23 de junio 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Tienes derecho a ser un desastre

23 de junio 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Desde que he aprendido a ordenar mis armarios, no voy a misa. No necesito consuelo en el más allá si puedo hallarlo en el fondo de mis cajones. Tengo el orden del universo en mi vestidor: la ropa oscura, a la izquierda; la clara, a la derecha. No necesito confesor porque hablo a mis calcetines y les lloro a mis bragas. Ahora todo está en orden: sobre todo, mi cabeza.

No me he perdido un capítulo del reality de Marie Kondo porque me emociona la emoción. Todos tirando camisetas, a lo loco, y llorando juntos el nuevo despertar a una conciencia más limpia y minimal. Ella es mi ángel, mi guía. Hasta que hoy me ha llegado un libro que pretende poner mi pensamiento patas arriba. ¡Despeinar mis ideas, enredar mis convicciones!

Ya el título me cabrea: El arte de ser un desastre. Lo ha escrito una periodista canadiense, Jennifer McCartney, que parece tomarse el orden por el pito del sereno. ¿Pues no va y mete esta frase entre exclamaciones?: «¡Aléjate de la actitud Marie Kondo! Solo traerá vergüenza y culpa a tu casa cuando acabes fracasando!».

Frente al método de la evangelizadora japonesa que quiere dejar nuestra vida hecha un pincel, McCartney propone el método LIBRE (¡con mayúsculas!). ¿Y hay una guía, una estructura, un orden, un libro para seguirlo? ¡Ninguno! ¡Ni siquiera el suyo! Lo único que dice que hay que hacer es huir de la FAP (Fervorosa Adicción a la Pulcritud) y del fapeo como de la peste.

Yo, que ya había tirado hasta los tapones de la bañera, de pronto leo: «Una amiga mía donó varias prendas de ropa de su madre después de que muriera y veinte años después está dándose cabezazos contra la pared. ¿A quién no le encantaría tener ahora mismo un traje sastre de color verde? Son cosas que puedes darles a tus propios hijos para que se las pongan en Halloween y se rían de la porquería de moda que había entonces».

¡¿QUE MIS PINKIS NO TIENEN SENTIMIENTOS?!

Al llegar a la página 44 pego un respingo. Tantas confidencias a mis sujetadores, tanto recostar mis mallas de pilates en el perchero después de clase para que descansen, ¿y viene ahora Jennifer McCartney a decirme que mis calcetines no sufren por dejarlos una semana en el cesto de la ropa sucia?

«Tu jersey no está triste por estar en el suelo. Tu bolso no está triste porque no le hayas dado hoy las gracias por los servicios prestados», advierte. «Si eso fuera así, tus zapatos estarían tristes porque siempre vas pisándolos al caminar y tus vaqueros estarían en plan ‘Deja de sentarte encima de nosotros o, al menos, lávanos de vez en cuando, coño’. Olvídate de esa tontería de que la ropa tiene sentimientos. Da mucha grima».

¿HACER DEL DESORDEN UN DOCUMENTO CIENTÍFICO?

He hecho de mi casa un monumento al horizonte. Nada se interpone entre mis ojos y la pared. Ni una pila de libros, ni un montón de ropa, ni esas cajas asquerosas de cartón llenas de inutilidad polvorienta. Un anticuario se comería los mocos. Un físico cuántico colapsaría: aquí no hay agujeros, ni gusanos, ni pliegues temporales. En mi piso solo hay espacio y vacío.

Pero viene ahora la canadiense y se saca del refajo una teoría pseudocientífica del tiempo. Habla de un tal Eric Abrahamson y un tal David H. Freedman, que en Elogio del desorden, proclamaron que «los montones tienen un sentido cronológico. La gente sabe cuántos centímetros tiene que profundizar en un montón para remontarse a las semanas o meses que corresponda, y eso hace que sea mucho más fácil encontrar las cosas».

