13 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
por
 

El Asesino Binario (Binary Killer) – Capítulo 7

13 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Tras asesinar limpiamente en Tokio al profesor Imura, el más prestigioso impresor de armas 3D de última generación, nuestra letal pareja debe cumplir otro encargo. La Espora comienza a confiar realmente en ellos, y el lugar elegido es Benidorm, donde Divina Providencia se revela como una enemiga más libidinosa de lo previsto. Y un club de intercambio de parejas es el lugar donde perpetrar el más improbable crimen del Mediterráneo.
Resumen de lo publicado:
Benito, un tipo gordo, calvo, hacker aficionado y un poco vicioso, trabaja para El Corte Inglés, hasta que decide dar un giro a su vida y convertirse en un asesino a sueldo. Fabricaría sus propias armas con una impresora 3D y buscaría encargos a través de la Deep Web. Por un malentendido termina pinchando en sesiones de Amnesia (Ibiza), y allí es contactado por La Espora. Natasha se convierte en su compañera, dispuesta a escalar puestos en la organización criminal… Su primer encargo consiste en borrar a un niño de siete años… pero todo sale mal, matan a la persona equivocada y el crío resulta ser un experimento biónico. Entonces abandonan el piso de San Blas, viajan a Tokio, matan al profesor Imura, y se hinchan a follar en los «Hoteles del Amor».
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
 
CAPÍTULO 7
Mi transformación había iniciado un arco dramático sin retorno; no presumiré aquí de ser más listo que los demás, pero sí de haber descubierto por fin.. que al menos era listo. Muchas personas desempeñan tareas anodinas y protagonizan vidas anodinas, aun teniendo el potencial de escapar de esas espirales alienantes. A mí me faltó poco para sucumbir a la inercia general, pero por alguna oscura reverberación, por algún reflejo atávico, ver la sangre en el lavabo cambió mi vida y me hizo tomar las riendas de la que habría sido una existencia predecible y monótona. Cambié así el rumbo, aun sin conocer el destino.
Decía Apio Claudio Ceco que

Faber est suae quisque fortunae

 («Cada hombre es el artesano de su propia fortuna»)

He tardado siete capítulos en confesar que escribo estas crónicas en el año 2.093, casi a las puertas del siglo XXII, el primer siglo capicúa desde los bárbaros y remotos tiempos del siglo XI. Mi memoria es prodigiosa, porque no depende de nada orgánico. Los órganos se deterioran… Más adelante explicaré cómo tuvo lugar mi paulatina transformación en un ser realmente binario, y el suceso que lo precipitó todo. Pero volvamos a esos comienzos que marcaron mi trayectoria y que, fuera o no por el concurso del azar, me han traído hasta aquí, hasta el corazón de La Espora, organización que dirijo con mano de hierro desde hace unas décadas…
Regresemos  a aquella remota primavera en la que regresé de Tokio junto a la muy deseable Natasha… ¿Qué ganaba La Espora eliminando al profesor Imura? Básicamente apropiarse de sus diseños, y sospecho que también poner a prueba la eficacia de nuestro binomio Binary Killer ©.
Siempre recordaré Benidorm como una aberración geopolítica, antes del tsunami que acabó con aquel sueño de ladrillo allá por el 2.030. Era el caldo de cultivo ideal para un asesino binario, o lo que es lo mismo, para una pareja de asesinos dispuestos a darlo todo.
Nuestro contacto era Mayte, una quiromasajista que ofrecía sus servicios en el Hotel Bali, uno de los pocos edificios que sobrevivieron a la catástrofe, y cuyo mirador en la planta 43 todavía hoy puede visitarse, previa petición, para ver en qué quedó todo aquel disparate urbanístico, hoy devorado y lamido por el mar. Ella nos entregó un sobre negro con los detalles de la cita, a la que yo debía acudir solo, por expresa indicación.

