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15 de enero 2019    /   IDEAS
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Educar desde la tribu: ¿un modelo viable en nuestra sociedad?

15 de enero 2019    /   IDEAS     por          
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No era raro que las puertas de las casas permanecieran abiertas. Puede que eso contribuyera a conformar (¿o tal ver fuera producto de?) un concepto de familia más difuso y dilatado que el actual. Si había que salir a hacer un recado, se avisaba a algún vecino para que echara un ojo al niño, que jugaba en la calle.

Quedar al cuidado de alguien cercano, aunque no formara parte de la familia, era de lo más normal entre los que fuimos niños hace ya algunas décadas. Sobre todo en pueblos o ciudades pequeñas.

Ayudas procedentes de una red de apoyo familiar y/o vecinal difícil de concebir hoy, especialmente por los padres de niños pequeños que viven en grandes urbes. Salvo los que cuentan con la proximidad de abuelos u otros familiares cercanos, la crianza ha pasado a ser una labor individual o de pareja. La ayuda extra hay que contratarla y pagarla –normalmente– por horas.

De forma paralela, el cuidado de los hijos ha cerrado definitivamente la puerta de la calle para limitarse al ámbito privado. «Es algo muy poco visible. Los niños no habitan las calles. Cuando nació mi hijo yo nunca había visto un niño tan pequeño porque el cuidado de los bebés es algo que transcurre en las casas y, como mucho, en los parques sobresaturados», dice Marisol López Rubio, fundadora de Mamananádada, una casa nido madrileña.

«Antes –continúa–, la información de cómo amamantar, dormir a un bebé, etc., venía de tu madre, hermana, tía… Ahora llega normalmente a través de la fotocopia de una fotocopia que te da el médico porque tampoco sabe muy bien de dónde sale».

Fue a raíz de la llegada de su primer hijo cuando López Rubio decidió dar forma a todas las inquietudes relacionadas con la educación que la acompañaban desde hacía tiempo. El resultado fue Mamananádada, un proyecto pensado para dar apoyo a las familias del barrio de Chamberí.

«Un espacio para conectar, compartir dudas, pasar tiempo en familia, aprender lo que nadie nos había contado de la crianza y resolver en colectivo problemas que creíamos propios, descubriendo que no lo son», explica López Rubio.

Big Little School  [Fotos: María Carmona (www.angelitaharris.com)]

La aventura comenzó con ocho niños con el acompañamiento de dos adultos. A los pequeños no se les separa por edades. Esto y la ausencia de lucro de la iniciativa son, según su fundadora, las principales diferencias respecto a las guarderías y escuelas infantiles convencionales.

A día de hoy el proyecto ha evolucionado dando lugar a Big Little School, un espacio Montessori en el centro de Madrid. Un método educativo que en sus orígenes también tuvo muy en cuenta la necesidad de apoyo social a la crianza: «Aunque se crearon en tiempos muy distintos a los actuales, las primeras casas de niños de María Montessori surgieron con el objetivo de no aislar a los niños de la vida».

«Se fundaron en barrios obreros –continúa explicando López Rubio– para dar cabida a esos niños que se quedaban solos en la calle mientras sus padres trabajaban. Pero con un concepto distinto al de la escuela, que en aquellos tiempos (principios del siglo XX) solo era un lugar donde retenerlos un rato al día y prepararles para ir a la fábrica. Montessori quería aprovechar el mandato biológico del niño (ser autónomo e independizarse del adulto) y sus intereses naturales para que aprendieran todo tipo de cosas».

Educar en tribu

Marisol López Rubio prescinde de términos como escuela al referirse a su espacio para hablar de «comunidad educativa familiar». «Una apuesta por un modelo de ciudad más habitable, amable, participativa y social», añade.

Durante la charla que mantenemos con ella, la palabra tribu aparece en más de una ocasión. «Lo que hacen las tribus en relación a la crianza es precisamente ayudar a que los padres se dediquen exclusivamente a esa labor, dando apoyo en lo que necesitan y asistencia en las actividades productivas. Por eso el proverbio dice que “para criar a un niño hace falta toda una tribu”».

Cuando en 2016 la, por aquel entonces, diputada de la CUP Anna Gabriel empleó esta terminología para referirse a su modelo de familia ideal, muchos quedaron ojipláticos. «Si yo pudiera formar parte de un grupo que decidiera tener hijos e hijas en común, me satisfaría la idea», confesaba en Catalunya Ràdio, para seguir explicando que el modelo de familia «nuclear» que rige hoy era para ella un modelo «perverso» y «poco enriquecedor».

