22 de enero 2020    /   CINE/TV
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Dos errores narrativos para acabar (literalmente) con ‘Star Wars’

22 de enero 2020    /   CINE/TV     por          
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«Los spoilers son lo que dan a este artículo su poder. Son un campo de energía creado por todas las palabras escritas aquí. Nos rodean, penetran en nosotros y mantienen unida la narración»

Imagina la siguiente escena del Episodio IV de Star Wars: Luke Skywalker pilota su nave a toda velocidad por la tronera central de la Estrella de la Muerte, preparado para lanzar su único disparo. Sabe que tiene que acertar justo en el centro para destruir el arma enemiga y que no habrá más oportunidades que esa. Consulta la pantalla, pero una voz interna le persuade para que dispare siguiendo su instinto. Vuelve a mirar la pantalla, pero la voz le vuelve a insistir. Indeciso entre ambas opciones, Skywalker acaba estampando su nave contra el muro del final del pasillo, muriendo y aniquilando a la vez la única posibilidad de los rebeldes en su lucha contra el Imperio.

La historia, claro, no fue así. Pero es más o menos lo que ha sucedido con esta última película, y por ende con toda la saga. En esta última trilogía los creadores han realizado tres películas atrapados entre dos susurros contradictorios: la pantalla les indicaba que era buena idea intentar conquistar a nuevos acólitos de cara a las futuras producciones que, sin duda, verán la luz; la voz en su interior les decía que era mejor intentar no defraudar a los convencidos de siempre, que acudían al cine esperando un digno final para la ficción que se convirtió en un icono cultural para varias generaciones.

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Indecisos entre una y otra opción, la novena película ha acabado por estamparles contra el muro: la narrativa algo rupturista de los Episodios VII y VIII ha acabado por volver de forma apresurada a lo que solía ser Star Wars, aunque dejando un montón de cabos sueltos y de cuestiones sin justificar por el camino. El pecado reside en que eso es justo aquello que nunca sucedió en la saga y que, de hecho, le daba su armónica estructura: todo tenía explicación, todo sucedía por algo y todo podía entenderse.

El Episodio IX es, igual que los dos anteriores, un producto a medio camino de dos lugares. Por una parte, un cebo para nostálgicos lleno de homenajes continuos: diálogos clonados, escenas repetidas, retornos de personajes icónicos y hasta dosis exageradas de justicia restauradora para personajes secundarios que merecían mayor épica. Por otra, un alegato modernizador para intentar ganarse el favor de nuevas generaciones que garantizara los taquillazos del futuro.

Errores narrativos en Star Wars

LAS DOS RUPTURAS DE LA NUEVA SAGA

La primera trilogía, estrenada hace algunos años, servía de lección. Fue enormemente criticada por el contenido –especialmente por la planísima interpretación del protagonista central– y por el exceso coreográfico de efectos especiales y artes marciales jedi. No cuadra lo de intentar explicar el origen de una saga rodada hace décadas en la que los combates eran casi estáticos con una nueva saga en la que cada combate era un prodigio físico a medio camino entre los ninja y el Circo del Sol. Lección aprendida: con luchas espectaculares y efectos especiales no basta para convencer a los jóvenes de hoy.

Por eso la clave de esta última trilogía residía en el relato. Había que romper los esquemas rígidos trazados hasta el momento, aunque eso supusiera decepcionar a los leales. Para hacerlo partieron de dos bases ambiciosas, que descolocaban, pero que tenían miga. En primer lugar, no se sabía cuál era el origen de los protagonistas –la buena y el malo–. En segundo lugar, resulta que el antagonista no era en realidad otro malo, sino simplemente un rebelde rupturista.

Lo primero fue algo confirmado durante las dos primeras películas de la trilogía. Primero cuando el antagonista le espeta a la protagonista eso de «no eres nadie, la hija de dos chatarreros». Segundo, cuando el supuesto líder de los malos muere a primeras de cambio y sin mayor explicación.

