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20 de noviembre 2014    /   IDEAS
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El autocontrol: ¡suéltate el pelo!… pero contrólate

20 de noviembre 2014    /   IDEAS     por          
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Cantaban Hombres G aquello de Suéltate el pelo. Y es que un gran porcentaje de canciones para mover el esqueleto tiene letras asociadas con perder el control, cometer toda clase de locuras o latrocinios, buscar el horizonte a pesar de que el camino esté repleto de peligros, liberar las cadenas de lo políticamente correcto y toda esa cháchara que tan bien funciona para calmar nuestras zozobras de pequeños burgueses.
A pesar de todo, la civilización ha progresado bajo agentes rectores que contradicen esta continua apología al despiporre: el autocontrol, la educación, la ponderación, lo políticamente correcto, la mentira piadosa, la sonrisa de cartón piedra, la asunción de que quizá estamos equivocados y debemos cambiar (a pesar de que Alaska y Dinarama cantara aquello de «Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré»).
Con todo, no todo el mundo dispone de los mismos niveles de autocontrol. ¿De qué dependen? ¿Cómo podemos potenciarlos? ¿Cuándo es apropiado perderlo?
800px-Herbert_James_Draper,_Ulysses_and_the_Sirens
Los cantos de sirena
Ejercer el autocontrol ha sido una constante en la historia, al menos en determinadas épocas. Ya Ulises rogó a sus marineros que lo ataran al mástil del barco y le taparan los oídos con cera para quedar a salvo de los cantos de sirena. Diversos códigos religiosos han propiciado el autocontrol en el consumo, el sexo y toda clase de dimensiones naturales del ser humano. Actualmente, muchos intentamos ir al supermercado con el estómago vacío para no caer en la tentación de comprar caprichos calóricos.
Incluso usamos servicios como Stickk, a los que entregamos una parte de nuestro dinero que solo nos será devuelta a medida que cumplamos los objetivos que nos hemos puesto (en caso de que fallemos, el dinero se donará a la organización que más detestemos). El actual auge de la gaminifación, de hecho, no es más que un facilitador en forma de videojuego para que mantener el autocontrol sea un poco más fácil.
En otras palabras, llevamos generaciones ejercitando el autocontrol. Y lo que parece estar pasando es que cada vez nos resulta más fácil autocontrolarnos. No es que el autocontrol se herede genéticamente (las jirafas no tienen el cuello largo porque se pasan la vida estirándolo, maldito Lamarck), sino que las personas que más se autocontrolan son las que obtienen mejores puestos socioeconómicos y se reproducen más y mejor. Muchos de los que no se autocontrolan ni siquiera llegan vivos a la época de ser fértiles, o su prole tiene menos oportunidades de sobrevivir.
Un divertido experimento llevado a cabo por Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford, con niños de cuatro años nos descubrió que algunos son capaces de tener paciencia para tener una doble ración de malvaviscos antes que una ración individual. Los que mejor se autocontrolan suelen ser los que más tarde obtendrán más satisfacciones en la vida, como descubrió más tarde Mischel al ponerse de nuevo en contacto con los niños, tal y como lo explica Jonah Leherer en su libro Cómo decidimos:
«Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del SAT eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del SAT que los test de coeficiente de inteligencia (CI)».
 

