20 de abril 2018    /   IDEAS
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¿Por qué juzgamos la sexualidad de los niños como si fueran adultos?

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Las personas occidentales, suele decirse, tienden a juzgar otras épocas y otras culturas desde su perspectiva. Como no puede entender el porqué de muchos comportamientos, acaba criticándolos sin fundamento.

Pero ese error también lo cometen los adultos cuando juzgan las rutinas de los niños. Más aún cuando se trata de sexo. Muchos padres tienden a escandalizarse porque juzgan los comportamientos sexuales de los niños como si de adultos se tratase.

«La sexualidad infantil, hasta la pubertad, es bien diferente de la sexualidad adulta», comenta el sexólogo Fernando Villadangos. Sin embargo, aunque cada vez se habla más sobre educación, en lo que respecta a la sexual, los padres siguen teniendo muchas asignaturas pendientes.

«En general existe un gran desconocimiento sobre la sexualidad infantil y el desarrollo de la misma, incluso entre los propios padres y madres. No hemos sido educados ni preparados para ello. Además, pesa una educación represiva en cuanto al sexo donde todo ha sido tabú y hace que confundamos las cosas y nos dé vergüenza informar y educar en este tema», insiste el experto.

Los niños sí son sexuados

Como aporta Villadangos, «todas las personas somos seres sexuados desde que nacemos, y eso significa que tenemos la capacidad y la necesidad de sentir placer en todo nuestro cuerpo toda la vida». Sin embargo, la forma de vivir la sexualidad es muy diferente según la edad.

En la etapa infantil, «son habituales los juegos de autoexploración corporal y también con otros niños y niñas cercanos. Enseguida se descubre que hay dos sexos y la curiosidad lleva a preguntarse por las diferencias y a investigar», explica el sexólogo. Juegos que a veces confunden a los mayores.

En este sentido, Villadangos insiste en que «un niño o una niña no tiene el concepto de sexualidad adulta». Aunque en los primeros años puede explorar su cuerpo en busca de sensaciones agradables, no diferencia entre unas zonas u otras. «Puede aprender a tocarse el pelo para tranquilizarse a la hora de dormir, pero puede ser también su zona genital. Sin más».

El momento en el que los niños cambian esta forma de vivenciar su cuerpo es en la pubertad. Cuando «la explosión hormonal nos transforma y dispara el deseo sexual que anuncia la llegada de la sexualidad adulta».

Sin escandalizarse

Para los niños, estos comportamientos no tienen mayor importancia. El problema está en cómo lo interpretan los adultos.

No se trata de evitar el tema, sino de intentar abordarlo de la mejor forma posible. Una de las claves está en educar en la necesidad de la privacidad y el respeto a los demás.  Fernando Villadangos lo explica con este ejemplo: «Una madre me dijo hace poco que a sus hijos les educaba en que había que hacer determinadas cosas en privado, como meterse un dedo en la nariz o masturbarse. Así de simple y de acertado».

Pero no siempre habrá tiempo para poder ir preparando respuestas. En otras ocasiones, las preguntas llegarán de sopetón, sin que las esperemos. ¿Cómo reaccionar entonces? «Lo mejor es estar siempre disponibles para responder adecuándonos a su edad e intereses».

Las respuestas también serán diferentes en función de la edad del niño. «Hasta los 8 años puede abordarse la tan temida pregunta “¿De dónde vienen los niños?” respondiendo que cuando dos personas se quieren, sucede. A partir de esa edad, ya hay que explicar algo más».

Otra cuestión es no crear culpas, miedos y frustraciones reaccionando negativamente a esa curiosidad que los niños tienen. Villadangos insiste en que «si se prohíbe y se castiga, estaremos creando adultos con vergüenzas, complejos corporales y una sexualidad conflictiva. Y adolescentes que se siguen escondiendo para explorar su cuerpo o para iniciar sus primeras relaciones sexuales clandestinas».

Por el contrario, «si hablamos con naturalidad, lo entenderán como algo natural. Deberíamos de tener una actitud de disponibilidad y ser accesibles con nuestras respuestas en el tema de la sexualidad como en cualquier otro de la vida».

A modo de conclusión, el sexólogo reflexiona que «la educación es un proceso recíproco y estamos en un momento donde son los hijos quienes nos están educando sexualmente a padres y madres por el hecho de esforzarnos en darles algo mejor, positivo y más limpio que la educación represiva que sufrimos a sus edades. Y superar, por fin, esa asignatura pendiente que nos impedía ser más felices en la vida: la educación sexual».

