11 de abril 2022    /   IDEAS
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Hablar con gafas violeta: dos ensayos sobre lenguaje no sexista

11 de abril 2022    /   IDEAS     por          
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El pulso viene de lejos y cada vez exige más músculo por parte de los dos contrincantes. Por un lado, la RAE, que se empeña en afirmar que el género no marcado en español es el masculino y asegura que lo del lenguaje inclusivo y no sexista es una moda innecesaria.

Por otro, el feminismo, entregado a la causa de demostrar que hay otra manera de hablar en la que caben todos, todas y todes, y que si no se hace es por pereza y machirulería, no porque no se pueda. Al fin y al cabo, opinan sus representantes, si una sociedad aspira a ser igualitaria, también su forma de hablar debería serlo.

Así que frente a la posición inmovilista de la Academia en ese sentido, numerosos ensayos se publican para demostrar que el patriarcado impone sobre nuestros vocabulario y gramática su ley y ya es hora de empezar a cambiar ciertas cosas.

‘DICCIONARIA’: VESTIR EL DICCIONARIO DE COLOR VIOLETA

Diccionaria (Cúpula, 2022) es uno de los más recientes. Está firmado por la periodista y escritora Ana Martín y por los creativos publicitarios Xavier Gimeno y Fernando Alcázar.

obras sobre lenguaje inclusivo

Con mucho sentido del humor, ironía y sarcasmo, coloca «al machismo frente a sus maldades y pone el foco sobre ese uso sexista del lenguaje, desde lo más evidente (que no siempre lo es tanto como creemos) a lo más sibilino», tal y como explican sus creadores. «En ese sentido, Diccionaria refleja bien nuestra idea del feminismo: una lucha que hacen las mujeres pero que debe contar con el compromiso profundo de los hombres».

Tanto es así que las entradas de este particular diccionario están enunciadas y definidas en femenino «para paliar esa secular imposición del patriarcado de que el masculino debe ir primero, incluso en palabras cuyo uso en masculino es inexistente o cuyo origen, directamente, es femenino».

Diccionaria nace de la observación de una niña de 9 años, la hija de Xavier Gimeneo, cuando empezó a estudiar en el cole cómo se usa un diccionario. Sorprendida, observa que la primera palabra que se lee en cada entrada es masculina y que al femenino se le reserva una escueta a. Y más sorprendida aún, repara en que una zorra no es lo mismo que un zorro. Cuando lo comenta con su padre, que siempre ha tratado de educarla en la igualdad, surge la idea de hacer este otro diccionario.

La encargada de seleccionar las palabras fue Ana Martín, mientras que Gimeno y Alcázar se encargaron de vestir de diseño al diccionario para llamar más la atención sobre los contenidos. Entre las elegidas, las hay porque tienen un uso sexista obvio (zorra, asistenta). Otras, menos reconocibles, figuran para denunciar la doble discriminación, como es el caso de kilos.

«Muchas están porque, aunque el feminismo las ha acuñado y están más que presentes en nuestro día a día, el DLE ni siquiera las incluye, como brecha salarial, micromachismo o como invisibilizar, que en el diccionario de la RAE no hace alusión a la mujer —explican los autores—. Hay varias entradas que recogen cómo la mitología y la religión han descrito a la mujer e, incluso, se incluyen iconos feministas de la cultura pop como Xena o Wonder Woman».

Para los creadores de Diccionaria, sin embargo, nada de lo que proponen con una obra como la suya llegará a buen puerto si antes la sociedad no cambia de mentalidad y reacciona ante el sexismo en el lenguaje tratando de eliminarlo. «Y usar la ironía para poner el foco sobre la desigualdad existente en el lenguaje y el machismo y la invisibilización de la mujer, ayuda o, al menos, aporta su grano de arena para cambiar esa mentalidad».

