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23 de enero 2014    /   CREATIVIDAD
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El maestro acechador de la calle

23 de enero 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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William H. Whyte siempre mostró un talento prodigioso para retratar los hábitos del ser humano en las ciudades. El pensador y urbanista sabía articular con sentido del humor e inteligencia por qué algunos espacios públicos funcionaban y otros no.

En este pequeño segmento de su película The Social Life of Small Urban Spaces (1988), fruto de dos décadas de trabajo de observación, se valoran dos distintos tipos de entorno y la relación que tiene el humano con ellos.

El primero es Paley Park, un pequeño parque escondido entre los rascacielos de Manhattan. Para Whyte el parque no es un refugio. «Es un lugar intensamente urbano». Su significado no solo está en el uso principal que se le da como zona de descanso, también es importante como estímulo visual para las personas que pasan por allí y deciden no entrar. «La mitad de esas personas que caminan por su lado se paran y miran hacia dentro. La otra mitad sonríe», comenta en el vídeo.

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Foto: Suzanne Szasz, Dominio Público

Otros se acercan con gestos pensativos y después de unos segundos deciden entrar. Los niños aceleran el paso subiendo las pequeñas escaleras que llevan al interior. Los músicos también escogen situarse aquí para aprovechar el movimiento constante de la gente.

Whyte contrasta este lugar en el que aflora la vida del peatón con los edificios fortaleza que empezaron a aparecer en ciudades de Estados Unidos durante los años 60 y 70. «Su denominador común es que te sacan de la calle. Todos los servicios están 2 o 3 niveles por encima de ella. Estás completamente aislado de la vía pública. Puedes llegar en coche desde las afueras por la mañana y meter el coche en el aparcamiento, caminar por los puentes cubiertos que llevan a la oficina y pasar todo el día sin tener que poner el pie en Houston».

En las avenidas no hay tiendas, no hay ventanas y las aceras (cuando las hay) están prácticamente vacías. El territorio de la calles es para los coches, una escena que se repite en edificios en Detroit, Los Ángeles y San Francisco.

Por suerte muchas ciudades europeas cuentan con centros históricos construidos a escala humana a lo largo de milenios. Pero muchas zonas periféricas de las capitales en el viejo continente no pueden decir lo mismo donde ha primado la planificación inspirada en el modelo norteamericano.

El lugar donde se consuma la mayor paradoja de esta planificación aberrante es en Disneylandia, en Los Ángeles. Las personas pagaban y siguen pagando mucho dinero para visitarla. Un lugar que es un paraíso para el peatón, pero que no es más que una réplica de «una calle normal en las ciudades antiguas donde las tiendas, las ventanas y las puertas están a nivel de calle».

La normalidad desaparece y se remplaza por un entorno anormal para el ser humano. Disfrutar de la normalidad es posible a cambio de dinero.

La grandeza de Whyte no estaba solo en sus ideas, sino el talento que tenía para presentarlas.  

 

William H. Whyte siempre mostró un talento prodigioso para retratar los hábitos del ser humano en las ciudades. El pensador y urbanista sabía articular con sentido del humor e inteligencia por qué algunos espacios públicos funcionaban y otros no.

En este pequeño segmento de su película The Social Life of Small Urban Spaces (1988), fruto de dos décadas de trabajo de observación, se valoran dos distintos tipos de entorno y la relación que tiene el humano con ellos.

El primero es Paley Park, un pequeño parque escondido entre los rascacielos de Manhattan. Para Whyte el parque no es un refugio. «Es un lugar intensamente urbano». Su significado no solo está en el uso principal que se le da como zona de descanso, también es importante como estímulo visual para las personas que pasan por allí y deciden no entrar. «La mitad de esas personas que caminan por su lado se paran y miran hacia dentro. La otra mitad sonríe», comenta en el vídeo.

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Foto: Suzanne Szasz, Dominio Público

Otros se acercan con gestos pensativos y después de unos segundos deciden entrar. Los niños aceleran el paso subiendo las pequeñas escaleras que llevan al interior. Los músicos también escogen situarse aquí para aprovechar el movimiento constante de la gente.

Whyte contrasta este lugar en el que aflora la vida del peatón con los edificios fortaleza que empezaron a aparecer en ciudades de Estados Unidos durante los años 60 y 70. «Su denominador común es que te sacan de la calle. Todos los servicios están 2 o 3 niveles por encima de ella. Estás completamente aislado de la vía pública. Puedes llegar en coche desde las afueras por la mañana y meter el coche en el aparcamiento, caminar por los puentes cubiertos que llevan a la oficina y pasar todo el día sin tener que poner el pie en Houston».

En las avenidas no hay tiendas, no hay ventanas y las aceras (cuando las hay) están prácticamente vacías. El territorio de la calles es para los coches, una escena que se repite en edificios en Detroit, Los Ángeles y San Francisco.

Por suerte muchas ciudades europeas cuentan con centros históricos construidos a escala humana a lo largo de milenios. Pero muchas zonas periféricas de las capitales en el viejo continente no pueden decir lo mismo donde ha primado la planificación inspirada en el modelo norteamericano.

El lugar donde se consuma la mayor paradoja de esta planificación aberrante es en Disneylandia, en Los Ángeles. Las personas pagaban y siguen pagando mucho dinero para visitarla. Un lugar que es un paraíso para el peatón, pero que no es más que una réplica de «una calle normal en las ciudades antiguas donde las tiendas, las ventanas y las puertas están a nivel de calle».

La normalidad desaparece y se remplaza por un entorno anormal para el ser humano. Disfrutar de la normalidad es posible a cambio de dinero.

La grandeza de Whyte no estaba solo en sus ideas, sino el talento que tenía para presentarlas.  

 

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