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6 de mayo 2019    /   BUSINESS
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¿Por qué nos gusta más ver nuestra cara en un espejo que en una fotografía?

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Muchos solemos decir que no nos reconocemos en una fotografía, o que no somos fotogénicos, o que hemos salido fatal de la muerte. Sin embargo, esa sensación no es tan común cuando contemplamos nuestro reflejo en un espejo.

En los espejos sí que nos reconocemos, sí que todo parece estar justo donde recordábamos. En las fotografías nos da la sensación de que ahí no estamos nosotros, sino un Doppelgänger más gordo, más deformado, incluso más picassiano.

¿A qué se debe este fenómeno? ¿Tiene un origen psicológico o físico? En realidad, ambas explicaciones son ciertas y se retroalimentan.

EL ATRACTIVO DE LO FAMILIAR

En pocas palabras, el reflejo especular ofrece un ángulo de visión distinto al de las fotografías, y a nosotros nos suelen parecer más atractivo algo familiar que poco familiar (y el reflejo especular es más familiar que una imagen en una foto. Por eso, si nos hacemos muchas fotos, al final también nos acostumbraremos a ese rostro ligeramente distinto y nos gustará por igual).

Este efecto psicológico se llama «efecto de mera exposición» o «efecto de exposición», y la primera investigación conocida del fenómeno fue llevada a cabo por Gustav Theodor Fechner en 1876.

La literatura científica que confirma este efecto en todos nosotros y a todos los niveles es muy robusta, por ello hay cientos de estudios que demuestran cómo la mayoría de personas prefiere a los amigos antes que los extraños o una canción conocida a una desconocida o un paisaje familiar a uno demasiado raro.

Esto explica, a su vez, que el reflejo del espejo, por conocido, no nos ofenda tanto que la fotografía, como abunda en ello Derek Thompson en su libro Creadores de Hits:

El rostro humano es ligeramente asimétrico, lo que significa que una fotografía capta una cara un poco diferente a como lo hace el espejo (…) Es la cara que te gusta solo porque estás acostumbrado a verla de esa manera. La preferencia por la familiaridad es tan universal que algunos piensan que se debe haber inscrito en nuestro código genético desde que nuestros ancestros recorrían la sabana. La explicación evolutiva para el efecto es simple: si reconoces a un animal o planta, es que no te ha matado aún.

Y LA EXPLICACIÓN DE LA BELLEZA

Este sesgo hacia la familiaridad también explica en parte por qué hay rasgos en las personas que nos parecen universalmente bellos.

En todas las culturas estudiadas, según sugiere el catedrático de Psicología Social de la Universidad de Texas David Buss en su libro La evolución del deseo, hay universales de belleza: por ejemplo, en las mujeres, la simetría facial, unos pómulos relativamente altos, una mandíbula delgada, una distancia corta entre nariz y barbilla y unos ojos grandes en relación al tamaño de la cara parecen ser rasgos universalmente bellos, así como una dermis sin impurezas.

Estos universales fueron consistentes en más de 10.000 personas de 37 sociedades diferentes.

Estos rasgos están íntimamente ligados a la salud de las personas, por eso resultan atractivos: es mucho más rentable evolutivamente reproducirse con personas sin errores en su genoma o enfermedades de cualquier tipo.

También sucede otra cosa que queda en la superficie de cualquier test en el que se evalúa la belleza de alguien: la familiaridad. Por eso, porcentualmente, la gente se siente atraída hacia rostros que se parecen a muchos otros rostros. A la suma de los rostros conocidos, literalmente.

En un estudio de 1990, por ejemplo, se probó a crear rostros con un programa informático que fueran el promedio de distintos rasgos de rostros que previamente habían sido puntuados en función de su belleza.

Funciona así: si una cara tiene la nariz pequeña y la otra la tiene grande, la imagen promedio definitiva (es decir, el retrato compuesto) presentará una nariz de tamaño medio.

Esta técnica se aplicó a muchos otros rasgos del rostro, incluso en detalles como la comisura de los labios. Si se creaban caras promedio con caras que habían sido votadas como atractivas, el nuevo rostro resultante recibía incluso puntuaciones más elevadas por su atractivo.

¿Qué resulta tan hermoso en una cara promedio? Los científicos no están muy seguros. Tal vez sea una cuestión evolutiva, y una cara hecha de muchas caras sugiere diversidad genética. En cualquier caso, el gusto es universal y tal vez incluso innato. En estudios realizados con adultos y niños en China y en toda Europa y Estados Unidos, las caras promedio se consideran las más atractivas.

Esta suma de rostros también permite crear nuevos rostros que transmitan una personalidad a los demás. Es lo que se ha demostrado, por ejemplo, los experimentos de los psicólogos Anthony Little, de la Universidad de Stirling, y David Perrett, de la Universidad de St Andrews, publicados en British Journal of Psychology.

Haciendo uso de un programa informático, los investigadores combinaron grupos de rostros en un único rostro compuesto, una suma de todos los rasgos, concibiendo así una cara que no existía en el mundo real.

Cada grupo compuesto había sido formado por rostros que previamente habían sido votados por doscientos usuarios en función de distintos rasgos de la personalidad.

foto para explicar el efecto de exposición

Todos estos efectos, por lo tanto, se vieron amplificados con la invención de la fotografía, sobre todo ahora que podemos ver millones de fotografías de personas de cualquier rincón del planeta.

Pero también se amplificaron con la mera invención del espejo. Algo bastante reciente, también: producir una superficie lo suficientemente grande para comprobar el propio aspecto era un trabajo complejo, y los espejos siguieron siendo lujos inalcanzables para la mayoría hasta bien entrado el siglo XVIII.

Porque, como ya escribió Eugene Weber a mediados del siglo XIX, en Francia, fin de siglo, no habiendo espejos en la mayoría de las casas, probablemente la gente tenía una autoimagen más laxa que la nuestra.

Y también vivían menos estresados tratando de componer morritos o una simple sonrisa cuando están a punto de inmortalizarnos, una moda, por cierto, bastante reciente que fue impulsada por una marca comercial.

Muchos solemos decir que no nos reconocemos en una fotografía, o que no somos fotogénicos, o que hemos salido fatal de la muerte. Sin embargo, esa sensación no es tan común cuando contemplamos nuestro reflejo en un espejo.

En los espejos sí que nos reconocemos, sí que todo parece estar justo donde recordábamos. En las fotografías nos da la sensación de que ahí no estamos nosotros, sino un Doppelgänger más gordo, más deformado, incluso más picassiano.

¿A qué se debe este fenómeno? ¿Tiene un origen psicológico o físico? En realidad, ambas explicaciones son ciertas y se retroalimentan.

EL ATRACTIVO DE LO FAMILIAR

En pocas palabras, el reflejo especular ofrece un ángulo de visión distinto al de las fotografías, y a nosotros nos suelen parecer más atractivo algo familiar que poco familiar (y el reflejo especular es más familiar que una imagen en una foto. Por eso, si nos hacemos muchas fotos, al final también nos acostumbraremos a ese rostro ligeramente distinto y nos gustará por igual).

Este efecto psicológico se llama «efecto de mera exposición» o «efecto de exposición», y la primera investigación conocida del fenómeno fue llevada a cabo por Gustav Theodor Fechner en 1876.

La literatura científica que confirma este efecto en todos nosotros y a todos los niveles es muy robusta, por ello hay cientos de estudios que demuestran cómo la mayoría de personas prefiere a los amigos antes que los extraños o una canción conocida a una desconocida o un paisaje familiar a uno demasiado raro.

Esto explica, a su vez, que el reflejo del espejo, por conocido, no nos ofenda tanto que la fotografía, como abunda en ello Derek Thompson en su libro Creadores de Hits:

El rostro humano es ligeramente asimétrico, lo que significa que una fotografía capta una cara un poco diferente a como lo hace el espejo (…) Es la cara que te gusta solo porque estás acostumbrado a verla de esa manera. La preferencia por la familiaridad es tan universal que algunos piensan que se debe haber inscrito en nuestro código genético desde que nuestros ancestros recorrían la sabana. La explicación evolutiva para el efecto es simple: si reconoces a un animal o planta, es que no te ha matado aún.

Y LA EXPLICACIÓN DE LA BELLEZA

Este sesgo hacia la familiaridad también explica en parte por qué hay rasgos en las personas que nos parecen universalmente bellos.

En todas las culturas estudiadas, según sugiere el catedrático de Psicología Social de la Universidad de Texas David Buss en su libro La evolución del deseo, hay universales de belleza: por ejemplo, en las mujeres, la simetría facial, unos pómulos relativamente altos, una mandíbula delgada, una distancia corta entre nariz y barbilla y unos ojos grandes en relación al tamaño de la cara parecen ser rasgos universalmente bellos, así como una dermis sin impurezas.

Estos universales fueron consistentes en más de 10.000 personas de 37 sociedades diferentes.

Estos rasgos están íntimamente ligados a la salud de las personas, por eso resultan atractivos: es mucho más rentable evolutivamente reproducirse con personas sin errores en su genoma o enfermedades de cualquier tipo.

También sucede otra cosa que queda en la superficie de cualquier test en el que se evalúa la belleza de alguien: la familiaridad. Por eso, porcentualmente, la gente se siente atraída hacia rostros que se parecen a muchos otros rostros. A la suma de los rostros conocidos, literalmente.

En un estudio de 1990, por ejemplo, se probó a crear rostros con un programa informático que fueran el promedio de distintos rasgos de rostros que previamente habían sido puntuados en función de su belleza.

Funciona así: si una cara tiene la nariz pequeña y la otra la tiene grande, la imagen promedio definitiva (es decir, el retrato compuesto) presentará una nariz de tamaño medio.

Esta técnica se aplicó a muchos otros rasgos del rostro, incluso en detalles como la comisura de los labios. Si se creaban caras promedio con caras que habían sido votadas como atractivas, el nuevo rostro resultante recibía incluso puntuaciones más elevadas por su atractivo.

¿Qué resulta tan hermoso en una cara promedio? Los científicos no están muy seguros. Tal vez sea una cuestión evolutiva, y una cara hecha de muchas caras sugiere diversidad genética. En cualquier caso, el gusto es universal y tal vez incluso innato. En estudios realizados con adultos y niños en China y en toda Europa y Estados Unidos, las caras promedio se consideran las más atractivas.

Esta suma de rostros también permite crear nuevos rostros que transmitan una personalidad a los demás. Es lo que se ha demostrado, por ejemplo, los experimentos de los psicólogos Anthony Little, de la Universidad de Stirling, y David Perrett, de la Universidad de St Andrews, publicados en British Journal of Psychology.

Haciendo uso de un programa informático, los investigadores combinaron grupos de rostros en un único rostro compuesto, una suma de todos los rasgos, concibiendo así una cara que no existía en el mundo real.

Cada grupo compuesto había sido formado por rostros que previamente habían sido votados por doscientos usuarios en función de distintos rasgos de la personalidad.

foto para explicar el efecto de exposición

Todos estos efectos, por lo tanto, se vieron amplificados con la invención de la fotografía, sobre todo ahora que podemos ver millones de fotografías de personas de cualquier rincón del planeta.

Pero también se amplificaron con la mera invención del espejo. Algo bastante reciente, también: producir una superficie lo suficientemente grande para comprobar el propio aspecto era un trabajo complejo, y los espejos siguieron siendo lujos inalcanzables para la mayoría hasta bien entrado el siglo XVIII.

Porque, como ya escribió Eugene Weber a mediados del siglo XIX, en Francia, fin de siglo, no habiendo espejos en la mayoría de las casas, probablemente la gente tenía una autoimagen más laxa que la nuestra.

Y también vivían menos estresados tratando de componer morritos o una simple sonrisa cuando están a punto de inmortalizarnos, una moda, por cierto, bastante reciente que fue impulsada por una marca comercial.

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Opiniones 2
  • Bueno, hay una diferencia entre tu imagen fotografiada y la imagen que te devuelve el espejo. Sí ves que quien te mira desde el espejo tiene un lunar en la mejilla derecha…es porque tú lo tienes en la mejilla izquierda!
    Y cuando levantes la mano derecha, verás que el personaje del espejo ¡levanta la izquierda!
    En una foto, pues no… aunque ahora algunas cámaras permiten que te hagas un selfie que concuerda, realmente, contigo mismo. Y se nota la diferencia.
    Creo que le llaman «efecto espejo»

  • Lo mismo ocurre con nuestra voz, cuando la escuchamos grabada por primera vez. Nos damos cuenta de que no nos oímos a nosotros mismos como nos oyen los demás, quizás porque el oído y la garganta están comunicados, y la onda sonora resultante es distinta a la que oyen los demás, desde «fuera de nuestra cabeza».
    Estamos acostumbrados a oir nuestra voz sonando dentro de nosotros. Supongo que, ahora que existen las grabaciones de sonido, tenemos la ocasión de poder acostumbrarnos a oírla tan solo desde fuera.

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