«Tiende a convertir a la gente en muy conservadora», aseguraba para seguir explicando que tal concepción de la paternidad y la maternidad se centra en querer lo mejor única y exclusivamente para sus hijos, «y estos son muy pocos: uno, dos o tres como mucho».

La socialización de la crianza a la que se refería Gabriel asusta. La psicóloga social Gemma Altell se pregunta si las mentes «biempensantes» se escandalizaban por considerarlo una «aberración» educativa/familiar, «¿o es que en el fondo no tenemos suficiente nivel de madurez como sociedad como para plantearnos una propuesta tan rompedora?».

Antes de Gabriel, el concepto tribu ya era recurrente en el entorno educativo. El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina hacía referencia al célebre proverbio africano citado por López Rubio en su libro Aprender a vivir para referirse a la movilización necesaria para que todos los miembros de la sociedad (padres, profesores, medios de comunicación, empresas e instituciones) se involucren en la educación de los niños. «Todos ejercemos una influencia educativa buena o mala por acción u omisión».

Algunos expertos ponen la pega cuando el concepto tribu se entiende de forma literal. El psicólogo Esteban Cañamares comentaba en el diario El Mundo, a raíz del revuelo que Gabriel provocó con sus declaraciones, que aunque sería deseable que la crianza de los niños fuese «más extensa» y se ampliara a familiares y amigos, como ocurría antes, un modelo tribal sería «poco viable y nada positivo» para los niños.

«El niño necesita sentir que pertenece a un grupo estable y tener unos núcleos fuertes con sus padres (…). Para algunas sociedades puede ser aceptada la tribu. Pero en nuestra sociedad fracasaría», afirmaba.

La socióloga, maestra y escritora Alba Castellví discrepa, en cierto modo, en este punto.

«Personalmente creo que un niño que crezca en una comunidad de personas comprometidas y responsables puede sentir que pertenece a un grupo tanto o más estable que los niños que lo hacen en algunas familias donde la pareja nuclear de padres no siempre resiste los retos de la convivencia y se rompe para dar lugar a nuevas parejas de padres y padrastros, y donde muchas otras veces, aun resistiendo el paso del tiempo a pesar de las dificultades de convivencia, la pareja es disfuncional para la buena educación emocional de los hijos a causa del trato desconsiderado».

Sin embargo, Castellví reconoce que ese modelo de «educación en comunidad» únicamente es posible en ciertos entornos «muy ideologizados y donde se comparta la idea transformadora de “educar entre todos”». «Estas comunidades –continúa– son viables cuando están formadas por personas con un alto sentido de la responsabilidad y con una postura ética fruto de la decisión consciente y de una reflexión profunda sobre las ventajas y también sobre las dificultades y cómo enfrentarse a ellas», nos explica.

Requisitos poco frecuentes en una sociedad como la española donde rige el individualismo y un restrictivo concepto de la familia («raramente se concibe más allá de los lazos de sangre o el parentesco vía matrimonio»).

De ahí que los modelos que abogan por una crianza grupal no sean fáciles de asimilar: «El arraigo que tiene en nuestra sociedad el concepto de familia nuclear hace muy difícil que los padres biológicos puedan vivir con normalidad el hecho de que sean otros los que corrijan a sus hijos, por ejemplo (lo cual sería natural en un contexto de “tribu educadora”)».

A ese arraigo habría que sumar, en su opinión, otro problema no menor como la necesidad de consenso constante al que estarían abocados los adultos: «Se necesitaría un gran esfuerzo por parte de los padres para llegar a acuerdos sobre temas relacionados con los niños con personas que no necesariamente piensan igual».

Porque en caso de que cada progenitor o pareja decidiese únicamente sobre sus vástagos, «no estaríamos hablando de un verdadero grupo de crianza, sino de una sociedad de ayuda mutua», apunta Castellví.

La socióloga termina señalando algunos aspectos positivos que, en su opinión, puede aportar la crianza comunitaria al niño: «En primer lugar, padres más tranquilos y seguros en su función y con más tiempo disponible para la relación de pareja. Es una ventaja para los niños no tener a los padres absolutamente centrados en ellos hasta el punto de abandonar otras prioridades familiares como el cuidado de la relación de pareja».

Otro punto positivo es la posibilidad de convivir con adultos diferentes a los de su núcleo reducido, «lo cual implica conocer diferentes estilos educativos y contribuye a enriquecer la capacidad de adaptación».

