4 de mayo 2022    /   CINE/TV
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El cine está en crisis… como casi siempre

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Aunque nuestra idea del séptimo arte, en tiempos pretéritos, está íntimamente asociada al oropel, al glamour y a la asistencia a las salas de exhibición con el mismo ánimo que el devoto comparece a la iglesia, el cine, el negocio del cine, pocas veces ha sido boyante.

De hecho, se ha tenido que sostener progresivamente sobre media docena de patas protésicas para continuar en pie. El cine, de hecho, no ha dejado de existir por razones que exceden al mismo cine.

De tal forma, sí, podemos afirmar que ahora mismo el séptimo arte está en crisis. Pero lo raro en la historia es que el cine no esté sufriendo una.

354 PALABRAS

Ya los inicios del cine fueron de todo punto derrotistas. Uno de sus creadores, Louis Lumière, sostuvo: «Mi invento podrá ser disfrutado como curiosidad científica […]. Pero comercialmente no tiene el más mínimo interés».

Con todo, transcurridos algunos años, aquel invento sí que empezó a captar el interés del público, sobre todo gracias a las cintas de Alice Guy, que rodó la primera película de la historia en el sentido moderno del término.

En sus inicios comerciales tampoco gozaba el cine del prestigio actual, como explica Gonzalo Ugidos en Chiripas de la historia: los primeros magnates del cine norteamericano fueron parias inmigrantes, en su mayoría judíos, como Jesse Lasky (un buscador de oro en Alaska), Adolph Zukor (un peletero húngaro), Carl Laemmle (un judío alemán), William Fox (judío húngaro y buscavidas) o Marcus Loew (vendedor de periódicos): «Casi todos ellos entraron en el negocio en la primera década del siglo XX, cuando el cine era un espectáculo de barraca de feria».

Cuando la sorpresa de ver en imágenes en movimiento fue devaluándose, se unieron orquestas que añadían sonidos a la exhibición. Sin embargo, acabó por no ser suficiente. ¿Qué tal sincronizar sonidos e imágenes para hacer creer al público que los personajes hablaban?

Si bien en algunas cintas existía el sonido grabado, había varios escollos técnicos que imposibilitaba la sincronización de sonidos e imágenes. Además, a nivel comercial, de nuevo, hubo varios prohombres de la época que se mostraron escépticos, como el inventor Thomas Edison: «Creo que el cine sonoro jamás tendrá éxito. Los espectadores nunca se mostrarán entusiasmados por el hecho de que se incorporen voces». Harry Warner, de la Warner Bros., también declaró en 1927: «¡Quién demonios quiere escuchar a unos actores que hablan!».

El escollo técnico fue subsanado Lee De Forest, que, buscando impulsar más eficientemente las señales de teléfono, acabó por diseñar una válvula llamada audión. Gracias a ello, se le ocurrió hacer algo que nadie había hecho antes: grabar el sonido directamente sobre la cinta de la película. Warner Bros, finalmente, abrió un poco las miras al nuevo invento y usó la válvula para originar un sonido fuerte y claro que pudiera escucharse por encima de los auditorios ruidosos de la época.

Sin ponernos demasiado quisquillosos, se acepta que la primera película hablada que se proyectó fue El cantante de jazz (1927). En ella se pronunciaron un total de 354 palabras. La mayoría de ellas fueron dichas por el protagonista de la cinta, al que además hoy podríamos acusar de  blackface (intérprete blanco con la cara pintada de negro).

El cine sonoro era carísimo, y solo dos salas estaban preparadas técnicamente en todo el mundo para exhibir El cantante de jazz, pero Warner Bros aceptó el riesgo como el pionero que se arriesgó a proyectar la primera película en 3D (que, por cierto, fue The Power of Love, que se proyectó en el Ambassador Hotel Theatre de Los Ángeles en 1922, unos años antes que el propio El cantante de jazz).

Afortunadamente para Warner, el cine sonoro no fue solo una moda pasajera, y cada vez se habilitaron más y más salas para proyectar esta clase de películas, que mandaron al paro a las orquestas que acompañaban las proyecciones. Y, por extensión, a muchos actores.

Porque, tal y como explica Bill Bryson en 1927: Un verano que cambió el mundo, más de la mitad de los papeles protagonistas de Hollywood eran representados por intérpretes de origen extranjero, y muy pocos supieron adaptarse al hecho de que el público pudiera oír su deficiente pronunciación en inglés.

