16 de agosto 2012    /   CINE/TV
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E.T., Alien, King Kong y otros monstruos de Carlo Rambaldi

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Si alguien nos pregunta qué tienen en común E.T., Alien y King Kong podríamos decir varias cosas. Los tres son monstruos. Los tres son extraños. Los tres se encuentran perdidos en un mundo que no es el suyo (en el caso de Alien, una nave).

Los tres dan miedo, o, al menos, nos lo dieron cuando éramos chicos. Y los tres, en cierta forma, nos hacen sentir ternura, nos remueven algo por dentro (aunque igual Alien un poco menos). Sin olvidar que los tres forman parte del imaginario popular colectivo, tanto como Marilyn Monroe o las sopas en lata de Campbell’s (que nos habría dicho Andy Warhol).

Lo que muy poca gente sabe es que tienen algo más en común: su creador, Carlo Rambaldi. Un escultor italiano que entró por casualidad en el cine cuando Giacomo Gentilomo, director también transalpino, le pidió que realizara un dragón de 16 metros para su película Sigfrido (basada en la ópera de Wagner).

Fue en el año 57, cuando los efectos especiales y los monstruos mecánicos comenzaban a parecer reales después de su particular prehistoria. Él, il signor Rambaldi, ayudaría a hacernos creer que lo que se veía en la pantalla no eran figuras mal hechas que se movían dando tirones, sino que eran seres de verdad. Porque a partir de Sigfrido ya nunca abandonaría el cine.

Trabajó con directores de la talla de Mario Monicelli, Pier Paolo Pasolini, Marco Ferreri e incluso Dario Argento, para quien crearía los efectos de Rojo Profundo, todo un cult film del terror setentero. Pero fue cuando desembarcó en Hollywood cuando nos hizo soñar a lo grande.

King Kong, en el remake del 76, fue su primer personaje enorme. Un animal feroz y grandioso con grandes dosis de sensibilidad y ternura. Una bestia que sembraba el pánico a su paso por la ciudad de New York, pero capaz, al mismo tiempo, de enternecernos a todos con una mirada dulce y unos gestos delicados mientras se enamoraba de Jessica Lange.

Participó en la creación de Alien, no tanto en su diseño sino más bien en los efectos mecánicos, con los que ayudó a recrear ese efecto aterrador y siniestro que recordamos de la criatura espacial. Hizo una docena de films, entre los que están Dune, de David Lynch, La Mano, de Oliver Stone, o Conan, con Schwanzenegger.

Sin embargo su mejor creación llegaría de la mano de Spielberg. Éste, con el que ya había trabajado anteriormente en Encuentros en la tercera fase, le encargaría un personaje llamado a vivir para siempre en la memoria de todos nosotros. Fue, por supuesto, E.T.: un ser dulce, de aspecto enigmático, frágil, lleno de misterio y ternura. Con su humor pueril e inocente, su cuerpo débil, su cabeza arrugada, su cuello extensible y su dedo luminoso. Con él nos enamoró a todos.

Nos dio miedo cuando lo descubrimos (al menos cuando éramos niños; yo lo vi cuando tenía 5 años). Nos sorprendió cuando comenzaba a hablar. Nos emocionó cuando usaba el teléfono para comunicarse con los suyos. Nos hizo reír en esas escenas con su torpe caminar de pato, vestido como un fantasma, con un gorro y una peluca, o escondido entre un montón de muñecos.

Hizo volar nuestra imaginación elevándose frente a la luna montado en la bici de Eliot. Y nos hizo llorar, y mucho (a mí, desde luego, un montón) cuando despedía a sus amigos diciéndoles “estaré aquí” (señalando a la cabeza del protagonista) antes de irse para siempre.

Rambaldi consiguió tres oscars, entre ellos uno especial por su aportación en King Kong, pero él nunca se sintió un técnico. Definía a sus criaturas como “esculturas mecánicas”, dando importancia al trabajo artístico por encima de la ingeniería.

Quizá, porque sin el arte, sin la creatividad que tenía, no nos habría emocionado tanto. Murió hace unos días, en su casa, en un pueblo del sur de Italia. Nos dejó, pero basta echar un vistazo a alguna de estas imágenes para saber que vivirá para siempre, como E.T., en la mente de todos nosotros:

E.T.

