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El futuro metabolista que nunca llegó

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Trasladémosnos al Japón de la posguerra. Un país reducido a cenizas. Ciudades enteras destruidas. Una nueva democracia frágil e impuesta por Occidente. Una nación completamente virgen para empezar de nuevo. En este entorno se unen un grupo de arquitectos con una visión radicalmente distinta sobre el urbanismo fuertemente influída por el entorno en el que crecieron. Se autodenominaron los metabolistas.

Los edificios en Japón siempre han tenido que pasar penurias para sobrevivir. Los terremotos, maremotos y tifones han asolado la isla durante toda su existencia. Mientras que en Europa, las bases de las sólidas estructuras de piedra tenían más posibilidades de permanecer en pie tras los enfrentamientos bélicos, en Japón las casas de madera eran reducidas a la nada cada vez que se desataba una guerra.

En este contexto histórico, los arquitectos Kiyonori Kikutake, Kisho Kurokawa y Fumihiko Maki crearon un movimiento arquitectónico, conscientes de la oportunidad que tenían para redibujar completamente el futuro urbano de Japón. Una nación en la que “hay una incertidumbre sobre le existencia, una ausencia de fe en lo visible y una desconfianza en lo eterno y perdurable”, explicaba Kurokawa.

Él y sus compañeros propusieron crear una arquitectura flexible, que se pudiera renovar y modificar en cualquier momento para adaptarse a la explosión demográfica que se avecinaba y la falta de espacio urbanizable para hacerlo realidad. Sus planes eran muy ambiciosos e incluían proyectos para transformar toda la bahía de Tokio, con estructuras flotantes que no se llegaron a hacer realidad.

En el barrio de Ginza, en Tokio, aún perdura uno de los mayores símbolos de este movimiento. El Nagakin Capsule Tower es metabolismo en su estado más puro. Este edificio de 13 pisos, construido en 1972, está compuesto por 140 cápsulas de 10 metros cuadrados completamente intercambiables y desmontables. Los habitáculos fueron diseñados para ejecutivos solteros que necesitaban alojamiento cercano a las oficinas de Ginza, precursores de los hoteles cápsula.

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Desde 2010, Noritaka Minami se introduce en este lugar para fotografiarlo. El artista, que trabaja en el departamento de estudios visuales y medioambientales en Harvard, aprovecha cada visita a Japón para dejar grabados todos los detalles de este edificio visionario, consciente de que cada ocasión podría ser la última.

“Me fascina porque representa la visión de un futuro en Tokio que nunca se materializó. Quería investigar el significado de un tipo de arquitectura que fue creado para ser fabricado a escala masiva, pero que acabó siendo una pieza única en un momento en el que sufre el riesgo de desaparecer para siempre”, explica el japonés a Yorokobu.

Minami se refiere al riesgo de demolición que se cierne sobre la estructura. En 2007, los residentes votaron a favor de demolerlo y remplazarlo por un nuevo edificio más alto y más moderno. Pero todavía no ha aparecido un inversor interesado en llevarlo a cabo.

La forma en la que se abordó su construcción respondía a una visión completamente flexible sobre la construcción. Cada una de las cápsulas fueron ensamblados en una fábrica en la prefectura de Shiga y transportadas a la obra en camiones y barcos. Cuando llegaba a su destino, el interior estaba listo para ser habitado. La ventana circular estaba instalada, contenía una cama y un baño al que se le añadía una televisión, radio y una alarma. Con una grúa, se levantaba cada cápsula y se sujetaba al pilar central del edificio. La torre estaba diseñada para que sus habitaciones fueran remplazadas cada 25 años, una visión que nunca llegó a producirse 40 años después de su fundación.

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“En la práctica, el edificio no fue tan flexible como lo era en teoría. Añadir y quitar cápsulas suponía un coste prohibitivo (…). Tampoco ha ayudado que la ausencia de mantenimiento habitual se haya cebado con la estructura del edificio”, comentó un artículo del New York Times sobre el edificio en 2009.

Hoy, a pesar del relativo abandono que sufre, sigue siendo funcional y utilizada por personas que viven y trabajan allí. “Se usa como apartamentos, residencias a tiempo parcial y oficinas”, comenta el artista. “Hay personajes muy curiosos viviendo en su interior. Algunos de ellos llegaron fascinados por el significado histórico que posee. Otros lo usan por la buena localización que tiene”.

