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15 de noviembre 2012    /   DIGITAL
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El experimento del Botón Rojo

15 de noviembre 2012    /   DIGITAL     por          
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Hay un objeto que divide el mundo, especialmente al de la comunicación y la publicidad, en dos grandes grupos de personas. Grupos intrínsecamente separados, esencialmente distintos. Estoy hablando de… ¡Tachan, tachan! (silencio dramático) ¡El Botón Rojo! Se trata de un botón imaginario que llevo un tiempo proponiendo en distintos debates y saraos a modo de experimento (o trampa, según se mire) y que tiene unas propiedades muy particulares.

Si lo aprietas, automáticamente desaparecen Google, Facebook, Twitter, Internet, la revolución digital, todas las mandangas que han nacido en los últimos años… y apareces de golpe y porrazo a finales de los ochenta, filmando mega-spots en Australia, a bombo y platillo, grabando un plano en las Bahamas y recogiendo premios por doquier. Un tele-transportador a los felices ochenta, pero en pleno 2012. Eso es lo que podría hacer el Botón Rojo por ti. Honestamente, si lo tienes delante, ¿tú qué haces? ¿Lo aprietas? ¿Ni pensarlo?

Las investigaciones indican que entre nosotros hay mucha gente que lo pulsaría sin dudar. Sus razones tienen. Sinceramente: si Internet hubiera desmoronado tu idílico modus vivendi y puesto en duda tu futuro más inmediato, ¿no te platearías darle al botoncito tú también? Cuando alguien te mira a los ojos, da un trago al Gin Tonic y confiesa «Joder ¡Lo aprieto ya!» hay que saber escuchar sus razones y comprender sus causas. Porque su decisión suele esconder desgarros emocionales por tanto cambio de golpe. También, esconde mucho talento hastiado de tanta papilla digital y seres bobo digitalizados.

El nuevo mundo es extremadamente complejo y, si bien está lleno de oportunidades, también lo está de piedras, recovecos y ratoneras. Además, no todo ha sido bueno. Un ejemplo: los Gurús 2.0. De esos hay muchos y sobran muchísimos. Si hubiera un Botón Caqui que se cargase al 70% de las ‘personalities’ surgidas, hasta yo lo pulsaba. Más ejemplos: la dependencia digital, el WhatsApp rompiendo cafés, los adolescentes subiendo fotos picantonas o tener el dedo pulgar atrofiado de tanto darle al ‘refresh’ para ver si alguien en China le ha hecho un Like a la foto de tu cena. Sí. Todo esto también está pasando. Y es grave.

Sin obviarlo, a mí me podéis contar entre los que no lo pulsarían ni borracho. Somos bastantes, claro. Muchos se quedan horrorizados al descubrir la  mera invención del Botón Rojo. «¡Rómpelo ahora mismo!» replican indignados. Son los apasionados de los últimos cambios, los nativos (y adoptados) digitales, los encantados con el lío. No conciben su vida sin todo lo bueno que los últimos años han generado, ni quieren que desaparezca nada. Incluso esperan más, conscientes de que esto está empezando y convencidos de que lo mejor está aun por llegar.

Más allá de sus efectos, a mí el Botón Rojo me encanta porque ayuda a dilucidar qué pesa más en una persona: si el cabreo por la incertidumbre recién llegada o la pasión por el potencial que ha traído consigo. En un lado están los que añoran, en el otro los que se ilusionan. En un lado los que se adaptan refunfuñando, en el otro los contentísimos por volver a ser aprendices.

Son formas tan distintas de gestionar una misma realidad que me atrevería a decir que cualquier empresa donde la mayor parte de los empleados lo pulsaría tiene un problema grave y necesita urgentemente  invertir esa tendencia. Porque si ya es difícil hacer cosas memorables poniendo toda la ilusión del mundo, mucho más es hacerlo con peros y a regañadientes. Especialmente en estos tiempos que corren, en los que quienes peleamos para sacar proyectos adelante tenemos que sortear todo tipo de miedos para detectar y rescatar ilusiones y ganas.