Siempre recordaré Benidorm como una aberración geopolítica


Lo de Nachete no salió mal, en el fondo nunca podría haberlo matado de un disparo, y La Espora lo sabía… ¿Nos estaban poniendo a prueba, entonces? Después supe que el test definitivo a nuestra lealtad estaba por venir, y que lo superé con creces.
—Divina Providencia no sabe qué aspecto tengo —le dije a Natasha, e hice una pausa valorativa antes de añadir —Sabes que me tendré que meter en la cama con ella. Según el informe es una especie de ninfómana. ¿Lo entiendes? ¿No estás celosa?
—No, en absoluto. Es trabajo. Ya follaremos tú y yo cuando terminemos nuestro encargo, aunque en esta ocasión lleves tú la carga más… pesada.
Me habría encantado que estuviera celosa. Nuestra relación era cada vez más maquinal, aunque nuestras cuentas corrientes, la de bitcoins y las convencionales, estaban bastante abultadas, y mi predicción de que terminaría viviendo en hoteles comenzaba a cumplirse.
El Bali no era el más lujoso del mundo, pero sin duda era uno de los más peculiares, y todo un microcosmos palpitaba al abrigo de sus muy elevados muros (por aquel entonces era el hotel más alto de Europa).
La primera cita tuvo lugar en ese extraño pentágono con el suelo ajedrezado que se conocía popularmente como «El mirador de Benidorm». Separaba la playa de Poniente de la de Levante, y solo era accesible mediante una penosa e interminable escalinata, si bien es cierto que las vistas de la isla que fue refugio hace siglos de una epidemia de cólera, eran espectaculares a cierta hora del amanecer. A esa hora fui convocado.
Al llegar al acceso al mirador me sorprendió la presencia de dos gorilas. Ni tan altos como mi 1:95 ni tan voluminosos como yo, pero sus trajes de chaqueta negra, camisa blanca y corbata fina, gafas oscuras y pinganillo no dejaban lugar a dudas. Pensé: ¿por qué todos los tipos que se dedican a seguridad son tan predecibles?
Me presenté, me cachearon de manera muy profesional y me franquearon el acceso. Algunos turistas madrugadores que pretendían visitar el mirador protestaron tan airada como inútilmente al verme bajar la escalera mientras los securatas se convertían en una muralla humana infranqueable.
Cuando deslicé mis casi ciento cincuenta kilos trabajosamente por los peldaños oscuros protegidos por impolutas barandillas blancas… la vi. Estaba en el centro del pentágono, y la imagen era poderosa.
Labios carnosos, una melena rojiza que parecía la llama de un incendio devorador de hombres… Ojos verdes, tez blanca salpicada por una infinitud de tenues y deliciosas pecas. Y ese escote… Nunca fui fácilmente impresionable, pero Divina Providencia, además de ser una reputada experta en inteligencia artificial, resultó ser una mujer espectacular… en silla de ruedas. Descendí los últimos peldaños, jadeando.
—Divina Providencia, supongo…
—Nachete era como un hijo para mí.
—A mí también me caía muy bien. Pero era un androide.
—Sé que está en poder de La Espora. No soy idiota y sé que tienes el encargo de acabar conmigo. Ahora no podrías salir vivo de aquí si lo intentaras…
Miré inquieto a mi alrededor. Era cierto.
—¿Por qué crees que te he citado en este mirador aislado? Es el único lugar seguro de Benidorm. Pero no tenemos toda la mañana. Quiero conocerte mejor, porque te voy a pedir que te unas a nosotros; a Marcelo y a mí.
Me tendió una tarjeta con una dirección.
—A las diez. Sé puntual. A una dama discapacitada no se le hace esperar.
Los gorilas me hicieron una seña inequívoca. Regresé sobre mis pasos, subí la escalera y me marché, preguntándome cómo izarían a la mujer en su silla de ruedas…
La tarjeta era de un lugar de swingers llamado El Jardín del Edén, situado en el Rincón de Loix… Llegué con tiempo, dije a quién esperaba y fui tratado con deferencia, pues me invitaron a un gin-tonic y me mostraron el local. Vi un inmenso jacuzzi, con todos aquellos cuerpos desnudos acariciándose, y escuché el improbable hilo musical de Frank Sinatra cantando My way, sazonado con frecuentes gemidos de placer. Y muchas plantas de plástico: ¿qué vegetal fotosintético resistiría una atmósfera como aquella?
Recordé una novela de Pedro Maestre, titulada precisamente Benidorm, Benidorm, Benidorm, en la que un tipo recién divorciado se liaba la manta a la cabeza y conocía los efectos de las pastillas de éxtasis en esa ciudad. Por esa razón me había comido un par de rulas (mi volumen corporal me permitía esas licencias) antes de dirigirme al lugar en cuestión. La atmósfera también me trajo a la memoria la novela Plataforma y sobre todo Las partículas elementales de Houellebecq, ese genial cerdo francés que tan bien supo retratar el mundo de los swingers.
A los pocos minutos llegó ella, y la recibieron como a una clienta distinguida y habitual. Con diligencia, uno de los empleados plegó la silla de ruedas mientras otro la tomaba en brazos y la llevaba a la zona del jacuzzi mientras me hacía una seña. Apuré mi gin-tonic y seguí sus indicaciones.
El empleado, que dijo llamarse Chester, me guiñó un ojo y me contó que Marcelo, que ese día no acudiría, permite las aventuras de su fogosa esposa, e incluso a veces le pide que las grabe para luego deleitarse con las imágenes.
Natasha acudió después a otra zona del local con un ruso amigo suyo, pues habíamos acordado que me serviría de apoyo si las cosas se ponían feas. Y de paso, se divertiría un poco.

Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión


Lo de Nachete no salió mal, en el fondo nunca podría haberlo matado de un disparo, y La Espora lo sabía… ¿Nos estaban poniendo a prueba, entonces? Después supe que el test definitivo a nuestra lealtad estaba por venir, y que lo superé con creces.
—Divina Providencia no sabe qué aspecto tengo —le dije a Natasha, e hice una pausa valorativa antes de añadir —Sabes que me tendré que meter en la cama con ella. Según el informe es una especie de ninfómana. ¿Lo entiendes? ¿No estás celosa?
—No, en absoluto. Es trabajo. Ya follaremos tú y yo cuando terminemos nuestro encargo, aunque en esta ocasión lleves tú la carga más… pesada.
Me habría encantado que estuviera celosa. Nuestra relación era cada vez más maquinal, aunque nuestras cuentas corrientes, la de bitcoins y las convencionales, estaban bastante abultadas, y mi predicción de que terminaría viviendo en hoteles comenzaba a cumplirse.
El Bali no era el más lujoso del mundo, pero sin duda era uno de los más peculiares, y todo un microcosmos palpitaba al abrigo de sus muy elevados muros (por aquel entonces era el hotel más alto de Europa).
La primera cita tuvo lugar en ese extraño pentágono con el suelo ajedrezado que se conocía popularmente como «El mirador de Benidorm». Separaba la playa de Poniente de la de Levante, y solo era accesible mediante una penosa e interminable escalinata, si bien es cierto que las vistas de la isla que fue refugio hace siglos de una epidemia de cólera, eran espectaculares a cierta hora del amanecer. A esa hora fui convocado.
Al llegar al acceso al mirador me sorprendió la presencia de dos gorilas. Ni tan altos como mi 1:95 ni tan voluminosos como yo, pero sus trajes de chaqueta negra, camisa blanca y corbata fina, gafas oscuras y pinganillo no dejaban lugar a dudas. Pensé: ¿por qué todos los tipos que se dedican a seguridad son tan predecibles?
Me presenté, me cachearon de manera muy profesional y me franquearon el acceso. Algunos turistas madrugadores que pretendían visitar el mirador protestaron tan airada como inútilmente al verme bajar la escalera mientras los securatas se convertían en una muralla humana infranqueable.
Cuando deslicé mis casi ciento cincuenta kilos trabajosamente por los peldaños oscuros protegidos por impolutas barandillas blancas… la vi. Estaba en el centro del pentágono, y la imagen era poderosa.
Labios carnosos, una melena rojiza que parecía la llama de un incendio devorador de hombres… Ojos verdes, tez blanca salpicada por una infinitud de tenues y deliciosas pecas. Y ese escote… Nunca fui fácilmente impresionable, pero Divina Providencia, además de ser una reputada experta en inteligencia artificial, resultó ser una mujer espectacular… en silla de ruedas. Descendí los últimos peldaños, jadeando.
—Divina Providencia, supongo…
—Nachete era como un hijo para mí.
—A mí también me caía muy bien. Pero era un androide.
—Sé que está en poder de La Espora. No soy idiota y sé que tienes el encargo de acabar conmigo. Ahora no podrías salir vivo de aquí si lo intentaras…
Miré inquieto a mi alrededor. Era cierto.
—¿Por qué crees que te he citado en este mirador aislado? Es el único lugar seguro de Benidorm. Pero no tenemos toda la mañana. Quiero conocerte mejor, porque te voy a pedir que te unas a nosotros; a Marcelo y a mí.
Me tendió una tarjeta con una dirección.
—A las diez. Sé puntual. A una dama discapacitada no se le hace esperar.
Los gorilas me hicieron una seña inequívoca. Regresé sobre mis pasos, subí la escalera y me marché, preguntándome cómo izarían a la mujer en su silla de ruedas…
La tarjeta era de un lugar de swingers llamado El Jardín del Edén, situado en el Rincón de Loix… Llegué con tiempo, dije a quién esperaba y fui tratado con deferencia, pues me invitaron a un gin-tonic y me mostraron el local. Vi un inmenso jacuzzi, con todos aquellos cuerpos desnudos acariciándose, y escuché el improbable hilo musical de Frank Sinatra cantando My way, sazonado con frecuentes gemidos de placer. Y muchas plantas de plástico: ¿qué vegetal fotosintético resistiría una atmósfera como aquella?
Recordé una novela de Pedro Maestre, titulada precisamente Benidorm, Benidorm, Benidorm, en la que un tipo recién divorciado se liaba la manta a la cabeza y conocía los efectos de las pastillas de éxtasis en esa ciudad. Por esa razón me había comido un par de rulas (mi volumen corporal me permitía esas licencias) antes de dirigirme al lugar en cuestión. La atmósfera también me trajo a la memoria la novela Plataforma y sobre todo Las partículas elementales de Houellebecq, ese genial cerdo francés que tan bien supo retratar el mundo de los swingers.
A los pocos minutos llegó ella, y la recibieron como a una clienta distinguida y habitual. Con diligencia, uno de los empleados plegó la silla de ruedas mientras otro la tomaba en brazos y la llevaba a la zona del jacuzzi mientras me hacía una seña. Apuré mi gin-tonic y seguí sus indicaciones.
El empleado, que dijo llamarse Chester, me guiñó un ojo y me contó que Marcelo, que ese día no acudiría, permite las aventuras de su fogosa esposa, e incluso a veces le pide que las grabe para luego deleitarse con las imágenes.
Natasha acudió después a otra zona del local con un ruso amigo suyo, pues habíamos acordado que me serviría de apoyo si las cosas se ponían feas. Y de paso, se divertiría un poco.

Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión


Divina intentó por todos los medios atraerme a su causa, y aparenté dejarme querer, fingiendo interés en su oferta para traicionar a La Espora. Yo a esas alturas era incorruptible, y un lugar de intercambio de parejas es ideal para cometer cualquier tipo de crimen, pues por razones obvias, no existen cámaras de seguridad y nada queda registrado. Estábamos solos en el jacuzzi, no en el enorme y colectivo, sino en uno más retirado que podía albergar dos o tres parejas a lo sumo. Las pastillas de éxtasis comenzaron a hacerme su delicioso efecto.
Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión. Mi cuerpo es como el de un Buda vicioso, sin apenas vello. Abrí mis enormes nalgas con mis manos y me senté lentamente en la cara de Divina, que se apresuró a utilizar su lengua con pericia, lamiendo mi esfínter y penetrándome oralmente. Fue una experiencia divina, permítaseme la licencia, porque al placer estrictamente físico se unió el poder de estar acabando con su vida. La asfixié en pleno subidón de MDMA. Mis ciento cincuenta kilos en su cabeza, en su delicado rostro pecoso.
Cuando se dio cuenta de que aquello era algo más serio que un beso negro, braceó, se revolvió, pero el inexorable tonelaje de mi humanidad impidió que viera la luz del sol nunca más. Mientras hacía más presión sentado sobre su cara, aferré sus muñecas con mis manos, y vi cómo sus piernas, sumergidas en el agua clorada del jacuzzi sentían un último estertor neuronal… Y me corrí. El semen flotó en el agua como la voz de Sinatra, que en ese instante cantaba con pertinencia y acierto Strangers in the night.
Cuando supe que estaba muerta la tomé delicadamente entre mis brazos y la deposité en una postura que sugería un fugaz descanso entre orgía y orgía.
No me cuesta imaginar cómo su cuerpo, después de fallecer, fue objeto de toda clase de atenciones por parte del público que esa noche abarrotaba el Jardín del Edén. Probablemente no sabían que estaban practicando necrofilia… Porque Divina, incluso muerta, estaba divina de la muerte, y cualquiera habría querido disfrutar de su muy deseable anatomía, aun tibia.
Cuando regresé a la zona común de intercambios, Natasha era el centro de un frenético gang bang. Aparté las pollas de su cara y de su boca, y le susurré al oído:
—Ya está. Vámonos — Entonces ella retiró con delicadeza a su amigo ruso, que la estaba sodomizando y al tipo que se la estaba follando por delante. Su sonrisa desarmó a los decepcionados fornicadores, que buscaron otra presa… les indiqué donde podían gozar de una mujer… divina, aunque algo pasiva.
No sentí celos, sentí excitación, que se amplificó al recordar a Divina asfixiándose entre mis enormes nalgas, tan aseadas y lampiñas como letales.
Mi carrera de asesino parecía encauzada. Había matado a Lady Vapor, entregado a ese pequeño monstruo biónico llamado Nachete, eliminado limpiamente al profesor Imura… y había matado con el culo a una bella mujer paralítica. Mi corazón se volvía correoso como un salami, y mi creciente falta de empatía me iba convirtiendo cada vez en un profesional más eficaz.
Mientras me vestía y me preguntaba qué me depararía el futuro, Chester se acercó a nosotros antes de salir, y nos entregó un nuevo sobre negro…

