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13 de octubre 2017    /   CINE/TV
por
imagen  Dragon Ball © 1984 by Akira Toriyama/ SHUEISHA Inc.

Cómo las fotocopias de ‘Bola de dragón’ trajeron el manga a España

13 de octubre 2017    /   CINE/TV     por        imagen  Dragon Ball © 1984 by Akira Toriyama/ SHUEISHA Inc.
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Debo de tener seis años. Estoy en Vigo. Es la casa de mi abuela y por la tarde. Miro la televisión. Una moderna, con teletexto, un invento que me tiene fascinado. Una de las habitaciones de este piso de la calle Carral está en cuesta y un camión de hojalata de la Cruz Roja rueda solo. Creo que están mis hermanos. Estoy casi seguro de que uno por lo menos. Pero lo que tengo claro es el capítulo: Son Goku y sus amigos están encerrados en el palacio de Pilaf y le acaban de fastidiar el deseo al candidato a dictador.

El techo de la celda es de cristal. En la noche, Son Goku mira la luna llena y se transforma en mono gigante por primera vez en las pantallas. A mí me da un miedo atroz y me escondo acojonado detrás de un sofá. Creo que es verde. Ese es mi primer recuerdo relativo a Bola de dragón.

Es febrero de 1990 y Oriol Estrada, autor del libro Songokumanía: El Big Bang del manga, tiene diez años. La serie Dr. Slump, también de Akira Toriyama, fue sustituida de un día para otro por la búsqueda de las bolas mágicas de Son Goku, Bulma, Yamcha y demás. «La vería mientras tomaba la merienda, antes de irme a inglés o baloncesto», dice al teléfono. «Recuerdo bien el primer capítulo ya que me impactó, me pareció raro. El niño, la chica, todo el rollo erótico». Ese día, el día de la primera emisión, nació un fenómeno fan español que resulta difícil de entender y casi imposible de replicar. Nació un comercio ilegal de fotocopias y dibujos caseros. Nació el mercado del manga en España y la compra de derechos directamente a Japón. Como diría Piqué, contigo empezó todo. Y la fecha está en disputa.

Un debate de periféricos, recurrente de foro de internet. ¿Quién emitió antes Bola de dragón en España? ¿La autonómica catalana, la gallega o la vasca? «Felicidades», contesta Oriol, «según mi libro, fuisteis los primeros los gallegos, tres días después los catalanes y una semana después los vascos». Oriol ha llegado a investigar hasta el reclamo de los andaluces, que aseguran que Canal Sur fue la primera en emitir Bola de dragón en España en 1989. Preguntó a la cadena y le contestaron en un mail que 1991. Debate zanjado. «Son las ganas de ser los primeros y de decir que todo empezó aquí», concluye. Algo que en realidad no importa mucho.

Por si alguien acaba de salir después de 30 años de un búnker nuclear, Bola de dragón es un manga dibujado por Akira Toriyama y su Bird Studio. Cuenta las aventuras de Son Goku, un niño con cola, en principio ligeramente basadas en Viaje al Oeste, una de las novelas clásicas de la literatura china. Publicada a finales del XVI, su protagonista es Xuanzang, un monje que viaja a India en busca de unos textos religiosos. Le acompañan Sun Wu-Kung, el Rey Mono, que vuela en una nube y tiene un bastón que se alarga, un cerdo antropomórfico llamado Zhu Bajie al que le pierde la lujuria y Sha Wujing, que en su primer encuentro con Sun Wu-Kung acaban a palos. ¿A alguien le suena?  

En Bola de dragón, el protagonista crece y con él cambia el tono hacia una historia de artes marciales y torneos. Son Goku se casa y pasa de una forma completamente armónica de aventuras entre graciosas y épicas a una space opera alucinante que culmina en un combate mesiánico con un tirano intergaláctico. A partir de ahí el cómic pierde un poco el norte, con villanos sin una motivación clara más allá de joder, pero sigue teniendo capacidad de enganche y emoción.  

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El responsable de traer Bola de dragón a España es Mario Bistagne, un productor catalán que compró y dobló muchos animes de la TOEI Animation, la empresa japonesa que creaba los dibujos animados de Son Goku. Bistagne las compraba en las ferias internacionales, de donde volvía con una maleta llena de vídeos, para luego doblarlos en su estudio. En el caso de Bola de dragón fue la FORTA, acrónimo de Federación de Organismos de Radio y Televisión Autonómicos, quien le compró los primeros 26 capítulos de la serie al peso, como quien compra huevos en el mercado.

«Da igual dónde se emitiese primero. Quien llevó la voz cantante fue Cataluña y TV3, que fueron emitiendo los nuevos capítulos antes que nadie, y al tener más población que Galicia y el País Vasco, tenía una audiencia potencial mayor y tuvo más impacto cualitativa y cuantitativamente. Se generó un movimiento fan en colegios y universidades muy fuerte y potente». Y sentencia: «En otros sitios fue una serie de éxito; aquí fue un fenómeno social».

