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23 de febrero 2015    /   IDEAS
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El derecho a la depresión

23 de febrero 2015    /   IDEAS     por          
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“Mientras tanto no paraba de hablarnos diciéndonos que los que había pasado en Pencey habían sido los días más felices de su vida y dándonos un montón de consejos para el futuro y todo eso. Jo, cómo me deprimió. No es que fuera mal tío, no lo era. Pero no hace falta ser un mal tío para deprimir a alguien, puedes ser un buen tío y deprimirle. Todo lo que tienes que hacer para deprimir a alguien es darle un montón de consejos falsísimos mientras buscas tus iniciales en la puerta de un váter, eso es todo lo que tienes que hacer.” 

“El guardián entre el centeno” – J.D. Salinger

 
Pocas cosas en la vida me resultan tan curiosas como que existan palabras con una carga emocional intrínseca que sean capaces de provocar, de forma inmediata, sensaciones en el que escucha.
Depresión es una de esas palabras. Un término fuerte, feo, demoledor. Oyes depresión y te imaginas automáticamente un montón de apisonadoras pasando por encima de la existencia de alguna persona entre ríos de Nutella y lágrimas. Depresión, una palabra que nadie querría tener que usar para hablar de sí mismo. Un estigma, un tabú. Una palabra con potencial de ser prohibida por futuros Gobiernos controladores del lenguaje.
Cada vez que oigo la palabra depresión, no puedo evitar que me asalte un pensamiento: quizá su carga negativa, su malévola connotación, no sea más que un constructo que hemos alimentado a lo largo del tiempo. En la era de la búsqueda constante de la felicidad, la gente, lejos de ver la depresión o la tristeza como necesarias antagonistas de dicha felicidad, ha decidido que es mejor estigmatizarla, ponerlas al fondo del cajón y esperar no tener que sacarlas nunca.
Lo que quizá ignoramos es que, entre el aluvión de frases positivas y carteles motivacionales –que nos aleccionan en la búsqueda de la satisfacción y el ejercicio de la felicidad-, nos estamos olvidando de reservarle un pequeño espacio en nuestra vida a lo triste, a lo deprimente, a aquello que nos desanima. Y no, no hace falta ser un pesimista o un depresivo –fulminante calificación para una persona, tacharle de depresivo- para darse cuenta de la importancia de prestar atención –o incluso disfrutar- a esos elementos negativos que nos cruzamos en nuestro día a día.
No se trata de ahogarse en la depresión todos los días, se trata de prestar atención a las cosas y no quitar la vista de aquellas que nos parecen tristes. Concedernos el lujo de poder fruncir el ceño o arquear la boca a diario cuando observamos algo que afecta negativamente a nuestro ánimo. Consumir los elementos depresivos como si fueran snacks para evitar, en cierta medida, que una acumulación de éstos derive en una auténtica depresión. De esas que de verdad asustan.
Hay miles de cosas que me resultan deprimentes. Me deprimen los limpiabotas de Gran Vía, toda una vida poniendo la cara a la altura de los pies de señoritos desconocidos y con más que probable falta de educación. Me deprimen los ancianos que respiran muy fuerte, como si esperaran que ese aliento fuera el último. Los hombres-anuncio del Compro Oro, los acordeones en el metro, las parejas que pasean en silencio. Me deprimen los chinos que venden Mahou Clásica, las tiendas de camisas antiguas que están siempre vacías y los e-books
Me deprime la gente que se pasa la vida probando dietas diferentes y los semáforos con botón y cajetín de Peatón pulse – Espere verde. Me entristecen los batidos Detox, las flautas Hohner de colegio y los tranchetes fundidos en los bocadillos. Los bigotes amarillos de los fumadores experimentados, la voz de Loquendo que anuncia la próxima parada de autobús. Me deprime el ruido de las vespino de los repartidores de Telepizza, las zapatillas de andar por casa con cuadros escoceses y las sesiones Light de las discotecas.
La gente que un día cambió el café por el Nescafé, las varitas de merluza rebozadas congeladas y los BMW Serie 1. Me deprimen las ensaladas con un montón de croutons, los musicales traídos de Broadway que se pasan cinco años en cartel y las servilletas de papel reciclado del Starbucks. Los paloselfis, los estantes con CDs en las gasolineras de Autopista, el queso de Burgos y la zona de trajes de Comunión en El Corte Inglés.
Me deprimen algunos estadios de Segunda, los días 1 de enero y las revistas de automoción. Los delantales que simulan ser vestidos de sevillanas, la gente que pide menta-poleo en los bares y el precinto de seguridad que le ponen a los paquetes de chicles en algunos Supermercados. Me deprimen las sudaderas con logos de Universidades y la posibilidad de rellenar tu bebida de forma ilimitada en algunos establecimientos. Me deprimen los tomates “pata negra”, los gastrobares y la cebolla caramelizada.
Me deprimen muchas más cosas, y encuentro nuevas cada día. Quizá, con el tiempo, he acabado por tomármelo como un deporte, como una forma de ocio. Como un método de diversión. Probablemente sea eso lo que más me guste: haberme dado cuenta de que, en realidad, los términos depresión y diversión ni son tan distintos, ni están tan alejados.

“Mientras tanto no paraba de hablarnos diciéndonos que los que había pasado en Pencey habían sido los días más felices de su vida y dándonos un montón de consejos para el futuro y todo eso. Jo, cómo me deprimió. No es que fuera mal tío, no lo era. Pero no hace falta ser un mal tío para deprimir a alguien, puedes ser un buen tío y deprimirle. Todo lo que tienes que hacer para deprimir a alguien es darle un montón de consejos falsísimos mientras buscas tus iniciales en la puerta de un váter, eso es todo lo que tienes que hacer.” 

“El guardián entre el centeno” – J.D. Salinger

 
Pocas cosas en la vida me resultan tan curiosas como que existan palabras con una carga emocional intrínseca que sean capaces de provocar, de forma inmediata, sensaciones en el que escucha.
Depresión es una de esas palabras. Un término fuerte, feo, demoledor. Oyes depresión y te imaginas automáticamente un montón de apisonadoras pasando por encima de la existencia de alguna persona entre ríos de Nutella y lágrimas. Depresión, una palabra que nadie querría tener que usar para hablar de sí mismo. Un estigma, un tabú. Una palabra con potencial de ser prohibida por futuros Gobiernos controladores del lenguaje.
Cada vez que oigo la palabra depresión, no puedo evitar que me asalte un pensamiento: quizá su carga negativa, su malévola connotación, no sea más que un constructo que hemos alimentado a lo largo del tiempo. En la era de la búsqueda constante de la felicidad, la gente, lejos de ver la depresión o la tristeza como necesarias antagonistas de dicha felicidad, ha decidido que es mejor estigmatizarla, ponerlas al fondo del cajón y esperar no tener que sacarlas nunca.
Lo que quizá ignoramos es que, entre el aluvión de frases positivas y carteles motivacionales –que nos aleccionan en la búsqueda de la satisfacción y el ejercicio de la felicidad-, nos estamos olvidando de reservarle un pequeño espacio en nuestra vida a lo triste, a lo deprimente, a aquello que nos desanima. Y no, no hace falta ser un pesimista o un depresivo –fulminante calificación para una persona, tacharle de depresivo- para darse cuenta de la importancia de prestar atención –o incluso disfrutar- a esos elementos negativos que nos cruzamos en nuestro día a día.
No se trata de ahogarse en la depresión todos los días, se trata de prestar atención a las cosas y no quitar la vista de aquellas que nos parecen tristes. Concedernos el lujo de poder fruncir el ceño o arquear la boca a diario cuando observamos algo que afecta negativamente a nuestro ánimo. Consumir los elementos depresivos como si fueran snacks para evitar, en cierta medida, que una acumulación de éstos derive en una auténtica depresión. De esas que de verdad asustan.
Hay miles de cosas que me resultan deprimentes. Me deprimen los limpiabotas de Gran Vía, toda una vida poniendo la cara a la altura de los pies de señoritos desconocidos y con más que probable falta de educación. Me deprimen los ancianos que respiran muy fuerte, como si esperaran que ese aliento fuera el último. Los hombres-anuncio del Compro Oro, los acordeones en el metro, las parejas que pasean en silencio. Me deprimen los chinos que venden Mahou Clásica, las tiendas de camisas antiguas que están siempre vacías y los e-books
Me deprime la gente que se pasa la vida probando dietas diferentes y los semáforos con botón y cajetín de Peatón pulse – Espere verde. Me entristecen los batidos Detox, las flautas Hohner de colegio y los tranchetes fundidos en los bocadillos. Los bigotes amarillos de los fumadores experimentados, la voz de Loquendo que anuncia la próxima parada de autobús. Me deprime el ruido de las vespino de los repartidores de Telepizza, las zapatillas de andar por casa con cuadros escoceses y las sesiones Light de las discotecas.
La gente que un día cambió el café por el Nescafé, las varitas de merluza rebozadas congeladas y los BMW Serie 1. Me deprimen las ensaladas con un montón de croutons, los musicales traídos de Broadway que se pasan cinco años en cartel y las servilletas de papel reciclado del Starbucks. Los paloselfis, los estantes con CDs en las gasolineras de Autopista, el queso de Burgos y la zona de trajes de Comunión en El Corte Inglés.
Me deprimen algunos estadios de Segunda, los días 1 de enero y las revistas de automoción. Los delantales que simulan ser vestidos de sevillanas, la gente que pide menta-poleo en los bares y el precinto de seguridad que le ponen a los paquetes de chicles en algunos Supermercados. Me deprimen las sudaderas con logos de Universidades y la posibilidad de rellenar tu bebida de forma ilimitada en algunos establecimientos. Me deprimen los tomates “pata negra”, los gastrobares y la cebolla caramelizada.
Me deprimen muchas más cosas, y encuentro nuevas cada día. Quizá, con el tiempo, he acabado por tomármelo como un deporte, como una forma de ocio. Como un método de diversión. Probablemente sea eso lo que más me guste: haberme dado cuenta de que, en realidad, los términos depresión y diversión ni son tan distintos, ni están tan alejados.

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Opiniones 13
    • ¡Joder, iba a mencionar justo esas flautas y veo que el único mensaje escrito habla de ellas! Parece que hay muchos damnificados por ese triste instrumento (yo no sé tocar el do con un canuto).
      Muy buena lista, por cierto. Añadiría al que siempre anuncia el «perrito piloto» en las ferias, los álbumes de fotos, el piti electrónico, los mimos (todo un cliché), las páginas web abandonadas y con diseño noventero, el teletexto…

  • No tienes ni idea de lo que es la depresión. Si lo supieras no hablarías sobre ella con tanta ligereza. El día que pierdas un hijo por muerte trágica dejarás de pensar en los croutons de tu ensalada. Piénsalo.

  • jeje lejos de deprimir el artículo es irónico aunque estamos sugestionados a deprimirnos antes de que termine…(no apto para hipocondriacos), yo añadiría más cosas a la lista y eliminaría otras pero casi en un promedio de acuerdo sobre todo en la planta de corte inglés de vestidos de comunión, delantal de sevillanas etc. La depresión es más adaptativa de lo que pensamos, indica un entorno hostil para nuestra naturaleza y las farmacéuticas muy listas y con el beneplácito de psiquiatras han hecho el agosto dopando a más de la mitad de la población…las sustancias de moda van y vienen ahora prima el escitalopram…preguntad por ahí veréis ¿cuanta gente conocida vuestra está tomándo escitalopram? estoy segura que cualquier deprimido en una cabaña del bosque, sin competencias sociales ni el engranaje en el que se ha visto metido por la «trampa social», sería alguien feliz, con naturaleza quizás algún amigo o su perro. El asfalto es peligroso y los roles asfixiantes…hay que casarse, tener hijos, hacer carrera, triunfar, letras, obligaciones repercusión social…si vemos a un bohemio en su casucha bañándose en el mar decimos : ¡menudo loco!, y el piensa «llevan demasiado equipaje» sobre todo para lo breve que es la estancia en este mundo.

    • A mí, como a Carlos, me parece que has frivolizado bastante con algo muy serio. Estoy de acuerdo en tu primer párrafo, no debería ser tabú, sino como el cáncer u otras enfermedades, ser algo que a uno no le costase reconocer.
      En cuanto empiezas a hacer tu lista de cosas que te deprimen el artículo se convierte en una guasa burlona bastante poco seria. Espero que no te toque de cerca una depresión porque verás que nada tiene que ver con la nutella o los limpia botas. Todo lo que tu cuentas suena más a compasión, que es algo muy feo.
      Probablemente el limpiabotas sonría, cosa que no le pasa a alguien con depresión.
      Mide tus palabras o llámalo «el derecho a la compasión».

  • Estoy de acuerdo con Julia, el final no me cuadra pero también estoy de acuerdo con el autor del artículo sobre lo importante que es dejar de considerar la infelicidad (momentánea o por una enfermedad) como un tabú. Estamos demasiado condicionados a ser felices, pero porque la sociedad nos impone que tenemos que serlo más que porque realmente lo seamos (o estemos).
    Os remito a un artículo que escribí en mi blog sobre el derecho a estar triste: http://www.maggieinthesky.blogsspot.com – Baby’s in Black (siento no poder dejaros el enlace).
    Saludos

  • El artículo en sí no es malo, pero está descompensado, al principio tratas la depresión de forma muy seriosa y luego le metes buen rollo e ironía. Es como ver una botella gran reserva encima de la mesa, sigues leyendo y al final te das cuenta de que estás bebiendo Don Simon. No creo que si fuera sobre el cáncer lo enfocaras así, por eso entiendo que aquellos que han estado luchando contra la depresión no estén a gusto con tu artículo.

  • No es que el texto no me guste… pero obviamente quien escribio esto no ha sufrido depresion, no es cuestion de un matiz social adquirido por la palabra… la depresion es demoledora, no pequenias gilipolleces en las que incluso resulte agradable recrearse… en fin, que pena (no que deprima, ojo!) la ignorancia.

  • Hay una diferencia abismal entre estar triste y estar deprimido. La depresión es una enfermedad y parece que hoy en día mucha gente lo a olvidado y sueltan sin más a la ligera: » joder tII que depresión, se nos a acabado el café» y cosas como esas. Cuando sufres de depresión, que por cierto suele ser algo de lo que nunca llegas a librarte, pierdes el sentido de todo. Ni si quiera te fijas en todos esos detalles que has mencionado, la vida pierde sus sabores, sus colores, su sentido…Por culpa de la frivolización de esta palabra, hay mucha gente que no se da cuenta de lo grave que es y de que se necesita tratamiento médico, no una simple tarde de sofá, Nutella y llorera…

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