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7 de septiembre 2015    /   CIENCIA
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El autocontrol: un factor imprescindible para conseguir tus objetivos

7 de septiembre 2015    /   CIENCIA     por          
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En todo Estados Unidos ya se están impartiendo programas preescolares llamados Head Start, en los que los niños procedentes de hogares económicamente deprimidos reciben una atención especial que, entre otras cosas, les enseña a cultivar el autocontrol.
Porque de nuestro autocontrol depende en gran medida nuestro futuro (como podéis leer en ¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?). De hecho, los niños que pasan por estos programas presentan más tarde, respecto a quienes no lo pasan, índices inferiores de embarazo adolescente, abandono escolar, delincuencia y absentismo laboral.
No te comas el caramelo

El famoso test de las golosinas elaborado por Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, estimaba el grado de autocontrol de los niños de cuatro años cuando, tras mostrarles una bandeja de golosinas, se les pedía que eligieran una con una condición: podían coger una golosina en ese mismo instante, pero si no se la comían hasta dentro de un rato, recibiría dos golosinas, en vez de una.
Un tercio de los niños tomó la golosina de inmediato. El otro tercio esperó un cuarto de hora para recibir la recompensa de dos golosinas. El otro tercio se situó en algún punto entre ambas alternativas. Lo significativo es que los niños que resistieron la tentación de la golosina mostraban también una puntuación más alta en medidas de control ejecutivo, concretamente de reasignación de la atención.

En Dunedin, Nueva Zelanda, se llevó a cabo un ambicioso proyecto con 1.037 niños, cuyo desarrolló se rastreó décadas después. Explica así los resultados Yochai Benkler en su libro El Pingüino y el Leviatán:

Los resultados de este estudio pusieron claramente de relieve que los niños de Dunedin que más autocontrol habían mostrado durante su infancia eran también los que, al entrar en la treintena, mejor se desenvolvían. Ellos eran, precisamente, los que mejor salud, más éxito económico y menos problemas con la ley habían tenido. Cuanto peor, por el contrario, se habían mostrado durante su infancia en la gestión de sus impulsos, peor era también su salud y mayor la probabilidad de haber sido declarados culpables de algún delito.

¿El más importante rasgo para ser feliz?
Tu clase social, la riqueza de la familia o tu CI también son predictores poderosos del éxito financiero adulto, de la salud y del historial delictivo. Pero el autocontrol ya ha sido incluido en estos factores prioritarios como uno más. El autocontrol incluso predice en gran medida el éxito académico por encima del CI. Como podemos leer en Cómo decidimos de Jonah Leherer refiriéndose al experimento de Mischel y otros similares:

Los que hacían sonar el timbre antes de haber transcurrido un minuto tenían muchas más probabilidades de presentar problemas conductuales más adelante. Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del SAT eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del SAT que los test de coeficiente de inteligencia (CI).

Además, el autocontrol también constituye un vaticinador del ajuste emocional, las habilidades interpersonales, la sensación de seguridad y la adaptabilidad.

La conclusión es que, por más económicamente privilegiada que sea su infancia, si el niño no llega a dominar, en la búsqueda de sus objetivos, la demora de la gratificación, esa ventaja de partida acaba, en el curso de la vida, desvaneciéndose. Solo 2 de cada 5 hijos de padres ubicados en el 20% superior de la riqueza acaban, en los Estados Unidos, en ese mismo estatus privilegiado, y cerca del 6% descienden al nivel de ingresos propio del 20% inferior.

Wilhelm Hofmann y su equipo de investigadores de la Universidad de Chicago también apuntan que las personas que son más capaces de resistirse a los impulsos dicen sentirse más satisfechas consigo mismas y con sus vidas.
Es la conclusión que extraen tras realizar un estudio, publicado en Journal of Personality, que consistía en una encuesta a 414 adultos en la que debían calificar su autocontrol indicando hasta que punto estaban de acuerdo con 14 estados, por ejemplo «hago ciertas cosas, aunque sean perjudiciales para mí, si son divertidas». Las personas con más autocontrol eran también más felices a corto plazo.
Los placeres en movimiento son los que resultan fáciles de obtener, pero pasan rápido, se esfuman como el mordisco a un bollo de crema. Los placeres estáticos son los que cuestan más de obtener pero, por el contrario, perduran mucho tiempo o toda la vida, como una buena amistad, determinados conocimientos o una buena forma física. Los objetivos que nos fijamos, así como lo ambiciosos que sean estos y lo lejos que estemos de ellos, determinan el grado de nuestro autocontrol.
De nuestro autocontrol, pues, depende en gran medida si escogemos mayoritariamente los primeros placeres frente a los segundos o viceversa.