[su_pullquote align=»right»]«El día de la primera emisión nació un fenómeno fan español que resulta difícil de entender y casi imposible de replicar»[/su_pullquote]

Hay que tener en cuenta que era imposible prever que Bola de dragón fuese a tener semejante éxito en Cataluña, Galicia, Euskadi y provincias limítrofes. No había un plan de mercadotecnia, no había una visión comercial, nadie había comprado licencias para producir productos basados en una serie que se emitía en tres de 17 comunidades autónomas. Y el público creó lo que el mercado no le daba.

«La gente empezó a hacer dibujos cutres parando el vídeo y calcando la imagen de la tele, luego comenzaron a llegar fotocopias de revistas francesas y finalmente alguna gente, muy poca, se metía en los canales de importación o le traía a un familiar un tomo de Japón», explica Oriol. «Se empieza en universidades y colegios a intercambiar fotocopias, luego a venderlas por 10 o 15 pesetas y las más caras, a 100». Cuando llegaba una fotocopia nueva, las copisterías hacían dos copias. Una para el cliente, otra para su catálogo. Llegaban otros chavales, se la vendían.

Oriol tiene guardadas cien fotocopias de esos años. Pocas, comparadas con las entre doscientas 200 y 300 de Marc Bernabé. Hoy traductor de japonés al catalán y el español, entonces era un chaval de 14 años que vivía en un pueblo relativamente aislado de Barcelona. «Nos dejábamos las fotocopias, las intercambiábamos, teníamos ansias de conseguir cosas de nuestra serie favorita; pero por algún motivo no había nada disponible para la compra», recuerda. «Lo más fuerte que hice fue ver un día en Granollers un videojuego japonés de Bola de dragón para la Super Nintendo por 17.000 pesetas. No tenía ni esa consola, pero me la compré con un adaptador para poder jugar a ese juego. Me gasté una fortuna».

Si así eran las cosas en la periferia, Barcelona era una locura y el mercado de Sant Antoni, el epicentro del delirio. «La catedral del cromo se desborda», titula La Vanguardia en abril de 1992. «Y es que el fenómeno Bola de drac colapsa el punto tradicional de intercambio espontáneo de cromos (…). El récord de afluencia se produjo hace cuatro domingos, con 5.000 visitantes, según los cálculos del director (…). La Guardia Urbana despliega cada domingo doce agentes que han decomisionado en lo que va de año 5.100 fotocopias (100 de ellas, pornográficas), así como 1.650 calcomanías, 90 camisetas, 450 comics, 740 postales, 15 libretas y 200 posters», se lee.

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«Fue un fenómeno completamente irrepetible, ya solo por el hecho de que hoy existe internet y que las series ahora se compran con planificación, marketing. También fue un fenómeno que en su momento captó a mucha gente que no veía dibujos animados, como los universitarios, que fueron parte clave de la ‘songokumanía’, que eran los que realmente podían mover material de forma activa, no los chavales de doce años», reflexiona Oriol.

Aunque ahora puede parecer normal ver a adultos disfrutar con animación. A finales de los 80, era extraño encontrar a personas de más de 15 años viendo dibujos animados. Se decía que ya no tenían edad para perder el tiempo con cosas de niños. En 1989 llegaron Los Simpson, que con Bola de dragón ayudaron a cambiar esta percepción. Oriol ha visto documentales de TV3 de esos años en los que aparecen universitarios dibujando a Son Goku en la pizarra, haciendo trapicheos de cómics, sus primeras webs… Bola de dragón, resume, se ponía en los bares como si fuera un partido de fútbol. Era cuestión de tiempo que alguien tratase de traer el material original. En lo que sí podemos estar de acuerdo todos los españoles es que fuimos los primeros en Occidente en leer manga.

Y si somos los primeros, bueno y qué

El primer contacto de Antonio Martín con Bola de dragón fue en el verano de 1991. Mítico director editorial de Planeta Cómics (Planeta DeAgostini), un día, llegó a casa del trabajo y el televisor estaba encendido. TV3 emitía uno de los capítulos. No le prestó mucha atención. Pero esto se repitió día tras día hasta que le enganchó y acabó sentado en el suelo, mirando la pantalla. «Totalmente entregado», es la expresión que utiliza.

«Tras visionar como puro espectador el anime, mi condición de editor me hizo interesarme por la posibilidad de editar un cómic de Bola de dragón que llevase al papel y a los lectores españoles aquellas aventuras que me habían apasionado en televisión», explica en un correo electrónico. «Yo aún no sabía que existía el manga de Toriyama, hasta el punto de que llegué a plantearme la posibilidad de encargar la realización de los dibujos a un equipo especializado en crear versiones dibujadas en papel del anime, tal y como en años anteriores había hecho con otras series».

