9 de noviembre 2015    /   BUSINESS
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El boom de los entrevistadores que no hacen entrevistas

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Cada día nos rodean las entrevistas: cada mañana en los altavoces de la radio, o en las páginas del periódico, y cada tarde o noche ante la pantalla de la televisión. Es uno de los géneros más básicos del periodismo, usado no sólo para obtener una entrevista per se, sino también muchas veces para nutrir de declaraciones cualquier artículo. La entrevista, tan clásica y trabajada y, a la vez, tan poco atendida.
Hay entrevistadores duros como Ana Pastor y entrevistadores tenaces como Carlos Alsina. Hay entrevistadores de portada y entrevistadores de contraportada. A fin de cuentas, cada periodista es, en algún momento, un entrevistador.
La cosa es que en los últimos tiempos algunas de las entrevistas que más triunfan no las hacen periodistas. Y eso tiene una razón de ser.
Jordi Évole, el que huía de parecer periodista
Una de las cosas que más a contrapié han cogido a Jordi Évole en estos años de fama ha sido que le sitúen como referencia periodística. Al principio le enfadaba, luego sencillamente lo rechazaba. Con el tiempo debe haberse acostumbrado. Efectivamente, Évole no es periodista, pero la verdad es que eso es irrelevante a la hora de hacer periodismo, por más que pese a los puristas.
La cuestión es que Évole lleva años consiguiendo cosas que los periodistas no hemos sabido, querido o podido hacer. Desde sentarse con personajes relevantes y hacerle justo esa pregunta que había que hacerle a conseguir marcar agenda con algo que había pasado sin pena ni gloria.
Al principio era evidente que lo suyo no era periodismo. Voces en plan cachondeo entre bloques, efectos de sonido burlescos cuando los entrevistados respondían, tonos de camaradería con el entrevistado, ironías… Y precisamente con esas armas consiguió lo que los periodistas no estábamos consiguiendo.
La entrevista a Otegi encerraba muchas de esas cosas: algo de humor, un claro posicionamiento, un tono demasiado distendido y familiar, ironías y hasta burla. El resultado: exactamente el tipo de entrevista que nadie se había atrevido a hacer, y posiblemente la más arriesgada y necesaria para un tema tan delicado.

La de Otegi fue una de tantas entrevistas que quedaron para el recuerdo. Luego éstas se convirtieron en grandes reportajes temáticos con exhaustiva documentación previa en los que intervenían varios entrevistados.
Así fue, por ejemplo, el acercamiento de Évole al accidente de Metro de Valencia: diez años después de que 43 personas murieran se había cerrado la comisión de investigación, ningún cargo político había recibido jamás a los familiares, casi ningún medio trataba el tema y las manifestaciones mensuales habían quedado como la reunión de un puñado de allegados. Después de la emisión del reportaje los medios volvieron a tratar el asunto y miles de personas participaron en las protestas. Con el cambio de gobierno autonómico meses después se reabrieron las investigaciones y los políticos recibieron a las víctimas.