PUNTO EN BOCA. A VUELTAS CON EL LENGUAJE INCLUSIVO

Otro ensayo reciente sobre sexismo en el lenguaje es Punto en boca. (Esto no es un manual de lenguaje inclusivo), de María Martín Barranco (Catarata, 2022).

No es la primera vez que la consultora, formadora e investigadora especialista en género aborda el sexismo lingüístico. Ya lo hizo en Ni por favor ni por favora y en Mujer tenías que ser. En el último libro que acaba de publicar avanza en la reflexión sobre este tema.

«Es necesario ser consciente de que las palabras que usamos no son neutras, los imaginarios que construimos con ellas tampoco lo son y al hablar transmitimos valores», aclara Martín Barranco. «Si los valores que queremos transmitir son de igualdad, hablar sin reproducir discriminaciones es una forma de mejorar el mundo. A quien le guste el mundo tal y como está evitará a toda costa mejorar la forma de nombrarlo. Lo importante no es el uso, es para qué se usa».

Ahora bien, ¿es lo mismo lenguaje no sexista y lenguaje inclusivo? Martín Barranco cree que no.

«En general, se usan ambas expresiones como sinónimas, aunque personalmente considero, y así lo explico en detalle en Punto en boca, que son dos valores complementarios, no idénticos. El lenguaje no sexista evita discriminar a las mujeres. El lenguaje inclusivo tiene en cuenta al total de la sociedad y permite evitar discriminaciones seculares a colectivos que están en una posición cultural o socialmente minoritaria (personas con discapacidad, migrantes, con orígenes territoriales, sociales o económicos diferentes, orientaciones sexuales fuera de la normatividad…)».

Como bien aclara la autora en el subtítulo, Punto en boca no pretende ser un manual para saber cuándo y cómo utilizar el lenguaje inclusivo, sino que tiene otra finalidad. «El objetivo no es erradicar el uso genérico del masculino, sino generar marcos conceptuales alternativos que no vengan impuestos por él», afirma en el ensayo. ¿Pero qué quiere decir exactamente con «marcos conceptuales»?

Martín Barranco los describe como modelos del mundo. El actual está creado por los hombres y a él nos hemos incorporado las mujeres tras pelearlo mucho, gracias a lo cual hemos conseguido ciertos espacios. Ella lo compara como quien llega a un piso prestado, ya amueblado, en el que se nos prohíbe tocar ni modificar nada.

«Ahora queremos vivir con nuestras propias condiciones en un lugar que ya sabemos que no es de otros y nos prestan, en concepto de favor, sino por propio derecho, y queremos ocupar ese mundo en nuestros propios términos. Los míos no tienen por qué ser los de nadie más», explica.

«Por eso considero que no soy quién para proponer marcos conceptuales, yo solo invito a pensar en los que creamos al hablar para que cada quién construya (o imagine) los que considere necesarios. El mío (personal, no el que propongo a nadie) es uno en el que al hablar podamos imaginar a mujeres y hombres pensando, haciendo, descansando, creando, inventando».

De esta manera, si hablamos de la Prehistoria, el objetivo es que imaginemos a mujeres y hombres cazando y fabricando herramientas. O si hablamos de futuro, que sea uno en el que las mujeres tripulen naves espaciales y no haya que retrasar el lanzamiento porque no hay trajes adaptados a sus cuerpos.

«En cada momento intento mostrar un mundo compuesto de mujeres y hombres, en el que los valores, las decisiones, la vida no se han pensado solo para ellos, porque en mi idea del mundo no somos invitadas».

Por eso es importante para la especialista en género abordar también el tema de la jerarquización, pero no en términos de posición (el orden en el que aparecen las palabras en el enunciado), «sino al orden jerárquico de valores que se establece en la comunicación y que puede lograrse por muchas vías».

«Lo políticamente correcto nombra de forma distinta algo que ya se nombraba; la inclusión muestra lo que nunca se nombró»

Por ejemplo, cómo se obliga a concordar palabras de una forma determinada; o el tamaño de las imágenes; o la prioridad en el tratamiento; o aceptar lo masculino como lo universal y reservar lo femenino para lo particular.