Martín conocía el éxito que la serie tenía en Barcelona y ese fenómeno del intercambio de fotocopias y copias. «Lo más importante es que esta mercadotécnica fue tan espontánea y alcanzó tal intensidad que no podemos considerar que los primeros fans de Bola de dragón actuasen como piratas», argumenta. «Más bien valorar su actividad como coleccionistas en función de la falta en aquellos primeros momentos de productos vinculados o derivados de este manga».

Distingue entre estos primeros entusiastas de los fan editores y aficionados expertos que vieron un negocio en este interés popular y realizaban fanzines y revistas que sí pirateaban imágenes del manga original sin respetar el copyright. En cualquier caso, sus años de experiencia le decían que quien lograse editar Bola de dragón de forma respetuosa y con todos los requisitos legales, tenía todas las de ganar. El público potencial estaba más que demostrado.

«En julio de 1991 empecé a tratar de conseguir los derechos editoriales, cuando aún no sabía que se trataba de la versión en dibujos animados del manga del mismo nombre creado en Japón por Akira Toriyama y publicado por Shueisha Inc», explica. «Primero me dirigí a Toei para conseguir los derechos, momento en que me enteré de que existía un manga en curso de publicación desde hacía años y que, evidentemente, Toei no poseía los derechos editoriales».

Consiguió entonces un ejemplar del manga a través de un amigo y ahí leyó el nombre de la editora: Shueisha, Inc. Esta es la responsable de Shonen Jump, la revista semanal para adolescentes que ha publicado mangas de tanto éxito al margen de Bola de dragón como Mazinger Z, COBRA, Dr. Slump, Captain Tsubasa/Oliver y Benji, Saint Seya/Los Caballeros del Zodiaco, Slam Dunk, Bleach, Death Note o Naruto. Armado con su dirección y un fax, Martín comenzó la lucha para publicar Bola de dragón en España. Presentó un plan editorial al director general de Publicaciones. Este lo aprobó. Lo siguiente fue un continuo trabajo durante muchos meses (y muchos faxes) para conseguir una respuesta de Shueisha.

«Shueisha Inc. se vio inicialmente desbordada por el hecho de que una editorial occidental se dirigiese a ellos para comprar los derechos editoriales de una de sus series de manga», recuerda. Llevaban años vendiendo derechos a editores de Asia a través de su departamento internacional, pero no tenían experiencia tratando con europeos. Martín, por su parte, tampoco tenía ninguna con japoneses. Sí con estadounidenses, ya que Planeta llevaba publicando cómics de Marvel desde 1983. Pero, claro, «las diferencias entre negociar con un yanqui y un japonés son gigantescas».

«En mis primeros viajes a Japón me sometieron a un largo y completo interrogatorio para valorar la importancia y garantías editoriales de Planeta DeAgostini», cuenta. Entre 1992 y 2000, Martín viajó diez veces a Japón y se encontró en decenas de ocasiones en ferias de cómics con representantes de editoriales japonesas para negociar derechos de manga.

[su_pullquote align=»right»]«Fue un fenómeno completamente irrepetible. Aunque sea solo por el hecho de que hoy existe internet y que las series ahora se compran con planificación y se lanzan con campañas de marketing» [/su_pullquote]

Shueisha delegó la negociación en la agencia de derechos editoriales Tuttle-Mori de Tokio, con quien Martín y su equipo entró en contacto en otoño de 1991 para lograr un contrato de cesión de derechos para Bola de dragón en España. Su contacto era Ms. Chigusa Ogino, con quien empezaron a llamarse y enviarse faxes para encontrar un punto de acuerdo entre lo que quería Planeta y lo que respondía Shueisha.

«La negociación fue difícil y dura», aunque matiza, «no fue especialmente dura, casi al revés, una vez que aprendes las reglas de cortesía que imperan en el idioma japonés y que se manifiestan especialmente en una negociación». Lo que sí fue complicado fue aunar los diferentes planteamientos editoriales de cada cultura, combinado con los editores japoneses de manga en general. Planeta DeAgostini fue el primer editor europeo que propuso de forma directa comprar los derechos editoriales de un manga a una compañía editorial japonesa. Martín trabaja en un libro ahora mismo titulado Mi Dragon Ball. ¿Una aventura editorial?.

Por supuesto, también las diferencias culturales más allá del uso del idioma, como las pautas culturales, los códigos verbales, expresivos y de comportamiento de Oriente y Occidente. «Un empresario japonés, lo mismo que un empleado de una tienda o un hombre tokiota de la calle, nunca te dirá que no a nada de lo que le propongas aunque realmente piense que no está de acuerdo», advierte, «y por ello eres tú quien tiene que saber adaptar tus propuestas, tu forma de utilizar el lenguaje y sobre todo aceptar que no siempre podrás conseguir lo que quieres».

