16 de marzo 2021    /   CREATIVIDAD
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En el ojo ajeno: El final de la historia no es lo importante

16 de marzo 2021    /   CREATIVIDAD     por          
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Eran las 11 de la mañana y seguía luchando por incorporarse en la cama. El dolor de cabeza y la resaca eran insoportables. La idea de celebrar su maldito nombramiento en casa no había sido el evento feliz que esperaba.

Apenas recordaba el momento de acostarse y había algo extraño: había dormido sin ropa. Mientras se ponía torpemente el pijama, rebuscaba inútilmente entre las imágenes borrosas de su cabeza. Solo le quedaba intentar una buena ducha o probar suerte y encontrar algo de whisky caliente entre las botellas de la mesa para remontar un día que empezaba mal. Muy mal.

Cuando entró en el salón la escena no mejoró. La mesa del salón parecía una mesa de cumpleaños casi infantil. Las bebidas derramadas habían empastado el mantel de papel y las bandejas de cartón dorado del catering. En la hielera solo quedaba agua tibia en la que flotaba alguna corteza de sándwich.

Y una vez más, el debate interno sobre si remontar o dejarse caer de nuevo en la cama y que el tiempo ordenara su cabeza y el salón.

Eligió remontar. Desenrolló un gran saco de basura con intención de volcarlo todo dentro, como pasando página de una celebración deprimente y, de paso, también ordenarse por dentro.

Pero entre los desechos vio algo brillante que frustró el momento sanador de vaciar toda la mesa de un barrido. Alguien se había olvidado unas llaves. Era cuestión de tiempo que ese alguien llamara al telefonillo o al móvil. «Maldita gente», pensó; no quería ver a nadie. Pero a la vez le sobrevino una duda: ¿y si fueran de….? No, aquello sería un golpe de suerte o del destino demasiado favorable. Eran ya demasiados años alimentando una fantasía.

Pospuso la ducha y se dejó caer de nuevo sobre el sofá, la sensación de resaca y rendición era más poderosas. Aun así, la duda acerca de aquellas llaves y, sobre todo, por haber dormido sin pijama seguían revoloteando molestamente.

A media tarde pensó en escribir en el grupo de la oficina avisando que alguien se había dejado las llaves, pero hasta eso le dio pereza. No quería dar pie a conversaciones sobre la fiesta y menos aún escuchar más felicitaciones. La gente seguía enviando mensajes de enhorabuena por algo que no le producía ninguna alegría.

Al contrario, empezar el año con un gran nombramiento y un traslado de ciudad no le generaba ningún entusiasmo, sino una enorme mezcla de vértigo, pereza y depresión. No sentía ningún afecto real por ninguno de los invitados ni por la empresa. Y, en realidad, solo seguía allí por inercia y por una fantasía que nunca se haría realidad. En realidad, tenía muchos motivos para estar satisfecha, era la primera mujer en conseguir un puesto así, pero no lo sentía.

Nota del autor: Ojo, ¿quizás el lector haya dado por hecho hasta ahora que el protagonista era un hombre? Si es así, y le ha generado sorpresa, quizás tenga la tentación de culpar a alguien o al mundo de haber creado una sociedad con inercias culturales.

Antes de coger una pancarta, que relea a ver si hay algún dato de género que le indujera a pensar así. Y que ni siquiera se culpe entonces a sí mismo por su decepcionante adoctrinamiento de género… Es lo que se llama inercia, naturalidad, la vida misma… No hay culpables. Simplemente es. Como muchas otras cosas.  Como cuando llamas pera a una pera sin pensar en nada mas. Pensaste que era un hombre, sin más.

Escribir, hablar, pensar, vivir… se está convirtiendo en un campo de minas. En realidad, no hay tanta intención o herencia como dicen quienes las rebuscan y por fin las consiguen argumentar. Solo naturalidad. Cada vez hay más afán por forzar un alineamiento. Y también por dar explicaciones, cuando eso alimenta más el reproche ajeno que se siente victimizado y legitimado.

