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20 de enero 2014    /   IDEAS
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El cable que atraviesa el Ártico

20 de enero 2014    /   IDEAS     por          
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710 millones de dólares para ahorrar 62 milisegundos de tiempo. La red mueve la información a la velocidad de la luz. Los datos cruzan el globo en un pestañear de ojos. Pero es posible ser aún más eficientes. Trazar rutas más cortas para desplegar los cables submarinos de fibra óptica que hacen posible la red global permite burlar los límites de la física. Arctic Fibre es un ambicioso proyecto de un grupo de empresarios de telecomunicaciones canadienses que busca abrir un nuevo camino para el flujo de los datos. El lugar escogido para este nuevo frente es el paso noroeste, una senda marina que bordea Norteamérica por el océano Ártico. Si el proyecto se completa con éxito, el cable Arctic Fibre conectará Tokio con Londres en un trayecto de 15.057 kilómetros (con una rama que se desvía hacia Nueva York y Montreal). Esta vía reducirá drásticamente la distancia que un paquete de datos tiene que recorrer entre las dos ciudades.

“Se lleva hablando de colocar cables submarinos de telecomunicaciones por el Ártico desde los años 80 pero no era viable con cables de cobre y tampoco las condiciones climatológicas lo permitían. La oportunidad solo se ha presentado en los últimos 5 años debido al cambio climático”, explica Mike Cunningham, COO del proyecto Arctic Fibre.

Los veranos son cada vez más largos en este pasillo marino que empieza en el estrecho de Bering, prosigue su camino por el norte de Alaska, atraviesa los archipiélagos canadienses en el océano Ártico hasta llegar al estrecho de Davis, que da entrada al Atlántico bordeando Groenlandia.

“En total tendremos 6 semanas cada año durante dos periodos estivales para instalar el cableado en el fondo submarino de esta zona antes de que el hielo sea demasiado sólido. La mayor parte de este trabajo lo harán dos buques”, dice Cunningham.

Actualmente, un email que sale de Londres hacia Japón suele tomar dos caminos principales por las grandes autopistas mundiales de la conectividad digital. La primera opción es cruzar el Atlántico mediante los cables submarinos que conectan el Reino Unido con EE UU. De allí esos datos se introducen en la red terrestre estadounidense hasta llegar a la costa del Pacífico. Aquí se mete en uno de la multitud de redes submarinas que conectan California con Japón hasta llegar a su destino.

El camino alternativo para ese email es cruzar Europa, salir hacia el mar mediante los cables submarinos en el Mediterráneo hasta llegar al canal de Suez imitando las rutas de comercio del colonialismo británico. Una vez allí, el correo prosigue su camino por la infraestructura en los fondos marinos del mar Rojo y el golfo de Adén, continúa por el mar Arábico y posteriormente rodea la India. Una vez entrado en la bahía de Bengala, la información suele seguir las rutas por el estrecho de Malaca entre Malasia e Indonesia; de allí se desplaza por los cables en el mar del sur de China, se introduce en el estrecho de Luzón entre Taiwan y Filipinas antes de acabar en alguna de las múltiples estaciones que dan entrada a los cables de fibra óptica en Japón. Todo esto, con visitas a un servidor incluido, se realiza en apenas unos segundos. Arctic Fibre aprovecha la curvatura de la tierra para recortar miles de kilómetros de distancia, la razón que explica que unos datos moviéndose a la velocidad de la luz tarden 62 milisegundos menos que las rutas existentes en llegar a su destino.

Entre los grandes beneficiarios de esta infraestructura estarán las empresas de trading de alta frecuencia, una modalidad de compra y venta de acciones por ordenador que, aunque está en declive, copa el 50% de las transacciones en bolsa de Estados Unidos. Estos sistemas funcionan con potentes ordenadores que utilizan algoritmos para comprar y vender acciones en fracciones de segundo que extraen beneficios a toda velocidad. Adelantarse a la competencia en una operación financiera transatlántica puede suponer una ganancia de millones de dólares en este casino controlado por las máquinas.

Aun así, Cunningham insiste en que el peso de esta industria en la viabilidad del cable es bastante reducido. “Habrá interés, sin duda, de este tipo de clientes, pero solo representará una pequeña parte de nuestros ingresos. Los verdaderos beneficiados serán las comunidades que viven en esta zona, que hasta ahora no han tenido acceso a una red en condiciones”.