Estas dificultades han ido desapareciendo a medida que los editores japoneses iban acostumbrándose al trato con europeos y estadounidenses. También con la llegada de internet. Pero cuando Martín peleó por ser los primeros en publicar Bola de dragón, todo lo que tenía era teléfono, fax y correo postal.

Decenas de faxes y llamadas después, se produjo el encuentro cara a cara entre Shueisha y Planeta. En Londres, Chigusa Ogino y Montserrat Samón, secretaria de Martín, se encontraron en un hotel. Durante dos días negociaron los derechos, los royalties, los materiales de reproducción, cómo iba a editarse. Finalmente, cláusula a cláusula, Planeta se hizo con el premio gordo. El 30 de enero de 1992 la noticia ocupó un faldón en portada y media página 33 de La Vanguardia.

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Tras el acuerdo con la editorial japonesa, Martín tuvo una idea: hacer una edición en español y otra en catalán, debido al enorme éxito que tenía en la comunidad catalanoparlante. «Shueisha aceptó con facilidad una vez que situamos correctamente la cuestión de los idiomas nacionales existentes en España», recuerda. El problema vino de casa. «Mi primera propuesta no tuvo éxito, debido tanto al escepticismo de José Manuel Lara, presidente de Planeta DeAgostini, sobre el funcionamiento comercial que podría tener la edición de un tebeo en idioma catalán como por su desapego respecto de la misma cultura catalana».

Pero intervinieron factores externos. Los directivos de TV3 se enteraron de que tenían los derechos de Bola de dragón y pidieron una reunión, en la que solicitaron una edición en catalán. Llegó a intervenir la Generalitat de Catalunya. «De repente, el mismo director general que me había transmitido la negativa de Lara me dio la orden de realizar la edición en castellano a la vez que otra en catalán».

Finalmente, coincidiendo con abril, mes del Salón del Cómic de Barcelona de 1992, llegaría Bola de dragón a los quioscos, que era donde la gente compraba los tebeos antes de las tiendas especializadas. Las fotocopias aún estaban en auge cuando llegó el cómic, así que Planeta pensó que era mejor unirse al enemigo. Como material de promoción, hizo sus propias fotocopias de las páginas del manga, bajo las que ponía: «Copyright c by BirdStudio. First published in Japan 1984 by Shueisha Inc. Tokyo».

Planeta había editado sus primeros mangas, Crying Freeman y Puño de Estrella del Norte, hacía un par de meses, pero desde las versiones estadounidenses. Nada que ver con el despliegue. La tirada era semanal. 50.000 en castellano. 100.000 en catalán. En total, al mes, 600.000 tebeos para la primera edición en un país occidental de Bola de dragón. Algo que resulta imposible de imaginar para un cómic hoy en día.

[su_pullquote align=»right»]«Aunque ahora puede parecer normal, a finales de los 80, en España, resultaba extraño ver a personas de más de 15 años viendo dibujos animados» [/su_pullquote]

Una travesía con final féliz que, junto Akira de Katsuhiro Otomo, moldeó el mercado del manga en España. Da igual cuál de las autonómicas emitió primero la serie; sí que importa el increíble trabajo que convirtió a Planeta en la primera casa editorial occidental en negociar con Shueisha. La maniobra dejó réditos. Bola de dragón tiene sobre 8.000 páginas de cómic. En España se han editado ocho veces ya.

Primero vino la blanca, que recogía las aventuras de Son Goku hasta la muerte de Freezer en 153 números. Luego los 58 comic books de la roja, que incluía Cell y Bu. La amarilla y la azul repiten este esquema, pero unos pocos años después, para nuevos lectores. Hay 42 tomos de tamaño bolsillo que recogen la serie entera. También la publican entera los 34 volúmenes, de tamaño más grande, con algunas páginas a color, llamada Kanzenban. Esta fue reeditada bajo el nombre de Ultimate Edition. La última en salir es la Color Edition, con una nueva traducción y las páginas coloreadas digitalmente.

Mi colección se compone de una parte de la blanca y la amarilla hasta llegar a la primera pelea con Vegeta. Luego tengo unos 10 de los 42 tomos, hasta el combate mesiánico con Freezer. Luego la serie roja original, con algunos muy desgastados de haber dibujado encima. Un colega me contó el otro día que él también la tenía completa, pero la vendió. Para mi eso sería un sacrilegio. Cada vez que abro sus páginas vuelvo a tener seis años. Estoy en casa de mi abuela en Vigo. Es por la tarde y miro la televisión…

Debo de tener seis años. Estoy en Vigo. Es la casa de mi abuela y por la tarde. Miro la televisión. Una moderna, con teletexto, un invento que me tiene fascinado. Una de las habitaciones de este piso de la calle Carral está en cuesta y un camión de hojalata de la Cruz Roja rueda solo. Creo que están mis hermanos. Estoy casi seguro de que uno por lo menos. Pero lo que tengo claro es el capítulo: Son Goku y sus amigos están encerrados en el palacio de Pilaf y le acaban de fastidiar el deseo al candidato a dictador.