FORTUNA Y GLORIA

El metal de Britania es un tipo específico de aleación de peltre. Su composición típica es aproximadamente 92% de estaño, 6% de antimonio y 2% de cobre. Una de las aplicaciones más conocidas de esta aleación es la fabricación de las estatuillas galvanizadas con oro para los premios Óscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, acaso otro empuje necesario para otorgarle al cine mayor prestigio y fuste y, con ello, mayores dividendos.

Gracias a aquellos premios, pues, los actores se convirtieron, más que nunca, en verdaderas estrellas.

Fundada en 1927 por el emigrante judío Louis B Mayer, director de los estudios MGM, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas fue concebida como una organización para promover la industria cinematográfica. En realidad, su intención no era aumentar el poder de las estrellas, sino disminuir la capacidad de todos los trabajadores del cine para organizarse en sindicatos que pudieran reclamar mayores sueldos o mejoras en la contratación. En las propias palabras de Mayer, citadas en Hyperallergic:

Descubrí que la mejor manera de manejar [a los cineastas] era   colgar medallas sobre ellos. Si les conseguía tazas y premios, se mataban a sí mismos para producir lo que yo quería. Es por eso que se creó el Premio de la Academia.

Irónicamente, otorgar mayor prestigio a los actores iba a debilitar su vara de mando draconiana con la que gobernaba el star-system y explotaba a las estrellas de cine por bajos precios (según Budd Schulberg en Memorias de un príncipe de Hollywood, Mayer era considerado por muchos por «el Himmler judío de Hollywood»).

Hinchar el ego de los actores hizo que muchos de ellos, como como Marilyn Monroe o Katharine Hepburn, reclamaran lo que era suyo: una porción mayor del pastel. Con todo, muchas personalidades acudieron al entierro del magnate, como comenta sarcásticamente su colega y cofundador de la MGM Sam Goldwyn: «La única razón por la que tantas personas se presentaron en su funeral era porque querían asegurarse de que está muerto».

La primera ceremonia de premios tuvo lugar el 16 de mayo de 1929, en una cena privada en el Hotel Hollywood Roosevelt con una audiencia de unas 270 personas. La ceremonia duró sólo quince minutos. El primer Premio a la Mejor Película fue para Wings, una cinta muda que contaba la historia de dos pilotos enamorados de la misma mujer. La producción de la película costó dos millones de dólares, lo que la convierte en la película más cara de su época.

EL LOBBY DEL MAÍZ

La venta de palomitas en el cine no fue un capricho, sino uno de tantos efectos secundarios de la Gran Depresión de 1929. En un contexto de bancarrota nacional, los dueños de los cines, independientes en su gran mayoría, estaban buscando nuevos incentivos para que la afluencia de público se recuperara.

Muchos espectadores solían adquirir chucherías o algo de comida en los pequeños delis o diners de los alrededores antes de acceder a la sala, así que algunos cines pensaron en incluir ese servicio directamente. Empezaron vendiendo caramelos y botellas de Coca-Cola. El éxito fue espectacular.

En aquellos años también se daba la circunstancia de que las palomitas de maíz empezaban a ponerse de moda. Sus ventajas financieras eran enormes, pues no solo eran muy fáciles de almacenar y producir, sino que su rentabilidad era extraordinaria: el 90% de los ingresos eran puro margen.

Fueron primero los drive in los que empezaron a comprar maíz al por mayor directamente a las industrias agroalimentarias y, más tarde, se unieron al negocio los multicines. Estados Unidos, durante 1934 y 1940, multiplicaba por veinte la producción de maíz, convirtiéndose en el primer productor mundial. El maíz se volvió entonces mucho más barato y aún se puso más de moda, sin contar que estaba promocionado por el Ministerio de Agricultura.

Se incorporaba maíz a cada vez más productos (yogures, galletas, corn flakes, pan para los perritos calientes…), y el lobby del maíz se fortaleció hasta límites insospechados. Finalmente, allá por la década de 1950, los cines se convirtieron también en el método ideal para dar salida fácil al excedente de este cereal.

Las campañas de promoción de consumo de la palomitas se incrementaron, también aumentó el número de mostradores donde se vendían, así como el tamaño de las porciones en las que se servían. El particular aroma a palomitas recién hechas empezó a vincularse para siempre a las salas de cine.

El precio también creció hasta límites que no permitiríamos en cualquier otro comercio, gracias a la lógica de la fijación de precios subyacente al poder de la escasez, tal y como explica Tim Harford en El economista camuflado: «En muchas ciudades solo hay un único cine, e incluso en ciudades con más de un cine, a menudo solo uno de ellos pasa la película que quieres ver. Esto le otorga al cine un gran poder de la escasez y si el gerente es inteligente, lo aprovechará al máximo».

Cineplex Odeon Corporation, que adquirió la marca de palomitas Kernels Popcorn Limited, puede vender palomitas en sus cines con un margen de beneficios incluso mayor.

Hemos de entender que en los cines estadounidenses es habitual que la gente abandone la sala, ya empezada la película, para comprar más bebida o más palomitas. Así que el consumo de palomitas, con sus enormes márgenes de beneficio, se convirtió en una fuente de ingresos espectacular, lo que finalmente engrosó las cuentas de los exhibidores y, por contagio, la de la propia industria cinematográfica.

Según algunos exhibidores, como el AMC Mall of America 14, cada espectador se gasta una media de 2 dólares en palomitas. El 90% de los ingresos se producen antes de que empiece la película; el 10% restante, durante la proyección.

Con el transcurrir de los años, muchos exhibidores han advertido que no pueden rentabilizar su negocio sin la venta de palomitas. Por eso, en ocasiones, el diseño del propio cine se realiza de tal modo que resulte propicio para la venta de palomitas y otros productos.

Alrededor de este epicentro se construye el diseño del resto del establecimiento. Pareciera que la gente viene a comer al cine, y la película es básicamente un complemento, como la orquesta que a veces toca en directo en algunos restaurantes.

LA TIRANÍA DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA

Cuando los padres llevaron a sus hijos a ver la película Indiana Jones y el templo maldito (1984), quedaron horrorizados ante algunas escenas. La película no estaba calificada como G (apta para todo el público), sino como PG (apta bajo supervisión paterna), pero en ella aparecían cosas que no eran para niños bajo ninguna circunstancia.

Poco después se estrenaría Gremlins (1984), aparentemente protagonizada por adorables muñecos, y las reacciones paternofiliales histéricas se repitieron: la cinta exponía a sus hijos a una película de terror con algunas escenas ciertamente escabrosas (nadie olvida el monólogo de Phoebe Cates y su padre disfrazado de Santa Claus). Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Los padres más concernidos con la educación de sus hijos (quizá demasiado, porque la literatura científica es escéptica ante el hecho de que la ficción pueda influir en la conducta de los niños) empezaron a exigir que esas películas fueran R, es decir, para mayores de diecisiete años, y no PG. Pero si las películas eran R, la recaudación caería en picado, porque muchas salas no podrían permitir el acceso a los niños y jóvenes. Se estaba labrando otra nueva crisis.

Steven Spielberg, que estaba detrás de la producción de aquellas dos películas malditas, se reunió con Jack Valenti, presidente de la Motion Picture Association of America (MPAA), para resolver aquel desaguisado. Debían instaurar una nueva calificación moral para las películas que no excluyera a un segmento tan enorme de público de las salas.

En caso contrario, las películas más caras siempre deberían ser infantiles so pena de que no resultaran suficientemente rentables. Y así lo hicieron. Nacería entonces el PG-13 (apta para mayores de trece años).

La nueva calificación no respondía a criterios científicos, sino al capricho de dos millonarios de Hollywood, pero fue suficiente para acallar las protestas de los padres. Los blockbusters podían seguir existiendo. Ya no era necesario que fueran únicamente infantiles. El problema es que tampoco podían ser demasiado adultas. Eso permitió la supervivencia del cine más caro y espectacular, pero también a costa de que fuera una papilla digerible para toda la familia.

Actualmente, las películas más taquilleras de la historia son PG-13. El tributo que había que pagar por el exceso de CGI era una historia donde no hubiera demasiada sangre, ni sexo, ni palabrotas. Las grandes producciones deben superar el cedazo del comité censor y, por añadidura, someterse a los test screenings, donde un grupo pequeño de personas escogidas aleatoriamente decide lo que veremos todos.

Rodar una película de gran presupuesto bajo la calificación R es un riesgo que muy pocos pueden asumir. Fue así cómo directores como James Cameron pasaron de rodar cosas como Terminator a hacer otras como Avatar; o cómo los hermanos (ahora hermanas) Wachowski pasaron de Matrix a Speed Racer: para evitar riesgos financieros innecesarios.

MARAVILLOSO ENGRANAJE INEXTRICABLE

Realmente, muy pocas personas son las que conocen en profundidad el intrincadísimo juego de contrapesos que es el negocio de la industria del cine y todas sus derivadas. Hay tantos nodos y variables que incluso esas pocas personas raramente son capaces de entenderlo todo y saben cómo obrar para obtener determinados efectos. El cine es un sistema complejo con todas sus palabras.

Por ello, además de todos los parches anteriormente mencionados, que han ido permitiendo que el negocio continuara adelante cuando muy pocas veces ha sido rentable en sí mismo, se suman otras estrategias que tienen en ocasiones más de ritual que de explicación científica.

Por ejemplo, escoger meticulosamente el día idóneo para estrenar una película mainstream. En Estados Unidos, hay dos periodos cruciales para hacerlo: el verano (entre el Memorial Day, es decir, último lunes de mayo, y el Labor Day, el primer lunes de septiembre) y las fiestas de fin de año (Acción de Gracias y Navidad). A esto hay que añadir también las vacaciones escolares, tal y como explica Frédéric Martel en su libro Cultura Mainstream:

Varían muchas veces de un estado a otro y de una escuela a otra. En esos periodos se estrena la mayor parte de los blockbusters, como Harry Potter, Shrek, Piratas del Caribe o Avatar (…), pero hoy en día las fechas de estreno de las películas ya no son solo nacionales, y aquí es donde las cosas se complican.

Es decir, que cada país tiene sus propios calendarios ideales. O eso es, al menos, lo que sugieren los estudios prospectivos que tratan de resolver el rompecabezas internacional. A todo ello se suman los partidos del Mundial de fútbol, el clima, y otras tantas variables que pueden hacer que una inversión millonaria se convierta en una ruina para el estudio simplemente por no haber acertado el día del estreno.

Sin contar las regulaciones de cada país: por ejemplo, en China, un mercado muy goloso para Hollywood, hay que preparar cintas que no hieran la sensibilidad del Gobierno, y además evitar estrenar en algunas fechas indicadas para Asia, porque China no quiere que las películas estadounidenses dominen el box office.

Por si fuera poco, todas estas fechas pueden variar con nuevas modas o tendencias. Por ejemplo, hasta el estreno de Tiburón (1975), los estudios no consideraban que el verano fuera una época para estrenar cintas de gran presupuesto. La gente, en verano, no iba al cine. Pero Tiburón, y dos años más tarde Star Wars (1977), cambiaron esa pauta para siempre.

Naturalmente, si más de un blockbuster se estrena el mismo día, pueden competir entre sí a la baja: ambos pueden fracasar en taquilla porque no hay suficiente masa crítica de público para los dos. Por esa razón, la Motion Picture Association (MPA) ha desarrollado un sistema de anticompetencia destinado, en secreto, a permitir que los seis principales estudios se pongan de acuerdo sobre las fechas del estreno nacional e internacional de las películas más caras.

Es decir, que a veces hay reuniones entre estudios competidores, al estilo de las reuniones de conciliación matrimonial, para acordar cuándo debe estrenarse cada cinta. Los estudios niegan que estas reuniones tengan lugar, pero mucha gente de la industria las da por evidentes.

Debido al cine en streaming, el COVID-19 y la mayor oferta de entretenimiento (YouTube, TikTok, videojuegos online, gafas de realidad virtual, el futuro metaverso…), el séptimo arte se enfrenta de nuevo a otra gran crisis. Quizá la definitiva.

Las salas de exhibición cada vez son más pequeñas y se encuentran, casi en exclusiva, en centros comerciales. Venden cada vez más comida y servicios. Incluso las salas se pueden alquilar para ofrecer pases privados a un módico precio. La cuestión es que continúan ahí, en pie, como siguieron tras la aparición del prometido cine en casa, primero con las cintas BETA y VHS, y más tarde con los DVD y Blu-Ray.

Cada vez hay menos incentivos para ir al cine. Cada vez hay más formas de que paguemos por otras cosas que no son el cine en sí mismo. Tal vez, dentro de unos años, pensaremos que el cine fue un espejismo, rutilante y maravilloso, conspicuo e hiperbólico, protagonizado por megaestrellas millonarias capaces de eclipsar a monarcas, presidentes  y hasta Tiktokers. Tal vez.