Por eso, cuando me cruzo con alguien que desea apretarlo, tras felicitarle por su honestidad contracorriente, le invito a una copa y trato de convencerle de que no lo haga. Necesitamos compañeros de viaje que no se lamenten por lo perdido y que se enamoren de lo que está por llegar. Necesitamos gentes profundamente convencidas de que lo que está pasando no es una putada, sino que la grandísima putada sería no estar aquí, ahora, viéndolo pasar.

Ignasi Giró es socio y director creativo de Honest&Smile.

Hay un objeto que divide el mundo, especialmente al de la comunicación y la publicidad, en dos grandes grupos de personas. Grupos intrínsecamente separados, esencialmente distintos. Estoy hablando de… ¡Tachan, tachan! (silencio dramático) ¡El Botón Rojo! Se trata de un botón imaginario que llevo un tiempo proponiendo en distintos debates y saraos a modo de experimento (o trampa, según se mire) y que tiene unas propiedades muy particulares.

Si lo aprietas, automáticamente desaparecen Google, Facebook, Twitter, Internet, la revolución digital, todas las mandangas que han nacido en los últimos años… y apareces de golpe y porrazo a finales de los ochenta, filmando mega-spots en Australia, a bombo y platillo, grabando un plano en las Bahamas y recogiendo premios por doquier. Un tele-transportador a los felices ochenta, pero en pleno 2012. Eso es lo que podría hacer el Botón Rojo por ti. Honestamente, si lo tienes delante, ¿tú qué haces? ¿Lo aprietas? ¿Ni pensarlo?

Las investigaciones indican que entre nosotros hay mucha gente que lo pulsaría sin dudar. Sus razones tienen. Sinceramente: si Internet hubiera desmoronado tu idílico modus vivendi y puesto en duda tu futuro más inmediato, ¿no te platearías darle al botoncito tú también? Cuando alguien te mira a los ojos, da un trago al Gin Tonic y confiesa «Joder ¡Lo aprieto ya!» hay que saber escuchar sus razones y comprender sus causas. Porque su decisión suele esconder desgarros emocionales por tanto cambio de golpe. También, esconde mucho talento hastiado de tanta papilla digital y seres bobo digitalizados.

El nuevo mundo es extremadamente complejo y, si bien está lleno de oportunidades, también lo está de piedras, recovecos y ratoneras. Además, no todo ha sido bueno. Un ejemplo: los Gurús 2.0. De esos hay muchos y sobran muchísimos. Si hubiera un Botón Caqui que se cargase al 70% de las ‘personalities’ surgidas, hasta yo lo pulsaba. Más ejemplos: la dependencia digital, el WhatsApp rompiendo cafés, los adolescentes subiendo fotos picantonas o tener el dedo pulgar atrofiado de tanto darle al ‘refresh’ para ver si alguien en China le ha hecho un Like a la foto de tu cena. Sí. Todo esto también está pasando. Y es grave.

Sin obviarlo, a mí me podéis contar entre los que no lo pulsarían ni borracho. Somos bastantes, claro. Muchos se quedan horrorizados al descubrir la  mera invención del Botón Rojo. «¡Rómpelo ahora mismo!» replican indignados. Son los apasionados de los últimos cambios, los nativos (y adoptados) digitales, los encantados con el lío. No conciben su vida sin todo lo bueno que los últimos años han generado, ni quieren que desaparezca nada. Incluso esperan más, conscientes de que esto está empezando y convencidos de que lo mejor está aun por llegar.

Más allá de sus efectos, a mí el Botón Rojo me encanta porque ayuda a dilucidar qué pesa más en una persona: si el cabreo por la incertidumbre recién llegada o la pasión por el potencial que ha traído consigo. En un lado están los que añoran, en el otro los que se ilusionan. En un lado los que se adaptan refunfuñando, en el otro los contentísimos por volver a ser aprendices.

