15 de noviembre 2022    /   CREATIVIDAD
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El espejo en el que nos miramos está en el ojo del otro

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Nos han engañado. El espejo que tenemos en casa no sirve para comprobar si nos sienta bien la ropa o si hemos logrado dominar ese rebelde mechón de pelo. Al menos, no tanto como creemos. El espejo en el que nos miramos con más reverencia y temor, con más anhelo de aceptación, como un enamorado rasgando el laúd bajo el balcón de su amada, es el espejo que está inscrito en los ojos de los demás. Si nos asomamos de cerca, nos veremos ahí, pequeñitos y afanosos, componiendo mohínes y ensayando miradas acero azul.

A ese espejo es al que rendimos cuentas de verdad, no al de nuestro baño. Una suerte de espejo instalado en nuestros pares o semejantes que, como el de la malvada bruja del cuento Blancanieves, nos juzga más severamente que nosotros mismos.

NADIE QUIERE SER UN OGRO (PARA EL OTRO)

Shrek es un ogro pero no es un ogro. Es un remedo de ogro. Un engaño condescendiente. Sí, Shrek es un ogro, está un poco orondo, es un punto misántropo, pero continúa siendo adorable y jacarandoso para el espectador promedio. Efectivamente, se tira eructos, pero ¿Qué es un eructo más que un mínimo y espontáneo acto de rebeldía?

Por ello, aunque en La bella y la bestia se intenta transmitir que la belleza reside en el interior, la Bestia también acaba convertido en un príncipe guapo. Lo mismo si besas a la rana. Incluso Fionna, que parece nadar a contracorriente, acaba convertida en ogro, sí, pero un ogro medianamente atractivo.

Pero ahora imaginemos que, en vez de tirarse un simpático eructo tras la cena, Shrek declarara que es de ultraderecha. O que tiene una opinión polémica sobre el sufragio universal. O que se zampa diariamente un bebé a la brasa. O que rinde culto a Onán y hace un Pollock cada noche en la pared de su dormitorio. Difícilmente se lo perdonaríamos. Difícilmente nos sentiríamos identificados con Shrek.

Ahora imaginemos que Shrek reclama su cuota de aceptación social. Que su forma de ser y su aspecto deba gustar tanto o más que el Shrek que todos conocemos. Imaginemos un mundo donde los sanguinarios ogros de los cuentos populares sean agradables para mucha gente, y que si no te resultan agradables, entonces tengas la sensación de que tienes un problema con tu forma de mirar.

Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios. Todo lo que veo lo engullo al instante. Tal cual es, sin empañarlo de amor o aversión. No soy cruel, tan solo veraz. El ojo de un pequeño dios de cuatro esquinas. Sylvia Plath, The Mirror (1961)

Imaginemos un escenario ideal donde todo es potencialmente digno, agradable y bello. Ese escenario no tendría sentido, porque nada puede ser digno, agradable o bello si no lo comparamos con lo que no lo es. Shrek es un ogro aceptable porque hay ogros inaceptables.

Por eso, en general, preferimos a gente de nuestro propio país, de nuestra etnia, de nuestro segmento de edad. El buen sabor de la comida al malo. La salud a la enfermedad. Preferimos la belleza a la fealdad.

HEURÍSTICAS

Las preferencias anteriormente enumeradas son atajos heurísticos para encontrar lo que nos satisface, para evitar los daños, para sobrevivir a los imponderables. No siempre funcionan. Muchas veces, erramos. Pero generalmente nos sirven más de lo que nos lastran. Por eso siguen ahí, entremezclados en nuestra circuitería neuronal.

En el ojo del otro

Por ejemplo, el precio de un objeto es una heurística bastante aceptable para indicar el valor del objeto. No es perfecta (como ya escribió Quevedo en el siglo XVII: «Solo el necio confunde valor y precio»), como tampoco lo es el juzgar a una persona solo por sus pintas. Pero si no tenemos suficiente información, y raramente la tenemos, entonces es lo que nos permite decidir y actuar. 

Así, si el precio es una heurística del valor, como la belleza lo es de la salud, la fertilidad y la virtud, la fealdad lo es justo de lo contrario.

Por esa razón, como señala Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro, «no solo aplicamos metáforas repugnantes a pueblos infravalorados desde un punto de vista moral, sino que tendemos a infravalorar moralmente a personas físicamente asquerosas». La historiadora Lynn Hunt incluso sugiere que el aumento de la higiene en Europa trajo aparejada una disminución de los castigos crueles a las personas. Así de poderosa es la belleza.

Por supuesto, las heurísticas se fundamentan en muchos detalles que no son evidentes para nuestro razonamiento consciente. Así, no solo hay muchos tipos de belleza, sino que la belleza puede verse reforzada positiva o negativamente por otros atributos, como el carácter, la ropa o el poder adquisitivo. También hay otros detalles que retroalimentan unos prejuicios frente a otros. Por ejemplo, las personas con cuerpos más musculosos son percibidas como más narcisistas, según un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de Bremen. Otro reciente estudio sobre el atractivo de los trabajadores sugiere que existe una gran prima salarial por belleza para trabajos que requieren una interacción interpersonal significativa, si bien no para empleos que requieren principalmente trabajar con datos. Y como asociamos la fealdad con la maldad, quienes tienen defectos faciales suelen ser condenados más fácilmente por jurados populares en los tribunales de justicia.

Las heurísticas rigen nuestra brújula, pero, a la vez, las heurísticas afloran de una mezcla indisociable de universales culturales y entornos cambiantes. Un universal cultural es, por ejemplo, la preferencia por la simetría facial o la juventud, frente a la asimetría y la decrepitud. Preferimos a Shrek antes que a un ogro de los cuentos medievales, como se desprende de un reciente estudio publicado en Evolution and Human Behavior que analizó toda clase de culturas en 93 países: todos, en promedio, pasamos casi cuatro horas al día intentando mejorar nuestro aspecto. 

Con todo, estos universales se imbrican de formas desconocidas con el entorno, cuyo poder también es ciertamente subestimado a menudo. De hecho, estamos ante un poder tan subestimado y desconocido que difícilmente podemos manipularlo: nace de la propia interacción social, determinada por millares de factores que normalmente pasan desapercibidos incluso para el ojo más escrutador.

No obstante, sí tenemos algunas pistas bastante claras sobre el entorno. La principal de todas es que necesitamos agradar a nuestros semejantes. No a todos indistintamente, sino a nuestros pares, a los miembros de nuestro círculo, a nuestra tribu. En caso contrario, podemos ser condenados al ostracismo, el peor de los castigos sociales. Por esa razón, el primer experimento de psicología social, realizado por Norman Triplett en 1898 con ciclistas, permitió extraer la conclusión general de que los humanos actúan con más energía y motivación cuando no solo compiten con otros, sino también cuando otros simplemente los observan. El llamado efecto de facilitación social en actividades se ha observado incluso en perros, comadrejas, armadillos, ranas y peces.

Por eso es de todo punto absurdo alardear de que uno quiere ser feo y que, a la vez, necesita que le quieran así. Como lo es el «no me importa lo que los demás piensen de mí». Nos importa. Mucho. Por eso no dejamos de repetirnos que no es así mientras nos miramos en el espejo de los ojos de los demás. 

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Nos han engañado. El espejo que tenemos en casa no sirve para comprobar si nos sienta bien la ropa o si hemos logrado dominar ese rebelde mechón de pelo. Al menos, no tanto como creemos. El espejo en el que nos miramos con más reverencia y temor, con más anhelo de aceptación, como un enamorado rasgando el laúd bajo el balcón de su amada, es el espejo que está inscrito en los ojos de los demás. Si nos asomamos de cerca, nos veremos ahí, pequeñitos y afanosos, componiendo mohínes y ensayando miradas acero azul.

A ese espejo es al que rendimos cuentas de verdad, no al de nuestro baño. Una suerte de espejo instalado en nuestros pares o semejantes que, como el de la malvada bruja del cuento Blancanieves, nos juzga más severamente que nosotros mismos.

NADIE QUIERE SER UN OGRO (PARA EL OTRO)

Shrek es un ogro pero no es un ogro. Es un remedo de ogro. Un engaño condescendiente. Sí, Shrek es un ogro, está un poco orondo, es un punto misántropo, pero continúa siendo adorable y jacarandoso para el espectador promedio. Efectivamente, se tira eructos, pero ¿Qué es un eructo más que un mínimo y espontáneo acto de rebeldía?

Por ello, aunque en La bella y la bestia se intenta transmitir que la belleza reside en el interior, la Bestia también acaba convertido en un príncipe guapo. Lo mismo si besas a la rana. Incluso Fionna, que parece nadar a contracorriente, acaba convertida en ogro, sí, pero un ogro medianamente atractivo.

Pero ahora imaginemos que, en vez de tirarse un simpático eructo tras la cena, Shrek declarara que es de ultraderecha. O que tiene una opinión polémica sobre el sufragio universal. O que se zampa diariamente un bebé a la brasa. O que rinde culto a Onán y hace un Pollock cada noche en la pared de su dormitorio. Difícilmente se lo perdonaríamos. Difícilmente nos sentiríamos identificados con Shrek.

Ahora imaginemos que Shrek reclama su cuota de aceptación social. Que su forma de ser y su aspecto deba gustar tanto o más que el Shrek que todos conocemos. Imaginemos un mundo donde los sanguinarios ogros de los cuentos populares sean agradables para mucha gente, y que si no te resultan agradables, entonces tengas la sensación de que tienes un problema con tu forma de mirar.

Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios. Todo lo que veo lo engullo al instante. Tal cual es, sin empañarlo de amor o aversión. No soy cruel, tan solo veraz. El ojo de un pequeño dios de cuatro esquinas. Sylvia Plath, The Mirror (1961)

Imaginemos un escenario ideal donde todo es potencialmente digno, agradable y bello. Ese escenario no tendría sentido, porque nada puede ser digno, agradable o bello si no lo comparamos con lo que no lo es. Shrek es un ogro aceptable porque hay ogros inaceptables.

Imaginemos un escenario ideal donde todo es potencialmente digno, agradable y bello. Ese escenario no tendría sentido, porque nada puede ser digno, agradable o bello si no lo comparamos con lo que no lo es. Shrek es un ogro aceptable porque hay ogros inaceptables.

Por eso, en general, preferimos a gente de nuestro propio país, de nuestra etnia, de nuestro segmento de edad. El buen sabor de la comida al malo. La salud a la enfermedad. Preferimos la belleza a la fealdad.

HEURÍSTICAS

Las preferencias anteriormente enumeradas son atajos heurísticos para encontrar lo que nos satisface, para evitar los daños, para sobrevivir a los imponderables. No siempre funcionan. Muchas veces, erramos. Pero generalmente nos sirven más de lo que nos lastran. Por eso siguen ahí, entremezclados en nuestra circuitería neuronal.

En el ojo del otro

Por ejemplo, el precio de un objeto es una heurística bastante aceptable para indicar el valor del objeto. No es perfecta (como ya escribió Quevedo en el siglo XVII: «Solo el necio confunde valor y precio»), como tampoco lo es el juzgar a una persona solo por sus pintas. Pero si no tenemos suficiente información, y raramente la tenemos, entonces es lo que nos permite decidir y actuar. 

Así, si el precio es una heurística del valor, como la belleza lo es de la salud, la fertilidad y la virtud, la fealdad lo es justo de lo contrario.

Por esa razón, como señala Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro, «no solo aplicamos metáforas repugnantes a pueblos infravalorados desde un punto de vista moral, sino que tendemos a infravalorar moralmente a personas físicamente asquerosas». La historiadora Lynn Hunt incluso sugiere que el aumento de la higiene en Europa trajo aparejada una disminución de los castigos crueles a las personas. Así de poderosa es la belleza.

Por supuesto, las heurísticas se fundamentan en muchos detalles que no son evidentes para nuestro razonamiento consciente. Así, no solo hay muchos tipos de belleza, sino que la belleza puede verse reforzada positiva o negativamente por otros atributos, como el carácter, la ropa o el poder adquisitivo. También hay otros detalles que retroalimentan unos prejuicios frente a otros. Por ejemplo, las personas con cuerpos más musculosos son percibidas como más narcisistas, según un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de Bremen. Otro reciente estudio sobre el atractivo de los trabajadores sugiere que existe una gran prima salarial por belleza para trabajos que requieren una interacción interpersonal significativa, si bien no para empleos que requieren principalmente trabajar con datos. Y como asociamos la fealdad con la maldad, quienes tienen defectos faciales suelen ser condenados más fácilmente por jurados populares en los tribunales de justicia.

Las heurísticas rigen nuestra brújula, pero, a la vez, las heurísticas afloran de una mezcla indisociable de universales culturales y entornos cambiantes. Un universal cultural es, por ejemplo, la preferencia por la simetría facial o la juventud, frente a la asimetría y la decrepitud. Preferimos a Shrek antes que a un ogro de los cuentos medievales, como se desprende de un reciente estudio publicado en Evolution and Human Behavior que analizó toda clase de culturas en 93 países: todos, en promedio, pasamos casi cuatro horas al día intentando mejorar nuestro aspecto. 

Con todo, estos universales se imbrican de formas desconocidas con el entorno, cuyo poder también es ciertamente subestimado a menudo. De hecho, estamos ante un poder tan subestimado y desconocido que difícilmente podemos manipularlo: nace de la propia interacción social, determinada por millares de factores que normalmente pasan desapercibidos incluso para el ojo más escrutador.

No obstante, sí tenemos algunas pistas bastante claras sobre el entorno. La principal de todas es que necesitamos agradar a nuestros semejantes. No a todos indistintamente, sino a nuestros pares, a los miembros de nuestro círculo, a nuestra tribu. En caso contrario, podemos ser condenados al ostracismo, el peor de los castigos sociales. Por esa razón, el primer experimento de psicología social, realizado por Norman Triplett en 1898 con ciclistas, permitió extraer la conclusión general de que los humanos actúan con más energía y motivación cuando no solo compiten con otros, sino también cuando otros simplemente los observan. El llamado efecto de facilitación social en actividades se ha observado incluso en perros, comadrejas, armadillos, ranas y peces.

Por eso es de todo punto absurdo alardear de que uno quiere ser feo y que, a la vez, necesita que le quieran así. Como lo es el «no me importa lo que los demás piensen de mí». Nos importa. Mucho. Por eso no dejamos de repetirnos que no es así mientras nos miramos en el espejo de los ojos de los demás. 

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