El cambio de narrativa era importante. Hasta ese momento todo tenía explicación en la saga, sobre todo en lo relativo a la nobleza jedi: eran poderosos porque descendían de gente poderosa o porque, en su defecto, habían sido entrenados y asesorados por gente poderosa. Incluso los fugaces siths y jedis de la primera trilogía eran poderosos a través del entrenamiento o de su relación con el poder. Hasta que llega la protagonista de esta última saga que, sin más, es poderosa.

Lo mismo sucede con el malo. Todos los malos de todas las sagas eran poderosos por un motivo, o si no es porque eran meros personajes instrumentales. O bien habían sido entrenados a conciencia o bien eran jedis renegados. Al menos hasta el maestro del lado oscuro de la última trilogía, que aparece y muere sin más.

Este primer gran cambio dejó descolocados a muchos seguidores, y prueba de ello es el ingente volumen de contenido que se fue creando entre las películas con teorías diversas acerca de quién era cada uno de los personajes y por qué eran poderosos. Necesitaban llenar los vacíos porque –hasta ese momento– en Star Wars nunca los había.

El segundo gran cambio tiene que ver con el antagonista. El malo de la primera trilogía es un malo en sentido académico de la palabra. El de la segunda es un malo en transición hacia una inesperada crisis, que acaba su arco argumental con su redención particular. El antagonista de esta última en realidad no es malo: sencillamente quiere acabar con todo.

Ese giro argumental era la clave para conectar con una nueva generación. No era un malo, sino un incomprendido. No era un sith ni un líder del lado oscuro, sino alguien cansado de esa clasificación dicotómica por culpa de la cual había acabado decepcionado de su maestro y de sus padres. Quería destruir el mundo a su alrededor porque, al no haber encajado en sus compartimentos estancos, se había quedado totalmente fuera de lugar. Era demasiado malo para los buenos y demasiado bueno para los malos, y por eso quería acabar con un mundo que no le entendía porque no estaba hecho para él ni para los que, como él, no encajaban.

Más que malo era un antisistema, alguien contrario a la tradición. Todo ello, eso sí, con el guiño reiterado al pasado: otro nacido bueno, poderoso por legado, que puede volverse malo. La historia del pasado, aunque reciente y dolorosa, puede repetirse. Y se repite precisamente porque los mayores, llamados a protegerle y ayudarle, desconfían nuevamente de un poder que no comprenden, así como tampoco prestan atención a sus sentimientos. Es un adolescente con espada láser que reacciona con ira y dolor por sentir que no ha sido suficientemente bueno para lo que le exigían.

Así las cosas, las dos primeras películas de la tercera saga eran buenas. Mantenían el delicado equilibrio entre contentar a los mayores a través de homenajes y repeticiones estructurales y enganchar con los jóvenes que podían apreciar verse reflejados en ese sentimiento de rechazo a lo de siempre y la necesidad de crearse un mundo que respondiera mejor a su forma de ser. Lucha generacional en versión taquillera.

Errores narrativos en Star Wars

EL APRESURADO ARREPENTIMIENTO DE LA ÚLTIMA PELÍCULA

Esa estructura narrativa suponía romper el principal pilar argumental de la saga: la predestinación. Todo partía de una profecía, del equilibrio en la fuerza. De la caída de una nobleza arcaica, alejada del mundo real y con unos estándares éticos y funcionales tan férreos que eran enormemente vulnerables a cualquier amenaza externa. De la lucha contra un Imperio opresor, con soldados anónimos y prescindibles, de naturaleza autoritaria e implacable. Del vacío de poder tras la caída del régimen que rápidamente se llena de nueva opresión porque, de nuevo, fracasa la política.