El techo de la celda es de cristal. En la noche, Son Goku mira la luna llena y se transforma en mono gigante por primera vez en las pantallas. A mí me da un miedo atroz y me escondo acojonado detrás de un sofá. Creo que es verde. Ese es mi primer recuerdo relativo a Bola de dragón.

Es febrero de 1990 y Oriol Estrada, autor del libro Songokumanía: El Big Bang del manga, tiene diez años. La serie Dr. Slump, también de Akira Toriyama, fue sustituida de un día para otro por la búsqueda de las bolas mágicas de Son Goku, Bulma, Yamcha y demás. «La vería mientras tomaba la merienda, antes de irme a inglés o baloncesto», dice al teléfono. «Recuerdo bien el primer capítulo ya que me impactó, me pareció raro. El niño, la chica, todo el rollo erótico». Ese día, el día de la primera emisión, nació un fenómeno fan español que resulta difícil de entender y casi imposible de replicar. Nació un comercio ilegal de fotocopias y dibujos caseros. Nació el mercado del manga en España y la compra de derechos directamente a Japón. Como diría Piqué, contigo empezó todo. Y la fecha está en disputa.

Un debate de periféricos, recurrente de foro de internet. ¿Quién emitió antes Bola de dragón en España? ¿La autonómica catalana, la gallega o la vasca? «Felicidades», contesta Oriol, «según mi libro, fuisteis los primeros los gallegos, tres días después los catalanes y una semana después los vascos». Oriol ha llegado a investigar hasta el reclamo de los andaluces, que aseguran que Canal Sur fue la primera en emitir Bola de dragón en España en 1989. Preguntó a la cadena y le contestaron en un mail que 1991. Debate zanjado. «Son las ganas de ser los primeros y de decir que todo empezó aquí», concluye. Algo que en realidad no importa mucho.

Por si alguien acaba de salir después de 30 años de un búnker nuclear, Bola de dragón es un manga dibujado por Akira Toriyama y su Bird Studio. Cuenta las aventuras de Son Goku, un niño con cola, en principio ligeramente basadas en Viaje al Oeste, una de las novelas clásicas de la literatura china. Publicada a finales del XVI, su protagonista es Xuanzang, un monje que viaja a India en busca de unos textos religiosos. Le acompañan Sun Wu-Kung, el Rey Mono, que vuela en una nube y tiene un bastón que se alarga, un cerdo antropomórfico llamado Zhu Bajie al que le pierde la lujuria y Sha Wujing, que en su primer encuentro con Sun Wu-Kung acaban a palos. ¿A alguien le suena?  

En Bola de dragón, el protagonista crece y con él cambia el tono hacia una historia de artes marciales y torneos. Son Goku se casa y pasa de una forma completamente armónica de aventuras entre graciosas y épicas a una space opera alucinante que culmina en un combate mesiánico con un tirano intergaláctico. A partir de ahí el cómic pierde un poco el norte, con villanos sin una motivación clara más allá de joder, pero sigue teniendo capacidad de enganche y emoción.  

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El responsable de traer Bola de dragón a España es Mario Bistagne, un productor catalán que compró y dobló muchos animes de la TOEI Animation, la empresa japonesa que creaba los dibujos animados de Son Goku. Bistagne las compraba en las ferias internacionales, de donde volvía con una maleta llena de vídeos, para luego doblarlos en su estudio. En el caso de Bola de dragón fue la FORTA, acrónimo de Federación de Organismos de Radio y Televisión Autonómicos, quien le compró los primeros 26 capítulos de la serie al peso, como quien compra huevos en el mercado.

«Da igual dónde se emitiese primero. Quien llevó la voz cantante fue Cataluña y TV3, que fueron emitiendo los nuevos capítulos antes que nadie, y al tener más población que Galicia y el País Vasco, tenía una audiencia potencial mayor y tuvo más impacto cualitativa y cuantitativamente. Se generó un movimiento fan en colegios y universidades muy fuerte y potente». Y sentencia: «En otros sitios fue una serie de éxito; aquí fue un fenómeno social».

[su_pullquote align=»right»]«El día de la primera emisión nació un fenómeno fan español que resulta difícil de entender y casi imposible de replicar»[/su_pullquote]

Hay que tener en cuenta que era imposible prever que Bola de dragón fuese a tener semejante éxito en Cataluña, Galicia, Euskadi y provincias limítrofes. No había un plan de mercadotecnia, no había una visión comercial, nadie había comprado licencias para producir productos basados en una serie que se emitía en tres de 17 comunidades autónomas. Y el público creó lo que el mercado no le daba.

