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19 de septiembre 2017    /   CINE/TV
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El burlesque: cuando el desnudo es una acción política

19 de septiembre 2017    /   CINE/TV     por          
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Primer acto. Cleo.

La puerta de ingreso al burlesque es antigua, magnánima y de madera. Afuera hay un timbre con un cartel pequeño que dice «Cabaret» y una mujer que aún no cumplió los 30. Yanina Giovannetti está ansiosa y aún no experimentó la sensación de vacío interior que dos años después comenzaría a llenar quitándose un vestido violeta rodeada de velas. El timbre suena. Una mujer en bata y pelo negro, corte carré, con varias capas de maquillaje al estilo heroína dark de David Finch abre la puerta.

Es el crepúsculo de Milán. Es la escalera que lleva a Yanina por un subsuelo acompañada por la anfitriona y maestra Cleo Viper a un sitio de paredes rojas, escenario pequeño, luces tenues, jaulas con gallinas, patos y palomas, elementos de magia y cabezas de cerdo embalsamadas. Yanina lo recordará como una atmósfera absurda. Y dirá que ella no encontró al burlesque, sino que el burlesque la encontró a ella. Yanina es la primera en llegar y la última en irse. Tal vez porque siempre estuvo llegando. Tal vez porque nunca más se irá. Hay atmósferas que son eternas.

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Yanina y su bolso viajaron en Trenitalia durante una hora y diez minutos desde Cremona hasta Milán. En el bolso de Yanina hay un traje de baño negro, un par de medias de red y un par de zapatos de tango violeta y negro que compró en un local de usados de San Telmo. Los zapatos eran de una bailarina de los teatros de la calle Corrientes. Mientras un grupo de italianas que extendían la celebración de una despedida de soltera se suman a la clase, en el subsuelo con aroma a pachuli la mujer morocha de labios rojos y oriunda del pequeño poblado santafesino de Acebal se cambia, se transforma, se trasmuta y se arroja al universo inaugural del burlesque.

Faltan algunos días para la navidad del 2013. Cleo Viper, la mujer que vive en el anti-Milán del punk, de los fanzines y de las recónditas tiendas de discos, siente que está en los suburbios, jamás en el centro. Ella tiene la idea de un mundo suspendido y melancólico que le da placer. La profesora, la insignia del burlesque, se encuentra con la piba de pueblo que llegó a Italia luego de graduarse en la Escuela Provincial de Cine de Rosario para visitar a sus ancestros. Están frente a frente y Cleo percibe en Yanina un algo más.

— ¿Tú bailas?

— Sí, hago danza. Hice teatro siempre

— Nunca dejes. Tienes que seguir

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De la primera clase de burlesque quedará el iniciático movimiento de caderas con sabor a poco. Una coreografía grupal aburrida, una flor verde y negra que la profesora les regaló a cada una de las alumnas y una invitación a futuro: un acta de compromiso sin firma para iniciar una nueva vida. Al poco tiempo Yanina comenzó a tomar clases particulares con Cleo y de ella recogió un capital intangible, un criterio, una perspectiva: cómo crear un momento, cómo establecer un nexo con las miradas, cuál es la importancia de la teatralidad. Cleo Viper, la artista seleccionada para el Salón de la Fama del Burlesque de Las Vegas es una especie de sacerdotisa bautismal. Ella es la fabricante de atmósferas.

Segundo acto. Jarma.

Las buenas noticias sacuden. La felicidad es exultante. Las sonrisas se mueven en el cuerpo y los ojos brillan con un brillo inaugural. Rosana le cuenta a su madre Mabel que está embarazada. «Mamá,  vas a ser abuela».  Horas después la felicidad se transforma en una tragedia incomprensible a la vera de la vía de Acebal cuando un tren del Ferrocarril General Bartolomé Mitre arrolla a Mabel.  Yanina Giovannetti nació nueve meses después de la muerte de su abuela, la madre de su madre.

Rosana esperaba la llegada de Yanina envuelta en un mar de lágrimas. Un llanto que se extendió durante nueve meses de embarazo hasta que nació Yanina el 11 de octubre de 1983, diecinueve días antes de la victoria electoral del expresidente Raúl Alfonsín que marcó el regreso de la democracia a la Argentina. En el país se exorcizaban la muerte, el crimen y la desaparición forzada de personas. En el pequeño poblado del sur de la provincia de Santa Fe una profesora de Geografía intentaba resignificar una muerte trágica de la mano de un nacimiento.

Treinta años después, Yanina, la hija, la nieta, decidirá que cada una de sus presentaciones tenga nombre de mujer. Cada show es un rito de descubrimiento. Como en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, los nombres propios de las obras de Yanina son femeninos.

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Jarma es el primer nombre.  Jarma es debut. Jarma es la presentación en público luego del regreso a la Argentina. Jarma es la figura femenina que inspira a Yanina, que vuelve al origen para tomar energías negativas, convertirlas y así llegar a un nivel espiritual superior. Jarma Jadur es el nombre de su bisabuela que, tras la muerte trágica de su única hija, se convierte en la trasmisora de la herencia: quien le cuenta la historia de la tristeza familiar. Jarma es el punto de encuentro entre la infancia y el universo de los adultos. Entre las picardías de chufles, las pinturas a escondidas y los peinados dislocados con los dolores potentes, los vacíos incompresibles y la renovación de los sueños.

Jarma está escrito en los afiches que anuncian la presentación de Yanina Giovannetti, la primera mujer argentina en desarrollar el burlesque en clave profesional en un país donde los desnudos son sinónimo de porno y el porno gana las contratapas de los diarios y el prime time de la TV todos los días. Jarma es la trasmutación: el primer show es alquimia, física y química de color violeta y velas encendidas. Jarma es el símbolo que representa el cambio de la energía.

Tercer acto. Yanina.

A 14 días de la presentación de las alumnas de la Academia de Burlesque de Rosario, un sábado lluvioso de septiembre del 2017 en un bar de la calle Santa Fe, Yanina acompasa el recuerdo italiano dibujando la casa de Cleo en una libreta: dos rectángulos y un cuadrado —uno por cada ambiente—. La mujer que sueña fundar su propia compañía integral de arte trata de ubicar en qué lugar estaba cada elemento de esa geografía kitsch: un cerdo, un cuadro flúor de la reina del circo italiano Moira Orfei, una habitación rodeada de espejos y Dante, el perro tuerto que posee perfil en Instagram.

La sensualidad en el arte o el arte de la sensualidad. La ironía, el drama, el goce, la diversión por la diversión misma. Mujeres fuertes, empoderadas, dignas y libres. Mujeres que pugnan por un sentido vital. No existe un valor de uso ni un valor de cambio en sus cuerpos. No importa que las tetas sean o tan redondas o tan puntiagudas o tan chatas. Les fastidia que la estética se imponga ante su ética.

Ellas son mujeres así. Son. Sus cuerpos y la puesta en escena es una proclama que nace, vive y renace dos veces por mes durante las clases de cinco horas de duración que ahora dicta Yanina en el microcentro de Rosario, la ciudad en donde hubo 40 femicidios en los últimos tres años. El burlesque es el desparpajo de una acción política.

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«Yo hago política todos los días. Ejerzo el rol de la mujer que puede hacer lo que quiera sin que se las juzgue. Yo elijo hacer con mi cuerpo lo que quiero». Yanina también elige las palabras como proclamas. Aún con un moño negro en la cabeza, los ojos delineados y los labios vestidos de rojo que contrastan con la palidez de su rostro, la piba de Acebal baja dos escaleras en caracol al finalizar la última clase antes del show con dos valijas repletas de vestuario.

Camina bajo la lluvia por calle Santa Fe, la zona bancaria de Rosario; esquiva los charcos y carga el vestuario en una camioneta como si fuera la versión moderna de Hedy Lamarr que se escapó de una película muda.

Kika es el espacio para la presentación del trabajo de todo un año. El bar multicolor que homenajea a Almodóvar en la calle Urquiza contiene la picardía que expresan las diez alumnas de Yanina. Las mujeres aguardan enfrentarse a las miradas ajenas con amor en lo que hacen. A diferencia del strip-tease ellas narran historias, una especie de desnudez teatralizada. Los hombres y las mujeres mirarán y sentirán una disociación entre lo que se ve concretamente y la sensación que perdurará como recuerdo al finalizar cada acting. El burlesque es la reconciliación del cuerpo con las ideas.

Primer acto. Cleo.

La puerta de ingreso al burlesque es antigua, magnánima y de madera. Afuera hay un timbre con un cartel pequeño que dice «Cabaret» y una mujer que aún no cumplió los 30. Yanina Giovannetti está ansiosa y aún no experimentó la sensación de vacío interior que dos años después comenzaría a llenar quitándose un vestido violeta rodeada de velas. El timbre suena. Una mujer en bata y pelo negro, corte carré, con varias capas de maquillaje al estilo heroína dark de David Finch abre la puerta.

Es el crepúsculo de Milán. Es la escalera que lleva a Yanina por un subsuelo acompañada por la anfitriona y maestra Cleo Viper a un sitio de paredes rojas, escenario pequeño, luces tenues, jaulas con gallinas, patos y palomas, elementos de magia y cabezas de cerdo embalsamadas. Yanina lo recordará como una atmósfera absurda. Y dirá que ella no encontró al burlesque, sino que el burlesque la encontró a ella. Yanina es la primera en llegar y la última en irse. Tal vez porque siempre estuvo llegando. Tal vez porque nunca más se irá. Hay atmósferas que son eternas.

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Yanina y su bolso viajaron en Trenitalia durante una hora y diez minutos desde Cremona hasta Milán. En el bolso de Yanina hay un traje de baño negro, un par de medias de red y un par de zapatos de tango violeta y negro que compró en un local de usados de San Telmo. Los zapatos eran de una bailarina de los teatros de la calle Corrientes. Mientras un grupo de italianas que extendían la celebración de una despedida de soltera se suman a la clase, en el subsuelo con aroma a pachuli la mujer morocha de labios rojos y oriunda del pequeño poblado santafesino de Acebal se cambia, se transforma, se trasmuta y se arroja al universo inaugural del burlesque.

Faltan algunos días para la navidad del 2013. Cleo Viper, la mujer que vive en el anti-Milán del punk, de los fanzines y de las recónditas tiendas de discos, siente que está en los suburbios, jamás en el centro. Ella tiene la idea de un mundo suspendido y melancólico que le da placer. La profesora, la insignia del burlesque, se encuentra con la piba de pueblo que llegó a Italia luego de graduarse en la Escuela Provincial de Cine de Rosario para visitar a sus ancestros. Están frente a frente y Cleo percibe en Yanina un algo más.

— ¿Tú bailas?

— Sí, hago danza. Hice teatro siempre

— Nunca dejes. Tienes que seguir

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De la primera clase de burlesque quedará el iniciático movimiento de caderas con sabor a poco. Una coreografía grupal aburrida, una flor verde y negra que la profesora les regaló a cada una de las alumnas y una invitación a futuro: un acta de compromiso sin firma para iniciar una nueva vida. Al poco tiempo Yanina comenzó a tomar clases particulares con Cleo y de ella recogió un capital intangible, un criterio, una perspectiva: cómo crear un momento, cómo establecer un nexo con las miradas, cuál es la importancia de la teatralidad. Cleo Viper, la artista seleccionada para el Salón de la Fama del Burlesque de Las Vegas es una especie de sacerdotisa bautismal. Ella es la fabricante de atmósferas.

Segundo acto. Jarma.

Las buenas noticias sacuden. La felicidad es exultante. Las sonrisas se mueven en el cuerpo y los ojos brillan con un brillo inaugural. Rosana le cuenta a su madre Mabel que está embarazada. «Mamá,  vas a ser abuela».  Horas después la felicidad se transforma en una tragedia incomprensible a la vera de la vía de Acebal cuando un tren del Ferrocarril General Bartolomé Mitre arrolla a Mabel.  Yanina Giovannetti nació nueve meses después de la muerte de su abuela, la madre de su madre.

Rosana esperaba la llegada de Yanina envuelta en un mar de lágrimas. Un llanto que se extendió durante nueve meses de embarazo hasta que nació Yanina el 11 de octubre de 1983, diecinueve días antes de la victoria electoral del expresidente Raúl Alfonsín que marcó el regreso de la democracia a la Argentina. En el país se exorcizaban la muerte, el crimen y la desaparición forzada de personas. En el pequeño poblado del sur de la provincia de Santa Fe una profesora de Geografía intentaba resignificar una muerte trágica de la mano de un nacimiento.

Treinta años después, Yanina, la hija, la nieta, decidirá que cada una de sus presentaciones tenga nombre de mujer. Cada show es un rito de descubrimiento. Como en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, los nombres propios de las obras de Yanina son femeninos.