Twitter: #AsesinoBinario

Tras asesinar limpiamente en Tokio al profesor Imura, el más prestigioso impresor de armas 3D de última generación, nuestra letal pareja debe cumplir otro encargo. La Espora comienza a confiar realmente en ellos, y el lugar elegido es Benidorm, donde Divina Providencia se revela como una enemiga más libidinosa de lo previsto. Y un club de intercambio de parejas es el lugar donde perpetrar el más improbable crimen del Mediterráneo.
Resumen de lo publicado:
Benito, un tipo gordo, calvo, hacker aficionado y un poco vicioso, trabaja para El Corte Inglés, hasta que decide dar un giro a su vida y convertirse en un asesino a sueldo. Fabricaría sus propias armas con una impresora 3D y buscaría encargos a través de la Deep Web. Por un malentendido termina pinchando en sesiones de Amnesia (Ibiza), y allí es contactado por La Espora. Natasha se convierte en su compañera, dispuesta a escalar puestos en la organización criminal… Su primer encargo consiste en borrar a un niño de siete años… pero todo sale mal, matan a la persona equivocada y el crío resulta ser un experimento biónico. Entonces abandonan el piso de San Blas, viajan a Tokio, matan al profesor Imura, y se hinchan a follar en los «Hoteles del Amor».
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
 
CAPÍTULO 7
Mi transformación había iniciado un arco dramático sin retorno; no presumiré aquí de ser más listo que los demás, pero sí de haber descubierto por fin.. que al menos era listo. Muchas personas desempeñan tareas anodinas y protagonizan vidas anodinas, aun teniendo el potencial de escapar de esas espirales alienantes. A mí me faltó poco para sucumbir a la inercia general, pero por alguna oscura reverberación, por algún reflejo atávico, ver la sangre en el lavabo cambió mi vida y me hizo tomar las riendas de la que habría sido una existencia predecible y monótona. Cambié así el rumbo, aun sin conocer el destino.
Decía Apio Claudio Ceco que

Faber est suae quisque fortunae

 («Cada hombre es el artesano de su propia fortuna»)

He tardado siete capítulos en confesar que escribo estas crónicas en el año 2.093, casi a las puertas del siglo XXII, el primer siglo capicúa desde los bárbaros y remotos tiempos del siglo XI. Mi memoria es prodigiosa, porque no depende de nada orgánico. Los órganos se deterioran… Más adelante explicaré cómo tuvo lugar mi paulatina transformación en un ser realmente binario, y el suceso que lo precipitó todo. Pero volvamos a esos comienzos que marcaron mi trayectoria y que, fuera o no por el concurso del azar, me han traído hasta aquí, hasta el corazón de La Espora, organización que dirijo con mano de hierro desde hace unas décadas…
Regresemos  a aquella remota primavera en la que regresé de Tokio junto a la muy deseable Natasha… ¿Qué ganaba La Espora eliminando al profesor Imura? Básicamente apropiarse de sus diseños, y sospecho que también poner a prueba la eficacia de nuestro binomio Binary Killer ©.
Siempre recordaré Benidorm como una aberración geopolítica, antes del tsunami que acabó con aquel sueño de ladrillo allá por el 2.030. Era el caldo de cultivo ideal para un asesino binario, o lo que es lo mismo, para una pareja de asesinos dispuestos a darlo todo.
Nuestro contacto era Mayte, una quiromasajista que ofrecía sus servicios en el Hotel Bali, uno de los pocos edificios que sobrevivieron a la catástrofe, y cuyo mirador en la planta 43 todavía hoy puede visitarse, previa petición, para ver en qué quedó todo aquel disparate urbanístico, hoy devorado y lamido por el mar. Ella nos entregó un sobre negro con los detalles de la cita, a la que yo debía acudir solo, por expresa indicación.