«La gente empezó a hacer dibujos cutres parando el vídeo y calcando la imagen de la tele, luego comenzaron a llegar fotocopias de revistas francesas y finalmente alguna gente, muy poca, se metía en los canales de importación o le traía a un familiar un tomo de Japón», explica Oriol. «Se empieza en universidades y colegios a intercambiar fotocopias, luego a venderlas por 10 o 15 pesetas y las más caras, a 100». Cuando llegaba una fotocopia nueva, las copisterías hacían dos copias. Una para el cliente, otra para su catálogo. Llegaban otros chavales, se la vendían.

Oriol tiene guardadas cien fotocopias de esos años. Pocas, comparadas con las entre doscientas 200 y 300 de Marc Bernabé. Hoy traductor de japonés al catalán y el español, entonces era un chaval de 14 años que vivía en un pueblo relativamente aislado de Barcelona. «Nos dejábamos las fotocopias, las intercambiábamos, teníamos ansias de conseguir cosas de nuestra serie favorita; pero por algún motivo no había nada disponible para la compra», recuerda. «Lo más fuerte que hice fue ver un día en Granollers un videojuego japonés de Bola de dragón para la Super Nintendo por 17.000 pesetas. No tenía ni esa consola, pero me la compré con un adaptador para poder jugar a ese juego. Me gasté una fortuna».

Si así eran las cosas en la periferia, Barcelona era una locura y el mercado de Sant Antoni, el epicentro del delirio. «La catedral del cromo se desborda», titula La Vanguardia en abril de 1992. «Y es que el fenómeno Bola de drac colapsa el punto tradicional de intercambio espontáneo de cromos (…). El récord de afluencia se produjo hace cuatro domingos, con 5.000 visitantes, según los cálculos del director (…). La Guardia Urbana despliega cada domingo doce agentes que han decomisionado en lo que va de año 5.100 fotocopias (100 de ellas, pornográficas), así como 1.650 calcomanías, 90 camisetas, 450 comics, 740 postales, 15 libretas y 200 posters», se lee.

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«Fue un fenómeno completamente irrepetible, ya solo por el hecho de que hoy existe internet y que las series ahora se compran con planificación, marketing. También fue un fenómeno que en su momento captó a mucha gente que no veía dibujos animados, como los universitarios, que fueron parte clave de la ‘songokumanía’, que eran los que realmente podían mover material de forma activa, no los chavales de doce años», reflexiona Oriol.

Aunque ahora puede parecer normal ver a adultos disfrutar con animación. A finales de los 80, era extraño encontrar a personas de más de 15 años viendo dibujos animados. Se decía que ya no tenían edad para perder el tiempo con cosas de niños. En 1989 llegaron Los Simpson, que con Bola de dragón ayudaron a cambiar esta percepción. Oriol ha visto documentales de TV3 de esos años en los que aparecen universitarios dibujando a Son Goku en la pizarra, haciendo trapicheos de cómics, sus primeras webs… Bola de dragón, resume, se ponía en los bares como si fuera un partido de fútbol. Era cuestión de tiempo que alguien tratase de traer el material original. En lo que sí podemos estar de acuerdo todos los españoles es que fuimos los primeros en Occidente en leer manga.

Y si somos los primeros, bueno y qué

El primer contacto de Antonio Martín con Bola de dragón fue en el verano de 1991. Mítico director editorial de Planeta Cómics (Planeta DeAgostini), un día, llegó a casa del trabajo y el televisor estaba encendido. TV3 emitía uno de los capítulos. No le prestó mucha atención. Pero esto se repitió día tras día hasta que le enganchó y acabó sentado en el suelo, mirando la pantalla. «Totalmente entregado», es la expresión que utiliza.

«Tras visionar como puro espectador el anime, mi condición de editor me hizo interesarme por la posibilidad de editar un cómic de Bola de dragón que llevase al papel y a los lectores españoles aquellas aventuras que me habían apasionado en televisión», explica en un correo electrónico. «Yo aún no sabía que existía el manga de Toriyama, hasta el punto de que llegué a plantearme la posibilidad de encargar la realización de los dibujos a un equipo especializado en crear versiones dibujadas en papel del anime, tal y como en años anteriores había hecho con otras series».

Martín conocía el éxito que la serie tenía en Barcelona y ese fenómeno del intercambio de fotocopias y copias. «Lo más importante es que esta mercadotécnica fue tan espontánea y alcanzó tal intensidad que no podemos considerar que los primeros fans de Bola de dragón actuasen como piratas», argumenta. «Más bien valorar su actividad como coleccionistas en función de la falta en aquellos primeros momentos de productos vinculados o derivados de este manga».

