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16 de septiembre 2015    /   DIGITAL
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El botón 'No Me Gusta': Cómo manejar la frustración

16 de septiembre 2015    /   DIGITAL     por          
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Es jodido. El texto podría acabar aquí y ya se habría dado una respuesta satisfactoria a la pregunta de cómo enfrentarse a los objetivos no conseguidos, como bailar con lo frustrante. Sin embargo, el reto intelectual de escribir artículos idiotas hace necesario también profundizar en el tema propuesto.
Ustedes se preguntarán: ¿Y a qué diablos viene ahora la mandanga esta de la frustración? Parece que  no han bajado a la taberna de su barrio porque allí no se habla de otra cosa. Mark Zuckerberg y sus zuckerbergcitos han decidido que el mundo es un lugar demasiado amable y que, por qué no, ellos están aquí para sembrar el odio y la discordia. Facebook va a implementar el botón de No Me Gusta y así nos hemos quedado.

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¡Cuidao, que viene la cueva!

Según contó ayer mismo el fundador de Facebook, la red social responde a la demanda de sus usuarios, a los que parecía demasiado insensible señalar con un ‘Me Gusta’ los contenidos más delicados y dolorosos. Se empieza poniendo me gusta a la foto de niño refugiado sirio Aylan y termina uno alistándose al Estado Islámico. Lo que no ha tenido nadie en cuenta en Palo Alto es qué va a ser de los periodistas y los medios.
Como es sabido, el ego de los periodistas es tan denso y amplio que genera su propio campo gravitatorio. Es decir, todo gira en torno a él. Por eso, la llegada de una herramienta de uso masivo como el ‘No Me Gusta’ va a ser el mayor generador de corazones rotos desde que Isabel Preysler se decidiese por Miguel Boyer en lugar de  por José María Ruiz-Mateos.
La llegada de internet al periodismo fue ya una derrota para el mismo. Cuando uno escribía una pieza para un medio escrito, se iba a casa al bar convencido de que uno era un elegido que acababa de depositar candidatura para el Pulitzer. Aunque hablase de la reacción de ASAJA a las fluctuaciones de precio del tomate Rambo.
Llegó la publicación en la red y los lectores comenzaron a señalar errores de los escritores, a discutir sus argumentos, a poner spam en los comentarios o, sencillamente, a decir a los periodistas que se dedicasen a otra cosa. Exactamente lo que va a ocurrir al pie de este artículo. Internet también trajo porno gratuito a la carta, así que sería de rencorosos no perdonar este pinchazo del ego agitado por el avance digital.
El caso es que para poner a parir a un autor había que escribir. Y ese gesto tan físico, ese reto intelectual, persuadía a muchos lectores a no participar.
Acabaron los tiempos dulces. Todos el  mundo utiliza Facebook. Todo el mundo usa smartphone por lo que ya, ni es necesario levantarse del sofá para mandar al carajo a un periodista. Se ha abierto la caja de Pandora y es necesario articular una respuesta que ayude a manejar la frustración que la implantación del botoncito va a causar.
El primer recurso es el obvio: responder como si uno fuera Terminator. Si un lector es crítico, métete con su cara, su peso o trata de buscar una coma mal puesta o una falta de ortografía. Muchísimos usuarios son capaces de decirte que no tienes razón porque has puesto mal una coma como si los argumentos y la ortografía fueran gemelos a lo Bertín Osborne y Arévalo. Haz lo mismo que ellos (que los comentaristas mal encarados, no Osborne y Arévalo): sé mala persona y fáltales al respeto para despistar la atención. Dispara sin piedad.
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La solución de disparar a todo lo que se menea no es aceptable salvo que tus aficiones pasen por lancear a un toro hasta la muerte en Tordesillas, que entonces sí, se presupone que reaccionarás como un troglodita.
Existen alternativas como la que viene en el manual de Primero de Community Manager: decir que sí a todo, que el lector tiene razón, que lucháis cada día por aprender y mejorar, que anotáis cada sugerencia para avanzar en vuestro duro camino como empresa y que su suegro es la persona más agradable del planeta.
No es cierto que el cliente siempre tenga la razón, pero sí lo es que esa es la respuesta que hay que ofrecerle, aunque no sea sincera. Donde hay un cliente contento sobran las palabras sinceras. Él paga y ya sabemos que en el mundo todo se compra con dinero.
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La reacción templada y medida es, sin embargo, la más adecuada, la que recomiendan nueve de cada diez dentistas —el décimo es el dentista del Estado Islámico—. Que los lectores ofrezcan su opinión acerca de la calidad (de mierda, en el caso de este texto) o la precisión (inexistente en estas líneas) de una pieza es un hecho inevitable en los tiempos que corren. Dado el masivo uso de Facebook, serán muchos los golpes que tendrán que encajar los que se dedican a la información.
La advertencia es obvia: se debe cultivar el autocontrol hasta que se sea capaz de extraer la parte positiva de cada crítica. Se puede hacer. No conocemos a nadie que lo haya hecho, pero hemos leído en el Marca que se puede hacer.
Zen
Zen

