fbpx
12 de julio 2019    /   CREATIVIDAD
por
Ilustración  Buba Viedma

Anfetaminas y LSD: los otros frentes de las guerras

¡Desconfíen, en este «Folletín Ilustrado», de cualquiera que se acerque a sus tragaderas!

12 de julio 2019    /   CREATIVIDAD     por        Ilustración  Buba Viedma
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

El soldado nunca lo tuvo fácil para saber si el enemigo venía de frente, de culo o corría por sus venas.

El ejército contrario le disparaba y bombardeaba. Pero su propia tropa le propinaba sustancias que le alteraban el juicio y el sentío.

Entre los reclutas del Imperio Británico corría el ron que era una delicia.
A los bárbaros del norte los surtían de setas alucinógenas.
Y en el siglo XX el fiestón se hizo rock and roll.

drogas en la guerra

En la I Guerra Mundial, las tropas francesas y británicas se ponían hasta el culo de cocaína. A velocidad motora, con las pupilas como platos, aplastaron a los germanos.

Al principio dijeron que los alemanes la introducían en el ejército inglés para enloquecerlos. Pero después se vio que eran los holandeses quienes hacían negocio vendiendo a diestro y siniestro.

En la II Guerra Mundial, la anfetamina puso la juerga. Los nazis la llevaron al mercado en la píldora pervitina y los soldados la recibían junto al plato de comida. Flipados de metanfetamina, con el corazón a mil y la euforia de un Dios, invadieron Francia, Polonia y Checoslovaquia.

A veces, lo sabían.
A menudo, lo pedían.
Pero hubo quien se lo tragó sin tener explicación: fueron los conejillos de indias. En la Guerra Fría, el ejército de EEUU echaba LSD en el café de algunos soldados para ver cómo actuaba un combatiente alucinado.
Uuh… aaAah… uUuuhh…

Todo eran risas: no obedecieron una orden, las armas bailaban. Parecía la droga perfecta para desarmar al enemigo.

En el LSD buscaron también el suero de la verdad. En estos experimentos arruinaron la vida de muchos hombres: del empacho de alucinación surgieron paranoias que no se fueron nunca.

No sacaron nada en claro del uso de las drogas en la guerra.
Y al final cesaron las pruebas.
Por estos motivos: «falta de datos, el carácter poco concluyente de los experimentos y los problemas jurídicos, políticos y éticos».

Fuentes:
‘Las drogas en la guerra’, de Lukasz Kamienski (Critica Barcelona)
El Periódico

El soldado nunca lo tuvo fácil para saber si el enemigo venía de frente, de culo o corría por sus venas.

El ejército contrario le disparaba y bombardeaba. Pero su propia tropa le propinaba sustancias que le alteraban el juicio y el sentío.

Entre los reclutas del Imperio Británico corría el ron que era una delicia.
A los bárbaros del norte los surtían de setas alucinógenas.
Y en el siglo XX el fiestón se hizo rock and roll.

drogas en la guerra

En la I Guerra Mundial, las tropas francesas y británicas se ponían hasta el culo de cocaína. A velocidad motora, con las pupilas como platos, aplastaron a los germanos.

Al principio dijeron que los alemanes la introducían en el ejército inglés para enloquecerlos. Pero después se vio que eran los holandeses quienes hacían negocio vendiendo a diestro y siniestro.

En la II Guerra Mundial, la anfetamina puso la juerga. Los nazis la llevaron al mercado en la píldora pervitina y los soldados la recibían junto al plato de comida. Flipados de metanfetamina, con el corazón a mil y la euforia de un Dios, invadieron Francia, Polonia y Checoslovaquia.

A veces, lo sabían.
A menudo, lo pedían.
Pero hubo quien se lo tragó sin tener explicación: fueron los conejillos de indias. En la Guerra Fría, el ejército de EEUU echaba LSD en el café de algunos soldados para ver cómo actuaba un combatiente alucinado.
Uuh… aaAah… uUuuhh…

Todo eran risas: no obedecieron una orden, las armas bailaban. Parecía la droga perfecta para desarmar al enemigo.

En el LSD buscaron también el suero de la verdad. En estos experimentos arruinaron la vida de muchos hombres: del empacho de alucinación surgieron paranoias que no se fueron nunca.

No sacaron nada en claro del uso de las drogas en la guerra.
Y al final cesaron las pruebas.
Por estos motivos: «falta de datos, el carácter poco concluyente de los experimentos y los problemas jurídicos, políticos y éticos».

Fuentes:
‘Las drogas en la guerra’, de Lukasz Kamienski (Critica Barcelona)
El Periódico

Compártelo twitter facebook whatsapp
La casa-protesta del gitano Enrique
Dime dos marcas de los años 80
Porras infográficas
El Primer Asalto entre Creatas y Ejecutas
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *