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20 de diciembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Donato Di Camillo, el autodidacta que se convirtió en un aclamado fotógrafo al salir de la cárcel

20 de diciembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Tiene una debilidad por los personajes singulares, a los que retrata con sensibilidad y cercanía. Son seres fuera de los cánones corrientes: ancianos, mendigos, perdedores o héroes sin causa que deambulan por las calles de Nueva York. Donato Di Camillo es un fotógrafo autodidacta que cogió una cámara por primera vez a los 43 años, tras salir de la cárcel.

Su objetivo capta la cara menos glamurosa de la Gran Manzana. «Consigo conectar con estas personas en un plano emocional porque sienten la misma pena que yo, la misma que he sentido a lo largo de toda mi vida, desde que era pequeño. En mi infancia acontecieron muchas cosas dramáticas: caí por una ventana, recibí un disparo… Un montón de vivencias me han marcado para siempre», cuenta desde Nueva York.

Di Camillo empezó a interesarse por la fotografía cuando estaba en la cárcel por cometer un crimen federal. Desde su celda solía viajar a través de las páginas del National Geographic, de Time y de otras revistas, soñando con los lugares que estas publicaciones mostraban en papel estucado. «Creo que empecé a fotografiar motivado por la curiosidad hacia mí mismo más que por las personas que me rodeaban. Quería descubrir quién soy yo», explica.

donato di camillo

donato di camillo

Los tonteos de este fotógrafo con el crimen fueron precoces. A los 12 años cometió los primeros hurtos. «Yo robaba los estéreos de los coches cuando los otros niños del barrio jugaban con los videojuegos de G.I. Joe», revela. Logró sobrevivir en las calles de Nueva York en los años 70 y 80, cuando violencia era el pan de cada día, gracias a una buena dosis de instinto. «De pequeño viví muchas cosas traumáticas. A los nueve años un amigo se murió a mis pies. Estaba jugando con la pelota cuando un carro lo atropelló», recuerda.

Años después, esas mismas calles se convirtieron en el escenario de sus poderosas instantáneas. Di Camillo nunca imaginó que iba a convertirse en fotógrafo hasta el momento en que fue encarcelado en el estado de Virginia, en 2006. «Ha sido probablemente lo mejor que me ha pasado. Esta experiencia me ha dado tiempo de reflexionar sobre quién soy», afirma.

En la cárcel se empapó de la técnica fotográfica a través de los tutoriales que encontraba en YouTube. Intentaba descubrir lo que había detrás de cada imagen. «En las prisiones de los Estados Unidos no tenemos el lujo de poseer una cámara. Las únicas cosas que tienes son artículos de limpieza, un cepillo de dientes y una manta a lo sumo. Te pagan 15 céntimos al día y si tu familia no te manda dinero, estás perdido. Por supuesto, no hacía fotos en la cárcel», apunta.

donato di camillo

Fue sólo durante el arresto domiciliario cuando pudo comenzar a hacer pinitos con la cámara. Al principio se centró en el macro. Retrataba insectos y plantas en los alrededores de su casa, de la que no podía alejarse más de 30 metros. Después se interesó por las personas. «En la escuela nunca fui un buen alumno. Todo me parecía aburrido, no tenía paciencia. Destacaba en Ciencias y en Estudios Sociales, pero en realidad sólo me centraba en lo que me interesaba. Creo que elegí la fotografía porque me permite interactuar con las personas», reconoce.

donato di camillo

donato di camillo

donato di camillo

Hoy sus referentes son Bruce Gilden, William Klein y Eddie Adams. Al igual que Gilden, Di Camillo retrata a las personas invisibles que viven al margen de la sociedad y que nadie quiere ver. Son aquellos con los que el fotógrafo se siente más identificado. «Me gusta captar el alma de cada situación más que ser un testigo superficial. La fotografía es desafiante y te obliga a acercarte a las personas, a intentar entender qué hace que sean como son. Al mismo tiempo, me sugiere muchas preguntas sobre quién soy yo. Creo que en nosotros hay fragmentos de los demás. Todos nos podemos identificar con otras personas en un cierto sentido», afirma.

donato di camillo

Después de que la revista American le dedicara un reportaje el pasado junio, su trabajo ha empezado a circular y a ser conocido. «Ahora recibo mails desde Asia y Europa. Es increíble», dice incrédulo. «Yo crecí en un entorno muy complicado, rodeado de mucha negatividad. Ahora tengo una vida normal y tengo que ser una persona normal e integrada en la sociedad. La transición no es fácil. Yo siempre fui el chico malo, hice muchas cosas erradas, no tenía confianza en mí mismo. Me cuesta mucho convencerme de que mi trabajo es bueno, por mucho que me lo repitan».

donato di camillo

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Tiene una debilidad por los personajes singulares, a los que retrata con sensibilidad y cercanía. Son seres fuera de los cánones corrientes: ancianos, mendigos, perdedores o héroes sin causa que deambulan por las calles de Nueva York. Donato Di Camillo es un fotógrafo autodidacta que cogió una cámara por primera vez a los 43 años, tras salir de la cárcel.