 
Como no todos pueden alardear de conseguir que cuerpo y mente estén en equilibro, la solución extrema es la que, a lo largo de la historia, se ha ido aplicando también a otras profesiones y disciplinas en todos los ámbitos de la existencia: joderse.
Este enlace puede ser de gran ayuda a los compañeros que no sepan aceptar la circunstancia pero, dada la inevitabilidad del asunto, lo mejor es ir haciéndose a la idea.
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Es jodido. El texto podría acabar aquí y ya se habría dado una respuesta satisfactoria a la pregunta de cómo enfrentarse a los objetivos no conseguidos, como bailar con lo frustrante. Sin embargo, el reto intelectual de escribir artículos idiotas hace necesario también profundizar en el tema propuesto.
Ustedes se preguntarán: ¿Y a qué diablos viene ahora la mandanga esta de la frustración? Parece que  no han bajado a la taberna de su barrio porque allí no se habla de otra cosa. Mark Zuckerberg y sus zuckerbergcitos han decidido que el mundo es un lugar demasiado amable y que, por qué no, ellos están aquí para sembrar el odio y la discordia. Facebook va a implementar el botón de No Me Gusta y así nos hemos quedado.

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¡Cuidao, que viene la cueva!

Según contó ayer mismo el fundador de Facebook, la red social responde a la demanda de sus usuarios, a los que parecía demasiado insensible señalar con un ‘Me Gusta’ los contenidos más delicados y dolorosos. Se empieza poniendo me gusta a la foto de niño refugiado sirio Aylan y termina uno alistándose al Estado Islámico. Lo que no ha tenido nadie en cuenta en Palo Alto es qué va a ser de los periodistas y los medios.
Como es sabido, el ego de los periodistas es tan denso y amplio que genera su propio campo gravitatorio. Es decir, todo gira en torno a él. Por eso, la llegada de una herramienta de uso masivo como el ‘No Me Gusta’ va a ser el mayor generador de corazones rotos desde que Isabel Preysler se decidiese por Miguel Boyer en lugar de  por José María Ruiz-Mateos.
La llegada de internet al periodismo fue ya una derrota para el mismo. Cuando uno escribía una pieza para un medio escrito, se iba a casa al bar convencido de que uno era un elegido que acababa de depositar candidatura para el Pulitzer. Aunque hablase de la reacción de ASAJA a las fluctuaciones de precio del tomate Rambo.
Llegó la publicación en la red y los lectores comenzaron a señalar errores de los escritores, a discutir sus argumentos, a poner spam en los comentarios o, sencillamente, a decir a los periodistas que se dedicasen a otra cosa. Exactamente lo que va a ocurrir al pie de este artículo. Internet también trajo porno gratuito a la carta, así que sería de rencorosos no perdonar este pinchazo del ego agitado por el avance digital.
El caso es que para poner a parir a un autor había que escribir. Y ese gesto tan físico, ese reto intelectual, persuadía a muchos lectores a no participar.
Acabaron los tiempos dulces. Todos el  mundo utiliza Facebook. Todo el mundo usa smartphone por lo que ya, ni es necesario levantarse del sofá para mandar al carajo a un periodista. Se ha abierto la caja de Pandora y es necesario articular una respuesta que ayude a manejar la frustración que la implantación del botoncito va a causar.
El primer recurso es el obvio: responder como si uno fuera Terminator. Si un lector es crítico, métete con su cara, su peso o trata de buscar una coma mal puesta o una falta de ortografía. Muchísimos usuarios son capaces de decirte que no tienes razón porque has puesto mal una coma como si los argumentos y la ortografía fueran gemelos a lo Bertín Osborne y Arévalo. Haz lo mismo que ellos (que los comentaristas mal encarados, no Osborne y Arévalo): sé mala persona y fáltales al respeto para despistar la atención. Dispara sin piedad.
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La solución de disparar a todo lo que se menea no es aceptable salvo que tus aficiones pasen por lancear a un toro hasta la muerte en Tordesillas, que entonces sí, se presupone que reaccionarás como un troglodita.
Existen alternativas como la que viene en el manual de Primero de Community Manager: decir que sí a todo, que el lector tiene razón, que lucháis cada día por aprender y mejorar, que anotáis cada sugerencia para avanzar en vuestro duro camino como empresa y que su suegro es la persona más agradable del planeta.
No es cierto que el cliente siempre tenga la razón, pero sí lo es que esa es la respuesta que hay que ofrecerle, aunque no sea sincera. Donde hay un cliente contento sobran las palabras sinceras. Él paga y ya sabemos que en el mundo todo se compra con dinero.
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La reacción templada y medida es, sin embargo, la más adecuada, la que recomiendan nueve de cada diez dentistas —el décimo es el dentista del Estado Islámico—. Que los lectores ofrezcan su opinión acerca de la calidad (de mierda, en el caso de este texto) o la precisión (inexistente en estas líneas) de una pieza es un hecho inevitable en los tiempos que corren. Dado el masivo uso de Facebook, serán muchos los golpes que tendrán que encajar los que se dedican a la información.
La advertencia es obvia: se debe cultivar el autocontrol hasta que se sea capaz de extraer la parte positiva de cada crítica. Se puede hacer. No conocemos a nadie que lo haya hecho, pero hemos leído en el Marca que se puede hacer.
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Como no todos pueden alardear de conseguir que cuerpo y mente estén en equilibro, la solución extrema es la que, a lo largo de la historia, se ha ido aplicando también a otras profesiones y disciplinas en todos los ámbitos de la existencia: joderse.
Este enlace puede ser de gran ayuda a los compañeros que no sepan aceptar la circunstancia pero, dada la inevitabilidad del asunto, lo mejor es ir haciéndose a la idea.
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