Aunque nuestra idea del séptimo arte, en tiempos pretéritos, está íntimamente asociada al oropel, al glamour y a la asistencia a las salas de exhibición con el mismo ánimo que el devoto comparece a la iglesia, el cine, el negocio del cine, pocas veces ha sido boyante.

De hecho, se ha tenido que sostener progresivamente sobre media docena de patas protésicas para continuar en pie. El cine, de hecho, no ha dejado de existir por razones que exceden al mismo cine.

De tal forma, sí, podemos afirmar que ahora mismo el séptimo arte está en crisis. Pero lo raro en la historia es que el cine no esté sufriendo una.

354 PALABRAS

Ya los inicios del cine fueron de todo punto derrotistas. Uno de sus creadores, Louis Lumière, sostuvo: «Mi invento podrá ser disfrutado como curiosidad científica […]. Pero comercialmente no tiene el más mínimo interés».

Con todo, transcurridos algunos años, aquel invento sí que empezó a captar el interés del público, sobre todo gracias a las cintas de Alice Guy, que rodó la primera película de la historia en el sentido moderno del término.

En sus inicios comerciales tampoco gozaba el cine del prestigio actual, como explica Gonzalo Ugidos en Chiripas de la historia: los primeros magnates del cine norteamericano fueron parias inmigrantes, en su mayoría judíos, como Jesse Lasky (un buscador de oro en Alaska), Adolph Zukor (un peletero húngaro), Carl Laemmle (un judío alemán), William Fox (judío húngaro y buscavidas) o Marcus Loew (vendedor de periódicos): «Casi todos ellos entraron en el negocio en la primera década del siglo XX, cuando el cine era un espectáculo de barraca de feria».

Cuando la sorpresa de ver en imágenes en movimiento fue devaluándose, se unieron orquestas que añadían sonidos a la exhibición. Sin embargo, acabó por no ser suficiente. ¿Qué tal sincronizar sonidos e imágenes para hacer creer al público que los personajes hablaban?

Si bien en algunas cintas existía el sonido grabado, había varios escollos técnicos que imposibilitaba la sincronización de sonidos e imágenes. Además, a nivel comercial, de nuevo, hubo varios prohombres de la época que se mostraron escépticos, como el inventor Thomas Edison: «Creo que el cine sonoro jamás tendrá éxito. Los espectadores nunca se mostrarán entusiasmados por el hecho de que se incorporen voces». Harry Warner, de la Warner Bros., también declaró en 1927: «¡Quién demonios quiere escuchar a unos actores que hablan!».

El escollo técnico fue subsanado Lee De Forest, que, buscando impulsar más eficientemente las señales de teléfono, acabó por diseñar una válvula llamada audión. Gracias a ello, se le ocurrió hacer algo que nadie había hecho antes: grabar el sonido directamente sobre la cinta de la película. Warner Bros, finalmente, abrió un poco las miras al nuevo invento y usó la válvula para originar un sonido fuerte y claro que pudiera escucharse por encima de los auditorios ruidosos de la época.

Sin ponernos demasiado quisquillosos, se acepta que la primera película hablada que se proyectó fue El cantante de jazz (1927). En ella se pronunciaron un total de 354 palabras. La mayoría de ellas fueron dichas por el protagonista de la cinta, al que además hoy podríamos acusar de  blackface (intérprete blanco con la cara pintada de negro).

El cine sonoro era carísimo, y solo dos salas estaban preparadas técnicamente en todo el mundo para exhibir El cantante de jazz, pero Warner Bros aceptó el riesgo como el pionero que se arriesgó a proyectar la primera película en 3D (que, por cierto, fue The Power of Love, que se proyectó en el Ambassador Hotel Theatre de Los Ángeles en 1922, unos años antes que el propio El cantante de jazz).

Afortunadamente para Warner, el cine sonoro no fue solo una moda pasajera, y cada vez se habilitaron más y más salas para proyectar esta clase de películas, que mandaron al paro a las orquestas que acompañaban las proyecciones. Y, por extensión, a muchos actores.

Porque, tal y como explica Bill Bryson en 1927: Un verano que cambió el mundo, más de la mitad de los papeles protagonistas de Hollywood eran representados por intérpretes de origen extranjero, y muy pocos supieron adaptarse al hecho de que el público pudiera oír su deficiente pronunciación en inglés.