Distingue entre estos primeros entusiastas de los fan editores y aficionados expertos que vieron un negocio en este interés popular y realizaban fanzines y revistas que sí pirateaban imágenes del manga original sin respetar el copyright. En cualquier caso, sus años de experiencia le decían que quien lograse editar Bola de dragón de forma respetuosa y con todos los requisitos legales, tenía todas las de ganar. El público potencial estaba más que demostrado.

«En julio de 1991 empecé a tratar de conseguir los derechos editoriales, cuando aún no sabía que se trataba de la versión en dibujos animados del manga del mismo nombre creado en Japón por Akira Toriyama y publicado por Shueisha Inc», explica. «Primero me dirigí a Toei para conseguir los derechos, momento en que me enteré de que existía un manga en curso de publicación desde hacía años y que, evidentemente, Toei no poseía los derechos editoriales».

Consiguió entonces un ejemplar del manga a través de un amigo y ahí leyó el nombre de la editora: Shueisha, Inc. Esta es la responsable de Shonen Jump, la revista semanal para adolescentes que ha publicado mangas de tanto éxito al margen de Bola de dragón como Mazinger Z, COBRA, Dr. Slump, Captain Tsubasa/Oliver y Benji, Saint Seya/Los Caballeros del Zodiaco, Slam Dunk, Bleach, Death Note o Naruto. Armado con su dirección y un fax, Martín comenzó la lucha para publicar Bola de dragón en España. Presentó un plan editorial al director general de Publicaciones. Este lo aprobó. Lo siguiente fue un continuo trabajo durante muchos meses (y muchos faxes) para conseguir una respuesta de Shueisha.

«Shueisha Inc. se vio inicialmente desbordada por el hecho de que una editorial occidental se dirigiese a ellos para comprar los derechos editoriales de una de sus series de manga», recuerda. Llevaban años vendiendo derechos a editores de Asia a través de su departamento internacional, pero no tenían experiencia tratando con europeos. Martín, por su parte, tampoco tenía ninguna con japoneses. Sí con estadounidenses, ya que Planeta llevaba publicando cómics de Marvel desde 1983. Pero, claro, «las diferencias entre negociar con un yanqui y un japonés son gigantescas».

«En mis primeros viajes a Japón me sometieron a un largo y completo interrogatorio para valorar la importancia y garantías editoriales de Planeta DeAgostini», cuenta. Entre 1992 y 2000, Martín viajó diez veces a Japón y se encontró en decenas de ocasiones en ferias de cómics con representantes de editoriales japonesas para negociar derechos de manga.

[su_pullquote align=»right»]«Fue un fenómeno completamente irrepetible. Aunque sea solo por el hecho de que hoy existe internet y que las series ahora se compran con planificación y se lanzan con campañas de marketing» [/su_pullquote]

Shueisha delegó la negociación en la agencia de derechos editoriales Tuttle-Mori de Tokio, con quien Martín y su equipo entró en contacto en otoño de 1991 para lograr un contrato de cesión de derechos para Bola de dragón en España. Su contacto era Ms. Chigusa Ogino, con quien empezaron a llamarse y enviarse faxes para encontrar un punto de acuerdo entre lo que quería Planeta y lo que respondía Shueisha.

«La negociación fue difícil y dura», aunque matiza, «no fue especialmente dura, casi al revés, una vez que aprendes las reglas de cortesía que imperan en el idioma japonés y que se manifiestan especialmente en una negociación». Lo que sí fue complicado fue aunar los diferentes planteamientos editoriales de cada cultura, combinado con los editores japoneses de manga en general. Planeta DeAgostini fue el primer editor europeo que propuso de forma directa comprar los derechos editoriales de un manga a una compañía editorial japonesa. Martín trabaja en un libro ahora mismo titulado Mi Dragon Ball. ¿Una aventura editorial?.

Por supuesto, también las diferencias culturales más allá del uso del idioma, como las pautas culturales, los códigos verbales, expresivos y de comportamiento de Oriente y Occidente. «Un empresario japonés, lo mismo que un empleado de una tienda o un hombre tokiota de la calle, nunca te dirá que no a nada de lo que le propongas aunque realmente piense que no está de acuerdo», advierte, «y por ello eres tú quien tiene que saber adaptar tus propuestas, tu forma de utilizar el lenguaje y sobre todo aceptar que no siempre podrás conseguir lo que quieres».

Estas dificultades han ido desapareciendo a medida que los editores japoneses iban acostumbrándose al trato con europeos y estadounidenses. También con la llegada de internet. Pero cuando Martín peleó por ser los primeros en publicar Bola de dragón, todo lo que tenía era teléfono, fax y correo postal.

Decenas de faxes y llamadas después, se produjo el encuentro cara a cara entre Shueisha y Planeta. En Londres, Chigusa Ogino y Montserrat Samón, secretaria de Martín, se encontraron en un hotel. Durante dos días negociaron los derechos, los royalties, los materiales de reproducción, cómo iba a editarse. Finalmente, cláusula a cláusula, Planeta se hizo con el premio gordo. El 30 de enero de 1992 la noticia ocupó un faldón en portada y media página 33 de La Vanguardia.