También en cosas tan sutiles como que no exista una sección de literatura masculina en la que situar a los hombres que escriben sobre temas establecidos culturalmente como masculinos, pero sí una de literatura femenina. Eso, afirma la autora, implica un orden simbólico que es tan importante o más que la propia posición.

Otro de los temas que aborda Ana Martín Barranco en Punto en boca es el tema de los eufemismos para mantener la corrección política. Cosas como personas con vagina para tratar de englobar a todas aquellas que se sienten mujeres. Y ahí hace dos distinciones: «Lo políticamente correcto nombra de forma distinta algo que ya se nombraba; la inclusión muestra lo que nunca se nombró».

Por esta razón, la autora considera que ese eufemismo en concreto, personas con vagina, es un intento fallido de no discriminar. «La intención supongo que es buena; no creo que sea pasarse de frenada, sino un error fruto de la falta de herramientas y por no entender cómo se producen los mecanismos lingüísticos de exclusión. Por desgracia, si por no discriminar a un colectivo minoritario dejas de nombrar a la casi totalidad que se nombraba antes, no incluyes, excluyes».

«Creo que quienes tengan unas identidades que hasta ahora no eran nombradas tienen derecho a definirse, pero ese derecho no pasa por imponer formas de nombrarse a nadie. Si crees que eres una persona con vagina (a pesar de saber que es una cosificación que te despersonaliza y te reduce a uno de los órganos de tu cuerpo), dilo. Ayuda a definir porque arrebata el poder secular de que lo considerado distinto se nombre desde fuera. Yo ya tengo nombre para mí, mujer, y no voy a renunciar a él porque me niego a ser definida, de nuevo, desde fuera», afirma sin titubeos.

«Al final todo es cuestión de entender la lengua que usas, reconocer las discriminaciones y tener la voluntad de evitarlas. Lo demás es cosa de darle a la lengua».

El pulso viene de lejos y cada vez exige más músculo por parte de los dos contrincantes. Por un lado, la RAE, que se empeña en afirmar que el género no marcado en español es el masculino y asegura que lo del lenguaje inclusivo y no sexista es una moda innecesaria.

Por otro, el feminismo, entregado a la causa de demostrar que hay otra manera de hablar en la que caben todos, todas y todes, y que si no se hace es por pereza y machirulería, no porque no se pueda. Al fin y al cabo, opinan sus representantes, si una sociedad aspira a ser igualitaria, también su forma de hablar debería serlo.

Así que frente a la posición inmovilista de la Academia en ese sentido, numerosos ensayos se publican para demostrar que el patriarcado impone sobre nuestros vocabulario y gramática su ley y ya es hora de empezar a cambiar ciertas cosas.

‘DICCIONARIA’: VESTIR EL DICCIONARIO DE COLOR VIOLETA

Diccionaria (Cúpula, 2022) es uno de los más recientes. Está firmado por la periodista y escritora Ana Martín y por los creativos publicitarios Xavier Gimeno y Fernando Alcázar.

obras sobre lenguaje inclusivo

Con mucho sentido del humor, ironía y sarcasmo, coloca «al machismo frente a sus maldades y pone el foco sobre ese uso sexista del lenguaje, desde lo más evidente (que no siempre lo es tanto como creemos) a lo más sibilino», tal y como explican sus creadores. «En ese sentido, Diccionaria refleja bien nuestra idea del feminismo: una lucha que hacen las mujeres pero que debe contar con el compromiso profundo de los hombres».

Tanto es así que las entradas de este particular diccionario están enunciadas y definidas en femenino «para paliar esa secular imposición del patriarcado de que el masculino debe ir primero, incluso en palabras cuyo uso en masculino es inexistente o cuyo origen, directamente, es femenino».