El negocio de los cables submarinos


PGS_3-4-1

En el complejo y a veces opaco mundo de las telecomunicaciones, muchos cables submarinos que garantizan la conexión de internet entre países se gestionan por empresas independientes de las telefónicas. Compañías como la responsable de Arctic Fibre se encargan de instalar y mantener estos cables de fibra óptica. Los inversores recuperan su dinero vendiendo capacidad de transferencias a operadores y clientes privados. Multinacionales como Telefónica compran capacidad por estas rutas en paquetes para dar servicio a sus clientes. Para acceder a un vídeo alojado en un servidor estadounidense desde España, hace falta pasar por una de estas vías, y eso tiene un precio.

“En el caso de este cable, estaríamos hablando de unos 20 terabytes al año de capacidad. El equivalente al volumen de tráfico que manejan los 9 más importantes entre Estados Unidos y Europa. No estaremos usando el total al principio, al igual que ahora mismo estos cables solo usan una fracción de un potencial de 150 terabytes. Buscamos dejar un margen para crecer a fin de poder satisfacer el incremento de la demanda que se producirá en los próximos 25 años”, dice Cunningham.

El mantenimiento de este tipo de infraestructuras presenta varios quebraderos de cabeza. “2/3 de los daños a cables submarinos son causados por la actividad humana. Las redes de los grandes barcos pesqueros o el ancla de un buque pueden dañarlos”, dice el ejecutivo. “La ruta por el paso del noroeste minimiza este problema ya que la actividad humana es mínima en esta región”, aunque no están exentos de riesgos. Los cables tendrán que estar instalados en zonas lo suficientemente profundas para evitar el embiste de los icebergs, que pueden llegar a tener más de 100 metros de profundidad.

Esta preocupación no es baladí. En lugares con infraestructura menos desarrollada, el corte de un cable puede deshabilitar la red para un país entero, como ocurrió en Armenia en 2011. Aishtan Shakarian, una pensionista humilde de 75 años, buscaba extraer el cobre de unos cables que encontró en las inmediaciones del pueblo de Ksani, a 60 kilómetros de Tbilisi (Georgia). El corte realizado con una sierra de mano provocó la desconexión total del acceso a la web del país vecino durante 12 horas, que dependía de esta ruta para acceder a internet.

En las inmediaciones de Alejandría en 2008, el ancla de un barco dañó uno de los principales cables que proporcionaban conectividad a Egipto, causando una ralentización del servicio durante más de 48 horas. En marzo de 2013, un grupo de buceadores fueron arrestados acusados de intentar sabotear las telecomunicaciones del país en las mismas aguas de la ciudad egipcia. Internet no es indestructible y a veces es vulnerable.

“Siempre habrá personas que pagarán un extra por mandar información sensible a través de rutas que evitan pasar cerca de países o territorios hostiles. Eso puede ser una ventaja para rentabilizar Arctic Fibre”, dice Jim Cowie, analista de redes de telecomunicaciones y cofundador de Renesys.

Iqaluit, población: 6.699

“Disculpad, pero no se puede llegar a Iqaluit en coche”, reza el folleto informativo del Ayuntamiento de esta ciudad. En cuanto terminan los 20 kilómetros de carreteras que forman la red viaria de este lugar, se acabó. Estás solo ante el hielo, la intemperie y las temperaturas que se sitúan por debajo de los cero grados durante casi 9 meses al año. Hablamos de una de las capitales de provincia más remotas del mundo, accesible solo por avión durante todo el año y en barco, durante los cálidos meses del verano. La localidad se encuentra en el sur de la isla de Baffin, que cubre un área casi idéntica en tamaño a España. Nunavut, la región que se gobierna desde aquí, tiene más de 2 millones de kilómetros cuadrados, lo que vendría a ser casi 4 veces el tamaño de la península ibérica con una población de 31.000 personas.

A pesar de su lejanía, la ciudad pasa por un buen momento. Cada año están llegando 300 personas a vivir en esta localidad. Las cosas se mueven, crece la pesca, la minería, la construcción y los trabajos administrativos relacionados con su posición como capital del territorio.

Conectarse a internet es posible, pero la calidad de la conexión está lejos de lo que se considera aceptable en ciudades del primer mundo. Aquellos que lo consiguen tienen que recurrir a uno de los dos operadores de internet vía satélite. El coste es un 75% mayor que una tarifa plana normal en una ciudad canadiense y se compra por horas. “Vendría a ser como los modems de los años 90”, dice Cunningham.

Esta situación pasará a la historia si Arctic Fibre se hace realidad. El paso del cable traerá banda ancha a Iqaluit y otras comunidades en el lejano norte de Canadá. “Imagina las posibilidades. Tendrán mejor acceso a telemedicina, educación a distancia y, sobre todo, podrán formar parte de un mundo conectado”, resalta Cunningham.

Para Madeleine Redfern, alcaldesa de Iqaluit entre 2010 y 2012, la conexión es algo que la región necesita desesperadamente para avanzar. La política de etnia Inuit denuncia la indefensión que sufre la zona cuando falla el sistema de satélite, como ocurrió a principios de noviembre durante casi 24 horas.

“No podíamos hablar con el mundo exterior. Era imposible sacar dinero de los cajeros. Los aviones tampoco podían moverse ya que fallaban los sistemas de control (…) Tuvimos suerte de que el problema no se alargó. Estamos conectados por un sistema de vuelos diarios que trae comida, pero si la situación se hubiese alargado una semana más, podríamos haber llegado a tener serios problemas de abastecimiento. (…) Fue una llamada de atención para todos”, reclama la política, que apoya un proyecto que según ella “tendrá un impacto inmediato sobre nuestra comunidad, su gobernabilidad, el comercio y la sociedad”.

El mercado potencial de las 27.000 personas que se estima que tendrán acceso a esta red no es residual. Cunningham cree que más de la mitad de las ganancias de Arctic Fibre vendrán del uso de la red que harán estas comunidades y las empresas. “Es un mercado muy interesante”.

Jim Cowie no lo ve tan claro. “Los números para hacer viables un proyecto de este tipo son bastante ajustados. Este proyecto se desarrollará en colaboración cercana con el Gobierno canadiense. Sin su ayuda, es posible que no fuese viable”. Hay intereses más allá del dinero a corto plazo. Con el deshielo se abren oportunidades, riesgos y grandes quebraderos de cabeza geopolíticos en el lejano norte del mundo.

La geopolítica del Ártico

Las telecomunicaciones no son las únicas que quieren aprovechar el paso del noroeste. El pasado 6 de septiembre, el Nordic Orion, un buque de 225 metros, partió de Vancouver con un cargamento de carbón. Exactamente un mes más tarde llegó a su destino en Piori (Finlandia), anticipándose 5 días a lo que suele tardar completar este trayecto. El barco de carga ahorró más de 1.800 kilómetros tomando una ruta similar al Arctic Fibre en lugar de pasar por el canal de Panamá.

El hecho de que el barco pidiera permiso a Canadá para pasar por este pasillo de agua fue positivo para las aspiraciones geopolíticas del país en la batalla por el Ártico. Estados Unidos estima que esta ruta es de paso y debería ser catalogada como aguas internacionales. El Gobierno de Canadá defiende que este espacio marítimo cae dentro de su jurisdicción. La disputa es solo una pequeña pieza de la lucha por ganar posiciones en un océano que pronto dejará de ser virgen.

Los analistas más optimistas consideran que una cuarta parte de las rutas de mercancías por mar podían pasar por estas zonas en 2030 y proporcionar así formas de cubrir trayectos más cortos y más rápidos durante los meses en el que hay menos hielo.

“El Ártico no es Antártica. Es un océano rodeado de naciones estado en lugar de un continente rodeado por el mar”, dijo el ministro de Exteriores en un discurso que dio en Washington D.C. el pasado 14 de noviembre sobre el Ártico. “El norte tiene enormes reservas de carbón, petróleo y gas. Estas zonas están cada vez en el punto de mira para ser explotadas. Nos enfrentamos a una paradoja: el calentamiento global es alarmante y trae malas noticias para todos nosotros. Al mismo tiempo, el deshielo abre nuevas oportunidades comerciales. Con grandes oportunidades vienen grandes responsabilidades”.

A pesar de su pequeño tamaño relativo, Noruega es un país con un papel importante en el futuro de la zona. La nación escandinava es uno de los 9 miembros del Consejo del Ártico. Esta organización formada por Finlandia, Suecia, Canadá, Islandia, Dinamarca (en representación de Groenlandia), Rusia, Estados Unidos, además de Noruega, fue creada en 1991 para gestionar el devenir de esta área.

Haciendo alarde del característico pragmatismo escandinavo, Brende recomendó “evitar una situación de fiebre del oro como la que vimos hace mucho tiempo en occidente. En el Ártico necesitamos desarrollar las cosas de manera gradual, siguiendo altos estándares medioambientales y de seguridad. Asegurarnos de que el desarrollo de los recursos se haga de una manera sostenible”.

Pero la perspectiva tranquila y paciente de Noruega choca con el avance rápido de Rusia en la zona. El gobierno de Vladimir Putin anunció recientemente que invertirá 63.000 millones de dólares hasta 2020 para seguir desarrollando su presencia en el Ártico. En el primer trimestre de 2014, la petrolera rusa Gazprom prevé empezar a bombear crudo del subsuelo gélido.

“El empuje en el Ártico está pasando porque la industria rusa de petróleo está buscando nuevas fuentes de crudo en la medida que sus campos en el oeste de Siberia se secan, de la misma forma que la bajada de los terrenos de Tejas llevaron a las petroleras estadounidenses a explorar el golfo de México en los años 70”, según un artículo de The New York Times publicado el pasado 1 de octubre sobre este fenómeno. Los rusos no están solo en su entrada al Ártico. Sus incursiones están siendo acompañadas por empresas occidentales como Exxon y Eni, que aportan tecnología para hacerlo posible.

“Para Rusia los recursos del Ártico son cruciales en sus aspiraciones económicas y políticas. Sin el petróleo allí resguardado su producción descenderá dramáticamente. Actualmente Rusia produce 10 millones de barriles de petróleo por día; la producción mundial es de alrededor de 89 millones. Sin el Ártico, Rusia descenderá a 1 millón de barriles por día en el 2020”, dijo José Luis Lezama, investigador de Colmex sobre el tema, en un artículo de opinión publicado en Reforma a principios de noviembre.

Rusia tampoco quiere quedarse atrás en cuanto a conectividad a internet en este territorio. ROTACS es un proyecto que busca unir Reino Unido y Japón por un cable de alta velocidad que cruzará la vertiente rusa del océano Ártico.

Este poderío contrasta con la presencia de Canadá en la región que proyectos como Arctic Fibre intenta reforzar. “La capacidad canadiense en la comarca es muy pobre. Nuestros helicópteros de largo alcance tardarían más de un día en volar los 2.500 kilómetros para llegar al paso noroeste desde sus bases en la Columbia Británica. Los Hércules C-130 pueden ser enviados desde el sur de Canadá, pero no tienen la capacidad de subir gente a bordo (…). En comparación, Rusia tiene varias estaciones de búsqueda y rescate sobre el Ártico y están construyendo diez más, cada una con barcos y aviones. En otras palabras, para controlar un territorio necesitas herramientas para hacerlo, algo de lo que Canadá carece ahora mismo. No tiene tampoco ningún puerto en esta demarcación mientras que Rusia posee 16 puertos de aguas profundas”, denunció Michael Byers el pasado 20 de septiembre en un artículo de opinión publicado en The Globe and Mail.

PGS_5-6-copia-1

La fragilidad del hielo

Entre sectores ecologistas, existe una gran preocupación con el desarrollo de la industria petrolera en la zona. Hoy Greenpeace trabaja para que los 200 kilómetros a la redonda del Polo Norte estén protegidos de manera similar a la Antártida. Sus acciones reivindicativas acabaron con el arresto mediático de 30 miembros de la organización en septiembre de 2013 que protestaban contra el desarrollo de una plataforma petrolífera rusa en el mar de Pechora.

El objetivo de esta movilización es concienciar sobre los enormes riesgos que según la organización ecologista supone extraer crudo en esta parte del mundo. “Operar en las gélidas aguas del Ártico es muy arriesgado. Si se produce un derrame de petróleo será devastador. La industria petrolera admite que habría poco que pudiera hacer si se produjese una explosión similar a la que aconteció en el Golfo de México hace unos años. Este ecosistema único y las comunidades indígenas que dependen de ella para su supervivencia se verían devastados.

“El frío extremo, el riesgo de colisiones con icebergs, la mala visibilidad y su posición remota aumentan el riesgo de una catástrofe exponencialmente. (…) Si un derrame no se arregla antes de que llegue el invierno, el petróleo podría expandirse sin control durante casi dos años”, denuncian los activistas.

El Ártico existe

Muchos hemos crecido con mapas del mundo pegados a la pared. En estos planos, el Ártico es un lugar alargado que se sitúa en los confines del mundo con poco interés para nuestra visión occidental. Pero el Ártico existe y el manto de hielo que durante tanto tiempo lo mantuvo aislado y protegido de la voracidad del humano se debilita. Un riesgo que no puede servir como pretexto para dejar fuera a ciudadanos que también tienen derecho a tener acceso a internet, defiende Madeleine Redfern.

Antes de que lleguen los tiburones, proyectos como Arctic Fibre se asegurarán de que incluso las zonas más remotas del mundo estén conectadas a banda ancha. “Es un buen ejemplo de cómo la conectividad mundial se sigue diversificando y mejorando. A medida que más rutas digitales empiezan a existir, las de la información se hacen más variadas física, política y económicamente. Internet se hace más resistente a un posible ataque. Las implicaciones del proyecto tendrán un impacto mundial mucho más allá de su situación geográfica”, dice Cowie.

