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3 de abril 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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El bar es la única iglesia a la que no renuncia nadie

3 de abril 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Por algún motivo -en realidad, por más de uno-, un gran porcentaje de los bares más míticos de Madrid son los que han sobrevivido a generaciones a base de servicio de camisa blanca, torreznos y vermut de grifo. Algo tiene el vermut cuando no hace falta ni que lo bendigan.

Ha sido la música pop de raigambre también castiza la que les ha ofrecido los homenajes con más alcance a esos templos decenarios. Sin embargo, el universo no se articula únicamente en torno a bares castizos. El periodista Mario Suárez y el fotógrafo Javier Sánchez se han visto en la ardua obligación de testar y catalogar alrededor de 45 bares de Madrid en los que uno podría quedarse a vivir y componerse, en ese tiempo, un retrato bastante riguroso de la sociedad española.

Y es la falta de amor,
la que llena los bares
son tus labios para mí
un plato de calamares.

«Hemos estado tres meses bebiendo cañas, tomando cafés, cocidos a 35 grados, buñuelos, torrijas fuera de temporada, pinchos deliciosos y otros de dolor de estómago», explica Mario Suarez. «Iba yo, por mi lado, y cuando ya tenía el cuaderno lleno de notas de charlas interminables con los camareros, enviaba a Javier Sánchez, el fotógrafo, a hacer click».

El resultado de ese trabajo de campo es El bar. Historias y misterios de los bares míticos de Madrid, un precioso volumen editado por Lunwerg que sirve de guía crápula para incansables de la hostelería.

El proyecto nació como satélite del universo generado en torno El Bar, la película de Álex de la Iglesia que se estrenó hace unos días y que tiene como pesebre de la acción a El Palentino, el bar malasañero ‘de-toda-la-vida-tomado-por-los-modernos-desde-toda-la-vida’.

Suarez dice que «la editorial pensó en Álex y Álex en la editorial. De esas chispas salí yo. Es una manera de seguir contando y hablando de la película de otra manera, extendiendo sus historias a través de un libro».

portada_el-bar_javier-sanchez_201701190832

Jefe, no se queje
Y sirva otra copita más
No hay como el calor del amor en un bar.

Los bares elegidos por el periodista huyen de modas y cuentan con trayectorias a prueba de los vaivenes que sufre Madrid y sus mil maneras de pasarlo bien. «Muchos de esos locales se han mantenido con una cocina tradicional, convenciendo por sus cañas bien tiradas, su parroquianos y su respeto al casticismo. Otros porque tienen dueños que han pasado el local de hijos a nietos. Eso ayuda a que el negocio se perpetúe como se fundó. Todos ellos, los 45», asegura Mario Suarez, «deberían ser protegidos de manera institucional. En sus barras está la historia de Madrid».

El bar. Historias y misterios de los bares míticos de Madrid cuenta con prólogo del propio Álex de la Iglesia además de anécdotas del rodaje de su película e incluye, por supuesto, a El Palentino. Además, a un bueno puñado de bodegas de las de chato de vino desde la posguerra como Bodegas El Maño, Casa Ciriaco, Bodegas La Ardosa (aunque ahora le dé más caña a las cervezas), Casa Alberto o La Fontana de Oro.

También muestra el libro algunos de los que tienen más de un siglo, como el Lhardy, Casa Labra (en cuyos salones se fundó el PSOE) o Casa Manolo, «el mentidero del Congreso de los Diputados».

Tienen cabida los cafés como Café Manuela o el Café Pepe Botella, en Malasaña, o el Richelieu, un café del barrio de Salamanca inspirado en los pubs ingleses.

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La luz de la mañana entra en la habitación,
tus cabellos dorados parecen el sol.
Luego por la noche al Penta a escuchar
canciones que consiguen que te pueda amar.

Hay otro buen número de locales que comenzaron a escribir su historia en la efervescencia de la movida madrileña o en los años posteriores y que, con el paso del tiempo, se han convertido en referencia para los amantes de ver amanecer en fin de semana.

Encontramos coctelerías como Museo Chicote, Deldiego, Cock o Josealfredo y salas dedicadas a la música, el baile y los conciertos como El Sol, Siroco, Costello, La Vía Láctea, el Penta o el Tupperware.

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El bar es, desde hace siglos, el templo de la única religión que todos los españoles comparten: la de salir con cualquier excusa a beber algo y hablar con el primer tipo al que trinques descuidado. «Se discute, se llora, se ríe; de manera anónima o conjunta. Nos da igual, es donde terminamos cuando discutimos con la pareja, cuando celebramos un éxito profesional. Es donde acaba lo bueno y lo malo de gran parte de lo que pasa en nuestras vidas. Los bares hacen de filtro, por su carácter especial de ser espacios con bandera blanca, neutrales, donde todos somos iguales», dice el periodista.

Por eso, una de la explicaciones de la identidad nacional pasa por las barras de madera, zinc y mármol. Abren para desayunar, cierran para irse a la cama girando como una peonza. Hay luces y sombras en esa querencia por la tasca pero, al fin y al cabo, es lo que hay. Habrá que aceptarlo y llevarlo lo mejor posible.

