14 de febrero 2014    /   IDEAS
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Dr. Jekyll y San Valentín

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Tanto teatro hacen los que adoran San Valentín como los que lo odian.

Durante una semana al año, millones de personas interpretan una subtrama de la vida corriente: San Valentín. Uno o dos son los actores. (Uno si se está sin pareja). El número de espectadores varía, así como los figurantes. San Valentín es un argumento que se desarrolla a través de distintos géneros. Para algunos actores es un sainete; para otros, un drama; para otros una farsa; es un vodevil si intervienen amantes y una tragedia, si aparecen fuerzas naturales.

Sin duda la farsa es el género más extendido. Unos protagonistas son almibarados; otros son los Ebenezer Scrooge de San Valentín. (Aquel viejo rico y amargado que fue visitado por los fantasmas de las Navidades del pasado, del presente y del futuro). Scrooge, cuyo odio les hace caer en el ridículo, tanto como los que reenvían a sus contactos de Whatsapp parejitas enmarcadas en corazones.

La trama comienza una semana antes del día de San Valentín. Los protagonistas permanecen ajenos a la cercanía del 14 de febrero hasta que un anuncio en televisión, en el periódico o una página web lo manifiesta como un mazazo en la cabeza:

«Cena romántica de San Valentín con tu pareja por solo 24 euros. Reserva ya.»

A veces, la bofetada mediática es sustituida por una patada al entrar en el centro comercial. Donde antes había guirnaldas y Papás Noel ahora hay una explosión de corazones. Sin embargo, todo esto es el preludio de la representación.

Los protagonistas, hombre y mujer, comen y ven la tele en las dos horas que hay libres en la dichosa jornada partida.

—Hoy fui… Y estaba lleno de corazones —dice él o dice ella—. Corazones por todos lados.
—¿Qué has pensado en regalarme para San Valentín?
—No lo he pensado.
—Ya sabes que no tienes que regalarme nada —dice él o ella—. San Valentín es un invento…

En la siguiente escena él o ella o ambos escriben en las redes sociales o lo cuentan a los amigos: «San Valentín es un invento para sacarnos dinero». Buscan imágenes de cupidos destrozados, amenazados por armas de fuego o atropellados por trenes. Lo mismo hacen los solitarios, aunque estos, con una rabia más o menos auténtica.

Los protagonistas del sainete hacen como que no les importa. Es quizá una representación digna de los anti Oscars de Hollywood. Tanto él como ella esperan con ansiedad el regalo en el Día de los Enamorados. El 14 de febrero es  la Navidad o los Reyes Magos de los enamorados. Si los ateos quieren regalos en Reyes Magos, los escépticos en el amor quieren regalos en San Valentín. Incluso aquellos que escriben:

«La puta madre que parió a San Valentín»

… Lo hace una joven tras el final abrupto de una relación de varios años. El resquemor no permite sutilezas.

«Encima, la mierda de la película de Facebook».

En esta película que nos regala Zuckerberg aparecen ex y personas que dejamos atrás. No hay tiempo para eliminar el pasado y ahí permanece, hasta que abofetea sin aviso, como a esta joven Dr. Jekyll que quiere extirparse su San Valentín.

«Qué bonito es conocer a una persona», escribe la misma joven veinticuatro horas antes del 14 de febrero, convirtiéndose así en objeto de burlas y de advertencias. «¡Qué mamones! ¿No puede una cambiar de idea?», replica la nueva creyente en el amor.

Shakespeare lo expresó bien:

«El matrimonio es como un castillo sitiado: los que están dentro quieren salir y los que están fuera quieren entrar».

Si cambiamos «matrimonio» por «relación de pareja», las palabras del dramaturgo son igualmente válidas.

—Compra una rosa, que no cuesta tanto, coño —dice la madre o el padre al hombre emparejado que quiere mantener el paripé de «San Valentín es una tontería».
—Compras algo de comer que os guste, algo especial, y una botellita de vino —dice la mamá a la niña de treinta y tres—. Papá guarda uno muy bueno.

Y el hombre coge el coche y busca a la gitana del semáforo antes de que haya vendido todas las flores.

—Jo —al ver que la gitana no está. Se plantea que incluso el bufé chino es una opción a una rosa.
—Cariño, me apetece quedarme en casita —dice ella al teléfono, chuletones preparados y vino por descorchar.

Esa tarde-noche ella y él están tranquilos. Los chuletones y el vino clausuran la farsa o el sainete de San Valentín. La solitaria que cambió su estado de «odio» a «expectativas» duerme con sueños o quizá no, pero sabe que el resquemor está menguando. Quien tiene amante fija intenta cerrar las tramas de su vodevil antes de medianoche. Quien no tuvo suerte y se quedó con su pizza y su gato, o sus padres y las películas de Tom Hanks y Meg Ryan, remata en las redes sociales con su humor agrio. Seamos condescendientes. Quizá el próximo año, quien odia San Valentín sea el primero en comprar el corazón formado por corazones de chocolate del centro comercial.

San Valentín es un ritual que se perpetúa porque los rituales nos tranquilizan. Todos los participantes saben qué tienen que hacer: fingir que odian o desprecian o les trae sin cuidado San Valentín, comprar regalos y recibirlos.