Soy educado porque vale la pena
El contexto es muy poderoso a la hora de ejercer nuestro autocontrol. De nada sirve pasarnos noches y noches estudiando para, por ejemplo, convertirnos en catedráticos en Derecho si nuestra esperanza de vida es de treinta años. De igual modo, en los barrios más inestables o violentos, la gente se autocontrola menos porque sus expectativas vitales son necesariamente peores.
No vale la pena aguardar una doble ración de malvaviscos porque quizá, cuando llegue, ya muchos ya estarán muertos, así que resulta más rentable comerse la individual en cuanto aparezca la oportunidad. Este tipo de interés graduable, que regula el grado en que se descuenta el futuro, fue analizado por los biólogos Martin Daly y Margo Wilson. En otras palabras: la incertidumbre contextual y la temeridad psicológica constituyen un círculo vicioso.
Dos psicólogos de la Universidad de Michigan, Dov Cohen y Richard Nisbett, también descubrieron que la gente del sur parecía autocontrolarse menos que la del norte, al menos en Estados Unidos, y si el autocontrol se debía hacer efectivo ante un insulto. Concretamente: gilipollas. La razón de esta polaridad no está clara. Quizás en el sur se tardó más que en el norte en que el Gobierno tuviera el monopolio del uso legítimo de la violencia, lo que obligó a los sureños a tomarse la ley por su mano, desenfundado una recortada con posta lobera a la mínima provocación para mantener el respeto de los demás. Frente a un estado con una policía eficaz y un sistema de justicia ecuánime, no importa si somos valientes o cobardes: son las fuerzas de seguridad las que se encargarán de resolver nuestros entuertos.
El contexto es tan sutil a la hora de graduar nuestra capacidad de autocontrol que hasta puede correlacionarse con nuestra nutrición, con lo que nos llevamos a la boca, como midió Matthew T. Gailliot. El lóbulo frontal es en gran parte el responsable de nuestro autocontrol, pero al estar consumiendo energía en nuestra fuerza de voluntad también estamos consumiendo glucosa. El apetito, pues, debilita el autocontrol. Como también lo hace la mala alimentación y las deficiencias en minerales y vitaminas. Un contexto estable a esos niveles también convierte a los seres humanos en personas más razonables, menos manipuladas por sus entrañas.
Finalmente, una vez hemos probado las bondades del autocontrol, parece que nos gusta y entonces nos volvemos más ponderados en nuestros juicios, ya no necesitamos que nos aten al mástil del barco para no caer en la tentación. El propio Gailliot y otros psicólogos sometieron a diversos participantes a varios regímenes de autocontrol durante semanas o meses. Por ejemplo, evitar el uso de palabrotas, emplear la mano no habitual para tareas cotidianas como lavarse los dientes, etc. Estos ejercicios provocaban que los voluntarios también mostraran mayor autocontrol en otros ámbitos de la vida, como el consumo de alcohol o tabaco.
Así pues, a pesar de que en algunos momentos puntuales de la historia se haya ridiculizado a quien ejercía cierto autocontrol de sus pasiones tildándole de cuadriculado, neurótico o puritano, lo cierto es que tales manifestaciones han durado poco y han resultado escasamente productivas. Lo de vive la vida y deja un cadáver bonito o el haz lo que quieras de Aleister Crowley queda bien en una camiseta o un spot de cerveza. Pero la convivencia, la empatía, el progreso y, en definitiva, la civilización, aquello que nos distingue de los animales, es el autocontrol. Lo que no deja que, de vez en cuando, nos apetezca hacer alguna locura… o machacar cráneos.

 
Imágenes| Pixabay

Cantaban Hombres G aquello de Suéltate el pelo. Y es que un gran porcentaje de canciones para mover el esqueleto tiene letras asociadas con perder el control, cometer toda clase de locuras o latrocinios, buscar el horizonte a pesar de que el camino esté repleto de peligros, liberar las cadenas de lo políticamente correcto y toda esa cháchara que tan bien funciona para calmar nuestras zozobras de pequeños burgueses.
A pesar de todo, la civilización ha progresado bajo agentes rectores que contradicen esta continua apología al despiporre: el autocontrol, la educación, la ponderación, lo políticamente correcto, la mentira piadosa, la sonrisa de cartón piedra, la asunción de que quizá estamos equivocados y debemos cambiar (a pesar de que Alaska y Dinarama cantara aquello de «Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré»).
Con todo, no todo el mundo dispone de los mismos niveles de autocontrol. ¿De qué dependen? ¿Cómo podemos potenciarlos? ¿Cuándo es apropiado perderlo?
800px-Herbert_James_Draper,_Ulysses_and_the_Sirens
Los cantos de sirena
Ejercer el autocontrol ha sido una constante en la historia, al menos en determinadas épocas. Ya Ulises rogó a sus marineros que lo ataran al mástil del barco y le taparan los oídos con cera para quedar a salvo de los cantos de sirena. Diversos códigos religiosos han propiciado el autocontrol en el consumo, el sexo y toda clase de dimensiones naturales del ser humano. Actualmente, muchos intentamos ir al supermercado con el estómago vacío para no caer en la tentación de comprar caprichos calóricos.
Incluso usamos servicios como Stickk, a los que entregamos una parte de nuestro dinero que solo nos será devuelta a medida que cumplamos los objetivos que nos hemos puesto (en caso de que fallemos, el dinero se donará a la organización que más detestemos). El actual auge de la gaminifación, de hecho, no es más que un facilitador en forma de videojuego para que mantener el autocontrol sea un poco más fácil.
En otras palabras, llevamos generaciones ejercitando el autocontrol. Y lo que parece estar pasando es que cada vez nos resulta más fácil autocontrolarnos. No es que el autocontrol se herede genéticamente (las jirafas no tienen el cuello largo porque se pasan la vida estirándolo, maldito Lamarck), sino que las personas que más se autocontrolan son las que obtienen mejores puestos socioeconómicos y se reproducen más y mejor. Muchos de los que no se autocontrolan ni siquiera llegan vivos a la época de ser fértiles, o su prole tiene menos oportunidades de sobrevivir.
Un divertido experimento llevado a cabo por Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford, con niños de cuatro años nos descubrió que algunos son capaces de tener paciencia para tener una doble ración de malvaviscos antes que una ración individual. Los que mejor se autocontrolan suelen ser los que más tarde obtendrán más satisfacciones en la vida, como descubrió más tarde Mischel al ponerse de nuevo en contacto con los niños, tal y como lo explica Jonah Leherer en su libro Cómo decidimos:
«Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del SAT eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del SAT que los test de coeficiente de inteligencia (CI)».
 