A lo largo de estos años Évole ha ido cambiando las formas de hacer las entrevistas. Menos coloquiales, más serias, más profesionales. Parece algo más un periodista, pero sigue sin serlo. Y su virtud es justo esa, que no lo es. Él no entrevista ciñéndose a lo que se supone que un profesional hace, sino que crea un producto sencillo, cercano, directo y atractivo. Uno de esos que el espectador consume, a caballo entre el espectáculo y lo serio.
Por eso consigue que la audiencia siga masivamente asuntos ‘serios’ que apenas rascan un poco de audiencia en otras cadenas, porque lo hace como nunca lo haría un periodista. Évole ni tiene sus correas estilísticas, sus límites profesionales ni sus corsés. El tema es serio, la forma de abordarlo no del todo, y la mezcla da resultado. Esa es su virtud.
Jordi Évole es el mejor ejemplo, y posiblemente el inaugurador, de una corriente de entrevistadores que no son periodistas. Y, como en el caso de Évole, eso no es un reproche, sino un plus: los suyos son programas que ocupan el espectro nocturno televisivo, y su misión es acercar personas o temas desde otra perspectiva. A veces se pasan de frenada, pero otras veces consiguen su objetivo. En uno u otro caso, llevan unos años marcando tendencia.
Ahora mismo Évole compite con otros dos de esos entrevistadores atípicos. Uno es Bertín Osborne, el otro Risto Mejide.
Bertín Osborne, el chulazo de la España castiza
El primero, claro, aparece en TVE. Un clásico entre los clásicos, adorado por el público femenino de mediana y avanzada edad, es otro ejemplo más de la brutal regresión temporal de la televisión pública en estos años.
Pero a Osborne, que no deja de ser un personaje a imagen del españolazo más castizo, hay que reconocerle una virtud en su forma de entrevistar: que él no entrevista.
Lo que él hace se parece más a una conversación, cordial, cercana, agradable y fácil. Él no va a sacar hasta la entretela, como hace Évole. Él se sienta con el famoso o la famosa de turno, en su casa o en la suya, y hablan. Hablan de lo que han compartido en vidas pasadas, de lo que uno u otro saben, del pasado (sobre todo del pasado, claro) y de alguna cosa del hoy.
Así, por ejemplo, trató el tema de Franco con su nieta, una habitual del papel cuché y amiga del propio entrevistador

Es más una charla entre alguien interesante para el público por algún motivo y un tipo mucho más listo y hábil de lo que sus detractores pintarían. Por el camino las confesiones y revelaciones casi surgen como quien empieza a jurar amistad eterna a la segunda copa. Aquí no hay tensiones ni repreguntas, sólo chanzas y preguntas aparentemente inofensivas.
Y, contra pronóstico, funciona.
Risto Mejide, el que quiere ser malo
La televisión reciente nos dejó un icono de los platós construido bajo una sobria interpretación de sí mismo, con gesto contrahecho y unas gafas más grandes que sus palabras. Risto Mejide, el ‘poli malo’ de los jurados de Operación Triunfo, acabó convirtiéndose en el malo más malote de la televisión adolescente española. Y unos y otros llevan años intentando estirar el personaje.
La cosa era bastante evidente, pero daba su juego: en una televisión bienintencionada, suave, casi naif, uno de los jurados hacía las veces de sí mismo para decir a casi todos casi siempre que lo suyo era una mierda. De vez en cuando se fingía algún altercado con la dirección del programa y escenita concluida.
Su paso por los jurados de supuestos futuros triunfos acabó en un amago de abandono y un conato de relación sentimental con una de las participantes (claro, la más dulzona de todas, porque los cuentos de hadas acaban así). Desde eso, además de a la producción musical y la publicidad, Mejide se dedicó al columnismo y a escribir libros, ambas cosas con cierta solvencia. Y acabó volviendo a la televisión, de nuevo a sacar partido a su imagen de malote, pero con otro enfoque

Su ‘Chester’, haciendo entrevistas en ostentosos sofás, no cuajó. Renovó el contrato, pero se rompió la relación con la casa y fue sustituido a toda prisa por Pepa Bueno. Recientemente encontró acomodo en la competencia e inauguró un programa basado en la idea de la entrevista, pero esta vez no en un sofá estridente, sino en un salón como de pretendido castillo, con él como malo malote ceremonial haciendo preguntas.
Su estilo no es el serio-desenfadado de Évole, ni el seductor-conversador de Osborne. Mejide sigue interprentando su papel de malo forzado, lo que se le nota cuando se pasa con las opiniones (algo en lo que sí parece según qué periodistas).

Tres estilos, tres modelos de éxito. Hay muchos más, claro. Desde Jesús Quintero a Mercedes Milá -por citar a dos periodistas- a Pedro Ruiz o El Gran Wyoming. Cada uno ofrece unas reglas y un producto. El resultado, al final, es el mismo, aunque distinto: entrevistas más o menos profundas y cercanas, pero siempre revelando o consiguiendo cosas que muchas veces los periodistas comunes no consiguen. Al final, la forma de acercarse al personaje -acertada o no- es la que condiciona todo.