Diccionaria nace de la observación de una niña de 9 años, la hija de Xavier Gimeneo, cuando empezó a estudiar en el cole cómo se usa un diccionario. Sorprendida, observa que la primera palabra que se lee en cada entrada es masculina y que al femenino se le reserva una escueta a. Y más sorprendida aún, repara en que una zorra no es lo mismo que un zorro. Cuando lo comenta con su padre, que siempre ha tratado de educarla en la igualdad, surge la idea de hacer este otro diccionario.

La encargada de seleccionar las palabras fue Ana Martín, mientras que Gimeno y Alcázar se encargaron de vestir de diseño al diccionario para llamar más la atención sobre los contenidos. Entre las elegidas, las hay porque tienen un uso sexista obvio (zorra, asistenta). Otras, menos reconocibles, figuran para denunciar la doble discriminación, como es el caso de kilos.

«Muchas están porque, aunque el feminismo las ha acuñado y están más que presentes en nuestro día a día, el DLE ni siquiera las incluye, como brecha salarial, micromachismo o como invisibilizar, que en el diccionario de la RAE no hace alusión a la mujer —explican los autores—. Hay varias entradas que recogen cómo la mitología y la religión han descrito a la mujer e, incluso, se incluyen iconos feministas de la cultura pop como Xena o Wonder Woman».

Para los creadores de Diccionaria, sin embargo, nada de lo que proponen con una obra como la suya llegará a buen puerto si antes la sociedad no cambia de mentalidad y reacciona ante el sexismo en el lenguaje tratando de eliminarlo. «Y usar la ironía para poner el foco sobre la desigualdad existente en el lenguaje y el machismo y la invisibilización de la mujer, ayuda o, al menos, aporta su grano de arena para cambiar esa mentalidad».

PUNTO EN BOCA. A VUELTAS CON EL LENGUAJE INCLUSIVO

Otro ensayo reciente sobre sexismo en el lenguaje es Punto en boca. (Esto no es un manual de lenguaje inclusivo), de María Martín Barranco (Catarata, 2022).

No es la primera vez que la consultora, formadora e investigadora especialista en género aborda el sexismo lingüístico. Ya lo hizo en Ni por favor ni por favora y en Mujer tenías que ser. En el último libro que acaba de publicar avanza en la reflexión sobre este tema.

«Es necesario ser consciente de que las palabras que usamos no son neutras, los imaginarios que construimos con ellas tampoco lo son y al hablar transmitimos valores», aclara Martín Barranco. «Si los valores que queremos transmitir son de igualdad, hablar sin reproducir discriminaciones es una forma de mejorar el mundo. A quien le guste el mundo tal y como está evitará a toda costa mejorar la forma de nombrarlo. Lo importante no es el uso, es para qué se usa».

Ahora bien, ¿es lo mismo lenguaje no sexista y lenguaje inclusivo? Martín Barranco cree que no.

«En general, se usan ambas expresiones como sinónimas, aunque personalmente considero, y así lo explico en detalle en Punto en boca, que son dos valores complementarios, no idénticos. El lenguaje no sexista evita discriminar a las mujeres. El lenguaje inclusivo tiene en cuenta al total de la sociedad y permite evitar discriminaciones seculares a colectivos que están en una posición cultural o socialmente minoritaria (personas con discapacidad, migrantes, con orígenes territoriales, sociales o económicos diferentes, orientaciones sexuales fuera de la normatividad…)».

Como bien aclara la autora en el subtítulo, Punto en boca no pretende ser un manual para saber cuándo y cómo utilizar el lenguaje inclusivo, sino que tiene otra finalidad. «El objetivo no es erradicar el uso genérico del masculino, sino generar marcos conceptuales alternativos que no vengan impuestos por él», afirma en el ensayo. ¿Pero qué quiere decir exactamente con «marcos conceptuales»?

