26 de noviembre 2020    /   DIGITAL
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El avance digital nos detiene

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En 2008 los estudios Pixar estrenaron ‘Wall-e’, una historia animada y futurista en un contexto post-apocalíptico. En esta película, la vida en nuestro planeta desaparece por la sobreexplotación de recursos y los humanos tienen que abandonar la Tierra por haberla convertido, literalmente, en un basurero.

En este escenario, las personas del futuro han terminado viviendo en el Axiom, un gigantesco crucero espacial en el que disfrutan de una vida cómoda. Un paraíso tecnológico. Pero los humanos en esta historia tienen un aspecto muy particular: se han convertido en unos seres redondos que se mueven en divanes flotantes.

En los últimos 150 años la ciencia y la tecnología han cambiado nuestra forma de entender y estar en el mundo. La historia de ‘Wall-e’ nos resulta familiar y creíble porque la tecnología está cambiando el planeta y nuestra vida.

Humanos en la película WALL-E (Andrew Stanton, 2008).
IMDB / Pixar

Esto es así porque la tecnología ha revolucionado cómo trabajamos, qué comemos, cómo nos desplazamos. Incluso cómo nos relacionamos y divertimos. Algunas veces para bien, y otras no tanto. Aunque el balance global es positivo: a pesar de las profundas desigualdades económicas entre personas, la humanidad disfruta hoy de una calidad de vida inédita.

¿Ha mejorado la tecnología nuestra vida?

Disfrutamos del mejor nivel de salud que nuestra especie ha conocido . La alimentación es más asequible y la cultura y la sanidad, más accesibles. Nunca ha habido menos personas bajo el umbral de pobreza extrema. Y la probabilidad de morir a manos de otra persona es actualmente la más baja en nuestra historia.

Hoy en día, escuchamos música online y compramos en Mercadona y Amazon. Discutimos en Twitter y presumimos en Instagram. Además, buena parte de nosotros podemos comer chocolate, caramelos y helados mucho más allá de lo sano y razonable. En definitiva, la tecnología impregna todo, y nos ayuda a vivir más y mejor.

En esta esfera, la Unión Europea mide el desarrollo tecnológico de cada país. Para ello utiliza el Índice de Economía y Sociedad Digital (DESI). Este indicador evalúa la conectividad, el capital humano, el uso de internet, la integración de la tecnología digital y los servicios públicos digitales.

La puntuación va de 0 a 1. Dinamarca (0,71) y Finlandia (0,68) son los países más desarrollados, y Bulgaria (0,37) y Rumanía (0,33) los peor valorados. España (0,54) está justo en la mitad de la clasificación.

La letra pequeña del desarrollo digital

Esta felicidad a golpe de clic tiene efectos secundarios. Por cada décima que un país avanza en este indicador, la inactividad media de su población se incrementa en 12,76 minutos.

La tecnología nos detiene. Con una media de 4 horas, Rumanía es el país en el que la gente pasa menos tiempo sentada, mientras que daneses (6 horas) y holandeses (6,5 horas) son los europeos más sedentarios. La población española está algo mejor que la media europea. Es decir, dedicamos unas 4,4 horas a estar sentados cada día.

Por otra parte, el uso personal de dispositivos digitales también nos hace pasar más tiempo sentados: cuantos más aparatos hay en casa, más inactivos somos. Es cierto que algunas personas entrenan. De hecho, actualmente muchos nos movemos más por diversión que por necesidad.

Pero eso no es lo normal para un ser humano, ya que durante millones de años hemos sido mucho más activos durante nuestras jornadas cotidianas. Los seres humanos hemos evolucionado para caminar y correr largas distancias.

El problema es que ahora la tecnología, nuestro entorno y nuestra jornada laboral o escolar no facilitan que hagamos toda la actividad física que deberíamos. Hacer deporte dos o tres veces a la semana es sano, sí. Pero no es suficiente.

Ni siquiera media hora diaria de ejercicio nos acerca al estilo de vida de nuestros antepasados. Pasar más de cuatro horas al día sentados incrementa el riesgo de enfermar o morir de forma temprana, aunque hagas algo de ejercicio en tu tiempo libre.

Repercusiones en nuestra salud

La disminución de nuestra actividad es un problema de salud muy importante y no tiene un remedio sencillo. De forma continua, en cada rutina o gesto imperceptible, la tecnología nos hace inactivos.

¿Sabe que podríamos haber gastado tres veces más calorías caminando en lugar de leer este artículo? Tres minutos de pantalla es poco tiempo, sí. Pero imaginemos ahora que no tenemos conexión a internet.