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Durante una semana al año, millones de personas interpretan una subtrama de la vida corriente: San Valentín. Uno o dos son los actores. (Uno si se está sin pareja). El número de espectadores varía, así como los figurantes. San Valentín es un argumento que se desarrolla a través de distintos géneros. Para algunos actores es un sainete; para otros, un drama; para otros una farsa; es un vodevil si intervienen amantes y una tragedia, si aparecen fuerzas naturales.

Sin duda la farsa es el género más extendido. Unos protagonistas son almibarados; otros son los Ebenezer Scrooge de San Valentín. (Aquel viejo rico y amargado que fue visitado por los fantasmas de las Navidades del pasado, del presente y del futuro). Scrooge, cuyo odio les hace caer en el ridículo, tanto como los que reenvían a sus contactos de Whatsapp parejitas enmarcadas en corazones.

La trama comienza una semana antes del día de San Valentín. Los protagonistas permanecen ajenos a la cercanía del 14 de febrero hasta que un anuncio en televisión, en el periódico o una página web lo manifiesta como un mazazo en la cabeza:

«Cena romántica de San Valentín con tu pareja por solo 24 euros. Reserva ya.»

A veces, la bofetada mediática es sustituida por una patada al entrar en el centro comercial. Donde antes había guirnaldas y Papás Noel ahora hay una explosión de corazones. Sin embargo, todo esto es el preludio de la representación.

Los protagonistas, hombre y mujer, comen y ven la tele en las dos horas que hay libres en la dichosa jornada partida.

—Hoy fui… Y estaba lleno de corazones —dice él o dice ella—. Corazones por todos lados.
—¿Qué has pensado en regalarme para San Valentín?
—No lo he pensado.
—Ya sabes que no tienes que regalarme nada —dice él o ella—. San Valentín es un invento…

En la siguiente escena él o ella o ambos escriben en las redes sociales o lo cuentan a los amigos: «San Valentín es un invento para sacarnos dinero». Buscan imágenes de cupidos destrozados, amenazados por armas de fuego o atropellados por trenes. Lo mismo hacen los solitarios, aunque estos, con una rabia más o menos auténtica.

Los protagonistas del sainete hacen como que no les importa. Es quizá una representación digna de los anti Oscars de Hollywood. Tanto él como ella esperan con ansiedad el regalo en el Día de los Enamorados. El 14 de febrero es  la Navidad o los Reyes Magos de los enamorados. Si los ateos quieren regalos en Reyes Magos, los escépticos en el amor quieren regalos en San Valentín. Incluso aquellos que escriben:

«La puta madre que parió a San Valentín»

… Lo hace una joven tras el final abrupto de una relación de varios años. El resquemor no permite sutilezas.

«Encima, la mierda de la película de Facebook».

En esta película que nos regala Zuckerberg aparecen ex y personas que dejamos atrás. No hay tiempo para eliminar el pasado y ahí permanece, hasta que abofetea sin aviso, como a esta joven Dr. Jekyll que quiere extirparse su San Valentín.

«Qué bonito es conocer a una persona», escribe la misma joven veinticuatro horas antes del 14 de febrero, convirtiéndose así en objeto de burlas y de advertencias. «¡Qué mamones! ¿No puede una cambiar de idea?», replica la nueva creyente en el amor.

Shakespeare lo expresó bien:

«El matrimonio es como un castillo sitiado: los que están dentro quieren salir y los que están fuera quieren entrar».

Si cambiamos «matrimonio» por «relación de pareja», las palabras del dramaturgo son igualmente válidas.

—Compra una rosa, que no cuesta tanto, coño —dice la madre o el padre al hombre emparejado que quiere mantener el paripé de «San Valentín es una tontería».
—Compras algo de comer que os guste, algo especial, y una botellita de vino —dice la mamá a la niña de treinta y tres—. Papá guarda uno muy bueno.

Y el hombre coge el coche y busca a la gitana del semáforo antes de que haya vendido todas las flores.

—Jo —al ver que la gitana no está. Se plantea que incluso el bufé chino es una opción a una rosa.
—Cariño, me apetece quedarme en casita —dice ella al teléfono, chuletones preparados y vino por descorchar.

Esa tarde-noche ella y él están tranquilos. Los chuletones y el vino clausuran la farsa o el sainete de San Valentín. La solitaria que cambió su estado de «odio» a «expectativas» duerme con sueños o quizá no, pero sabe que el resquemor está menguando. Quien tiene amante fija intenta cerrar las tramas de su vodevil antes de medianoche. Quien no tuvo suerte y se quedó con su pizza y su gato, o sus padres y las películas de Tom Hanks y Meg Ryan, remata en las redes sociales con su humor agrio. Seamos condescendientes. Quizá el próximo año, quien odia San Valentín sea el primero en comprar el corazón formado por corazones de chocolate del centro comercial.

San Valentín es un ritual que se perpetúa porque los rituales nos tranquilizan. Todos los participantes saben qué tienen que hacer: fingir que odian o desprecian o les trae sin cuidado San Valentín, comprar regalos y recibirlos.

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