A falta de un promotor interesado en demoler y construir algo nuevo, Minami considera que se debería generar un debate en Japón sobre la importancia de preservar la torre. “Es una pieza muy importante de la memoria cultural japonesa y su recuperación milagrosa después de la guerra. No hay ningún edificio igual en todo el mundo y es probablemente el edificio más emblemático de Kisho Kurokawa. Necesitará el apoyo de la nación japonesa y la comunidad internacional para seguir en pie”. Una campaña que el artista quiere apoyar con el futuro lanzamiento de un libro sobre el edifico y la difusión de sus fotos que han sido recogidas por medios como Wired.

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A pesar de los deseos de Minami, no será tarea fácil. Nicolai Ouroussoff del New York Times lamentaba en 2009 que muy pocas personas se hayan interesado por salvarlo en Japón a pesar de que en los últimos años el gobierno ha invertido mucho dinero en restaurar edificios antiguos. “No ha habido un intento serio de analizar cuánto costaría restaurar y remplazar las cápsulas. Tampoco ha habido pasos de instituciones públicas o privadas con un plan viable para salvarlo”.

El periodista especula que podría tener algo que ver con la desconfianza que sigue existiendo hacia arquitectos de la posguerra. “Es una arquitectura que sigue siendo tratada con sospecha desde el mainstream cultural ya que se asocia con desarrollos de casas brutalistas y oficinas asépticas”.

También se aventura a decir que al final es una cuestión de dinero. “Salvar un proyecto de este tipo no son inversiones sexys que puedan satisfacer la vanidad o el prestigio de los que lo financian como puede hacerlo otro tipo de edificios (…) Al final todo se resume a si lo quieres salvar, págalo. Una actitud trágica, que, además, distorsiona la historia”.

Aun así, en los últimos años, los metabolistas han empezado a contar con un aliado muy influyente. Rem Koolhas escribió un libro sobre el movimiento en 2012 en el que se celebraba el legado de estos urbanistas, que “sorprendieron al mundo con una nueva arquitectura que propuso un cambio de imagen radical de la nación entera… Entonces los periódicos, revistas y la TV erigieron a los arquitectos en héroes: pensadores y hacedores, hombres minuciosamente modernos… A través de trabajo puro y duro, disciplina y la integración de todas las formas de creatividad, su país, Japón, se convirtió en un ejemplo brillante”.

Si todos estos argumentos no son suficientes para mantener la torre en pie, siempre estarán las fotos de Minami para recordar las visiones de un futuro que nunca se materializó.

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Trasladémosnos al Japón de la posguerra. Un país reducido a cenizas. Ciudades enteras destruidas. Una nueva democracia frágil e impuesta por Occidente. Una nación completamente virgen para empezar de nuevo. En este entorno se unen un grupo de arquitectos con una visión radicalmente distinta sobre el urbanismo fuertemente influída por el entorno en el que crecieron. Se autodenominaron los metabolistas.

Los edificios en Japón siempre han tenido que pasar penurias para sobrevivir. Los terremotos, maremotos y tifones han asolado la isla durante toda su existencia. Mientras que en Europa, las bases de las sólidas estructuras de piedra tenían más posibilidades de permanecer en pie tras los enfrentamientos bélicos, en Japón las casas de madera eran reducidas a la nada cada vez que se desataba una guerra.

En este contexto histórico, los arquitectos Kiyonori Kikutake, Kisho Kurokawa y Fumihiko Maki crearon un movimiento arquitectónico, conscientes de la oportunidad que tenían para redibujar completamente el futuro urbano de Japón. Una nación en la que “hay una incertidumbre sobre le existencia, una ausencia de fe en lo visible y una desconfianza en lo eterno y perdurable”, explicaba Kurokawa.

Él y sus compañeros propusieron crear una arquitectura flexible, que se pudiera renovar y modificar en cualquier momento para adaptarse a la explosión demográfica que se avecinaba y la falta de espacio urbanizable para hacerlo realidad. Sus planes eran muy ambiciosos e incluían proyectos para transformar toda la bahía de Tokio, con estructuras flotantes que no se llegaron a hacer realidad.

En el barrio de Ginza, en Tokio, aún perdura uno de los mayores símbolos de este movimiento. El Nagakin Capsule Tower es metabolismo en su estado más puro. Este edificio de 13 pisos, construido en 1972, está compuesto por 140 cápsulas de 10 metros cuadrados completamente intercambiables y desmontables. Los habitáculos fueron diseñados para ejecutivos solteros que necesitaban alojamiento cercano a las oficinas de Ginza, precursores de los hoteles cápsula.

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Desde 2010, Noritaka Minami se introduce en este lugar para fotografiarlo. El artista, que trabaja en el departamento de estudios visuales y medioambientales en Harvard, aprovecha cada visita a Japón para dejar grabados todos los detalles de este edificio visionario, consciente de que cada ocasión podría ser la última.