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Cada día nos rodean las entrevistas: cada mañana en los altavoces de la radio, o en las páginas del periódico, y cada tarde o noche ante la pantalla de la televisión. Es uno de los géneros más básicos del periodismo, usado no sólo para obtener una entrevista per se, sino también muchas veces para nutrir de declaraciones cualquier artículo. La entrevista, tan clásica y trabajada y, a la vez, tan poco atendida.
Hay entrevistadores duros como Ana Pastor y entrevistadores tenaces como Carlos Alsina. Hay entrevistadores de portada y entrevistadores de contraportada. A fin de cuentas, cada periodista es, en algún momento, un entrevistador.
La cosa es que en los últimos tiempos algunas de las entrevistas que más triunfan no las hacen periodistas. Y eso tiene una razón de ser.
Jordi Évole, el que huía de parecer periodista
Una de las cosas que más a contrapié han cogido a Jordi Évole en estos años de fama ha sido que le sitúen como referencia periodística. Al principio le enfadaba, luego sencillamente lo rechazaba. Con el tiempo debe haberse acostumbrado. Efectivamente, Évole no es periodista, pero la verdad es que eso es irrelevante a la hora de hacer periodismo, por más que pese a los puristas.
La cuestión es que Évole lleva años consiguiendo cosas que los periodistas no hemos sabido, querido o podido hacer. Desde sentarse con personajes relevantes y hacerle justo esa pregunta que había que hacerle a conseguir marcar agenda con algo que había pasado sin pena ni gloria.
Al principio era evidente que lo suyo no era periodismo. Voces en plan cachondeo entre bloques, efectos de sonido burlescos cuando los entrevistados respondían, tonos de camaradería con el entrevistado, ironías… Y precisamente con esas armas consiguió lo que los periodistas no estábamos consiguiendo.
La entrevista a Otegi encerraba muchas de esas cosas: algo de humor, un claro posicionamiento, un tono demasiado distendido y familiar, ironías y hasta burla. El resultado: exactamente el tipo de entrevista que nadie se había atrevido a hacer, y posiblemente la más arriesgada y necesaria para un tema tan delicado.

La de Otegi fue una de tantas entrevistas que quedaron para el recuerdo. Luego éstas se convirtieron en grandes reportajes temáticos con exhaustiva documentación previa en los que intervenían varios entrevistados.
Así fue, por ejemplo, el acercamiento de Évole al accidente de Metro de Valencia: diez años después de que 43 personas murieran se había cerrado la comisión de investigación, ningún cargo político había recibido jamás a los familiares, casi ningún medio trataba el tema y las manifestaciones mensuales habían quedado como la reunión de un puñado de allegados. Después de la emisión del reportaje los medios volvieron a tratar el asunto y miles de personas participaron en las protestas. Con el cambio de gobierno autonómico meses después se reabrieron las investigaciones y los políticos recibieron a las víctimas.