Martín Barranco los describe como modelos del mundo. El actual está creado por los hombres y a él nos hemos incorporado las mujeres tras pelearlo mucho, gracias a lo cual hemos conseguido ciertos espacios. Ella lo compara como quien llega a un piso prestado, ya amueblado, en el que se nos prohíbe tocar ni modificar nada.

«Ahora queremos vivir con nuestras propias condiciones en un lugar que ya sabemos que no es de otros y nos prestan, en concepto de favor, sino por propio derecho, y queremos ocupar ese mundo en nuestros propios términos. Los míos no tienen por qué ser los de nadie más», explica.

«Por eso considero que no soy quién para proponer marcos conceptuales, yo solo invito a pensar en los que creamos al hablar para que cada quién construya (o imagine) los que considere necesarios. El mío (personal, no el que propongo a nadie) es uno en el que al hablar podamos imaginar a mujeres y hombres pensando, haciendo, descansando, creando, inventando».

De esta manera, si hablamos de la Prehistoria, el objetivo es que imaginemos a mujeres y hombres cazando y fabricando herramientas. O si hablamos de futuro, que sea uno en el que las mujeres tripulen naves espaciales y no haya que retrasar el lanzamiento porque no hay trajes adaptados a sus cuerpos.

«En cada momento intento mostrar un mundo compuesto de mujeres y hombres, en el que los valores, las decisiones, la vida no se han pensado solo para ellos, porque en mi idea del mundo no somos invitadas».

Por eso es importante para la especialista en género abordar también el tema de la jerarquización, pero no en términos de posición (el orden en el que aparecen las palabras en el enunciado), «sino al orden jerárquico de valores que se establece en la comunicación y que puede lograrse por muchas vías».

«Lo políticamente correcto nombra de forma distinta algo que ya se nombraba; la inclusión muestra lo que nunca se nombró»

Por ejemplo, cómo se obliga a concordar palabras de una forma determinada; o el tamaño de las imágenes; o la prioridad en el tratamiento; o aceptar lo masculino como lo universal y reservar lo femenino para lo particular.

También en cosas tan sutiles como que no exista una sección de literatura masculina en la que situar a los hombres que escriben sobre temas establecidos culturalmente como masculinos, pero sí una de literatura femenina. Eso, afirma la autora, implica un orden simbólico que es tan importante o más que la propia posición.

Otro de los temas que aborda Ana Martín Barranco en Punto en boca es el tema de los eufemismos para mantener la corrección política. Cosas como personas con vagina para tratar de englobar a todas aquellas que se sienten mujeres. Y ahí hace dos distinciones: «Lo políticamente correcto nombra de forma distinta algo que ya se nombraba; la inclusión muestra lo que nunca se nombró».

Por esta razón, la autora considera que ese eufemismo en concreto, personas con vagina, es un intento fallido de no discriminar. «La intención supongo que es buena; no creo que sea pasarse de frenada, sino un error fruto de la falta de herramientas y por no entender cómo se producen los mecanismos lingüísticos de exclusión. Por desgracia, si por no discriminar a un colectivo minoritario dejas de nombrar a la casi totalidad que se nombraba antes, no incluyes, excluyes».

«Creo que quienes tengan unas identidades que hasta ahora no eran nombradas tienen derecho a definirse, pero ese derecho no pasa por imponer formas de nombrarse a nadie. Si crees que eres una persona con vagina (a pesar de saber que es una cosificación que te despersonaliza y te reduce a uno de los órganos de tu cuerpo), dilo. Ayuda a definir porque arrebata el poder secular de que lo considerado distinto se nombre desde fuera. Yo ya tengo nombre para mí, mujer, y no voy a renunciar a él porque me niego a ser definida, de nuevo, desde fuera», afirma sin titubeos.

«Al final todo es cuestión de entender la lengua que usas, reconocer las discriminaciones y tener la voluntad de evitarlas. Lo demás es cosa de darle a la lengua».

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