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Tras el acuerdo con la editorial japonesa, Martín tuvo una idea: hacer una edición en español y otra en catalán, debido al enorme éxito que tenía en la comunidad catalanoparlante. «Shueisha aceptó con facilidad una vez que situamos correctamente la cuestión de los idiomas nacionales existentes en España», recuerda. El problema vino de casa. «Mi primera propuesta no tuvo éxito, debido tanto al escepticismo de José Manuel Lara, presidente de Planeta DeAgostini, sobre el funcionamiento comercial que podría tener la edición de un tebeo en idioma catalán como por su desapego respecto de la misma cultura catalana».

Pero intervinieron factores externos. Los directivos de TV3 se enteraron de que tenían los derechos de Bola de dragón y pidieron una reunión, en la que solicitaron una edición en catalán. Llegó a intervenir la Generalitat de Catalunya. «De repente, el mismo director general que me había transmitido la negativa de Lara me dio la orden de realizar la edición en castellano a la vez que otra en catalán».

Finalmente, coincidiendo con abril, mes del Salón del Cómic de Barcelona de 1992, llegaría Bola de dragón a los quioscos, que era donde la gente compraba los tebeos antes de las tiendas especializadas. Las fotocopias aún estaban en auge cuando llegó el cómic, así que Planeta pensó que era mejor unirse al enemigo. Como material de promoción, hizo sus propias fotocopias de las páginas del manga, bajo las que ponía: «Copyright c by BirdStudio. First published in Japan 1984 by Shueisha Inc. Tokyo».

Planeta había editado sus primeros mangas, Crying Freeman y Puño de Estrella del Norte, hacía un par de meses, pero desde las versiones estadounidenses. Nada que ver con el despliegue. La tirada era semanal. 50.000 en castellano. 100.000 en catalán. En total, al mes, 600.000 tebeos para la primera edición en un país occidental de Bola de dragón. Algo que resulta imposible de imaginar para un cómic hoy en día.

[su_pullquote align=»right»]«Aunque ahora puede parecer normal, a finales de los 80, en España, resultaba extraño ver a personas de más de 15 años viendo dibujos animados» [/su_pullquote]

Una travesía con final féliz que, junto Akira de Katsuhiro Otomo, moldeó el mercado del manga en España. Da igual cuál de las autonómicas emitió primero la serie; sí que importa el increíble trabajo que convirtió a Planeta en la primera casa editorial occidental en negociar con Shueisha. La maniobra dejó réditos. Bola de dragón tiene sobre 8.000 páginas de cómic. En España se han editado ocho veces ya.

Primero vino la blanca, que recogía las aventuras de Son Goku hasta la muerte de Freezer en 153 números. Luego los 58 comic books de la roja, que incluía Cell y Bu. La amarilla y la azul repiten este esquema, pero unos pocos años después, para nuevos lectores. Hay 42 tomos de tamaño bolsillo que recogen la serie entera. También la publican entera los 34 volúmenes, de tamaño más grande, con algunas páginas a color, llamada Kanzenban. Esta fue reeditada bajo el nombre de Ultimate Edition. La última en salir es la Color Edition, con una nueva traducción y las páginas coloreadas digitalmente.

Mi colección se compone de una parte de la blanca y la amarilla hasta llegar a la primera pelea con Vegeta. Luego tengo unos 10 de los 42 tomos, hasta el combate mesiánico con Freezer. Luego la serie roja original, con algunos muy desgastados de haber dibujado encima. Un colega me contó el otro día que él también la tenía completa, pero la vendió. Para mi eso sería un sacrilegio. Cada vez que abro sus páginas vuelvo a tener seis años. Estoy en casa de mi abuela en Vigo. Es por la tarde y miro la televisión…

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Opiniones 4
    • No. Para la mayoría Mazinger Z simplemente eran (dibujos animados) japoneses. Fue con dragón ball con lo que se tomó consciecia en españa de la existencia de dichos «cómics japonenes» llamados MANGA.

    • Al margen de la probable confusión entre manga / anime, sí es cierto que se publicaba manga antes que Dragon Ball en España. Especialmente en revistas que recopilaban trabajos de varios autores.

      Pero lo que Oriol Estrada explica con sumo detalle en este mismo artículo es que ese momento implicó un punto de inflexión que disparó la venta de cómic manga traído directamente de Japón. Y el furor que supuso la serie, produciendo incluso un mercado de fotocopias de dibujos relacionados hechos o recopilados por los aficionados. Algo que al mercado editorial del momento le pilló tan de improviso, que hubo quien, al ver la serie de animación, pensó en adaptarlo en formato de tebeo sin saber que ya procedía de uno.

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