King Kong:

Trailer de Alien:

Entrevista:

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Los tres dan miedo, o, al menos, nos lo dieron cuando éramos chicos. Y los tres, en cierta forma, nos hacen sentir ternura, nos remueven algo por dentro (aunque igual Alien un poco menos). Sin olvidar que los tres forman parte del imaginario popular colectivo, tanto como Marilyn Monroe o las sopas en lata de Campbell’s (que nos habría dicho Andy Warhol).

Lo que muy poca gente sabe es que tienen algo más en común: su creador, Carlo Rambaldi. Un escultor italiano que entró por casualidad en el cine cuando Giacomo Gentilomo, director también transalpino, le pidió que realizara un dragón de 16 metros para su película Sigfrido (basada en la ópera de Wagner).

Fue en el año 57, cuando los efectos especiales y los monstruos mecánicos comenzaban a parecer reales después de su particular prehistoria. Él, il signor Rambaldi, ayudaría a hacernos creer que lo que se veía en la pantalla no eran figuras mal hechas que se movían dando tirones, sino que eran seres de verdad. Porque a partir de Sigfrido ya nunca abandonaría el cine.

Trabajó con directores de la talla de Mario Monicelli, Pier Paolo Pasolini, Marco Ferreri e incluso Dario Argento, para quien crearía los efectos de Rojo Profundo, todo un cult film del terror setentero. Pero fue cuando desembarcó en Hollywood cuando nos hizo soñar a lo grande.

King Kong, en el remake del 76, fue su primer personaje enorme. Un animal feroz y grandioso con grandes dosis de sensibilidad y ternura. Una bestia que sembraba el pánico a su paso por la ciudad de New York, pero capaz, al mismo tiempo, de enternecernos a todos con una mirada dulce y unos gestos delicados mientras se enamoraba de Jessica Lange.

Participó en la creación de Alien, no tanto en su diseño sino más bien en los efectos mecánicos, con los que ayudó a recrear ese efecto aterrador y siniestro que recordamos de la criatura espacial. Hizo una docena de films, entre los que están Dune, de David Lynch, La Mano, de Oliver Stone, o Conan, con Schwanzenegger.

Sin embargo su mejor creación llegaría de la mano de Spielberg. Éste, con el que ya había trabajado anteriormente en Encuentros en la tercera fase, le encargaría un personaje llamado a vivir para siempre en la memoria de todos nosotros. Fue, por supuesto, E.T.: un ser dulce, de aspecto enigmático, frágil, lleno de misterio y ternura. Con su humor pueril e inocente, su cuerpo débil, su cabeza arrugada, su cuello extensible y su dedo luminoso. Con él nos enamoró a todos.

Nos dio miedo cuando lo descubrimos (al menos cuando éramos niños; yo lo vi cuando tenía 5 años). Nos sorprendió cuando comenzaba a hablar. Nos emocionó cuando usaba el teléfono para comunicarse con los suyos. Nos hizo reír en esas escenas con su torpe caminar de pato, vestido como un fantasma, con un gorro y una peluca, o escondido entre un montón de muñecos.

Hizo volar nuestra imaginación elevándose frente a la luna montado en la bici de Eliot. Y nos hizo llorar, y mucho (a mí, desde luego, un montón) cuando despedía a sus amigos diciéndoles “estaré aquí” (señalando a la cabeza del protagonista) antes de irse para siempre.

Rambaldi consiguió tres oscars, entre ellos uno especial por su aportación en King Kong, pero él nunca se sintió un técnico. Definía a sus criaturas como “esculturas mecánicas”, dando importancia al trabajo artístico por encima de la ingeniería.

Quizá, porque sin el arte, sin la creatividad que tenía, no nos habría emocionado tanto. Murió hace unos días, en su casa, en un pueblo del sur de Italia. Nos dejó, pero basta echar un vistazo a alguna de estas imágenes para saber que vivirá para siempre, como E.T., en la mente de todos nosotros:

E.T.

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Opiniones 1
  • Muy logrado. Felicidades. Todo un viaje para aprender cosas especiales, eso es la vida y hoy he cumplido mi cometido diario gracias a usted.

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