“Me fascina porque representa la visión de un futuro en Tokio que nunca se materializó. Quería investigar el significado de un tipo de arquitectura que fue creado para ser fabricado a escala masiva, pero que acabó siendo una pieza única en un momento en el que sufre el riesgo de desaparecer para siempre”, explica el japonés a Yorokobu.

Minami se refiere al riesgo de demolición que se cierne sobre la estructura. En 2007, los residentes votaron a favor de demolerlo y remplazarlo por un nuevo edificio más alto y más moderno. Pero todavía no ha aparecido un inversor interesado en llevarlo a cabo.

La forma en la que se abordó su construcción respondía a una visión completamente flexible sobre la construcción. Cada una de las cápsulas fueron ensamblados en una fábrica en la prefectura de Shiga y transportadas a la obra en camiones y barcos. Cuando llegaba a su destino, el interior estaba listo para ser habitado. La ventana circular estaba instalada, contenía una cama y un baño al que se le añadía una televisión, radio y una alarma. Con una grúa, se levantaba cada cápsula y se sujetaba al pilar central del edificio. La torre estaba diseñada para que sus habitaciones fueran remplazadas cada 25 años, una visión que nunca llegó a producirse 40 años después de su fundación.

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“En la práctica, el edificio no fue tan flexible como lo era en teoría. Añadir y quitar cápsulas suponía un coste prohibitivo (…). Tampoco ha ayudado que la ausencia de mantenimiento habitual se haya cebado con la estructura del edificio”, comentó un artículo del New York Times sobre el edificio en 2009.

Hoy, a pesar del relativo abandono que sufre, sigue siendo funcional y utilizada por personas que viven y trabajan allí. “Se usa como apartamentos, residencias a tiempo parcial y oficinas”, comenta el artista. “Hay personajes muy curiosos viviendo en su interior. Algunos de ellos llegaron fascinados por el significado histórico que posee. Otros lo usan por la buena localización que tiene”.

A falta de un promotor interesado en demoler y construir algo nuevo, Minami considera que se debería generar un debate en Japón sobre la importancia de preservar la torre. “Es una pieza muy importante de la memoria cultural japonesa y su recuperación milagrosa después de la guerra. No hay ningún edificio igual en todo el mundo y es probablemente el edificio más emblemático de Kisho Kurokawa. Necesitará el apoyo de la nación japonesa y la comunidad internacional para seguir en pie”. Una campaña que el artista quiere apoyar con el futuro lanzamiento de un libro sobre el edifico y la difusión de sus fotos que han sido recogidas por medios como Wired.

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A pesar de los deseos de Minami, no será tarea fácil. Nicolai Ouroussoff del New York Times lamentaba en 2009 que muy pocas personas se hayan interesado por salvarlo en Japón a pesar de que en los últimos años el gobierno ha invertido mucho dinero en restaurar edificios antiguos. “No ha habido un intento serio de analizar cuánto costaría restaurar y remplazar las cápsulas. Tampoco ha habido pasos de instituciones públicas o privadas con un plan viable para salvarlo”.

El periodista especula que podría tener algo que ver con la desconfianza que sigue existiendo hacia arquitectos de la posguerra. “Es una arquitectura que sigue siendo tratada con sospecha desde el mainstream cultural ya que se asocia con desarrollos de casas brutalistas y oficinas asépticas”.

También se aventura a decir que al final es una cuestión de dinero. “Salvar un proyecto de este tipo no son inversiones sexys que puedan satisfacer la vanidad o el prestigio de los que lo financian como puede hacerlo otro tipo de edificios (…) Al final todo se resume a si lo quieres salvar, págalo. Una actitud trágica, que, además, distorsiona la historia”.

Aun así, en los últimos años, los metabolistas han empezado a contar con un aliado muy influyente. Rem Koolhas escribió un libro sobre el movimiento en 2012 en el que se celebraba el legado de estos urbanistas, que “sorprendieron al mundo con una nueva arquitectura que propuso un cambio de imagen radical de la nación entera… Entonces los periódicos, revistas y la TV erigieron a los arquitectos en héroes: pensadores y hacedores, hombres minuciosamente modernos… A través de trabajo puro y duro, disciplina y la integración de todas las formas de creatividad, su país, Japón, se convirtió en un ejemplo brillante”.

Si todos estos argumentos no son suficientes para mantener la torre en pie, siempre estarán las fotos de Minami para recordar las visiones de un futuro que nunca se materializó.

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