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Jarma es el primer nombre.  Jarma es debut. Jarma es la presentación en público luego del regreso a la Argentina. Jarma es la figura femenina que inspira a Yanina, que vuelve al origen para tomar energías negativas, convertirlas y así llegar a un nivel espiritual superior. Jarma Jadur es el nombre de su bisabuela que, tras la muerte trágica de su única hija, se convierte en la trasmisora de la herencia: quien le cuenta la historia de la tristeza familiar. Jarma es el punto de encuentro entre la infancia y el universo de los adultos. Entre las picardías de chufles, las pinturas a escondidas y los peinados dislocados con los dolores potentes, los vacíos incompresibles y la renovación de los sueños.

Jarma está escrito en los afiches que anuncian la presentación de Yanina Giovannetti, la primera mujer argentina en desarrollar el burlesque en clave profesional en un país donde los desnudos son sinónimo de porno y el porno gana las contratapas de los diarios y el prime time de la TV todos los días. Jarma es la trasmutación: el primer show es alquimia, física y química de color violeta y velas encendidas. Jarma es el símbolo que representa el cambio de la energía.

Tercer acto. Yanina.

A 14 días de la presentación de las alumnas de la Academia de Burlesque de Rosario, un sábado lluvioso de septiembre del 2017 en un bar de la calle Santa Fe, Yanina acompasa el recuerdo italiano dibujando la casa de Cleo en una libreta: dos rectángulos y un cuadrado —uno por cada ambiente—. La mujer que sueña fundar su propia compañía integral de arte trata de ubicar en qué lugar estaba cada elemento de esa geografía kitsch: un cerdo, un cuadro flúor de la reina del circo italiano Moira Orfei, una habitación rodeada de espejos y Dante, el perro tuerto que posee perfil en Instagram.

La sensualidad en el arte o el arte de la sensualidad. La ironía, el drama, el goce, la diversión por la diversión misma. Mujeres fuertes, empoderadas, dignas y libres. Mujeres que pugnan por un sentido vital. No existe un valor de uso ni un valor de cambio en sus cuerpos. No importa que las tetas sean o tan redondas o tan puntiagudas o tan chatas. Les fastidia que la estética se imponga ante su ética.

Ellas son mujeres así. Son. Sus cuerpos y la puesta en escena es una proclama que nace, vive y renace dos veces por mes durante las clases de cinco horas de duración que ahora dicta Yanina en el microcentro de Rosario, la ciudad en donde hubo 40 femicidios en los últimos tres años. El burlesque es el desparpajo de una acción política.

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«Yo hago política todos los días. Ejerzo el rol de la mujer que puede hacer lo que quiera sin que se las juzgue. Yo elijo hacer con mi cuerpo lo que quiero». Yanina también elige las palabras como proclamas. Aún con un moño negro en la cabeza, los ojos delineados y los labios vestidos de rojo que contrastan con la palidez de su rostro, la piba de Acebal baja dos escaleras en caracol al finalizar la última clase antes del show con dos valijas repletas de vestuario.

Camina bajo la lluvia por calle Santa Fe, la zona bancaria de Rosario; esquiva los charcos y carga el vestuario en una camioneta como si fuera la versión moderna de Hedy Lamarr que se escapó de una película muda.

Kika es el espacio para la presentación del trabajo de todo un año. El bar multicolor que homenajea a Almodóvar en la calle Urquiza contiene la picardía que expresan las diez alumnas de Yanina. Las mujeres aguardan enfrentarse a las miradas ajenas con amor en lo que hacen. A diferencia del strip-tease ellas narran historias, una especie de desnudez teatralizada. Los hombres y las mujeres mirarán y sentirán una disociación entre lo que se ve concretamente y la sensación que perdurará como recuerdo al finalizar cada acting. El burlesque es la reconciliación del cuerpo con las ideas.

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Opiniones 3
  • Artistas como Yanina aportan un arte cada vez más reconocido. Conocemos algunas artistas en Madrid, y nuestras clientes asisten a sus clases magistrales, siempre quedan encantadas. Tiene su parte de historia, y su parte de práctica.

  • Nosotros trabajamos con artistas como Yanina, y siempre dejan muy sorprendidas a las clientes. Les encanta este arte y muchas se apuntan a cursos más largos. La historia combinada con la práctica, las cautiva.

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