A lo largo de estos años Évole ha ido cambiando las formas de hacer las entrevistas. Menos coloquiales, más serias, más profesionales. Parece algo más un periodista, pero sigue sin serlo. Y su virtud es justo esa, que no lo es. Él no entrevista ciñéndose a lo que se supone que un profesional hace, sino que crea un producto sencillo, cercano, directo y atractivo. Uno de esos que el espectador consume, a caballo entre el espectáculo y lo serio.
Por eso consigue que la audiencia siga masivamente asuntos ‘serios’ que apenas rascan un poco de audiencia en otras cadenas, porque lo hace como nunca lo haría un periodista. Évole ni tiene sus correas estilísticas, sus límites profesionales ni sus corsés. El tema es serio, la forma de abordarlo no del todo, y la mezcla da resultado. Esa es su virtud.
Jordi Évole es el mejor ejemplo, y posiblemente el inaugurador, de una corriente de entrevistadores que no son periodistas. Y, como en el caso de Évole, eso no es un reproche, sino un plus: los suyos son programas que ocupan el espectro nocturno televisivo, y su misión es acercar personas o temas desde otra perspectiva. A veces se pasan de frenada, pero otras veces consiguen su objetivo. En uno u otro caso, llevan unos años marcando tendencia.
Ahora mismo Évole compite con otros dos de esos entrevistadores atípicos. Uno es Bertín Osborne, el otro Risto Mejide.
Bertín Osborne, el chulazo de la España castiza
El primero, claro, aparece en TVE. Un clásico entre los clásicos, adorado por el público femenino de mediana y avanzada edad, es otro ejemplo más de la brutal regresión temporal de la televisión pública en estos años.
Pero a Osborne, que no deja de ser un personaje a imagen del españolazo más castizo, hay que reconocerle una virtud en su forma de entrevistar: que él no entrevista.
Lo que él hace se parece más a una conversación, cordial, cercana, agradable y fácil. Él no va a sacar hasta la entretela, como hace Évole. Él se sienta con el famoso o la famosa de turno, en su casa o en la suya, y hablan. Hablan de lo que han compartido en vidas pasadas, de lo que uno u otro saben, del pasado (sobre todo del pasado, claro) y de alguna cosa del hoy.
Así, por ejemplo, trató el tema de Franco con su nieta, una habitual del papel cuché y amiga del propio entrevistador

Es más una charla entre alguien interesante para el público por algún motivo y un tipo mucho más listo y hábil de lo que sus detractores pintarían. Por el camino las confesiones y revelaciones casi surgen como quien empieza a jurar amistad eterna a la segunda copa. Aquí no hay tensiones ni repreguntas, sólo chanzas y preguntas aparentemente inofensivas.
Y, contra pronóstico, funciona.
Risto Mejide, el que quiere ser malo
La televisión reciente nos dejó un icono de los platós construido bajo una sobria interpretación de sí mismo, con gesto contrahecho y unas gafas más grandes que sus palabras. Risto Mejide, el ‘poli malo’ de los jurados de Operación Triunfo, acabó convirtiéndose en el malo más malote de la televisión adolescente española. Y unos y otros llevan años intentando estirar el personaje.
La cosa era bastante evidente, pero daba su juego: en una televisión bienintencionada, suave, casi naif, uno de los jurados hacía las veces de sí mismo para decir a casi todos casi siempre que lo suyo era una mierda. De vez en cuando se fingía algún altercado con la dirección del programa y escenita concluida.
Su paso por los jurados de supuestos futuros triunfos acabó en un amago de abandono y un conato de relación sentimental con una de las participantes (claro, la más dulzona de todas, porque los cuentos de hadas acaban así). Desde eso, además de a la producción musical y la publicidad, Mejide se dedicó al columnismo y a escribir libros, ambas cosas con cierta solvencia. Y acabó volviendo a la televisión, de nuevo a sacar partido a su imagen de malote, pero con otro enfoque

Su ‘Chester’, haciendo entrevistas en ostentosos sofás, no cuajó. Renovó el contrato, pero se rompió la relación con la casa y fue sustituido a toda prisa por Pepa Bueno. Recientemente encontró acomodo en la competencia e inauguró un programa basado en la idea de la entrevista, pero esta vez no en un sofá estridente, sino en un salón como de pretendido castillo, con él como malo malote ceremonial haciendo preguntas.
Su estilo no es el serio-desenfadado de Évole, ni el seductor-conversador de Osborne. Mejide sigue interprentando su papel de malo forzado, lo que se le nota cuando se pasa con las opiniones (algo en lo que sí parece según qué periodistas).

Tres estilos, tres modelos de éxito. Hay muchos más, claro. Desde Jesús Quintero a Mercedes Milá -por citar a dos periodistas- a Pedro Ruiz o El Gran Wyoming. Cada uno ofrece unas reglas y un producto. El resultado, al final, es el mismo, aunque distinto: entrevistas más o menos profundas y cercanas, pero siempre revelando o consiguiendo cosas que muchas veces los periodistas comunes no consiguen. Al final, la forma de acercarse al personaje -acertada o no- es la que condiciona todo.

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