NO PUEDO CREER QUE UN DESPACHO DE GUARRO TE HAGA MÁS CREATIVO

Esto ya me empieza a cansar: caos y fárrago hasta en el despacho que te da el salario. La editora canadiense se saca teorías científicas de debajo de la manga, ¡que ya me gustaría a mí ver cómo la lleva de limpia y de planchada!

En esas mesas llenas de papelotes, recibos arrugados del cajero, documentos sin leer, McCartney ve creatividad. ¡El ingenio brotando como champiñones entre la porquería laboral! Y lo atestigua con un estudio del Psychological Science que dice que los ambientes desordenados ayudan a romper con la tradición: «A las personas que estaban en habitaciones desordenadas se les ocurrían casi el quíntuple de ideas que a los que estaban en habitaciones ordenadas, y también eran más propensos a elegir sabores de smoothies considerados nuevos frente a los clásicos».

Y PARA QUÉ IBA A DEJAR EL SEXO TRANQUILITO

Dice McCartney que lo del sexo y dejar los suelos como la patena funciona igual que lo de tener hijos para arreglar las broncas de pareja: no funciona. No hay una relación directa, ni indirecta, entre una cosa y la otra.

La canadiense tira las tonterías al suelo y, condescendiente, cuenta un secretillo: «Si quieres tener relaciones sexuales, ve a follar con alguien». En vez de hacer de tus camisetas un rulo, bien colocaditas en la cómoda, ella recomienda otra técnica. «He aquí un ejercicio de visualización que me gustaría que probaras: piensa en un amigo, un famoso o un político a quien te gustaría follarte. Y ahora piensa si tu casa está limpia. Qué poco tiene que ver eso con follar, ¿verdad? Pues nada, alegra esa cara y ve a por lo que es tuyo».

Al llegar a la última página del libro siento que una licuadora ha revuelto y descuajaringado mis pensamientos. Hay salpicones hasta en la pulcra mesa del recibidor en la que ni a Dios dejo que ponga una llave encima. Jennifer McCartney lleva razón… Hoy no voy a ordenar las mermeladas del frigorífico por colores. Voy a actualizar mi perfil de Tinder.

Foto de portada: JF Martin, de Unsplash

Desde que he aprendido a ordenar mis armarios, no voy a misa. No necesito consuelo en el más allá si puedo hallarlo en el fondo de mis cajones. Tengo el orden del universo en mi vestidor: la ropa oscura, a la izquierda; la clara, a la derecha. No necesito confesor porque hablo a mis calcetines y les lloro a mis bragas. Ahora todo está en orden: sobre todo, mi cabeza.

No me he perdido un capítulo del reality de Marie Kondo porque me emociona la emoción. Todos tirando camisetas, a lo loco, y llorando juntos el nuevo despertar a una conciencia más limpia y minimal. Ella es mi ángel, mi guía. Hasta que hoy me ha llegado un libro que pretende poner mi pensamiento patas arriba. ¡Despeinar mis ideas, enredar mis convicciones!

Ya el título me cabrea: El arte de ser un desastre. Lo ha escrito una periodista canadiense, Jennifer McCartney, que parece tomarse el orden por el pito del sereno. ¿Pues no va y mete esta frase entre exclamaciones?: «¡Aléjate de la actitud Marie Kondo! Solo traerá vergüenza y culpa a tu casa cuando acabes fracasando!».

Frente al método de la evangelizadora japonesa que quiere dejar nuestra vida hecha un pincel, McCartney propone el método LIBRE (¡con mayúsculas!). ¿Y hay una guía, una estructura, un orden, un libro para seguirlo? ¡Ninguno! ¡Ni siquiera el suyo! Lo único que dice que hay que hacer es huir de la FAP (Fervorosa Adicción a la Pulcritud) y del fapeo como de la peste.

Yo, que ya había tirado hasta los tapones de la bañera, de pronto leo: «Una amiga mía donó varias prendas de ropa de su madre después de que muriera y veinte años después está dándose cabezazos contra la pared. ¿A quién no le encantaría tener ahora mismo un traje sastre de color verde? Son cosas que puedes darles a tus propios hijos para que se las pongan en Halloween y se rían de la porquería de moda que había entonces».