FORTUNA Y GLORIA

El metal de Britania es un tipo específico de aleación de peltre. Su composición típica es aproximadamente 92% de estaño, 6% de antimonio y 2% de cobre. Una de las aplicaciones más conocidas de esta aleación es la fabricación de las estatuillas galvanizadas con oro para los premios Óscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, acaso otro empuje necesario para otorgarle al cine mayor prestigio y fuste y, con ello, mayores dividendos.

Gracias a aquellos premios, pues, los actores se convirtieron, más que nunca, en verdaderas estrellas.

Fundada en 1927 por el emigrante judío Louis B Mayer, director de los estudios MGM, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas fue concebida como una organización para promover la industria cinematográfica. En realidad, su intención no era aumentar el poder de las estrellas, sino disminuir la capacidad de todos los trabajadores del cine para organizarse en sindicatos que pudieran reclamar mayores sueldos o mejoras en la contratación. En las propias palabras de Mayer, citadas en Hyperallergic:

Descubrí que la mejor manera de manejar [a los cineastas] era   colgar medallas sobre ellos. Si les conseguía tazas y premios, se mataban a sí mismos para producir lo que yo quería. Es por eso que se creó el Premio de la Academia.

Irónicamente, otorgar mayor prestigio a los actores iba a debilitar su vara de mando draconiana con la que gobernaba el star-system y explotaba a las estrellas de cine por bajos precios (según Budd Schulberg en Memorias de un príncipe de Hollywood, Mayer era considerado por muchos por «el Himmler judío de Hollywood»).

Hinchar el ego de los actores hizo que muchos de ellos, como como Marilyn Monroe o Katharine Hepburn, reclamaran lo que era suyo: una porción mayor del pastel. Con todo, muchas personalidades acudieron al entierro del magnate, como comenta sarcásticamente su colega y cofundador de la MGM Sam Goldwyn: «La única razón por la que tantas personas se presentaron en su funeral era porque querían asegurarse de que está muerto».

La primera ceremonia de premios tuvo lugar el 16 de mayo de 1929, en una cena privada en el Hotel Hollywood Roosevelt con una audiencia de unas 270 personas. La ceremonia duró sólo quince minutos. El primer Premio a la Mejor Película fue para Wings, una cinta muda que contaba la historia de dos pilotos enamorados de la misma mujer. La producción de la película costó dos millones de dólares, lo que la convierte en la película más cara de su época.

EL LOBBY DEL MAÍZ

La venta de palomitas en el cine no fue un capricho, sino uno de tantos efectos secundarios de la Gran Depresión de 1929. En un contexto de bancarrota nacional, los dueños de los cines, independientes en su gran mayoría, estaban buscando nuevos incentivos para que la afluencia de público se recuperara.

Muchos espectadores solían adquirir chucherías o algo de comida en los pequeños delis o diners de los alrededores antes de acceder a la sala, así que algunos cines pensaron en incluir ese servicio directamente. Empezaron vendiendo caramelos y botellas de Coca-Cola. El éxito fue espectacular.

En aquellos años también se daba la circunstancia de que las palomitas de maíz empezaban a ponerse de moda. Sus ventajas financieras eran enormes, pues no solo eran muy fáciles de almacenar y producir, sino que su rentabilidad era extraordinaria: el 90% de los ingresos eran puro margen.

Fueron primero los drive in los que empezaron a comprar maíz al por mayor directamente a las industrias agroalimentarias y, más tarde, se unieron al negocio los multicines. Estados Unidos, durante 1934 y 1940, multiplicaba por veinte la producción de maíz, convirtiéndose en el primer productor mundial. El maíz se volvió entonces mucho más barato y aún se puso más de moda, sin contar que estaba promocionado por el Ministerio de Agricultura.

Se incorporaba maíz a cada vez más productos (yogures, galletas, corn flakes, pan para los perritos calientes…), y el lobby del maíz se fortaleció hasta límites insospechados. Finalmente, allá por la década de 1950, los cines se convirtieron también en el método ideal para dar salida fácil al excedente de este cereal.

Las campañas de promoción de consumo de la palomitas se incrementaron, también aumentó el número de mostradores donde se vendían, así como el tamaño de las porciones en las que se servían. El particular aroma a palomitas recién hechas empezó a vincularse para siempre a las salas de cine.

