29 de octubre 2012    /   IDEAS
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El estado no somos todos

29 de octubre 2012    /   IDEAS     por          
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Alberto Ramírez lleva un año trabajando en Estado. Aún no ha terminado porque hay historias que, por desgracias, no terminan nunca. Cuando comenzó la concepción del proyecto, Ramírez estaba terminando un máster en BlankPaper, la escuela de fotografía impulsada por el colectivo del mismo nombre. Había que elegir un tema y al fotógrafo le interesaban tanto la cara visible de la inmigración como lo que subyace tras ella.

Alberto Ramírez ha estructurado Estado en tres partes principales. «Durante el año pasado he trabajado la primera, aunque aún no la considero cerrada. Esta primera parte trata sobre cómo el estado limita los derechos de los inmigrantes tanto de forma directa (por ejemplo, mediante la presión continua de la policía en los controles de identidad en función de la raza), como indirecta (a través de dificultades administrativas)», explica el fotógrafo. Como el proyecto sigue vivo y Ramírez sigue planteándose por qué derroteros hacerlo transcurrir, pide que no comentemos lo que ya a esbozado de las otras dos.

El fotógrafo sevillano asume que no existe una sola visión de la inmigración, La uniformidad de mensajes no se puede aplicar a una realidad que ofrece tantas aristas como rostros humanos la componen. Acepta, eso sí, que la colección de fotografías está impregnada de una capa de soledad que la hace realmente dolorosa. «Quiero completar con otras fotos en las que estoy trabajando y que reducirán la carga solitaria del trabajo, pero no quiero eliminarla porque cuando hablas con la gente, te das cuenta de que la soledad es una constante en sus vidas», señala. «Muchos de ellos tiene ya una familia y vida formada en España, tienen la nacionalidad y un círculo social amplio. Pero aún así, cuando se acuerdan de determinadas cosas dejan entrever soledad y nostalgia en sus palabras».

Los disparos de Ramírez tienen otro protagonista, otro sospechoso habitual del drama fronterizo. «No quiero caer en maniqueísmos acusando de nada a la policía. Sé que hacen una labor necesaria, pero también se exceden o simplemente se crea un ambiente de presión que muchas veces pasa factura psicológica a algunos inmigrantes», lamenta el sevillano.

Alberto Ramírez está también interesado en el lenguaje fílmico. Sin embargo, cuando se decidió por la fotografía lo hizo por un mero asunto de sensaciones. Como el amor, es algo que no se puede explicar de manera calculada. Es un fotógrafo reflexivo, de pocos disparos, de masticar la historia antes de digerirla y mostrársela al espectador. «Con la llegada de la fotografía digital todos solemos tirar demasiado, pero yo trato de retenerme. Muchas veces hago una única toma», dice.

Utiliza la edición para apoyar la historia que quiere contar. En el caso de Estado, «a las imágenes de la policía le añadí un grano digital grande y realicé reencuadres muy pequeños con la intención de romper el grano y ensuciar la imagen». Eso le ayudó, además, a amplificar la metáfora que deja entrever la historia que cuenta. «Me interesa más el ente abstracto que es un tentáculo de un Estado que cada vez está más lejos del ciudadano y empieza a ser más opresor».

Alberto Ramírez lleva un año trabajando en Estado. Aún no ha terminado porque hay historias que, por desgracias, no terminan nunca. Cuando comenzó la concepción del proyecto, Ramírez estaba terminando un máster en BlankPaper, la escuela de fotografía impulsada por el colectivo del mismo nombre. Había que elegir un tema y al fotógrafo le interesaban tanto la cara visible de la inmigración como lo que subyace tras ella.

Alberto Ramírez ha estructurado Estado en tres partes principales. «Durante el año pasado he trabajado la primera, aunque aún no la considero cerrada. Esta primera parte trata sobre cómo el estado limita los derechos de los inmigrantes tanto de forma directa (por ejemplo, mediante la presión continua de la policía en los controles de identidad en función de la raza), como indirecta (a través de dificultades administrativas)», explica el fotógrafo. Como el proyecto sigue vivo y Ramírez sigue planteándose por qué derroteros hacerlo transcurrir, pide que no comentemos lo que ya a esbozado de las otras dos.

El fotógrafo sevillano asume que no existe una sola visión de la inmigración, La uniformidad de mensajes no se puede aplicar a una realidad que ofrece tantas aristas como rostros humanos la componen. Acepta, eso sí, que la colección de fotografías está impregnada de una capa de soledad que la hace realmente dolorosa. «Quiero completar con otras fotos en las que estoy trabajando y que reducirán la carga solitaria del trabajo, pero no quiero eliminarla porque cuando hablas con la gente, te das cuenta de que la soledad es una constante en sus vidas», señala. «Muchos de ellos tiene ya una familia y vida formada en España, tienen la nacionalidad y un círculo social amplio. Pero aún así, cuando se acuerdan de determinadas cosas dejan entrever soledad y nostalgia en sus palabras».

Los disparos de Ramírez tienen otro protagonista, otro sospechoso habitual del drama fronterizo. «No quiero caer en maniqueísmos acusando de nada a la policía. Sé que hacen una labor necesaria, pero también se exceden o simplemente se crea un ambiente de presión que muchas veces pasa factura psicológica a algunos inmigrantes», lamenta el sevillano.

Alberto Ramírez está también interesado en el lenguaje fílmico. Sin embargo, cuando se decidió por la fotografía lo hizo por un mero asunto de sensaciones. Como el amor, es algo que no se puede explicar de manera calculada. Es un fotógrafo reflexivo, de pocos disparos, de masticar la historia antes de digerirla y mostrársela al espectador. «Con la llegada de la fotografía digital todos solemos tirar demasiado, pero yo trato de retenerme. Muchas veces hago una única toma», dice.

Utiliza la edición para apoyar la historia que quiere contar. En el caso de Estado, «a las imágenes de la policía le añadí un grano digital grande y realicé reencuadres muy pequeños con la intención de romper el grano y ensuciar la imagen». Eso le ayudó, además, a amplificar la metáfora que deja entrever la historia que cuenta. «Me interesa más el ente abstracto que es un tentáculo de un Estado que cada vez está más lejos del ciudadano y empieza a ser más opresor».

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