Son formas tan distintas de gestionar una misma realidad que me atrevería a decir que cualquier empresa donde la mayor parte de los empleados lo pulsaría tiene un problema grave y necesita urgentemente  invertir esa tendencia. Porque si ya es difícil hacer cosas memorables poniendo toda la ilusión del mundo, mucho más es hacerlo con peros y a regañadientes. Especialmente en estos tiempos que corren, en los que quienes peleamos para sacar proyectos adelante tenemos que sortear todo tipo de miedos para detectar y rescatar ilusiones y ganas.

Por eso, cuando me cruzo con alguien que desea apretarlo, tras felicitarle por su honestidad contracorriente, le invito a una copa y trato de convencerle de que no lo haga. Necesitamos compañeros de viaje que no se lamenten por lo perdido y que se enamoren de lo que está por llegar. Necesitamos gentes profundamente convencidas de que lo que está pasando no es una putada, sino que la grandísima putada sería no estar aquí, ahora, viéndolo pasar.

Ignasi Giró es socio y director creativo de Honest&Smile.

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Opiniones 5
  • En lugar de plantearse pulsarlo y hacer desaparecer todo este nuevo mundo tecnológico, puedes voluntariamente prescindir de la tecno, así si te arrepientes siempre podrías volver, por otra parte no es obligatorio el enganche al Facebook o al guasap, los malos no son lo servicios, los malos somos lo usuarios borrachos de tanta tecnología. Personalmente no me hace falta, ni uno solo de todos esos monstruos de Internet devora mi tiempo.

  • Interesante mensaje Ignasi y genial la situación que planteas. Sin duda es un asunto que genera controversias, me encanta! 🙂
    Estoy con Nostram en que realmente, aunque a veces cueste, siempre podemos pulsar este botón rojo por un día o unas horas haciendo un ejercicio de desconexión. Una práctica que considero incluso saludable y muy recomendable.
    Es probable que el índice de pulsadores de botón vaya incrementándose en paralelo a los sectores de edad. Aquellos que se sienten saturados por tanta tecnología y que lleguen a encontrarse out of control anhelaran aquella época en la que sí dominaban la situación.
    En mi caso, pienso que siempre hay que mantener una postura positiva al cambio, que es irremediable y que no merece la pena intentar anclarse para esquivar la corriente. Lo que si recomendaría es mucho sentido común, si aún nos queda, y una enorme dosis de actitud crítica.
    Jamás pulsaría el botón… aún no soy tan viejo 😉

    • 100% a favor del sentido común y las desconexiones temporales de tanta papilla digital. Pero de apretarlo… nada 🙂 (Aunque, claro, yo nunca me forré grabando spots en el Caribe, así que mi elección es más sencilla!)

      abrazos & Smiles!

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  • Amo la tecnología y el progreso de la ciencia con todas mis fuerzas, y aunque no vaya a pulsar el botón rojo, pienso claramente que ojalá no existiera Facebook.
    Soy usuario de esta red social por obligación. Me encuentro en la universidad y tengo proyectos en grupo a diario. Al parecer, la única manera de organizarse es a través de facebook.

    -Oye, te llamo luego para lo del trabajo
    -No no, ya hablamos por facebook

    -Oye, cuando quedamos para hacer el trabajo?
    -No sé, ya hablamos por facebook

    A veces me tienta ese botón rojo, pero el día que me gradúe eliminaré mi cuenta de facebook y seré un usuario libre, podré disfrutar de la libertad de usar internet como yo quiero, y no como la sociedad dicta.

    Ese día mi botón rojo se desvanecerá para siempre.

  • Yo no pulsaría el botón rojo por la sencilla razón de que si lo hiciera no podría volver a leer y releer este post. Tu escritura y la historia que has creado para explicar la confrontación entre estos dos mundos, es lo que a mí particularmente, mis principios me obligarían a encerrar el boton rojo en un bunker y a compartir este post en todos los medios digitales habidos y por haber.

    Felicidades Ignasi Giró por desprender, así como si nada, tanto talento entre las letras.

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