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Las personas occidentales, suele decirse, tienden a juzgar otras épocas y otras culturas desde su perspectiva. Como no puede entender el porqué de muchos comportamientos, acaba criticándolos sin fundamento.

Pero ese error también lo cometen los adultos cuando juzgan las rutinas de los niños. Más aún cuando se trata de sexo. Muchos padres tienden a escandalizarse porque juzgan los comportamientos sexuales de los niños como si de adultos se tratase.

«La sexualidad infantil, hasta la pubertad, es bien diferente de la sexualidad adulta», comenta el sexólogo Fernando Villadangos. Sin embargo, aunque cada vez se habla más sobre educación, en lo que respecta a la sexual, los padres siguen teniendo muchas asignaturas pendientes.

«En general existe un gran desconocimiento sobre la sexualidad infantil y el desarrollo de la misma, incluso entre los propios padres y madres. No hemos sido educados ni preparados para ello. Además, pesa una educación represiva en cuanto al sexo donde todo ha sido tabú y hace que confundamos las cosas y nos dé vergüenza informar y educar en este tema», insiste el experto.

Los niños sí son sexuados

Como aporta Villadangos, «todas las personas somos seres sexuados desde que nacemos, y eso significa que tenemos la capacidad y la necesidad de sentir placer en todo nuestro cuerpo toda la vida». Sin embargo, la forma de vivir la sexualidad es muy diferente según la edad.

En la etapa infantil, «son habituales los juegos de autoexploración corporal y también con otros niños y niñas cercanos. Enseguida se descubre que hay dos sexos y la curiosidad lleva a preguntarse por las diferencias y a investigar», explica el sexólogo. Juegos que a veces confunden a los mayores.

En este sentido, Villadangos insiste en que «un niño o una niña no tiene el concepto de sexualidad adulta». Aunque en los primeros años puede explorar su cuerpo en busca de sensaciones agradables, no diferencia entre unas zonas u otras. «Puede aprender a tocarse el pelo para tranquilizarse a la hora de dormir, pero puede ser también su zona genital. Sin más».

El momento en el que los niños cambian esta forma de vivenciar su cuerpo es en la pubertad. Cuando «la explosión hormonal nos transforma y dispara el deseo sexual que anuncia la llegada de la sexualidad adulta».

Sin escandalizarse

Para los niños, estos comportamientos no tienen mayor importancia. El problema está en cómo lo interpretan los adultos.

No se trata de evitar el tema, sino de intentar abordarlo de la mejor forma posible. Una de las claves está en educar en la necesidad de la privacidad y el respeto a los demás.  Fernando Villadangos lo explica con este ejemplo: «Una madre me dijo hace poco que a sus hijos les educaba en que había que hacer determinadas cosas en privado, como meterse un dedo en la nariz o masturbarse. Así de simple y de acertado».

Pero no siempre habrá tiempo para poder ir preparando respuestas. En otras ocasiones, las preguntas llegarán de sopetón, sin que las esperemos. ¿Cómo reaccionar entonces? «Lo mejor es estar siempre disponibles para responder adecuándonos a su edad e intereses».

Las respuestas también serán diferentes en función de la edad del niño. «Hasta los 8 años puede abordarse la tan temida pregunta “¿De dónde vienen los niños?” respondiendo que cuando dos personas se quieren, sucede. A partir de esa edad, ya hay que explicar algo más».

Otra cuestión es no crear culpas, miedos y frustraciones reaccionando negativamente a esa curiosidad que los niños tienen. Villadangos insiste en que «si se prohíbe y se castiga, estaremos creando adultos con vergüenzas, complejos corporales y una sexualidad conflictiva. Y adolescentes que se siguen escondiendo para explorar su cuerpo o para iniciar sus primeras relaciones sexuales clandestinas».

Por el contrario, «si hablamos con naturalidad, lo entenderán como algo natural. Deberíamos de tener una actitud de disponibilidad y ser accesibles con nuestras respuestas en el tema de la sexualidad como en cualquier otro de la vida».

A modo de conclusión, el sexólogo reflexiona que «la educación es un proceso recíproco y estamos en un momento donde son los hijos quienes nos están educando sexualmente a padres y madres por el hecho de esforzarnos en darles algo mejor, positivo y más limpio que la educación represiva que sufrimos a sus edades. Y superar, por fin, esa asignatura pendiente que nos impedía ser más felices en la vida: la educación sexual».

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