Su objetivo capta la cara menos glamurosa de la Gran Manzana. «Consigo conectar con estas personas en un plano emocional porque sienten la misma pena que yo, la misma que he sentido a lo largo de toda mi vida, desde que era pequeño. En mi infancia acontecieron muchas cosas dramáticas: caí por una ventana, recibí un disparo… Un montón de vivencias me han marcado para siempre», cuenta desde Nueva York.

Di Camillo empezó a interesarse por la fotografía cuando estaba en la cárcel por cometer un crimen federal. Desde su celda solía viajar a través de las páginas del National Geographic, de Time y de otras revistas, soñando con los lugares que estas publicaciones mostraban en papel estucado. «Creo que empecé a fotografiar motivado por la curiosidad hacia mí mismo más que por las personas que me rodeaban. Quería descubrir quién soy yo», explica.

donato di camillo

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Los tonteos de este fotógrafo con el crimen fueron precoces. A los 12 años cometió los primeros hurtos. «Yo robaba los estéreos de los coches cuando los otros niños del barrio jugaban con los videojuegos de G.I. Joe», revela. Logró sobrevivir en las calles de Nueva York en los años 70 y 80, cuando violencia era el pan de cada día, gracias a una buena dosis de instinto. «De pequeño viví muchas cosas traumáticas. A los nueve años un amigo se murió a mis pies. Estaba jugando con la pelota cuando un carro lo atropelló», recuerda.

Años después, esas mismas calles se convirtieron en el escenario de sus poderosas instantáneas. Di Camillo nunca imaginó que iba a convertirse en fotógrafo hasta el momento en que fue encarcelado en el estado de Virginia, en 2006. «Ha sido probablemente lo mejor que me ha pasado. Esta experiencia me ha dado tiempo de reflexionar sobre quién soy», afirma.

En la cárcel se empapó de la técnica fotográfica a través de los tutoriales que encontraba en YouTube. Intentaba descubrir lo que había detrás de cada imagen. «En las prisiones de los Estados Unidos no tenemos el lujo de poseer una cámara. Las únicas cosas que tienes son artículos de limpieza, un cepillo de dientes y una manta a lo sumo. Te pagan 15 céntimos al día y si tu familia no te manda dinero, estás perdido. Por supuesto, no hacía fotos en la cárcel», apunta.

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Fue sólo durante el arresto domiciliario cuando pudo comenzar a hacer pinitos con la cámara. Al principio se centró en el macro. Retrataba insectos y plantas en los alrededores de su casa, de la que no podía alejarse más de 30 metros. Después se interesó por las personas. «En la escuela nunca fui un buen alumno. Todo me parecía aburrido, no tenía paciencia. Destacaba en Ciencias y en Estudios Sociales, pero en realidad sólo me centraba en lo que me interesaba. Creo que elegí la fotografía porque me permite interactuar con las personas», reconoce.

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Hoy sus referentes son Bruce Gilden, William Klein y Eddie Adams. Al igual que Gilden, Di Camillo retrata a las personas invisibles que viven al margen de la sociedad y que nadie quiere ver. Son aquellos con los que el fotógrafo se siente más identificado. «Me gusta captar el alma de cada situación más que ser un testigo superficial. La fotografía es desafiante y te obliga a acercarte a las personas, a intentar entender qué hace que sean como son. Al mismo tiempo, me sugiere muchas preguntas sobre quién soy yo. Creo que en nosotros hay fragmentos de los demás. Todos nos podemos identificar con otras personas en un cierto sentido», afirma.

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Después de que la revista American le dedicara un reportaje el pasado junio, su trabajo ha empezado a circular y a ser conocido. «Ahora recibo mails desde Asia y Europa. Es increíble», dice incrédulo. «Yo crecí en un entorno muy complicado, rodeado de mucha negatividad. Ahora tengo una vida normal y tengo que ser una persona normal e integrada en la sociedad. La transición no es fácil. Yo siempre fui el chico malo, hice muchas cosas erradas, no tenía confianza en mí mismo. Me cuesta mucho convencerme de que mi trabajo es bueno, por mucho que me lo repitan».

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