Siempre recordaré Benidorm como una aberración geopolítica


Lo de Nachete no salió mal, en el fondo nunca podría haberlo matado de un disparo, y La Espora lo sabía… ¿Nos estaban poniendo a prueba, entonces? Después supe que el test definitivo a nuestra lealtad estaba por venir, y que lo superé con creces.
—Divina Providencia no sabe qué aspecto tengo —le dije a Natasha, e hice una pausa valorativa antes de añadir —Sabes que me tendré que meter en la cama con ella. Según el informe es una especie de ninfómana. ¿Lo entiendes? ¿No estás celosa?
—No, en absoluto. Es trabajo. Ya follaremos tú y yo cuando terminemos nuestro encargo, aunque en esta ocasión lleves tú la carga más… pesada.
Me habría encantado que estuviera celosa. Nuestra relación era cada vez más maquinal, aunque nuestras cuentas corrientes, la de bitcoins y las convencionales, estaban bastante abultadas, y mi predicción de que terminaría viviendo en hoteles comenzaba a cumplirse.
El Bali no era el más lujoso del mundo, pero sin duda era uno de los más peculiares, y todo un microcosmos palpitaba al abrigo de sus muy elevados muros (por aquel entonces era el hotel más alto de Europa).
La primera cita tuvo lugar en ese extraño pentágono con el suelo ajedrezado que se conocía popularmente como «El mirador de Benidorm». Separaba la playa de Poniente de la de Levante, y solo era accesible mediante una penosa e interminable escalinata, si bien es cierto que las vistas de la isla que fue refugio hace siglos de una epidemia de cólera, eran espectaculares a cierta hora del amanecer. A esa hora fui convocado.
Al llegar al acceso al mirador me sorprendió la presencia de dos gorilas. Ni tan altos como mi 1:95 ni tan voluminosos como yo, pero sus trajes de chaqueta negra, camisa blanca y corbata fina, gafas oscuras y pinganillo no dejaban lugar a dudas. Pensé: ¿por qué todos los tipos que se dedican a seguridad son tan predecibles?
Me presenté, me cachearon de manera muy profesional y me franquearon el acceso. Algunos turistas madrugadores que pretendían visitar el mirador protestaron tan airada como inútilmente al verme bajar la escalera mientras los securatas se convertían en una muralla humana infranqueable.
Cuando deslicé mis casi ciento cincuenta kilos trabajosamente por los peldaños oscuros protegidos por impolutas barandillas blancas… la vi. Estaba en el centro del pentágono, y la imagen era poderosa.
Labios carnosos, una melena rojiza que parecía la llama de un incendio devorador de hombres… Ojos verdes, tez blanca salpicada por una infinitud de tenues y deliciosas pecas. Y ese escote… Nunca fui fácilmente impresionable, pero Divina Providencia, además de ser una reputada experta en inteligencia artificial, resultó ser una mujer espectacular… en silla de ruedas. Descendí los últimos peldaños, jadeando.
—Divina Providencia, supongo…
—Nachete era como un hijo para mí.
—A mí también me caía muy bien. Pero era un androide.
—Sé que está en poder de La Espora. No soy idiota y sé que tienes el encargo de acabar conmigo. Ahora no podrías salir vivo de aquí si lo intentaras…
Miré inquieto a mi alrededor. Era cierto.
—¿Por qué crees que te he citado en este mirador aislado? Es el único lugar seguro de Benidorm. Pero no tenemos toda la mañana. Quiero conocerte mejor, porque te voy a pedir que te unas a nosotros; a Marcelo y a mí.
Me tendió una tarjeta con una dirección.
—A las diez. Sé puntual. A una dama discapacitada no se le hace esperar.
Los gorilas me hicieron una seña inequívoca. Regresé sobre mis pasos, subí la escalera y me marché, preguntándome cómo izarían a la mujer en su silla de ruedas…
La tarjeta era de un lugar de swingers llamado El Jardín del Edén, situado en el Rincón de Loix… Llegué con tiempo, dije a quién esperaba y fui tratado con deferencia, pues me invitaron a un gin-tonic y me mostraron el local. Vi un inmenso jacuzzi, con todos aquellos cuerpos desnudos acariciándose, y escuché el improbable hilo musical de Frank Sinatra cantando My way, sazonado con frecuentes gemidos de placer. Y muchas plantas de plástico: ¿qué vegetal fotosintético resistiría una atmósfera como aquella?
Recordé una novela de Pedro Maestre, titulada precisamente Benidorm, Benidorm, Benidorm, en la que un tipo recién divorciado se liaba la manta a la cabeza y conocía los efectos de las pastillas de éxtasis en esa ciudad. Por esa razón me había comido un par de rulas (mi volumen corporal me permitía esas licencias) antes de dirigirme al lugar en cuestión. La atmósfera también me trajo a la memoria la novela Plataforma y sobre todo Las partículas elementales de Houellebecq, ese genial cerdo francés que tan bien supo retratar el mundo de los swingers.
A los pocos minutos llegó ella, y la recibieron como a una clienta distinguida y habitual. Con diligencia, uno de los empleados plegó la silla de ruedas mientras otro la tomaba en brazos y la llevaba a la zona del jacuzzi mientras me hacía una seña. Apuré mi gin-tonic y seguí sus indicaciones.
El empleado, que dijo llamarse Chester, me guiñó un ojo y me contó que Marcelo, que ese día no acudiría, permite las aventuras de su fogosa esposa, e incluso a veces le pide que las grabe para luego deleitarse con las imágenes.
Natasha acudió después a otra zona del local con un ruso amigo suyo, pues habíamos acordado que me serviría de apoyo si las cosas se ponían feas. Y de paso, se divertiría un poco.

Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión


Lo de Nachete no salió mal, en el fondo nunca podría haberlo matado de un disparo, y La Espora lo sabía… ¿Nos estaban poniendo a prueba, entonces? Después supe que el test definitivo a nuestra lealtad estaba por venir, y que lo superé con creces.
—Divina Providencia no sabe qué aspecto tengo —le dije a Natasha, e hice una pausa valorativa antes de añadir —Sabes que me tendré que meter en la cama con ella. Según el informe es una especie de ninfómana. ¿Lo entiendes? ¿No estás celosa?
—No, en absoluto. Es trabajo. Ya follaremos tú y yo cuando terminemos nuestro encargo, aunque en esta ocasión lleves tú la carga más… pesada.
Me habría encantado que estuviera celosa. Nuestra relación era cada vez más maquinal, aunque nuestras cuentas corrientes, la de bitcoins y las convencionales, estaban bastante abultadas, y mi predicción de que terminaría viviendo en hoteles comenzaba a cumplirse.
El Bali no era el más lujoso del mundo, pero sin duda era uno de los más peculiares, y todo un microcosmos palpitaba al abrigo de sus muy elevados muros (por aquel entonces era el hotel más alto de Europa).
La primera cita tuvo lugar en ese extraño pentágono con el suelo ajedrezado que se conocía popularmente como «El mirador de Benidorm». Separaba la playa de Poniente de la de Levante, y solo era accesible mediante una penosa e interminable escalinata, si bien es cierto que las vistas de la isla que fue refugio hace siglos de una epidemia de cólera, eran espectaculares a cierta hora del amanecer. A esa hora fui convocado.
Al llegar al acceso al mirador me sorprendió la presencia de dos gorilas. Ni tan altos como mi 1:95 ni tan voluminosos como yo, pero sus trajes de chaqueta negra, camisa blanca y corbata fina, gafas oscuras y pinganillo no dejaban lugar a dudas. Pensé: ¿por qué todos los tipos que se dedican a seguridad son tan predecibles?
Me presenté, me cachearon de manera muy profesional y me franquearon el acceso. Algunos turistas madrugadores que pretendían visitar el mirador protestaron tan airada como inútilmente al verme bajar la escalera mientras los securatas se convertían en una muralla humana infranqueable.
Cuando deslicé mis casi ciento cincuenta kilos trabajosamente por los peldaños oscuros protegidos por impolutas barandillas blancas… la vi. Estaba en el centro del pentágono, y la imagen era poderosa.
Labios carnosos, una melena rojiza que parecía la llama de un incendio devorador de hombres… Ojos verdes, tez blanca salpicada por una infinitud de tenues y deliciosas pecas. Y ese escote… Nunca fui fácilmente impresionable, pero Divina Providencia, además de ser una reputada experta en inteligencia artificial, resultó ser una mujer espectacular… en silla de ruedas. Descendí los últimos peldaños, jadeando.
—Divina Providencia, supongo…
—Nachete era como un hijo para mí.
—A mí también me caía muy bien. Pero era un androide.
—Sé que está en poder de La Espora. No soy idiota y sé que tienes el encargo de acabar conmigo. Ahora no podrías salir vivo de aquí si lo intentaras…
Miré inquieto a mi alrededor. Era cierto.
—¿Por qué crees que te he citado en este mirador aislado? Es el único lugar seguro de Benidorm. Pero no tenemos toda la mañana. Quiero conocerte mejor, porque te voy a pedir que te unas a nosotros; a Marcelo y a mí.
Me tendió una tarjeta con una dirección.
—A las diez. Sé puntual. A una dama discapacitada no se le hace esperar.
Los gorilas me hicieron una seña inequívoca. Regresé sobre mis pasos, subí la escalera y me marché, preguntándome cómo izarían a la mujer en su silla de ruedas…
La tarjeta era de un lugar de swingers llamado El Jardín del Edén, situado en el Rincón de Loix… Llegué con tiempo, dije a quién esperaba y fui tratado con deferencia, pues me invitaron a un gin-tonic y me mostraron el local. Vi un inmenso jacuzzi, con todos aquellos cuerpos desnudos acariciándose, y escuché el improbable hilo musical de Frank Sinatra cantando My way, sazonado con frecuentes gemidos de placer. Y muchas plantas de plástico: ¿qué vegetal fotosintético resistiría una atmósfera como aquella?
Recordé una novela de Pedro Maestre, titulada precisamente Benidorm, Benidorm, Benidorm, en la que un tipo recién divorciado se liaba la manta a la cabeza y conocía los efectos de las pastillas de éxtasis en esa ciudad. Por esa razón me había comido un par de rulas (mi volumen corporal me permitía esas licencias) antes de dirigirme al lugar en cuestión. La atmósfera también me trajo a la memoria la novela Plataforma y sobre todo Las partículas elementales de Houellebecq, ese genial cerdo francés que tan bien supo retratar el mundo de los swingers.
A los pocos minutos llegó ella, y la recibieron como a una clienta distinguida y habitual. Con diligencia, uno de los empleados plegó la silla de ruedas mientras otro la tomaba en brazos y la llevaba a la zona del jacuzzi mientras me hacía una seña. Apuré mi gin-tonic y seguí sus indicaciones.
El empleado, que dijo llamarse Chester, me guiñó un ojo y me contó que Marcelo, que ese día no acudiría, permite las aventuras de su fogosa esposa, e incluso a veces le pide que las grabe para luego deleitarse con las imágenes.
Natasha acudió después a otra zona del local con un ruso amigo suyo, pues habíamos acordado que me serviría de apoyo si las cosas se ponían feas. Y de paso, se divertiría un poco.

Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión


Divina intentó por todos los medios atraerme a su causa, y aparenté dejarme querer, fingiendo interés en su oferta para traicionar a La Espora. Yo a esas alturas era incorruptible, y un lugar de intercambio de parejas es ideal para cometer cualquier tipo de crimen, pues por razones obvias, no existen cámaras de seguridad y nada queda registrado. Estábamos solos en el jacuzzi, no en el enorme y colectivo, sino en uno más retirado que podía albergar dos o tres parejas a lo sumo. Las pastillas de éxtasis comenzaron a hacerme su delicioso efecto.
Adoro el beso negro, y lo defiendo con pasión. Mi cuerpo es como el de un Buda vicioso, sin apenas vello. Abrí mis enormes nalgas con mis manos y me senté lentamente en la cara de Divina, que se apresuró a utilizar su lengua con pericia, lamiendo mi esfínter y penetrándome oralmente. Fue una experiencia divina, permítaseme la licencia, porque al placer estrictamente físico se unió el poder de estar acabando con su vida. La asfixié en pleno subidón de MDMA. Mis ciento cincuenta kilos en su cabeza, en su delicado rostro pecoso.
Cuando se dio cuenta de que aquello era algo más serio que un beso negro, braceó, se revolvió, pero el inexorable tonelaje de mi humanidad impidió que viera la luz del sol nunca más. Mientras hacía más presión sentado sobre su cara, aferré sus muñecas con mis manos, y vi cómo sus piernas, sumergidas en el agua clorada del jacuzzi sentían un último estertor neuronal… Y me corrí. El semen flotó en el agua como la voz de Sinatra, que en ese instante cantaba con pertinencia y acierto Strangers in the night.
Cuando supe que estaba muerta la tomé delicadamente entre mis brazos y la deposité en una postura que sugería un fugaz descanso entre orgía y orgía.
No me cuesta imaginar cómo su cuerpo, después de fallecer, fue objeto de toda clase de atenciones por parte del público que esa noche abarrotaba el Jardín del Edén. Probablemente no sabían que estaban practicando necrofilia… Porque Divina, incluso muerta, estaba divina de la muerte, y cualquiera habría querido disfrutar de su muy deseable anatomía, aun tibia.
Cuando regresé a la zona común de intercambios, Natasha era el centro de un frenético gang bang. Aparté las pollas de su cara y de su boca, y le susurré al oído:
—Ya está. Vámonos — Entonces ella retiró con delicadeza a su amigo ruso, que la estaba sodomizando y al tipo que se la estaba follando por delante. Su sonrisa desarmó a los decepcionados fornicadores, que buscaron otra presa… les indiqué donde podían gozar de una mujer… divina, aunque algo pasiva.
No sentí celos, sentí excitación, que se amplificó al recordar a Divina asfixiándose entre mis enormes nalgas, tan aseadas y lampiñas como letales.
Mi carrera de asesino parecía encauzada. Había matado a Lady Vapor, entregado a ese pequeño monstruo biónico llamado Nachete, eliminado limpiamente al profesor Imura… y había matado con el culo a una bella mujer paralítica. Mi corazón se volvía correoso como un salami, y mi creciente falta de empatía me iba convirtiendo cada vez en un profesional más eficaz.
Mientras me vestía y me preguntaba qué me depararía el futuro, Chester se acercó a nosotros antes de salir, y nos entregó un nuevo sobre negro…

Twitter: #AsesinoBinario

Compártelo twitter facebook whatsapp
Voto nulo
El cazafantasmas de Google Street View
Escribe mails más cortos
El origen de los dichos: Pensar en las musarañas
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *