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23 de enero 2014    /   BUSINESS
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El control cerebral abraza el código libre

23 de enero 2014    /   BUSINESS     por          
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La mayoría de los proyectos de micromecenazgo, por mucho que los promotores lo quieran esconder, tiene algo de autofelatorio. «Publícame un libro, un videojuego, ayúdame a hacer mi película, mi disco, mi línea de ropa, mi revista, a realizar mi sueño». Por eso cuando un proyecto como el Open Brain-Computer Interface, que busca liberar por un muy módico precio una tecnología que ahora solo está disponible para acaudalados investigadores, logró ayer el doble del dinero que pedía, da esperanzas de que este modelo de financiación pueda usarse también para la ciencia.

Un total de 215.000 dólares, sobre una petición de 100.000, permitirán a los investigadores y activistas del código abierto Joel Murphy y Conor Russomanno comenzar a producir a partir de abril un lector de ondas cerebrales que valdrá unos 300 dólares, sobre 220 euros. Este precio, comparable al de los aparatos de bajo coste que hay ahora en el mercado, incluye dos grandes diferencias. Mientras que esos sistemas capan el hardware y el código, Open BCI te da acceso a todo el proceso para que puedas trastear con él. Además, según sus autores, tiene una calidad comparable a los caros equipos médicos y de investigación que pueden llegar a valer entre 3.000 y 25.000 dólares.

«Mira, este es el responsable de lo que estamos haciendo», dice Murphy, ingeniero de 45 años, mientras enseña un chip de Texas Instruments ADS1299, cuadrado y del tamaño de la palma de su mano, a través de la webcam, «las señales [cerebrales] son tan increíblemente pequeñas, del orden de microvoltios, que la mayor dificultad es el ruido que hay alrededor, pero gracias a este microchip, que soluciona la mitad del problema, y el diseño del interfaz, logramos ver estas pequeñas señales».

El Open BCI se levanta sobre una investigación financiada por el Gobierno estadounidense dentro del programa BRAIN, un ambicioso proyecto que aspira a dibujar un mapa del cerebro combinando los esfuerzos de cientos de investigadores. Para ellos ha puesto sobre la mesa 100 millones de dólares y a Murphy, conocido entre la comunidad científica por un pulsómetro open source que desarrolló en 2011 también a través de micromecenazgo, le invitaron a trabajar en un equipo que se proponía diseñar un electroencefalógrafo de alta calidad y de código abierto.

Se acordó entonces de Russomanno, al que había dado clases de Physical Computing en la neoyorquina Parsons School y del que conocía su pasión por este campo, y le dijo que se uniera. Cuando el dinero del «doctor Grant» [subvención en inglés] , como Murphy lo llama cariñosamente, se acabó, decidieron ir un paso más allá y convertirlo en el Open BCI. «La verdad», confiesa, «hubiera sido bastante difícil hacerlo todo por mi cuenta».

d8a4264044e203f5e546ba7be83114f3_large«La tecnología actual es ecléctica», acusa Murphy, «no sabes lo que está pasando dentro de ellos y esa fue una de las primeras razones que nos impulsó a tratar de hacerla pública». «Hay un mercado ahí fuera para los lectores cerebrales, como demuestran todos los aparatos que están saliendo».

Lo cierto es que el campo de los aparatos controlados por ondas cerebrales está en plena expansión. Hay proyectos como el programa No More Woof (No más ladridos), que aplica esta tecnología para lograr que los ladridos y las señales eléctricas de los cerebros de los cánidos sean capaces de revelar las pretensiones de estos animales y hacerlas sonar en palabras; o proyectos increíblemente ambiciosos, como BrainCore Therapy, que pretende usar lectores de ondas cerebrales y videojeugos terapéuticos para ser un alternativa a la medicación en los pacientes con enfermedades mentales como el asperger, los ataques de pánico o el síndrome de déficit de atención; y otros tan espeluznantes como el de los doctores de la universidad de Washington Rajesh Rao y Andrea Stocco, que han creado un aparato no invasivo que permitió al primero mover los dedos del segundo sobre un teclado. «Pero», como dice Murphy, «todos son oscuros, cerrados, ‘closed source’».

El trabajo de Murphy y Russomanno se completa con la construcción de una comunidad en torno al Open BCI y un repositorio de datos, algoritmos e ideas sobre el funcionamiento del cerebro. Que alguien que este investigando sobre la aplicación del BCI a la mercadotécnia pueda beneficiar a a quien esté tratando de crear una mano mecánica con los cinco dedos controlados de manera independiente por impulsos cerebrales. Una ciencia cerebral en crowdsourcing.

La mayoría de los proyectos de micromecenazgo, por mucho que los promotores lo quieran esconder, tiene algo de autofelatorio. «Publícame un libro, un videojuego, ayúdame a hacer mi película, mi disco, mi línea de ropa, mi revista, a realizar mi sueño». Por eso cuando un proyecto como el Open Brain-Computer Interface, que busca liberar por un muy módico precio una tecnología que ahora solo está disponible para acaudalados investigadores, logró ayer el doble del dinero que pedía, da esperanzas de que este modelo de financiación pueda usarse también para la ciencia.

Un total de 215.000 dólares, sobre una petición de 100.000, permitirán a los investigadores y activistas del código abierto Joel Murphy y Conor Russomanno comenzar a producir a partir de abril un lector de ondas cerebrales que valdrá unos 300 dólares, sobre 220 euros. Este precio, comparable al de los aparatos de bajo coste que hay ahora en el mercado, incluye dos grandes diferencias. Mientras que esos sistemas capan el hardware y el código, Open BCI te da acceso a todo el proceso para que puedas trastear con él. Además, según sus autores, tiene una calidad comparable a los caros equipos médicos y de investigación que pueden llegar a valer entre 3.000 y 25.000 dólares.

«Mira, este es el responsable de lo que estamos haciendo», dice Murphy, ingeniero de 45 años, mientras enseña un chip de Texas Instruments ADS1299, cuadrado y del tamaño de la palma de su mano, a través de la webcam, «las señales [cerebrales] son tan increíblemente pequeñas, del orden de microvoltios, que la mayor dificultad es el ruido que hay alrededor, pero gracias a este microchip, que soluciona la mitad del problema, y el diseño del interfaz, logramos ver estas pequeñas señales».

El Open BCI se levanta sobre una investigación financiada por el Gobierno estadounidense dentro del programa BRAIN, un ambicioso proyecto que aspira a dibujar un mapa del cerebro combinando los esfuerzos de cientos de investigadores. Para ellos ha puesto sobre la mesa 100 millones de dólares y a Murphy, conocido entre la comunidad científica por un pulsómetro open source que desarrolló en 2011 también a través de micromecenazgo, le invitaron a trabajar en un equipo que se proponía diseñar un electroencefalógrafo de alta calidad y de código abierto.

Se acordó entonces de Russomanno, al que había dado clases de Physical Computing en la neoyorquina Parsons School y del que conocía su pasión por este campo, y le dijo que se uniera. Cuando el dinero del «doctor Grant» [subvención en inglés] , como Murphy lo llama cariñosamente, se acabó, decidieron ir un paso más allá y convertirlo en el Open BCI. «La verdad», confiesa, «hubiera sido bastante difícil hacerlo todo por mi cuenta».

d8a4264044e203f5e546ba7be83114f3_large«La tecnología actual es ecléctica», acusa Murphy, «no sabes lo que está pasando dentro de ellos y esa fue una de las primeras razones que nos impulsó a tratar de hacerla pública». «Hay un mercado ahí fuera para los lectores cerebrales, como demuestran todos los aparatos que están saliendo».

Lo cierto es que el campo de los aparatos controlados por ondas cerebrales está en plena expansión. Hay proyectos como el programa No More Woof (No más ladridos), que aplica esta tecnología para lograr que los ladridos y las señales eléctricas de los cerebros de los cánidos sean capaces de revelar las pretensiones de estos animales y hacerlas sonar en palabras; o proyectos increíblemente ambiciosos, como BrainCore Therapy, que pretende usar lectores de ondas cerebrales y videojeugos terapéuticos para ser un alternativa a la medicación en los pacientes con enfermedades mentales como el asperger, los ataques de pánico o el síndrome de déficit de atención; y otros tan espeluznantes como el de los doctores de la universidad de Washington Rajesh Rao y Andrea Stocco, que han creado un aparato no invasivo que permitió al primero mover los dedos del segundo sobre un teclado. «Pero», como dice Murphy, «todos son oscuros, cerrados, ‘closed source’».

El trabajo de Murphy y Russomanno se completa con la construcción de una comunidad en torno al Open BCI y un repositorio de datos, algoritmos e ideas sobre el funcionamiento del cerebro. Que alguien que este investigando sobre la aplicación del BCI a la mercadotécnia pueda beneficiar a a quien esté tratando de crear una mano mecánica con los cinco dedos controlados de manera independiente por impulsos cerebrales. Una ciencia cerebral en crowdsourcing.

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Opiniones 7
  • Hacer cacharros que leen e interpretan las ondas cerebrales en un mundo poblado mayoritariamene por encefalogramas planos no deja de tener su poesía. El primero que saque un aparato de estos para que sustituya el mando de la tele se forra.

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