Y así se llega hasta el Episodio IX, en el que se cometen todos los errores de los que habían intentado huir. Se empieza por intentar dar explicación a todo lo que habían dejado en el aire y se termina por regresar al esquema dicotómico de buenos y malos, donde nada más cabe. Todo ello de forma apresurada e injustificada.

El final moralista, donde el supuesto malo era un Skywalker y la buena es una Palpatine, echa por tierra todo a la vez. Primero, porque la buena ya es alguien. No era poderosa sin más, sino que era poderosa porque es nieta de quien es. Segundo, porque el rebelde vuelve al redil, y lo hace además por amor –a su madre primero, a su antagonista después–: lanza su espada de malo, empuña la espada de bueno y acaba luchando contra el Emperador no ya para destruirlo todo, sino porque entiende que el bien es el único camino.

Podría decirse que el adolescente madura, pero con eso la saga pierde el enganche con las nuevas generaciones. La lección es que los buenos pueden hacerse malos y los malos pueden hacerse buenos. Eso sí, los malos se hacen malos porque los buenos no confían en ellos, del mismo modo que los malos se hacen buenos cuando les ofrecen apoyo y confianza. Por eso un Skywalker decepcionado con su maestro se pasa al lado oscuro y una Palpatine asustada de su legado puede resistir a su destino si una maestra le anima a no tener miedo de ser quien es.

Errores narrativos en Star Wars

Y ahí se acaba la ruptura. El problema ya no es solo ese –que es bastante importante–, sino también que no se explica cómo sucede nada. El Emperador está vivo, sin más. Leia resulta que sí era una jedi y fue entrenada –hasta tenía sable láser–. El malo al que se le buscaba explicación tiene clones inertes en un frasco en las dependencias del Emperador, de forma que era apenas un instrumento sin mayor épica. Hay centenares de siths y toda una flota que surge de la nada. Ahora las naves pueden destruir planetas enteros.

Ni siquiera se desarrollan o completan las historias de los personajes: el nuevo Han Solo es un fracaso; el amorío entre el exsoldado imperial y la mecánica de la resistencia de pronto nunca ha existido; la nieta del Emperador es tremendamente importante, pero sus padres ni siquiera son relevantes; la mercenaria custodia del sable láser de pronto no es más que una soldado.

De hecho, solo las contradicciones perduran. De nuevo los jedis puros y esnobs alejados de la realidad –ahora encarnados por Luke– perecen porque su mundo no admite grises. De nuevo los malos integristas –de nuevo encarnados por el Emperador– perecen porque sobrestiman su poder.

Hay, eso sí, ciertas evoluciones en las trilogías. De una República caduca pero próspera donde la acción se desarrolla a través de la política ,–encarnada por Padme y el Emperador– se llega a un Imperio en guerra permanente y deprimido en lo económico, donde la acción se desarrolla a través de la religión –con Darth Vader, Obi Wan Kenobi y hasta Yoda como representantes– y se acaba en un escenario de posguerra donde la lógica es meramente militar –con Leia, Poe Dameron y los generales de la Primera Orden– y donde la corrupción económica rampante busca su hueco en las sombras del poder.

Más allá de las críticas interpretativas y al exceso visual de la primera trilogía, al menos en ella se cumplía con lo requerido por la saga: una explicación al origen del problema planteado –Darth Vader y el Imperio–, un trasfondo social –una República llena de desafectos–, una trama política –el plan urdido por el Emperador– y una justificación humana –el dolor y el miedo como motor de la evolución del protagonista– para servir de precuela a la saga original.

Esta última trilogía, sin embargo, se queda en nada. De haber podido romper el esquema narrativo clásico y ofrecer otra cosa han pasado a querer cerrar el círculo de forma inverosímil y sin sustento. De haber podido mantener los esquemas narrativos con unas producciones predecibles pero sólidas, han querido jugar con la sorpresa constante hasta volverlas difíciles de creer.