El precio también creció hasta límites que no permitiríamos en cualquier otro comercio, gracias a la lógica de la fijación de precios subyacente al poder de la escasez, tal y como explica Tim Harford en El economista camuflado: «En muchas ciudades solo hay un único cine, e incluso en ciudades con más de un cine, a menudo solo uno de ellos pasa la película que quieres ver. Esto le otorga al cine un gran poder de la escasez y si el gerente es inteligente, lo aprovechará al máximo».

Cineplex Odeon Corporation, que adquirió la marca de palomitas Kernels Popcorn Limited, puede vender palomitas en sus cines con un margen de beneficios incluso mayor.

Hemos de entender que en los cines estadounidenses es habitual que la gente abandone la sala, ya empezada la película, para comprar más bebida o más palomitas. Así que el consumo de palomitas, con sus enormes márgenes de beneficio, se convirtió en una fuente de ingresos espectacular, lo que finalmente engrosó las cuentas de los exhibidores y, por contagio, la de la propia industria cinematográfica.

Según algunos exhibidores, como el AMC Mall of America 14, cada espectador se gasta una media de 2 dólares en palomitas. El 90% de los ingresos se producen antes de que empiece la película; el 10% restante, durante la proyección.

Con el transcurrir de los años, muchos exhibidores han advertido que no pueden rentabilizar su negocio sin la venta de palomitas. Por eso, en ocasiones, el diseño del propio cine se realiza de tal modo que resulte propicio para la venta de palomitas y otros productos.

Alrededor de este epicentro se construye el diseño del resto del establecimiento. Pareciera que la gente viene a comer al cine, y la película es básicamente un complemento, como la orquesta que a veces toca en directo en algunos restaurantes.

LA TIRANÍA DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA

Cuando los padres llevaron a sus hijos a ver la película Indiana Jones y el templo maldito (1984), quedaron horrorizados ante algunas escenas. La película no estaba calificada como G (apta para todo el público), sino como PG (apta bajo supervisión paterna), pero en ella aparecían cosas que no eran para niños bajo ninguna circunstancia.

Poco después se estrenaría Gremlins (1984), aparentemente protagonizada por adorables muñecos, y las reacciones paternofiliales histéricas se repitieron: la cinta exponía a sus hijos a una película de terror con algunas escenas ciertamente escabrosas (nadie olvida el monólogo de Phoebe Cates y su padre disfrazado de Santa Claus). Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Los padres más concernidos con la educación de sus hijos (quizá demasiado, porque la literatura científica es escéptica ante el hecho de que la ficción pueda influir en la conducta de los niños) empezaron a exigir que esas películas fueran R, es decir, para mayores de diecisiete años, y no PG. Pero si las películas eran R, la recaudación caería en picado, porque muchas salas no podrían permitir el acceso a los niños y jóvenes. Se estaba labrando otra nueva crisis.

Steven Spielberg, que estaba detrás de la producción de aquellas dos películas malditas, se reunió con Jack Valenti, presidente de la Motion Picture Association of America (MPAA), para resolver aquel desaguisado. Debían instaurar una nueva calificación moral para las películas que no excluyera a un segmento tan enorme de público de las salas.

En caso contrario, las películas más caras siempre deberían ser infantiles so pena de que no resultaran suficientemente rentables. Y así lo hicieron. Nacería entonces el PG-13 (apta para mayores de trece años).

La nueva calificación no respondía a criterios científicos, sino al capricho de dos millonarios de Hollywood, pero fue suficiente para acallar las protestas de los padres. Los blockbusters podían seguir existiendo. Ya no era necesario que fueran únicamente infantiles. El problema es que tampoco podían ser demasiado adultas. Eso permitió la supervivencia del cine más caro y espectacular, pero también a costa de que fuera una papilla digerible para toda la familia.

Actualmente, las películas más taquilleras de la historia son PG-13. El tributo que había que pagar por el exceso de CGI era una historia donde no hubiera demasiada sangre, ni sexo, ni palabrotas. Las grandes producciones deben superar el cedazo del comité censor y, por añadidura, someterse a los test screenings, donde un grupo pequeño de personas escogidas aleatoriamente decide lo que veremos todos.

Rodar una película de gran presupuesto bajo la calificación R es un riesgo que muy pocos pueden asumir. Fue así cómo directores como James Cameron pasaron de rodar cosas como Terminator a hacer otras como Avatar; o cómo los hermanos (ahora hermanas) Wachowski pasaron de Matrix a Speed Racer: para evitar riesgos financieros innecesarios.

MARAVILLOSO ENGRANAJE INEXTRICABLE

Realmente, muy pocas personas son las que conocen en profundidad el intrincadísimo juego de contrapesos que es el negocio de la industria del cine y todas sus derivadas. Hay tantos nodos y variables que incluso esas pocas personas raramente son capaces de entenderlo todo y saben cómo obrar para obtener determinados efectos. El cine es un sistema complejo con todas sus palabras.

Por ello, además de todos los parches anteriormente mencionados, que han ido permitiendo que el negocio continuara adelante cuando muy pocas veces ha sido rentable en sí mismo, se suman otras estrategias que tienen en ocasiones más de ritual que de explicación científica.

Por ejemplo, escoger meticulosamente el día idóneo para estrenar una película mainstream. En Estados Unidos, hay dos periodos cruciales para hacerlo: el verano (entre el Memorial Day, es decir, último lunes de mayo, y el Labor Day, el primer lunes de septiembre) y las fiestas de fin de año (Acción de Gracias y Navidad). A esto hay que añadir también las vacaciones escolares, tal y como explica Frédéric Martel en su libro Cultura Mainstream:

Varían muchas veces de un estado a otro y de una escuela a otra. En esos periodos se estrena la mayor parte de los blockbusters, como Harry Potter, Shrek, Piratas del Caribe o Avatar (…), pero hoy en día las fechas de estreno de las películas ya no son solo nacionales, y aquí es donde las cosas se complican.

Es decir, que cada país tiene sus propios calendarios ideales. O eso es, al menos, lo que sugieren los estudios prospectivos que tratan de resolver el rompecabezas internacional. A todo ello se suman los partidos del Mundial de fútbol, el clima, y otras tantas variables que pueden hacer que una inversión millonaria se convierta en una ruina para el estudio simplemente por no haber acertado el día del estreno.

Sin contar las regulaciones de cada país: por ejemplo, en China, un mercado muy goloso para Hollywood, hay que preparar cintas que no hieran la sensibilidad del Gobierno, y además evitar estrenar en algunas fechas indicadas para Asia, porque China no quiere que las películas estadounidenses dominen el box office.

Por si fuera poco, todas estas fechas pueden variar con nuevas modas o tendencias. Por ejemplo, hasta el estreno de Tiburón (1975), los estudios no consideraban que el verano fuera una época para estrenar cintas de gran presupuesto. La gente, en verano, no iba al cine. Pero Tiburón, y dos años más tarde Star Wars (1977), cambiaron esa pauta para siempre.

Naturalmente, si más de un blockbuster se estrena el mismo día, pueden competir entre sí a la baja: ambos pueden fracasar en taquilla porque no hay suficiente masa crítica de público para los dos. Por esa razón, la Motion Picture Association (MPA) ha desarrollado un sistema de anticompetencia destinado, en secreto, a permitir que los seis principales estudios se pongan de acuerdo sobre las fechas del estreno nacional e internacional de las películas más caras.

Es decir, que a veces hay reuniones entre estudios competidores, al estilo de las reuniones de conciliación matrimonial, para acordar cuándo debe estrenarse cada cinta. Los estudios niegan que estas reuniones tengan lugar, pero mucha gente de la industria las da por evidentes.

Debido al cine en streaming, el COVID-19 y la mayor oferta de entretenimiento (YouTube, TikTok, videojuegos online, gafas de realidad virtual, el futuro metaverso…), el séptimo arte se enfrenta de nuevo a otra gran crisis. Quizá la definitiva.

Las salas de exhibición cada vez son más pequeñas y se encuentran, casi en exclusiva, en centros comerciales. Venden cada vez más comida y servicios. Incluso las salas se pueden alquilar para ofrecer pases privados a un módico precio. La cuestión es que continúan ahí, en pie, como siguieron tras la aparición del prometido cine en casa, primero con las cintas BETA y VHS, y más tarde con los DVD y Blu-Ray.

Cada vez hay menos incentivos para ir al cine. Cada vez hay más formas de que paguemos por otras cosas que no son el cine en sí mismo. Tal vez, dentro de unos años, pensaremos que el cine fue un espejismo, rutilante y maravilloso, conspicuo e hiperbólico, protagonizado por megaestrellas millonarias capaces de eclipsar a monarcas, presidentes  y hasta Tiktokers. Tal vez.

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