Arctic Fibre no es solo un cable. Es un pretexto para hablar del futuro de la humanidad en el extremo norte del mundo.

710 millones de dólares para ahorrar 62 milisegundos de tiempo. La red mueve la información a la velocidad de la luz. Los datos cruzan el globo en un pestañear de ojos. Pero es posible ser aún más eficientes. Trazar rutas más cortas para desplegar los cables submarinos de fibra óptica que hacen posible la red global permite burlar los límites de la física. Arctic Fibre es un ambicioso proyecto de un grupo de empresarios de telecomunicaciones canadienses que busca abrir un nuevo camino para el flujo de los datos. El lugar escogido para este nuevo frente es el paso noroeste, una senda marina que bordea Norteamérica por el océano Ártico. Si el proyecto se completa con éxito, el cable Arctic Fibre conectará Tokio con Londres en un trayecto de 15.057 kilómetros (con una rama que se desvía hacia Nueva York y Montreal). Esta vía reducirá drásticamente la distancia que un paquete de datos tiene que recorrer entre las dos ciudades.

“Se lleva hablando de colocar cables submarinos de telecomunicaciones por el Ártico desde los años 80 pero no era viable con cables de cobre y tampoco las condiciones climatológicas lo permitían. La oportunidad solo se ha presentado en los últimos 5 años debido al cambio climático”, explica Mike Cunningham, COO del proyecto Arctic Fibre.

Los veranos son cada vez más largos en este pasillo marino que empieza en el estrecho de Bering, prosigue su camino por el norte de Alaska, atraviesa los archipiélagos canadienses en el océano Ártico hasta llegar al estrecho de Davis, que da entrada al Atlántico bordeando Groenlandia.

“En total tendremos 6 semanas cada año durante dos periodos estivales para instalar el cableado en el fondo submarino de esta zona antes de que el hielo sea demasiado sólido. La mayor parte de este trabajo lo harán dos buques”, dice Cunningham.

Actualmente, un email que sale de Londres hacia Japón suele tomar dos caminos principales por las grandes autopistas mundiales de la conectividad digital. La primera opción es cruzar el Atlántico mediante los cables submarinos que conectan el Reino Unido con EE UU. De allí esos datos se introducen en la red terrestre estadounidense hasta llegar a la costa del Pacífico. Aquí se mete en uno de la multitud de redes submarinas que conectan California con Japón hasta llegar a su destino.

El camino alternativo para ese email es cruzar Europa, salir hacia el mar mediante los cables submarinos en el Mediterráneo hasta llegar al canal de Suez imitando las rutas de comercio del colonialismo británico. Una vez allí, el correo prosigue su camino por la infraestructura en los fondos marinos del mar Rojo y el golfo de Adén, continúa por el mar Arábico y posteriormente rodea la India. Una vez entrado en la bahía de Bengala, la información suele seguir las rutas por el estrecho de Malaca entre Malasia e Indonesia; de allí se desplaza por los cables en el mar del sur de China, se introduce en el estrecho de Luzón entre Taiwan y Filipinas antes de acabar en alguna de las múltiples estaciones que dan entrada a los cables de fibra óptica en Japón. Todo esto, con visitas a un servidor incluido, se realiza en apenas unos segundos. Arctic Fibre aprovecha la curvatura de la tierra para recortar miles de kilómetros de distancia, la razón que explica que unos datos moviéndose a la velocidad de la luz tarden 62 milisegundos menos que las rutas existentes en llegar a su destino.

Entre los grandes beneficiarios de esta infraestructura estarán las empresas de trading de alta frecuencia, una modalidad de compra y venta de acciones por ordenador que, aunque está en declive, copa el 50% de las transacciones en bolsa de Estados Unidos. Estos sistemas funcionan con potentes ordenadores que utilizan algoritmos para comprar y vender acciones en fracciones de segundo que extraen beneficios a toda velocidad. Adelantarse a la competencia en una operación financiera transatlántica puede suponer una ganancia de millones de dólares en este casino controlado por las máquinas.

Aun así, Cunningham insiste en que el peso de esta industria en la viabilidad del cable es bastante reducido. “Habrá interés, sin duda, de este tipo de clientes, pero solo representará una pequeña parte de nuestros ingresos. Los verdaderos beneficiados serán las comunidades que viven en esta zona, que hasta ahora no han tenido acceso a una red en condiciones”.

El negocio de los cables submarinos


PGS_3-4-1

En el complejo y a veces opaco mundo de las telecomunicaciones, muchos cables submarinos que garantizan la conexión de internet entre países se gestionan por empresas independientes de las telefónicas. Compañías como la responsable de Arctic Fibre se encargan de instalar y mantener estos cables de fibra óptica. Los inversores recuperan su dinero vendiendo capacidad de transferencias a operadores y clientes privados. Multinacionales como Telefónica compran capacidad por estas rutas en paquetes para dar servicio a sus clientes. Para acceder a un vídeo alojado en un servidor estadounidense desde España, hace falta pasar por una de estas vías, y eso tiene un precio.

“En el caso de este cable, estaríamos hablando de unos 20 terabytes al año de capacidad. El equivalente al volumen de tráfico que manejan los 9 más importantes entre Estados Unidos y Europa. No estaremos usando el total al principio, al igual que ahora mismo estos cables solo usan una fracción de un potencial de 150 terabytes. Buscamos dejar un margen para crecer a fin de poder satisfacer el incremento de la demanda que se producirá en los próximos 25 años”, dice Cunningham.

El mantenimiento de este tipo de infraestructuras presenta varios quebraderos de cabeza. “2/3 de los daños a cables submarinos son causados por la actividad humana. Las redes de los grandes barcos pesqueros o el ancla de un buque pueden dañarlos”, dice el ejecutivo. “La ruta por el paso del noroeste minimiza este problema ya que la actividad humana es mínima en esta región”, aunque no están exentos de riesgos. Los cables tendrán que estar instalados en zonas lo suficientemente profundas para evitar el embiste de los icebergs, que pueden llegar a tener más de 100 metros de profundidad.

Esta preocupación no es baladí. En lugares con infraestructura menos desarrollada, el corte de un cable puede deshabilitar la red para un país entero, como ocurrió en Armenia en 2011. Aishtan Shakarian, una pensionista humilde de 75 años, buscaba extraer el cobre de unos cables que encontró en las inmediaciones del pueblo de Ksani, a 60 kilómetros de Tbilisi (Georgia). El corte realizado con una sierra de mano provocó la desconexión total del acceso a la web del país vecino durante 12 horas, que dependía de esta ruta para acceder a internet.

En las inmediaciones de Alejandría en 2008, el ancla de un barco dañó uno de los principales cables que proporcionaban conectividad a Egipto, causando una ralentización del servicio durante más de 48 horas. En marzo de 2013, un grupo de buceadores fueron arrestados acusados de intentar sabotear las telecomunicaciones del país en las mismas aguas de la ciudad egipcia. Internet no es indestructible y a veces es vulnerable.

“Siempre habrá personas que pagarán un extra por mandar información sensible a través de rutas que evitan pasar cerca de países o territorios hostiles. Eso puede ser una ventaja para rentabilizar Arctic Fibre”, dice Jim Cowie, analista de redes de telecomunicaciones y cofundador de Renesys.

Iqaluit, población: 6.699

“Disculpad, pero no se puede llegar a Iqaluit en coche”, reza el folleto informativo del Ayuntamiento de esta ciudad. En cuanto terminan los 20 kilómetros de carreteras que forman la red viaria de este lugar, se acabó. Estás solo ante el hielo, la intemperie y las temperaturas que se sitúan por debajo de los cero grados durante casi 9 meses al año. Hablamos de una de las capitales de provincia más remotas del mundo, accesible solo por avión durante todo el año y en barco, durante los cálidos meses del verano. La localidad se encuentra en el sur de la isla de Baffin, que cubre un área casi idéntica en tamaño a España. Nunavut, la región que se gobierna desde aquí, tiene más de 2 millones de kilómetros cuadrados, lo que vendría a ser casi 4 veces el tamaño de la península ibérica con una población de 31.000 personas.

A pesar de su lejanía, la ciudad pasa por un buen momento. Cada año están llegando 300 personas a vivir en esta localidad. Las cosas se mueven, crece la pesca, la minería, la construcción y los trabajos administrativos relacionados con su posición como capital del territorio.

Conectarse a internet es posible, pero la calidad de la conexión está lejos de lo que se considera aceptable en ciudades del primer mundo. Aquellos que lo consiguen tienen que recurrir a uno de los dos operadores de internet vía satélite. El coste es un 75% mayor que una tarifa plana normal en una ciudad canadiense y se compra por horas. “Vendría a ser como los modems de los años 90”, dice Cunningham.

Esta situación pasará a la historia si Arctic Fibre se hace realidad. El paso del cable traerá banda ancha a Iqaluit y otras comunidades en el lejano norte de Canadá. “Imagina las posibilidades. Tendrán mejor acceso a telemedicina, educación a distancia y, sobre todo, podrán formar parte de un mundo conectado”, resalta Cunningham.

Para Madeleine Redfern, alcaldesa de Iqaluit entre 2010 y 2012, la conexión es algo que la región necesita desesperadamente para avanzar. La política de etnia Inuit denuncia la indefensión que sufre la zona cuando falla el sistema de satélite, como ocurrió a principios de noviembre durante casi 24 horas.

“No podíamos hablar con el mundo exterior. Era imposible sacar dinero de los cajeros. Los aviones tampoco podían moverse ya que fallaban los sistemas de control (…) Tuvimos suerte de que el problema no se alargó. Estamos conectados por un sistema de vuelos diarios que trae comida, pero si la situación se hubiese alargado una semana más, podríamos haber llegado a tener serios problemas de abastecimiento. (…) Fue una llamada de atención para todos”, reclama la política, que apoya un proyecto que según ella “tendrá un impacto inmediato sobre nuestra comunidad, su gobernabilidad, el comercio y la sociedad”.

El mercado potencial de las 27.000 personas que se estima que tendrán acceso a esta red no es residual. Cunningham cree que más de la mitad de las ganancias de Arctic Fibre vendrán del uso de la red que harán estas comunidades y las empresas. “Es un mercado muy interesante”.

Jim Cowie no lo ve tan claro. “Los números para hacer viables un proyecto de este tipo son bastante ajustados. Este proyecto se desarrollará en colaboración cercana con el Gobierno canadiense. Sin su ayuda, es posible que no fuese viable”. Hay intereses más allá del dinero a corto plazo. Con el deshielo se abren oportunidades, riesgos y grandes quebraderos de cabeza geopolíticos en el lejano norte del mundo.

La geopolítica del Ártico

Las telecomunicaciones no son las únicas que quieren aprovechar el paso del noroeste. El pasado 6 de septiembre, el Nordic Orion, un buque de 225 metros, partió de Vancouver con un cargamento de carbón. Exactamente un mes más tarde llegó a su destino en Piori (Finlandia), anticipándose 5 días a lo que suele tardar completar este trayecto. El barco de carga ahorró más de 1.800 kilómetros tomando una ruta similar al Arctic Fibre en lugar de pasar por el canal de Panamá.

El hecho de que el barco pidiera permiso a Canadá para pasar por este pasillo de agua fue positivo para las aspiraciones geopolíticas del país en la batalla por el Ártico. Estados Unidos estima que esta ruta es de paso y debería ser catalogada como aguas internacionales. El Gobierno de Canadá defiende que este espacio marítimo cae dentro de su jurisdicción. La disputa es solo una pequeña pieza de la lucha por ganar posiciones en un océano que pronto dejará de ser virgen.

Los analistas más optimistas consideran que una cuarta parte de las rutas de mercancías por mar podían pasar por estas zonas en 2030 y proporcionar así formas de cubrir trayectos más cortos y más rápidos durante los meses en el que hay menos hielo.

“El Ártico no es Antártica. Es un océano rodeado de naciones estado en lugar de un continente rodeado por el mar”, dijo el ministro de Exteriores en un discurso que dio en Washington D.C. el pasado 14 de noviembre sobre el Ártico. “El norte tiene enormes reservas de carbón, petróleo y gas. Estas zonas están cada vez en el punto de mira para ser explotadas. Nos enfrentamos a una paradoja: el calentamiento global es alarmante y trae malas noticias para todos nosotros. Al mismo tiempo, el deshielo abre nuevas oportunidades comerciales. Con grandes oportunidades vienen grandes responsabilidades”.

A pesar de su pequeño tamaño relativo, Noruega es un país con un papel importante en el futuro de la zona. La nación escandinava es uno de los 9 miembros del Consejo del Ártico. Esta organización formada por Finlandia, Suecia, Canadá, Islandia, Dinamarca (en representación de Groenlandia), Rusia, Estados Unidos, además de Noruega, fue creada en 1991 para gestionar el devenir de esta área.

Haciendo alarde del característico pragmatismo escandinavo, Brende recomendó “evitar una situación de fiebre del oro como la que vimos hace mucho tiempo en occidente. En el Ártico necesitamos desarrollar las cosas de manera gradual, siguiendo altos estándares medioambientales y de seguridad. Asegurarnos de que el desarrollo de los recursos se haga de una manera sostenible”.

Pero la perspectiva tranquila y paciente de Noruega choca con el avance rápido de Rusia en la zona. El gobierno de Vladimir Putin anunció recientemente que invertirá 63.000 millones de dólares hasta 2020 para seguir desarrollando su presencia en el Ártico. En el primer trimestre de 2014, la petrolera rusa Gazprom prevé empezar a bombear crudo del subsuelo gélido.

“El empuje en el Ártico está pasando porque la industria rusa de petróleo está buscando nuevas fuentes de crudo en la medida que sus campos en el oeste de Siberia se secan, de la misma forma que la bajada de los terrenos de Tejas llevaron a las petroleras estadounidenses a explorar el golfo de México en los años 70”, según un artículo de The New York Times publicado el pasado 1 de octubre sobre este fenómeno. Los rusos no están solo en su entrada al Ártico. Sus incursiones están siendo acompañadas por empresas occidentales como Exxon y Eni, que aportan tecnología para hacerlo posible.

“Para Rusia los recursos del Ártico son cruciales en sus aspiraciones económicas y políticas. Sin el petróleo allí resguardado su producción descenderá dramáticamente. Actualmente Rusia produce 10 millones de barriles de petróleo por día; la producción mundial es de alrededor de 89 millones. Sin el Ártico, Rusia descenderá a 1 millón de barriles por día en el 2020”, dijo José Luis Lezama, investigador de Colmex sobre el tema, en un artículo de opinión publicado en Reforma a principios de noviembre.

Rusia tampoco quiere quedarse atrás en cuanto a conectividad a internet en este territorio. ROTACS es un proyecto que busca unir Reino Unido y Japón por un cable de alta velocidad que cruzará la vertiente rusa del océano Ártico.

Este poderío contrasta con la presencia de Canadá en la región que proyectos como Arctic Fibre intenta reforzar. “La capacidad canadiense en la comarca es muy pobre. Nuestros helicópteros de largo alcance tardarían más de un día en volar los 2.500 kilómetros para llegar al paso noroeste desde sus bases en la Columbia Británica. Los Hércules C-130 pueden ser enviados desde el sur de Canadá, pero no tienen la capacidad de subir gente a bordo (…). En comparación, Rusia tiene varias estaciones de búsqueda y rescate sobre el Ártico y están construyendo diez más, cada una con barcos y aviones. En otras palabras, para controlar un territorio necesitas herramientas para hacerlo, algo de lo que Canadá carece ahora mismo. No tiene tampoco ningún puerto en esta demarcación mientras que Rusia posee 16 puertos de aguas profundas”, denunció Michael Byers el pasado 20 de septiembre en un artículo de opinión publicado en The Globe and Mail.

PGS_5-6-copia-1

La fragilidad del hielo

Entre sectores ecologistas, existe una gran preocupación con el desarrollo de la industria petrolera en la zona. Hoy Greenpeace trabaja para que los 200 kilómetros a la redonda del Polo Norte estén protegidos de manera similar a la Antártida. Sus acciones reivindicativas acabaron con el arresto mediático de 30 miembros de la organización en septiembre de 2013 que protestaban contra el desarrollo de una plataforma petrolífera rusa en el mar de Pechora.

El objetivo de esta movilización es concienciar sobre los enormes riesgos que según la organización ecologista supone extraer crudo en esta parte del mundo. “Operar en las gélidas aguas del Ártico es muy arriesgado. Si se produce un derrame de petróleo será devastador. La industria petrolera admite que habría poco que pudiera hacer si se produjese una explosión similar a la que aconteció en el Golfo de México hace unos años. Este ecosistema único y las comunidades indígenas que dependen de ella para su supervivencia se verían devastados.

“El frío extremo, el riesgo de colisiones con icebergs, la mala visibilidad y su posición remota aumentan el riesgo de una catástrofe exponencialmente. (…) Si un derrame no se arregla antes de que llegue el invierno, el petróleo podría expandirse sin control durante casi dos años”, denuncian los activistas.

El Ártico existe

Muchos hemos crecido con mapas del mundo pegados a la pared. En estos planos, el Ártico es un lugar alargado que se sitúa en los confines del mundo con poco interés para nuestra visión occidental. Pero el Ártico existe y el manto de hielo que durante tanto tiempo lo mantuvo aislado y protegido de la voracidad del humano se debilita. Un riesgo que no puede servir como pretexto para dejar fuera a ciudadanos que también tienen derecho a tener acceso a internet, defiende Madeleine Redfern.

Antes de que lleguen los tiburones, proyectos como Arctic Fibre se asegurarán de que incluso las zonas más remotas del mundo estén conectadas a banda ancha. “Es un buen ejemplo de cómo la conectividad mundial se sigue diversificando y mejorando. A medida que más rutas digitales empiezan a existir, las de la información se hacen más variadas física, política y económicamente. Internet se hace más resistente a un posible ataque. Las implicaciones del proyecto tendrán un impacto mundial mucho más allá de su situación geográfica”, dice Cowie.

Arctic Fibre no es solo un cable. Es un pretexto para hablar del futuro de la humanidad en el extremo norte del mundo.

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