Pensemos en el paseo que hubiéramos tenido que dar hasta el quiosco para comprar el periódico y leer este artículo. Ese paseo de solo 15 minutos, todos los días del año, supone una cantidad de calorías equivalentes a todo lo que ingerimos durante una semana.

Las calorías no gastadas se acumulan en nuestro cuerpo, que está “diseñado” para almacenar energía y moverse. Sin estímulo muscular suficiente, nuestra salud empeora, y acumulamos energía en exceso.

Forzar la desconexión digital no es una opción realista. Pero debemos adaptar la tecnología a nuestras necesidades y características, y disfrutar de momentos cotidianos de desconexión.

Cómo compensar el sedentarismo

El equilibrio es posible y necesario, tenemos el conocimiento suficiente para llevar una vida más sana. Y eso supone aprovechar cualquier oportunidad para mantenernos activos.

También necesitamos que nuestros gobiernos tomen cartas en el asunto. Para avanzar tecnológicamente hay que tener en cuenta criterios de salud y sostenibilidad (que por cierto, son los mismos).

Hay que facilitar trayectos cortos en los desplazamientos cotidianos, que permitan caminar o usar la bicicleta para ir a trabajar y comprar. Debemos fomentar el uso de transporte público, y organizar nuestra jornada para que podamos ser más activos.

Institucionalmente hay que implantar estos cambios, diseñando ciudades y jornadas de forma inteligente. Además, las grandes empresas tecnológicas deben modificar el modo en que diseñan sus productos y servicios. Es decir, ofrecer a los consumidores productos saludables y sostenibles es una cuestión de mercado y salud pública.

Sin actividad física enfermamos. Cada día, en cada pequeño gesto cotidiano, poco a poco, la tecnología nos roba oportunidades de movimiento. La digitalización puede deteriorar su salud. Cuídese. Suelte el móvil, levántese y estire las piernas. Pasee un rato antes de volver a mirar esta pantalla para leer el próximo artículo.The Conversation

Ernesto De la Cruz Sánchez, Profesor, Universidad de Murcia; Antonio Moreno Llamas, PhD student, Universidad de Murcia y Jesús García Mayor, Investigador predoctoral (FPU-UM), Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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En 2008 los estudios Pixar estrenaron ‘Wall-e’, una historia animada y futurista en un contexto post-apocalíptico. En esta película, la vida en nuestro planeta desaparece por la sobreexplotación de recursos y los humanos tienen que abandonar la Tierra por haberla convertido, literalmente, en un basurero.

En este escenario, las personas del futuro han terminado viviendo en el Axiom, un gigantesco crucero espacial en el que disfrutan de una vida cómoda. Un paraíso tecnológico. Pero los humanos en esta historia tienen un aspecto muy particular: se han convertido en unos seres redondos que se mueven en divanes flotantes.

En los últimos 150 años la ciencia y la tecnología han cambiado nuestra forma de entender y estar en el mundo. La historia de ‘Wall-e’ nos resulta familiar y creíble porque la tecnología está cambiando el planeta y nuestra vida.

Humanos en la película WALL-E (Andrew Stanton, 2008).
IMDB / Pixar

Esto es así porque la tecnología ha revolucionado cómo trabajamos, qué comemos, cómo nos desplazamos. Incluso cómo nos relacionamos y divertimos. Algunas veces para bien, y otras no tanto. Aunque el balance global es positivo: a pesar de las profundas desigualdades económicas entre personas, la humanidad disfruta hoy de una calidad de vida inédita.

¿Ha mejorado la tecnología nuestra vida?

Disfrutamos del mejor nivel de salud que nuestra especie ha conocido . La alimentación es más asequible y la cultura y la sanidad, más accesibles. Nunca ha habido menos personas bajo el umbral de pobreza extrema. Y la probabilidad de morir a manos de otra persona es actualmente la más baja en nuestra historia.

Hoy en día, escuchamos música online y compramos en Mercadona y Amazon. Discutimos en Twitter y presumimos en Instagram. Además, buena parte de nosotros podemos comer chocolate, caramelos y helados mucho más allá de lo sano y razonable. En definitiva, la tecnología impregna todo, y nos ayuda a vivir más y mejor.

En esta esfera, la Unión Europea mide el desarrollo tecnológico de cada país. Para ello utiliza el Índice de Economía y Sociedad Digital (DESI). Este indicador evalúa la conectividad, el capital humano, el uso de internet, la integración de la tecnología digital y los servicios públicos digitales.