Soy educado porque vale la pena
El contexto es muy poderoso a la hora de ejercer nuestro autocontrol. De nada sirve pasarnos noches y noches estudiando para, por ejemplo, convertirnos en catedráticos en Derecho si nuestra esperanza de vida es de treinta años. De igual modo, en los barrios más inestables o violentos, la gente se autocontrola menos porque sus expectativas vitales son necesariamente peores.
No vale la pena aguardar una doble ración de malvaviscos porque quizá, cuando llegue, ya muchos ya estarán muertos, así que resulta más rentable comerse la individual en cuanto aparezca la oportunidad. Este tipo de interés graduable, que regula el grado en que se descuenta el futuro, fue analizado por los biólogos Martin Daly y Margo Wilson. En otras palabras: la incertidumbre contextual y la temeridad psicológica constituyen un círculo vicioso.
Dos psicólogos de la Universidad de Michigan, Dov Cohen y Richard Nisbett, también descubrieron que la gente del sur parecía autocontrolarse menos que la del norte, al menos en Estados Unidos, y si el autocontrol se debía hacer efectivo ante un insulto. Concretamente: gilipollas. La razón de esta polaridad no está clara. Quizás en el sur se tardó más que en el norte en que el Gobierno tuviera el monopolio del uso legítimo de la violencia, lo que obligó a los sureños a tomarse la ley por su mano, desenfundado una recortada con posta lobera a la mínima provocación para mantener el respeto de los demás. Frente a un estado con una policía eficaz y un sistema de justicia ecuánime, no importa si somos valientes o cobardes: son las fuerzas de seguridad las que se encargarán de resolver nuestros entuertos.
El contexto es tan sutil a la hora de graduar nuestra capacidad de autocontrol que hasta puede correlacionarse con nuestra nutrición, con lo que nos llevamos a la boca, como midió Matthew T. Gailliot. El lóbulo frontal es en gran parte el responsable de nuestro autocontrol, pero al estar consumiendo energía en nuestra fuerza de voluntad también estamos consumiendo glucosa. El apetito, pues, debilita el autocontrol. Como también lo hace la mala alimentación y las deficiencias en minerales y vitaminas. Un contexto estable a esos niveles también convierte a los seres humanos en personas más razonables, menos manipuladas por sus entrañas.
Finalmente, una vez hemos probado las bondades del autocontrol, parece que nos gusta y entonces nos volvemos más ponderados en nuestros juicios, ya no necesitamos que nos aten al mástil del barco para no caer en la tentación. El propio Gailliot y otros psicólogos sometieron a diversos participantes a varios regímenes de autocontrol durante semanas o meses. Por ejemplo, evitar el uso de palabrotas, emplear la mano no habitual para tareas cotidianas como lavarse los dientes, etc. Estos ejercicios provocaban que los voluntarios también mostraran mayor autocontrol en otros ámbitos de la vida, como el consumo de alcohol o tabaco.
Así pues, a pesar de que en algunos momentos puntuales de la historia se haya ridiculizado a quien ejercía cierto autocontrol de sus pasiones tildándole de cuadriculado, neurótico o puritano, lo cierto es que tales manifestaciones han durado poco y han resultado escasamente productivas. Lo de vive la vida y deja un cadáver bonito o el haz lo que quieras de Aleister Crowley queda bien en una camiseta o un spot de cerveza. Pero la convivencia, la empatía, el progreso y, en definitiva, la civilización, aquello que nos distingue de los animales, es el autocontrol. Lo que no deja que, de vez en cuando, nos apetezca hacer alguna locura… o machacar cráneos.

 
Imágenes| Pixabay

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