La historia de Nerea, que es como se llama la protagonista, prosigue y es apasionante, brutal. Pero ahora ya no interesará porque el espíritu crítico hoy en día es mucho más poderoso que cualquier otro, incluso más que algo tan conciliador como la imaginación o la naturalidad.

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Apenas recordaba el momento de acostarse y había algo extraño: había dormido sin ropa. Mientras se ponía torpemente el pijama, rebuscaba inútilmente entre las imágenes borrosas de su cabeza. Solo le quedaba intentar una buena ducha o probar suerte y encontrar algo de whisky caliente entre las botellas de la mesa para remontar un día que empezaba mal. Muy mal.

Cuando entró en el salón la escena no mejoró. La mesa del salón parecía una mesa de cumpleaños casi infantil. Las bebidas derramadas habían empastado el mantel de papel y las bandejas de cartón dorado del catering. En la hielera solo quedaba agua tibia en la que flotaba alguna corteza de sándwich.

Y una vez más, el debate interno sobre si remontar o dejarse caer de nuevo en la cama y que el tiempo ordenara su cabeza y el salón.

Eligió remontar. Desenrolló un gran saco de basura con intención de volcarlo todo dentro, como pasando página de una celebración deprimente y, de paso, también ordenarse por dentro.

Pero entre los desechos vio algo brillante que frustró el momento sanador de vaciar toda la mesa de un barrido. Alguien se había olvidado unas llaves. Era cuestión de tiempo que ese alguien llamara al telefonillo o al móvil. «Maldita gente», pensó; no quería ver a nadie. Pero a la vez le sobrevino una duda: ¿y si fueran de….? No, aquello sería un golpe de suerte o del destino demasiado favorable. Eran ya demasiados años alimentando una fantasía.

Pospuso la ducha y se dejó caer de nuevo sobre el sofá, la sensación de resaca y rendición era más poderosas. Aun así, la duda acerca de aquellas llaves y, sobre todo, por haber dormido sin pijama seguían revoloteando molestamente.

A media tarde pensó en escribir en el grupo de la oficina avisando que alguien se había dejado las llaves, pero hasta eso le dio pereza. No quería dar pie a conversaciones sobre la fiesta y menos aún escuchar más felicitaciones. La gente seguía enviando mensajes de enhorabuena por algo que no le producía ninguna alegría.

Al contrario, empezar el año con un gran nombramiento y un traslado de ciudad no le generaba ningún entusiasmo, sino una enorme mezcla de vértigo, pereza y depresión. No sentía ningún afecto real por ninguno de los invitados ni por la empresa. Y, en realidad, solo seguía allí por inercia y por una fantasía que nunca se haría realidad. En realidad, tenía muchos motivos para estar satisfecha, era la primera mujer en conseguir un puesto así, pero no lo sentía.

Nota del autor: Ojo, ¿quizás el lector haya dado por hecho hasta ahora que el protagonista era un hombre? Si es así, y le ha generado sorpresa, quizás tenga la tentación de culpar a alguien o al mundo de haber creado una sociedad con inercias culturales.

Antes de coger una pancarta, que relea a ver si hay algún dato de género que le indujera a pensar así. Y que ni siquiera se culpe entonces a sí mismo por su decepcionante adoctrinamiento de género… Es lo que se llama inercia, naturalidad, la vida misma… No hay culpables. Simplemente es. Como muchas otras cosas.  Como cuando llamas pera a una pera sin pensar en nada mas. Pensaste que era un hombre, sin más.

Escribir, hablar, pensar, vivir… se está convirtiendo en un campo de minas. En realidad, no hay tanta intención o herencia como dicen quienes las rebuscan y por fin las consiguen argumentar. Solo naturalidad. Cada vez hay más afán por forzar un alineamiento. Y también por dar explicaciones, cuando eso alimenta más el reproche ajeno que se siente victimizado y legitimado.

La historia de Nerea, que es como se llama la protagonista, prosigue y es apasionante, brutal. Pero ahora ya no interesará porque el espíritu crítico hoy en día es mucho más poderoso que cualquier otro, incluso más que algo tan conciliador como la imaginación o la naturalidad.

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