Castellví incluye entre las ventajas para el niño el hecho de crecer en un ambiente donde la responsabilidad educativa de los adultos va más allá de la de los propios hijos.

No era raro que las puertas de las casas permanecieran abiertas. Puede que eso contribuyera a conformar (¿o tal ver fuera producto de?) un concepto de familia más difuso y dilatado que el actual. Si había que salir a hacer un recado, se avisaba a algún vecino para que echara un ojo al niño, que jugaba en la calle.

Quedar al cuidado de alguien cercano, aunque no formara parte de la familia, era de lo más normal entre los que fuimos niños hace ya algunas décadas. Sobre todo en pueblos o ciudades pequeñas.

Ayudas procedentes de una red de apoyo familiar y/o vecinal difícil de concebir hoy, especialmente por los padres de niños pequeños que viven en grandes urbes. Salvo los que cuentan con la proximidad de abuelos u otros familiares cercanos, la crianza ha pasado a ser una labor individual o de pareja. La ayuda extra hay que contratarla y pagarla –normalmente– por horas.

De forma paralela, el cuidado de los hijos ha cerrado definitivamente la puerta de la calle para limitarse al ámbito privado. «Es algo muy poco visible. Los niños no habitan las calles. Cuando nació mi hijo yo nunca había visto un niño tan pequeño porque el cuidado de los bebés es algo que transcurre en las casas y, como mucho, en los parques sobresaturados», dice Marisol López Rubio, fundadora de Mamananádada, una casa nido madrileña.

«Antes –continúa–, la información de cómo amamantar, dormir a un bebé, etc., venía de tu madre, hermana, tía… Ahora llega normalmente a través de la fotocopia de una fotocopia que te da el médico porque tampoco sabe muy bien de dónde sale».

Fue a raíz de la llegada de su primer hijo cuando López Rubio decidió dar forma a todas las inquietudes relacionadas con la educación que la acompañaban desde hacía tiempo. El resultado fue Mamananádada, un proyecto pensado para dar apoyo a las familias del barrio de Chamberí.

«Un espacio para conectar, compartir dudas, pasar tiempo en familia, aprender lo que nadie nos había contado de la crianza y resolver en colectivo problemas que creíamos propios, descubriendo que no lo son», explica López Rubio.

Big Little School  [Fotos: María Carmona (www.angelitaharris.com)]

La aventura comenzó con ocho niños con el acompañamiento de dos adultos. A los pequeños no se les separa por edades. Esto y la ausencia de lucro de la iniciativa son, según su fundadora, las principales diferencias respecto a las guarderías y escuelas infantiles convencionales.

A día de hoy el proyecto ha evolucionado dando lugar a Big Little School, un espacio Montessori en el centro de Madrid. Un método educativo que en sus orígenes también tuvo muy en cuenta la necesidad de apoyo social a la crianza: «Aunque se crearon en tiempos muy distintos a los actuales, las primeras casas de niños de María Montessori surgieron con el objetivo de no aislar a los niños de la vida».

«Se fundaron en barrios obreros –continúa explicando López Rubio– para dar cabida a esos niños que se quedaban solos en la calle mientras sus padres trabajaban. Pero con un concepto distinto al de la escuela, que en aquellos tiempos (principios del siglo XX) solo era un lugar donde retenerlos un rato al día y prepararles para ir a la fábrica. Montessori quería aprovechar el mandato biológico del niño (ser autónomo e independizarse del adulto) y sus intereses naturales para que aprendieran todo tipo de cosas».

Educar en tribu

Marisol López Rubio prescinde de términos como escuela al referirse a su espacio para hablar de «comunidad educativa familiar». «Una apuesta por un modelo de ciudad más habitable, amable, participativa y social», añade.

Durante la charla que mantenemos con ella, la palabra tribu aparece en más de una ocasión. «Lo que hacen las tribus en relación a la crianza es precisamente ayudar a que los padres se dediquen exclusivamente a esa labor, dando apoyo en lo que necesitan y asistencia en las actividades productivas. Por eso el proverbio dice que “para criar a un niño hace falta toda una tribu”».

Cuando en 2016 la, por aquel entonces, diputada de la CUP Anna Gabriel empleó esta terminología para referirse a su modelo de familia ideal, muchos quedaron ojipláticos. «Si yo pudiera formar parte de un grupo que decidiera tener hijos e hijas en común, me satisfaría la idea», confesaba en Catalunya Ràdio, para seguir explicando que el modelo de familia «nuclear» que rige hoy era para ella un modelo «perverso» y «poco enriquecedor».