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Por algún motivo -en realidad, por más de uno-, un gran porcentaje de los bares más míticos de Madrid son los que han sobrevivido a generaciones a base de servicio de camisa blanca, torreznos y vermut de grifo. Algo tiene el vermut cuando no hace falta ni que lo bendigan.

Ha sido la música pop de raigambre también castiza la que les ha ofrecido los homenajes con más alcance a esos templos decenarios. Sin embargo, el universo no se articula únicamente en torno a bares castizos. El periodista Mario Suárez y el fotógrafo Javier Sánchez se han visto en la ardua obligación de testar y catalogar alrededor de 45 bares de Madrid en los que uno podría quedarse a vivir y componerse, en ese tiempo, un retrato bastante riguroso de la sociedad española.

Y es la falta de amor,
la que llena los bares
son tus labios para mí
un plato de calamares.

«Hemos estado tres meses bebiendo cañas, tomando cafés, cocidos a 35 grados, buñuelos, torrijas fuera de temporada, pinchos deliciosos y otros de dolor de estómago», explica Mario Suarez. «Iba yo, por mi lado, y cuando ya tenía el cuaderno lleno de notas de charlas interminables con los camareros, enviaba a Javier Sánchez, el fotógrafo, a hacer click».

El resultado de ese trabajo de campo es El bar. Historias y misterios de los bares míticos de Madrid, un precioso volumen editado por Lunwerg que sirve de guía crápula para incansables de la hostelería.

El proyecto nació como satélite del universo generado en torno El Bar, la película de Álex de la Iglesia que se estrenó hace unos días y que tiene como pesebre de la acción a El Palentino, el bar malasañero ‘de-toda-la-vida-tomado-por-los-modernos-desde-toda-la-vida’.

Suarez dice que «la editorial pensó en Álex y Álex en la editorial. De esas chispas salí yo. Es una manera de seguir contando y hablando de la película de otra manera, extendiendo sus historias a través de un libro».

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Jefe, no se queje
Y sirva otra copita más
No hay como el calor del amor en un bar.

Los bares elegidos por el periodista huyen de modas y cuentan con trayectorias a prueba de los vaivenes que sufre Madrid y sus mil maneras de pasarlo bien. «Muchos de esos locales se han mantenido con una cocina tradicional, convenciendo por sus cañas bien tiradas, su parroquianos y su respeto al casticismo. Otros porque tienen dueños que han pasado el local de hijos a nietos. Eso ayuda a que el negocio se perpetúe como se fundó. Todos ellos, los 45», asegura Mario Suarez, «deberían ser protegidos de manera institucional. En sus barras está la historia de Madrid».

El bar. Historias y misterios de los bares míticos de Madrid cuenta con prólogo del propio Álex de la Iglesia además de anécdotas del rodaje de su película e incluye, por supuesto, a El Palentino. Además, a un bueno puñado de bodegas de las de chato de vino desde la posguerra como Bodegas El Maño, Casa Ciriaco, Bodegas La Ardosa (aunque ahora le dé más caña a las cervezas), Casa Alberto o La Fontana de Oro.

También muestra el libro algunos de los que tienen más de un siglo, como el Lhardy, Casa Labra (en cuyos salones se fundó el PSOE) o Casa Manolo, «el mentidero del Congreso de los Diputados».

Tienen cabida los cafés como Café Manuela o el Café Pepe Botella, en Malasaña, o el Richelieu, un café del barrio de Salamanca inspirado en los pubs ingleses.

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La luz de la mañana entra en la habitación,
tus cabellos dorados parecen el sol.
Luego por la noche al Penta a escuchar
canciones que consiguen que te pueda amar.

Hay otro buen número de locales que comenzaron a escribir su historia en la efervescencia de la movida madrileña o en los años posteriores y que, con el paso del tiempo, se han convertido en referencia para los amantes de ver amanecer en fin de semana.

Encontramos coctelerías como Museo Chicote, Deldiego, Cock o Josealfredo y salas dedicadas a la música, el baile y los conciertos como El Sol, Siroco, Costello, La Vía Láctea, el Penta o el Tupperware.

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El bar es, desde hace siglos, el templo de la única religión que todos los españoles comparten: la de salir con cualquier excusa a beber algo y hablar con el primer tipo al que trinques descuidado. «Se discute, se llora, se ríe; de manera anónima o conjunta. Nos da igual, es donde terminamos cuando discutimos con la pareja, cuando celebramos un éxito profesional. Es donde acaba lo bueno y lo malo de gran parte de lo que pasa en nuestras vidas. Los bares hacen de filtro, por su carácter especial de ser espacios con bandera blanca, neutrales, donde todos somos iguales», dice el periodista.

Por eso, una de la explicaciones de la identidad nacional pasa por las barras de madera, zinc y mármol. Abren para desayunar, cierran para irse a la cama girando como una peonza. Hay luces y sombras en esa querencia por la tasca pero, al fin y al cabo, es lo que hay. Habrá que aceptarlo y llevarlo lo mejor posible.

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