El lado oscuro de la Fuerza puede ser un camino hacia muchas habilidades que algunos consideran antinaturales. Pero dotar de continuidad narrativa a un guión no ha sido una de ellas esta vez.

«Los spoilers son lo que dan a este artículo su poder. Son un campo de energía creado por todas las palabras escritas aquí. Nos rodean, penetran en nosotros y mantienen unida la narración»

Imagina la siguiente escena del Episodio IV de Star Wars: Luke Skywalker pilota su nave a toda velocidad por la tronera central de la Estrella de la Muerte, preparado para lanzar su único disparo. Sabe que tiene que acertar justo en el centro para destruir el arma enemiga y que no habrá más oportunidades que esa. Consulta la pantalla, pero una voz interna le persuade para que dispare siguiendo su instinto. Vuelve a mirar la pantalla, pero la voz le vuelve a insistir. Indeciso entre ambas opciones, Skywalker acaba estampando su nave contra el muro del final del pasillo, muriendo y aniquilando a la vez la única posibilidad de los rebeldes en su lucha contra el Imperio.

La historia, claro, no fue así. Pero es más o menos lo que ha sucedido con esta última película, y por ende con toda la saga. En esta última trilogía los creadores han realizado tres películas atrapados entre dos susurros contradictorios: la pantalla les indicaba que era buena idea intentar conquistar a nuevos acólitos de cara a las futuras producciones que, sin duda, verán la luz; la voz en su interior les decía que era mejor intentar no defraudar a los convencidos de siempre, que acudían al cine esperando un digno final para la ficción que se convirtió en un icono cultural para varias generaciones.

Indecisos entre una y otra opción, la novena película ha acabado por estamparles contra el muro: la narrativa algo rupturista de los Episodios VII y VIII ha acabado por volver de forma apresurada a lo que solía ser Star Wars, aunque dejando un montón de cabos sueltos y de cuestiones sin justificar por el camino. El pecado reside en que eso es justo aquello que nunca sucedió en la saga y que, de hecho, le daba su armónica estructura: todo tenía explicación, todo sucedía por algo y todo podía entenderse.

El Episodio IX es, igual que los dos anteriores, un producto a medio camino de dos lugares. Por una parte, un cebo para nostálgicos lleno de homenajes continuos: diálogos clonados, escenas repetidas, retornos de personajes icónicos y hasta dosis exageradas de justicia restauradora para personajes secundarios que merecían mayor épica. Por otra, un alegato modernizador para intentar ganarse el favor de nuevas generaciones que garantizara los taquillazos del futuro.

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LAS DOS RUPTURAS DE LA NUEVA SAGA

La primera trilogía, estrenada hace algunos años, servía de lección. Fue enormemente criticada por el contenido –especialmente por la planísima interpretación del protagonista central– y por el exceso coreográfico de efectos especiales y artes marciales jedi. No cuadra lo de intentar explicar el origen de una saga rodada hace décadas en la que los combates eran casi estáticos con una nueva saga en la que cada combate era un prodigio físico a medio camino entre los ninja y el Circo del Sol. Lección aprendida: con luchas espectaculares y efectos especiales no basta para convencer a los jóvenes de hoy.

Por eso la clave de esta última trilogía residía en el relato. Había que romper los esquemas rígidos trazados hasta el momento, aunque eso supusiera decepcionar a los leales. Para hacerlo partieron de dos bases ambiciosas, que descolocaban, pero que tenían miga. En primer lugar, no se sabía cuál era el origen de los protagonistas –la buena y el malo–. En segundo lugar, resulta que el antagonista no era en realidad otro malo, sino simplemente un rebelde rupturista.

Lo primero fue algo confirmado durante las dos primeras películas de la trilogía. Primero cuando el antagonista le espeta a la protagonista eso de «no eres nadie, la hija de dos chatarreros». Segundo, cuando el supuesto líder de los malos muere a primeras de cambio y sin mayor explicación.

El cambio de narrativa era importante. Hasta ese momento todo tenía explicación en la saga, sobre todo en lo relativo a la nobleza jedi: eran poderosos porque descendían de gente poderosa o porque, en su defecto, habían sido entrenados y asesorados por gente poderosa. Incluso los fugaces siths y jedis de la primera trilogía eran poderosos a través del entrenamiento o de su relación con el poder. Hasta que llega la protagonista de esta última saga que, sin más, es poderosa.

Lo mismo sucede con el malo. Todos los malos de todas las sagas eran poderosos por un motivo, o si no es porque eran meros personajes instrumentales. O bien habían sido entrenados a conciencia o bien eran jedis renegados. Al menos hasta el maestro del lado oscuro de la última trilogía, que aparece y muere sin más.

Este primer gran cambio dejó descolocados a muchos seguidores, y prueba de ello es el ingente volumen de contenido que se fue creando entre las películas con teorías diversas acerca de quién era cada uno de los personajes y por qué eran poderosos. Necesitaban llenar los vacíos porque –hasta ese momento– en Star Wars nunca los había.

El segundo gran cambio tiene que ver con el antagonista. El malo de la primera trilogía es un malo en sentido académico de la palabra. El de la segunda es un malo en transición hacia una inesperada crisis, que acaba su arco argumental con su redención particular. El antagonista de esta última en realidad no es malo: sencillamente quiere acabar con todo.

Ese giro argumental era la clave para conectar con una nueva generación. No era un malo, sino un incomprendido. No era un sith ni un líder del lado oscuro, sino alguien cansado de esa clasificación dicotómica por culpa de la cual había acabado decepcionado de su maestro y de sus padres. Quería destruir el mundo a su alrededor porque, al no haber encajado en sus compartimentos estancos, se había quedado totalmente fuera de lugar. Era demasiado malo para los buenos y demasiado bueno para los malos, y por eso quería acabar con un mundo que no le entendía porque no estaba hecho para él ni para los que, como él, no encajaban.

Más que malo era un antisistema, alguien contrario a la tradición. Todo ello, eso sí, con el guiño reiterado al pasado: otro nacido bueno, poderoso por legado, que puede volverse malo. La historia del pasado, aunque reciente y dolorosa, puede repetirse. Y se repite precisamente porque los mayores, llamados a protegerle y ayudarle, desconfían nuevamente de un poder que no comprenden, así como tampoco prestan atención a sus sentimientos. Es un adolescente con espada láser que reacciona con ira y dolor por sentir que no ha sido suficientemente bueno para lo que le exigían.

Así las cosas, las dos primeras películas de la tercera saga eran buenas. Mantenían el delicado equilibrio entre contentar a los mayores a través de homenajes y repeticiones estructurales y enganchar con los jóvenes que podían apreciar verse reflejados en ese sentimiento de rechazo a lo de siempre y la necesidad de crearse un mundo que respondiera mejor a su forma de ser. Lucha generacional en versión taquillera.

Errores narrativos en Star Wars

EL APRESURADO ARREPENTIMIENTO DE LA ÚLTIMA PELÍCULA

Esa estructura narrativa suponía romper el principal pilar argumental de la saga: la predestinación. Todo partía de una profecía, del equilibrio en la fuerza. De la caída de una nobleza arcaica, alejada del mundo real y con unos estándares éticos y funcionales tan férreos que eran enormemente vulnerables a cualquier amenaza externa. De la lucha contra un Imperio opresor, con soldados anónimos y prescindibles, de naturaleza autoritaria e implacable. Del vacío de poder tras la caída del régimen que rápidamente se llena de nueva opresión porque, de nuevo, fracasa la política.

Y así se llega hasta el Episodio IX, en el que se cometen todos los errores de los que habían intentado huir. Se empieza por intentar dar explicación a todo lo que habían dejado en el aire y se termina por regresar al esquema dicotómico de buenos y malos, donde nada más cabe. Todo ello de forma apresurada e injustificada.

