9 de enero 2017    /   IDEAS
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Alice Liddell y Yoko Ono: dos formas muy distintas de sentirse musa

9 de enero 2017    /   IDEAS     por          
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Probablemente ninguna otra especie haya tenido que sufrir tantas adaptaciones para sobrevivir a través de los siglos. Disfrutaron, eso sí, de un buen comienzo. En la Grecia clásica, las nueve musas fueron entronizadas diosas y además, para no cansarlas, los artistas de la época repartieron entre ellas las diferentes labores de inspiración de forma equitativa (Talía se encargaba de la comedia, Terpsícore de la danza, Calíope de la poesía épica, y así sucesivamente…).

Pero con el fin del paganismo y de todas sus deidades, las nuevas generaciones de musas tuvieron que reconvertirse en seres mortales para poder seguir siendo el motor de la creatividad humana. Su labor devino mucho más pasiva, transformándose en muchos casos en simples objetos de veneración que solían encubrir una apetencia sexual mal disimulada.

En el libro Vida de las musas de Francine Prose esta autora describe el controvertido papel de algunas de ellas. Desde la Beatriz de Dante hasta la Gala de Dalí. Pero probablemente las que mejor hayan marcado los extremos de los diferentes arquetipos en la historia de las musas fueron las dos mujeres que, no por casualidad, representan con absoluta fidelidad el papel que les asignaron sus respectivas épocas.

La primera fue Alice Pleasance Liddell Hargraeves, la niña de once años que inspiró a Charles Dodgson (más conocido como Lewis Carroll) su desbordante historia de Alicia en el país de las maravillas. Alice llegó al final de sus días sin publicar jamás una autobiografía relatando cómo el haber sido la musa de una de las obras más universales de la literatura había determinado su propia existencia. Es decir, se comportó siempre con la pasiva aceptación que se espera de una musa victoriana.

La segunda fue Yoko Ono. La mujer tachada de maléfica, ambiciosa e interesada por no haberse conformado con el abnegado papel de musa de John Lennon. Y no es que Yoko no aceptara dicho papel, es que ella quería, además, convertir a Lennon en el muso de su propia creación. Pero ni los Beatles ni la sociedad en su conjunto aceptaron jamás ese desempeño activo.

Como cuenta Francine en su libro, la primera noche que Yoko y John pasaron a solas, se dedicaron a «crear su propio arte, una cinta titulada Unfinished Music: 1 Two Virgins». Lo hicieron juntos, como juntos hicieron también el amor al amanecer. Ese fue el día, tan de mañana, en el que murieron todas las musas. No porque en esta ocasión no hubieran sabido adaptarse a los nuevos tiempos, sino porque la humanidad, tan retrógrada ella, nunca quiso aceptarlo.

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Probablemente ninguna otra especie haya tenido que sufrir tantas adaptaciones para sobrevivir a través de los siglos. Disfrutaron, eso sí, de un buen comienzo. En la Grecia clásica, las nueve musas fueron entronizadas diosas y además, para no cansarlas, los artistas de la época repartieron entre ellas las diferentes labores de inspiración de forma equitativa (Talía se encargaba de la comedia, Terpsícore de la danza, Calíope de la poesía épica, y así sucesivamente…).

Pero con el fin del paganismo y de todas sus deidades, las nuevas generaciones de musas tuvieron que reconvertirse en seres mortales para poder seguir siendo el motor de la creatividad humana. Su labor devino mucho más pasiva, transformándose en muchos casos en simples objetos de veneración que solían encubrir una apetencia sexual mal disimulada.

En el libro Vida de las musas de Francine Prose esta autora describe el controvertido papel de algunas de ellas. Desde la Beatriz de Dante hasta la Gala de Dalí. Pero probablemente las que mejor hayan marcado los extremos de los diferentes arquetipos en la historia de las musas fueron las dos mujeres que, no por casualidad, representan con absoluta fidelidad el papel que les asignaron sus respectivas épocas.

La primera fue Alice Pleasance Liddell Hargraeves, la niña de once años que inspiró a Charles Dodgson (más conocido como Lewis Carroll) su desbordante historia de Alicia en el país de las maravillas. Alice llegó al final de sus días sin publicar jamás una autobiografía relatando cómo el haber sido la musa de una de las obras más universales de la literatura había determinado su propia existencia. Es decir, se comportó siempre con la pasiva aceptación que se espera de una musa victoriana.

La segunda fue Yoko Ono. La mujer tachada de maléfica, ambiciosa e interesada por no haberse conformado con el abnegado papel de musa de John Lennon. Y no es que Yoko no aceptara dicho papel, es que ella quería, además, convertir a Lennon en el muso de su propia creación. Pero ni los Beatles ni la sociedad en su conjunto aceptaron jamás ese desempeño activo.

Como cuenta Francine en su libro, la primera noche que Yoko y John pasaron a solas, se dedicaron a «crear su propio arte, una cinta titulada Unfinished Music: 1 Two Virgins». Lo hicieron juntos, como juntos hicieron también el amor al amanecer. Ese fue el día, tan de mañana, en el que murieron todas las musas. No porque en esta ocasión no hubieran sabido adaptarse a los nuevos tiempos, sino porque la humanidad, tan retrógrada ella, nunca quiso aceptarlo.

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