En todo Estados Unidos ya se están impartiendo programas preescolares llamados Head Start, en los que los niños procedentes de hogares económicamente deprimidos reciben una atención especial que, entre otras cosas, les enseña a cultivar el autocontrol.
Porque de nuestro autocontrol depende en gran medida nuestro futuro (como podéis leer en ¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?). De hecho, los niños que pasan por estos programas presentan más tarde, respecto a quienes no lo pasan, índices inferiores de embarazo adolescente, abandono escolar, delincuencia y absentismo laboral.
No te comas el caramelo

El famoso test de las golosinas elaborado por Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, estimaba el grado de autocontrol de los niños de cuatro años cuando, tras mostrarles una bandeja de golosinas, se les pedía que eligieran una con una condición: podían coger una golosina en ese mismo instante, pero si no se la comían hasta dentro de un rato, recibiría dos golosinas, en vez de una.
Un tercio de los niños tomó la golosina de inmediato. El otro tercio esperó un cuarto de hora para recibir la recompensa de dos golosinas. El otro tercio se situó en algún punto entre ambas alternativas. Lo significativo es que los niños que resistieron la tentación de la golosina mostraban también una puntuación más alta en medidas de control ejecutivo, concretamente de reasignación de la atención.

En Dunedin, Nueva Zelanda, se llevó a cabo un ambicioso proyecto con 1.037 niños, cuyo desarrolló se rastreó décadas después. Explica así los resultados Yochai Benkler en su libro El Pingüino y el Leviatán:

Los resultados de este estudio pusieron claramente de relieve que los niños de Dunedin que más autocontrol habían mostrado durante su infancia eran también los que, al entrar en la treintena, mejor se desenvolvían. Ellos eran, precisamente, los que mejor salud, más éxito económico y menos problemas con la ley habían tenido. Cuanto peor, por el contrario, se habían mostrado durante su infancia en la gestión de sus impulsos, peor era también su salud y mayor la probabilidad de haber sido declarados culpables de algún delito.

¿El más importante rasgo para ser feliz?
Tu clase social, la riqueza de la familia o tu CI también son predictores poderosos del éxito financiero adulto, de la salud y del historial delictivo. Pero el autocontrol ya ha sido incluido en estos factores prioritarios como uno más. El autocontrol incluso predice en gran medida el éxito académico por encima del CI. Como podemos leer en Cómo decidimos de Jonah Leherer refiriéndose al experimento de Mischel y otros similares:

Los que hacían sonar el timbre antes de haber transcurrido un minuto tenían muchas más probabilidades de presentar problemas conductuales más adelante. Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del SAT eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del SAT que los test de coeficiente de inteligencia (CI).

Además, el autocontrol también constituye un vaticinador del ajuste emocional, las habilidades interpersonales, la sensación de seguridad y la adaptabilidad.

La conclusión es que, por más económicamente privilegiada que sea su infancia, si el niño no llega a dominar, en la búsqueda de sus objetivos, la demora de la gratificación, esa ventaja de partida acaba, en el curso de la vida, desvaneciéndose. Solo 2 de cada 5 hijos de padres ubicados en el 20% superior de la riqueza acaban, en los Estados Unidos, en ese mismo estatus privilegiado, y cerca del 6% descienden al nivel de ingresos propio del 20% inferior.

Wilhelm Hofmann y su equipo de investigadores de la Universidad de Chicago también apuntan que las personas que son más capaces de resistirse a los impulsos dicen sentirse más satisfechas consigo mismas y con sus vidas.
Es la conclusión que extraen tras realizar un estudio, publicado en Journal of Personality, que consistía en una encuesta a 414 adultos en la que debían calificar su autocontrol indicando hasta que punto estaban de acuerdo con 14 estados, por ejemplo «hago ciertas cosas, aunque sean perjudiciales para mí, si son divertidas». Las personas con más autocontrol eran también más felices a corto plazo.
Los placeres en movimiento son los que resultan fáciles de obtener, pero pasan rápido, se esfuman como el mordisco a un bollo de crema. Los placeres estáticos son los que cuestan más de obtener pero, por el contrario, perduran mucho tiempo o toda la vida, como una buena amistad, determinados conocimientos o una buena forma física. Los objetivos que nos fijamos, así como lo ambiciosos que sean estos y lo lejos que estemos de ellos, determinan el grado de nuestro autocontrol.
De nuestro autocontrol, pues, depende en gran medida si escogemos mayoritariamente los primeros placeres frente a los segundos o viceversa.

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