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28 de mayo 2012    /   CREATIVIDAD
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El arcoíris de grullas de Mademoiselle Maurice

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Sadako Saaki no llegó a cumplir del todo su objetivo. 356 grullas de papel se lo impidieron. Eran justo las que le quedaban por hacer el día en que murió. Junto a las 644 que ya tenía confeccionadas habrían sumado 1.000. El millar de piezas de origami que Sadako quería entregar a los dioses para que le concedieran el deseo de curarla a ella y a todas las personas del mundo aquejadas de algún mal.

Lo que no sabía la niña era que la leucemia podía ser mucho más rápida que sus manos. Pese a dedicar  los últimos 14 meses de su vida a confeccionar grullas con papeles de botes de los botes de medicamentos que le dispensaban a ella y a otros enfermos del hospital en el que permaneció ingresada todo ese tiempo, Sadako no le dio tiempo a completar su ofrenda.

Fueron sus compañeros de colegio quienes lo hicieron después de su muerte. Lo hicieron por ella y por el resto de niños que, al igual que su amiga, murieron por las secuelas de las dos bombas atómicas que estallaron en Japón durante la II Guerra Mundial.

Más de 60 años después, el estallido de la planta nuclear de Fukushima, devolvió la figura de Sadako a la memoria de Mademoiselle Maurice. “En esos momentos me encontraba en Japón. Decidí, entonces, rendir mi propio homenaje a Sadako Sasaki como una forma, también, de mostrar mi consideración al pueblo japonés”.

La artista decidió crear un gran arcoíris a base de grullas y otras figuras de papel. A medida que comenzó a confeccionarlas, Mademoiselle Maurice ampliaba la nómina de personas y conceptos homenajeados: las víctimas de todo tipo de violencia, el ecologista alemán Harald Zindler (a quien la artista francesa admira por preferir “el optimismo de la acción frente al pesimismo de pensamiento”), la paz, la ecología (“La elección de los colores de las pajaritas no es casual. El arcoíris representa una visión ingenua del pacifismo, la ecología… Por eso es la bandera de LGBT y Greenpeace también la utiliza…), la armonía, la diversidad, la espiritualidad, el equilibrio… Y muchos más: “Cada una de las formas geométricas es la representación abstracta de los grandes conceptos de nuestro mundo”.

Un día, el arcoíris de Mademoseille Maurice apareció en las calles de París. Pero no en el cielo sino en algunas de sus paredes.

Visto en Thisiscolossal.com 

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Sadako Saaki no llegó a cumplir del todo su objetivo. 356 grullas de papel se lo impidieron. Eran justo las que le quedaban por hacer el día en que murió. Junto a las 644 que ya tenía confeccionadas habrían sumado 1.000. El millar de piezas de origami que Sadako quería entregar a los dioses para que le concedieran el deseo de curarla a ella y a todas las personas del mundo aquejadas de algún mal.

Lo que no sabía la niña era que la leucemia podía ser mucho más rápida que sus manos. Pese a dedicar  los últimos 14 meses de su vida a confeccionar grullas con papeles de botes de los botes de medicamentos que le dispensaban a ella y a otros enfermos del hospital en el que permaneció ingresada todo ese tiempo, Sadako no le dio tiempo a completar su ofrenda.

Fueron sus compañeros de colegio quienes lo hicieron después de su muerte. Lo hicieron por ella y por el resto de niños que, al igual que su amiga, murieron por las secuelas de las dos bombas atómicas que estallaron en Japón durante la II Guerra Mundial.

Más de 60 años después, el estallido de la planta nuclear de Fukushima, devolvió la figura de Sadako a la memoria de Mademoiselle Maurice. “En esos momentos me encontraba en Japón. Decidí, entonces, rendir mi propio homenaje a Sadako Sasaki como una forma, también, de mostrar mi consideración al pueblo japonés”.

La artista decidió crear un gran arcoíris a base de grullas y otras figuras de papel. A medida que comenzó a confeccionarlas, Mademoiselle Maurice ampliaba la nómina de personas y conceptos homenajeados: las víctimas de todo tipo de violencia, el ecologista alemán Harald Zindler (a quien la artista francesa admira por preferir “el optimismo de la acción frente al pesimismo de pensamiento”), la paz, la ecología (“La elección de los colores de las pajaritas no es casual. El arcoíris representa una visión ingenua del pacifismo, la ecología… Por eso es la bandera de LGBT y Greenpeace también la utiliza…), la armonía, la diversidad, la espiritualidad, el equilibrio… Y muchos más: “Cada una de las formas geométricas es la representación abstracta de los grandes conceptos de nuestro mundo”.

Un día, el arcoíris de Mademoseille Maurice apareció en las calles de París. Pero no en el cielo sino en algunas de sus paredes.

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