El final moralista, donde el supuesto malo era un Skywalker y la buena es una Palpatine, echa por tierra todo a la vez. Primero, porque la buena ya es alguien. No era poderosa sin más, sino que era poderosa porque es nieta de quien es. Segundo, porque el rebelde vuelve al redil, y lo hace además por amor –a su madre primero, a su antagonista después–: lanza su espada de malo, empuña la espada de bueno y acaba luchando contra el Emperador no ya para destruirlo todo, sino porque entiende que el bien es el único camino.

Podría decirse que el adolescente madura, pero con eso la saga pierde el enganche con las nuevas generaciones. La lección es que los buenos pueden hacerse malos y los malos pueden hacerse buenos. Eso sí, los malos se hacen malos porque los buenos no confían en ellos, del mismo modo que los malos se hacen buenos cuando les ofrecen apoyo y confianza. Por eso un Skywalker decepcionado con su maestro se pasa al lado oscuro y una Palpatine asustada de su legado puede resistir a su destino si una maestra le anima a no tener miedo de ser quien es.

Errores narrativos en Star Wars

Y ahí se acaba la ruptura. El problema ya no es solo ese –que es bastante importante–, sino también que no se explica cómo sucede nada. El Emperador está vivo, sin más. Leia resulta que sí era una jedi y fue entrenada –hasta tenía sable láser–. El malo al que se le buscaba explicación tiene clones inertes en un frasco en las dependencias del Emperador, de forma que era apenas un instrumento sin mayor épica. Hay centenares de siths y toda una flota que surge de la nada. Ahora las naves pueden destruir planetas enteros.

Ni siquiera se desarrollan o completan las historias de los personajes: el nuevo Han Solo es un fracaso; el amorío entre el exsoldado imperial y la mecánica de la resistencia de pronto nunca ha existido; la nieta del Emperador es tremendamente importante, pero sus padres ni siquiera son relevantes; la mercenaria custodia del sable láser de pronto no es más que una soldado.

De hecho, solo las contradicciones perduran. De nuevo los jedis puros y esnobs alejados de la realidad –ahora encarnados por Luke– perecen porque su mundo no admite grises. De nuevo los malos integristas –de nuevo encarnados por el Emperador– perecen porque sobrestiman su poder.

Hay, eso sí, ciertas evoluciones en las trilogías. De una República caduca pero próspera donde la acción se desarrolla a través de la política ,–encarnada por Padme y el Emperador– se llega a un Imperio en guerra permanente y deprimido en lo económico, donde la acción se desarrolla a través de la religión –con Darth Vader, Obi Wan Kenobi y hasta Yoda como representantes– y se acaba en un escenario de posguerra donde la lógica es meramente militar –con Leia, Poe Dameron y los generales de la Primera Orden– y donde la corrupción económica rampante busca su hueco en las sombras del poder.

Más allá de las críticas interpretativas y al exceso visual de la primera trilogía, al menos en ella se cumplía con lo requerido por la saga: una explicación al origen del problema planteado –Darth Vader y el Imperio–, un trasfondo social –una República llena de desafectos–, una trama política –el plan urdido por el Emperador– y una justificación humana –el dolor y el miedo como motor de la evolución del protagonista– para servir de precuela a la saga original.

Esta última trilogía, sin embargo, se queda en nada. De haber podido romper el esquema narrativo clásico y ofrecer otra cosa han pasado a querer cerrar el círculo de forma inverosímil y sin sustento. De haber podido mantener los esquemas narrativos con unas producciones predecibles pero sólidas, han querido jugar con la sorpresa constante hasta volverlas difíciles de creer.

El lado oscuro de la Fuerza puede ser un camino hacia muchas habilidades que algunos consideran antinaturales. Pero dotar de continuidad narrativa a un guión no ha sido una de ellas esta vez.

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