», comenta García, «podíamos deducir mucha más información de la que la gente nos daba directamente; por ejemplo, saber si la persona era realista o no a partir de su respuesta. Pero donde encontramos riqueza es en la explicación que muchas personas dieron, en el discurso que se plantea uno mismo cuando te hacen una pregunta cuya respuesta va a ser representada públicamente».
Centrándonos en la estadística, Lifeline corroboró pensamientos que se podían intuir. Los más jóvenes tienden a querer vivir más años (entre 100 y 130), hasta que llegan a los 21-22, donde predomina una parte más realista y la gente no se plantea tanto la cantidad sino la calidad de vida, apuntando entre los 75 a los 85. A partir de los 45, la curva de la muerte va subiendo gradualmente y en correlación con el envejecimiento del público hasta los 90-95. También hay gente que se sale de las normas y tendencias. Hubo un hombre de 32 años que dijo que quería haber muerto con 17. «Se ve que no le había pasado nada interesante desde entonces», comenta García. También hubo mucha gente que fijó los 27 como edad límite, en un macabro guiño al club de los 27. Y un 12 % de la gente quería ser inmortal.
Optimismo, sexo y comida china
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No todos los trabajos de Domestic Data Streamers tienen un carácter tan oscuro y profundo. De hecho este colectivo se caracteriza por el positivismo y desenfado de sus intervenciones. La primera, que marcaría la pauta de las siguientes, tuvo lugar en un muro de la plaza de Tres Xemeneies, en Barcelona. The Mood Test consistía en una representación de los pensamientos, positivos y negativos de los viandantes de este espacio público, relacionándolos con la situación económica del entrevistado y el momento del día. Durante 24 horas, los integrantes de Domestic Data Streamers preguntaron a la gente y generaron una visualización de datos a tiempo real con sus respuestas, llegando a conclusiones como que las ocho de la mañana es la hora más deprimente, que las mujeres son más optimistas que los hombres o que el dinero, en estos asuntos, pinta más bien poco. Este año han vuelto a repetir la experiencia y tienen intención de volver a hacerlo cuando pasen otros 365 días.

Domestic Data Streamers- The mood test from Arnau Blanch on Vimeo.
Otra interesante instalación es la que propone Data Cuisine, un híbrido entre datos, sexo y gastronomía realizado en el marco del Open Data Cooking Workshop. «Lo del sexo era algo que teníamos pendiente y la mezcla nos sonó bien», asegura García. Los números se transformaron aquí en comida. Así unos tallarines mostraban cuánta gente tiene sexo en la primera cita, representando el género por colores, y distribuyendo los tallarines juntos (si tienen sexo) o separados (si no lo tienen). Unos dumplings podían estar rellenos de carne (hombres) o pescado (mujeres) y representar según su color si se trata de solteros o casados; y por la cantidad de sésamo y sal que tienen encima, la cantidad de sexo que practicaban.
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Domestic Data Streamers demuestra lo maleables que son las cifras en cada instalación. Los números en sus manos se convierten en agua, en arena, en tallarines fluorescentes o en globos de helio. Se traducen a un lenguaje cercano, bonito y fácil de asimilar. Próximamente los transformarán en tejidos e incluso en un corazón. Cualquier vehículo es válido para contar las historias secretas de los números.

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