¡¿QUE MIS PINKIS NO TIENEN SENTIMIENTOS?!

Al llegar a la página 44 pego un respingo. Tantas confidencias a mis sujetadores, tanto recostar mis mallas de pilates en el perchero después de clase para que descansen, ¿y viene ahora Jennifer McCartney a decirme que mis calcetines no sufren por dejarlos una semana en el cesto de la ropa sucia?

«Tu jersey no está triste por estar en el suelo. Tu bolso no está triste porque no le hayas dado hoy las gracias por los servicios prestados», advierte. «Si eso fuera así, tus zapatos estarían tristes porque siempre vas pisándolos al caminar y tus vaqueros estarían en plan ‘Deja de sentarte encima de nosotros o, al menos, lávanos de vez en cuando, coño’. Olvídate de esa tontería de que la ropa tiene sentimientos. Da mucha grima».

¿HACER DEL DESORDEN UN DOCUMENTO CIENTÍFICO?

He hecho de mi casa un monumento al horizonte. Nada se interpone entre mis ojos y la pared. Ni una pila de libros, ni un montón de ropa, ni esas cajas asquerosas de cartón llenas de inutilidad polvorienta. Un anticuario se comería los mocos. Un físico cuántico colapsaría: aquí no hay agujeros, ni gusanos, ni pliegues temporales. En mi piso solo hay espacio y vacío.

Pero viene ahora la canadiense y se saca del refajo una teoría pseudocientífica del tiempo. Habla de un tal Eric Abrahamson y un tal David H. Freedman, que en Elogio del desorden, proclamaron que «los montones tienen un sentido cronológico. La gente sabe cuántos centímetros tiene que profundizar en un montón para remontarse a las semanas o meses que corresponda, y eso hace que sea mucho más fácil encontrar las cosas».

NO PUEDO CREER QUE UN DESPACHO DE GUARRO TE HAGA MÁS CREATIVO

Esto ya me empieza a cansar: caos y fárrago hasta en el despacho que te da el salario. La editora canadiense se saca teorías científicas de debajo de la manga, ¡que ya me gustaría a mí ver cómo la lleva de limpia y de planchada!

En esas mesas llenas de papelotes, recibos arrugados del cajero, documentos sin leer, McCartney ve creatividad. ¡El ingenio brotando como champiñones entre la porquería laboral! Y lo atestigua con un estudio del Psychological Science que dice que los ambientes desordenados ayudan a romper con la tradición: «A las personas que estaban en habitaciones desordenadas se les ocurrían casi el quíntuple de ideas que a los que estaban en habitaciones ordenadas, y también eran más propensos a elegir sabores de smoothies considerados nuevos frente a los clásicos».

Y PARA QUÉ IBA A DEJAR EL SEXO TRANQUILITO

Dice McCartney que lo del sexo y dejar los suelos como la patena funciona igual que lo de tener hijos para arreglar las broncas de pareja: no funciona. No hay una relación directa, ni indirecta, entre una cosa y la otra.

La canadiense tira las tonterías al suelo y, condescendiente, cuenta un secretillo: «Si quieres tener relaciones sexuales, ve a follar con alguien». En vez de hacer de tus camisetas un rulo, bien colocaditas en la cómoda, ella recomienda otra técnica. «He aquí un ejercicio de visualización que me gustaría que probaras: piensa en un amigo, un famoso o un político a quien te gustaría follarte. Y ahora piensa si tu casa está limpia. Qué poco tiene que ver eso con follar, ¿verdad? Pues nada, alegra esa cara y ve a por lo que es tuyo».

Al llegar a la última página del libro siento que una licuadora ha revuelto y descuajaringado mis pensamientos. Hay salpicones hasta en la pulcra mesa del recibidor en la que ni a Dios dejo que ponga una llave encima. Jennifer McCartney lleva razón… Hoy no voy a ordenar las mermeladas del frigorífico por colores. Voy a actualizar mi perfil de Tinder.

Foto de portada: JF Martin, de Unsplash

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