«Tiende a convertir a la gente en muy conservadora», aseguraba para seguir explicando que tal concepción de la paternidad y la maternidad se centra en querer lo mejor única y exclusivamente para sus hijos, «y estos son muy pocos: uno, dos o tres como mucho».

La socialización de la crianza a la que se refería Gabriel asusta. La psicóloga social Gemma Altell se pregunta si las mentes «biempensantes» se escandalizaban por considerarlo una «aberración» educativa/familiar, «¿o es que en el fondo no tenemos suficiente nivel de madurez como sociedad como para plantearnos una propuesta tan rompedora?».

Antes de Gabriel, el concepto tribu ya era recurrente en el entorno educativo. El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina hacía referencia al célebre proverbio africano citado por López Rubio en su libro Aprender a vivir para referirse a la movilización necesaria para que todos los miembros de la sociedad (padres, profesores, medios de comunicación, empresas e instituciones) se involucren en la educación de los niños. «Todos ejercemos una influencia educativa buena o mala por acción u omisión».

Algunos expertos ponen la pega cuando el concepto tribu se entiende de forma literal. El psicólogo Esteban Cañamares comentaba en el diario El Mundo, a raíz del revuelo que Gabriel provocó con sus declaraciones, que aunque sería deseable que la crianza de los niños fuese «más extensa» y se ampliara a familiares y amigos, como ocurría antes, un modelo tribal sería «poco viable y nada positivo» para los niños.

«El niño necesita sentir que pertenece a un grupo estable y tener unos núcleos fuertes con sus padres (…). Para algunas sociedades puede ser aceptada la tribu. Pero en nuestra sociedad fracasaría», afirmaba.

La socióloga, maestra y escritora Alba Castellví discrepa, en cierto modo, en este punto.

«Personalmente creo que un niño que crezca en una comunidad de personas comprometidas y responsables puede sentir que pertenece a un grupo tanto o más estable que los niños que lo hacen en algunas familias donde la pareja nuclear de padres no siempre resiste los retos de la convivencia y se rompe para dar lugar a nuevas parejas de padres y padrastros, y donde muchas otras veces, aun resistiendo el paso del tiempo a pesar de las dificultades de convivencia, la pareja es disfuncional para la buena educación emocional de los hijos a causa del trato desconsiderado».

Sin embargo, Castellví reconoce que ese modelo de «educación en comunidad» únicamente es posible en ciertos entornos «muy ideologizados y donde se comparta la idea transformadora de “educar entre todos”». «Estas comunidades –continúa– son viables cuando están formadas por personas con un alto sentido de la responsabilidad y con una postura ética fruto de la decisión consciente y de una reflexión profunda sobre las ventajas y también sobre las dificultades y cómo enfrentarse a ellas», nos explica.

Requisitos poco frecuentes en una sociedad como la española donde rige el individualismo y un restrictivo concepto de la familia («raramente se concibe más allá de los lazos de sangre o el parentesco vía matrimonio»).

De ahí que los modelos que abogan por una crianza grupal no sean fáciles de asimilar: «El arraigo que tiene en nuestra sociedad el concepto de familia nuclear hace muy difícil que los padres biológicos puedan vivir con normalidad el hecho de que sean otros los que corrijan a sus hijos, por ejemplo (lo cual sería natural en un contexto de “tribu educadora”)».

A ese arraigo habría que sumar, en su opinión, otro problema no menor como la necesidad de consenso constante al que estarían abocados los adultos: «Se necesitaría un gran esfuerzo por parte de los padres para llegar a acuerdos sobre temas relacionados con los niños con personas que no necesariamente piensan igual».

Porque en caso de que cada progenitor o pareja decidiese únicamente sobre sus vástagos, «no estaríamos hablando de un verdadero grupo de crianza, sino de una sociedad de ayuda mutua», apunta Castellví.

La socióloga termina señalando algunos aspectos positivos que, en su opinión, puede aportar la crianza comunitaria al niño: «En primer lugar, padres más tranquilos y seguros en su función y con más tiempo disponible para la relación de pareja. Es una ventaja para los niños no tener a los padres absolutamente centrados en ellos hasta el punto de abandonar otras prioridades familiares como el cuidado de la relación de pareja».

Otro punto positivo es la posibilidad de convivir con adultos diferentes a los de su núcleo reducido, «lo cual implica conocer diferentes estilos educativos y contribuye a enriquecer la capacidad de adaptación».

Castellví incluye entre las ventajas para el niño el hecho de crecer en un ambiente donde la responsabilidad educativa de los adultos va más allá de la de los propios hijos.

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