La puntuación va de 0 a 1. Dinamarca (0,71) y Finlandia (0,68) son los países más desarrollados, y Bulgaria (0,37) y Rumanía (0,33) los peor valorados. España (0,54) está justo en la mitad de la clasificación.

La letra pequeña del desarrollo digital

Esta felicidad a golpe de clic tiene efectos secundarios. Por cada décima que un país avanza en este indicador, la inactividad media de su población se incrementa en 12,76 minutos.

La tecnología nos detiene. Con una media de 4 horas, Rumanía es el país en el que la gente pasa menos tiempo sentada, mientras que daneses (6 horas) y holandeses (6,5 horas) son los europeos más sedentarios. La población española está algo mejor que la media europea. Es decir, dedicamos unas 4,4 horas a estar sentados cada día.

Por otra parte, el uso personal de dispositivos digitales también nos hace pasar más tiempo sentados: cuantos más aparatos hay en casa, más inactivos somos. Es cierto que algunas personas entrenan. De hecho, actualmente muchos nos movemos más por diversión que por necesidad.

Pero eso no es lo normal para un ser humano, ya que durante millones de años hemos sido mucho más activos durante nuestras jornadas cotidianas. Los seres humanos hemos evolucionado para caminar y correr largas distancias.

El problema es que ahora la tecnología, nuestro entorno y nuestra jornada laboral o escolar no facilitan que hagamos toda la actividad física que deberíamos. Hacer deporte dos o tres veces a la semana es sano, sí. Pero no es suficiente.

Ni siquiera media hora diaria de ejercicio nos acerca al estilo de vida de nuestros antepasados. Pasar más de cuatro horas al día sentados incrementa el riesgo de enfermar o morir de forma temprana, aunque hagas algo de ejercicio en tu tiempo libre.

Repercusiones en nuestra salud

La disminución de nuestra actividad es un problema de salud muy importante y no tiene un remedio sencillo. De forma continua, en cada rutina o gesto imperceptible, la tecnología nos hace inactivos.

¿Sabe que podríamos haber gastado tres veces más calorías caminando en lugar de leer este artículo? Tres minutos de pantalla es poco tiempo, sí. Pero imaginemos ahora que no tenemos conexión a internet.

Pensemos en el paseo que hubiéramos tenido que dar hasta el quiosco para comprar el periódico y leer este artículo. Ese paseo de solo 15 minutos, todos los días del año, supone una cantidad de calorías equivalentes a todo lo que ingerimos durante una semana.

Las calorías no gastadas se acumulan en nuestro cuerpo, que está “diseñado” para almacenar energía y moverse. Sin estímulo muscular suficiente, nuestra salud empeora, y acumulamos energía en exceso.

Forzar la desconexión digital no es una opción realista. Pero debemos adaptar la tecnología a nuestras necesidades y características, y disfrutar de momentos cotidianos de desconexión.

Cómo compensar el sedentarismo

El equilibrio es posible y necesario, tenemos el conocimiento suficiente para llevar una vida más sana. Y eso supone aprovechar cualquier oportunidad para mantenernos activos.

También necesitamos que nuestros gobiernos tomen cartas en el asunto. Para avanzar tecnológicamente hay que tener en cuenta criterios de salud y sostenibilidad (que por cierto, son los mismos).

Hay que facilitar trayectos cortos en los desplazamientos cotidianos, que permitan caminar o usar la bicicleta para ir a trabajar y comprar. Debemos fomentar el uso de transporte público, y organizar nuestra jornada para que podamos ser más activos.

Institucionalmente hay que implantar estos cambios, diseñando ciudades y jornadas de forma inteligente. Además, las grandes empresas tecnológicas deben modificar el modo en que diseñan sus productos y servicios. Es decir, ofrecer a los consumidores productos saludables y sostenibles es una cuestión de mercado y salud pública.

Sin actividad física enfermamos. Cada día, en cada pequeño gesto cotidiano, poco a poco, la tecnología nos roba oportunidades de movimiento. La digitalización puede deteriorar su salud. Cuídese. Suelte el móvil, levántese y estire las piernas. Pasee un rato antes de volver a mirar esta pantalla para leer el próximo artículo.The Conversation

Ernesto De la Cruz Sánchez, Profesor, Universidad de Murcia; Antonio Moreno Llamas, PhD student, Universidad de Murcia y Jesús García Mayor, Investigador predoctoral (FPU-UM), Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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