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2 de marzo 2015    /   CIENCIA
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El futuro del hombre robot

2 de marzo 2015    /   CIENCIA     por          
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Tres pacientes han cambiado un brazo inútil por una prótesis inteligente. Se han amputado una parte de su cuerpo biológico que no era eficiente, para sustituirla por una creación tecnológica puntera, que les permite realizar movimientos sencillos. La tecnología no es nueva, ya se usaba para suplantar miembros que los pacientes habían perdido en algún accidente. Lo que sí es nuevo es que una persona acceda libremente a amputarse una parte de su cuerpo para sustituirla por una extremidad artificial.
La noticia, destapada por la revista científica Lancet, ha hecho correr ríos de tinta por sus implicaciones éticas. Nadie, más que los propios afectados, puede juzgar si es ético o no mutilarse en pos de una mayor calidad de vida. Nadie cuando hablamos de una calidad de vida mermada en comparación con los estándares sociales. Sin embargo, la noticia da pie a un debate que va más allá de sus protagonistas.
Cada avance médico, cada brillante anuncio tecnológico, nos plantea retos morales de difícil solución. Y este en concreto nos ha hecho ver un futuro muy distinto del que imagina Stephen Hawking cuando alerta sobre los peligros de la inteligencia artificial. Un futuro que no está dominado por robots humanizados, sino por humanos robotizados.
Obviando intervenciones más agresivas lo cierto es que la tecnología ya ha empezado una loca carrera para adaptarse a nuestro cuerpo. Lo lleva haciendo desde hace años. El primer paso se produjo cuando pasamos de ordenadores de mesa a laptops, un producto que lleva hasta en su nombre –lap significa ‘regazo’ en inglés- su vocación de adaptarse al cuerpo.
El siguiente paso ha sido más firme, cuando ha convertido tablets y smartphones en apéndices externos de nuestro físico, dispositivos que responden a nuestro tacto, que reconocen nuestra cara y nuestras huellas dactilares. Objetos que se acercan, cada vez más, a formar parte de nosotros. En la actualidad estamos inmersos en un tercer paso, un tercer salto tecnológico que encarnan los llamados wearables, tecnología puntera que se lleva pegada al cuerpo. El smartwatch y las smart glasses son quizá los objetos que mejor representan esta nueva ola, pero solo son los primeros. No es difícil imaginar un futuro en el que todos nuestros accesorios lleven el prefijo smart.
Juntando estas dos tendencias varios expertos han empezado a alertar de que las fronteras entre humanos y robots son cada vez más difusas. Hay incluso quien habla de una hibridación, pronosticando que en 2025 la fusión entre humanos y robots será algo cotidiano. En su libro ‘La brecha robótica. ¿Una nueva frontera en el siglo XXI?‘, el catedrático de Trabajo Social de la UNED Antonio López asegura que «lo más íntimo dentro de unos años será nuestro robot». «Y por íntimo me refiero a una convivencia tanto física como psicológica», matiza el profesor.
Las cuestiones morales que se plantea López en su tesis no ahondan en la conveniencia de robotizarnos sino en las desigualdades sociales que ello supondría. Defiende el doctor López que produciría una brecha robótica del mismo modo que hoy se produce una brecha tecnológica.
Los avances del Capitán Cyborg y el Doctor Maligno
Kevin Warwick tiene un apodo de superhéroe y un currículum de Nobel. Conocido como Capitán Cyborg, este profesor de la Universidad de Reading ha llevado a cabo distintos experimentos y estudios, siendo el Proyecto Cyborg el que más repercusión ha tenido. En 1998, Warwick se implantó un chip en el brazo que le permitía controlar dispositivos electrónicos por proximidad. A su paso se encienden luces y abren puertas gracias a esta tecnología. La finalidad del experimento era probar que el cuerpo podía soportar la injerencias de este chip.
El Capitán Cyborg está realizando varios experimentos de este tipo con ayuda del Doctor Maligno, un tatuador que se ha reconvertido en experto en microcirugía para implantar chips e imanes subcutáneos. Puede que sus nombres recuerden a los personajes de un cómic, pero sus resultados son muy reales y han inspirado experimentos similares por todo el mundo para recuperar sentidos que el destino había cercenado.

El ejemplo más inmediato sería el de Neil Harbisson, un joven diagnosticado de acromatopsia -una enfermedad que impide apreciar los colores-, que se sometió a una intervención para que su cerebro pudiera convertir los colores en sonidos. Pero las aplicaciones de la robótica en la actualidad no solo se orientan a recuperar sentidos, sino a crear algunos nuevos. Warwick defiende que el ser humano tiene muchos límites y que la tecnología puede ayudarnos a superar nuestras limitaciones senso-motoras.
Ian Harrison, uno de los estudiantes de Warwick, tiene imanes en las yemas de los dedos y está conectado a un sensor infrarrojo. Lo que puede hacer es sentir, a distancia, lo caliente que está un determinado objeto o lugar. Puede que de entrada parezca un sexto sentido con poca aplicación en la vida real, pero el uso militar que puede tener (comprobar, asomando un dedo si hay o no gente en una habitación, por ejemplo) es innegable.
Las fronteras entre lo humano y lo robótico se difuminan. Procedimientos agresivos o inocuos, éticos o moralmente reprobables, pero todos dirigidos a un mismo fin: conseguir adelantarse a la evolución natural y convertir al hombre en una máquina perfecta. Con todo lo que ello conlleva.

Tres pacientes han cambiado un brazo inútil por una prótesis inteligente. Se han amputado una parte de su cuerpo biológico que no era eficiente, para sustituirla por una creación tecnológica puntera, que les permite realizar movimientos sencillos. La tecnología no es nueva, ya se usaba para suplantar miembros que los pacientes habían perdido en algún accidente. Lo que sí es nuevo es que una persona acceda libremente a amputarse una parte de su cuerpo para sustituirla por una extremidad artificial.
La noticia, destapada por la revista científica Lancet, ha hecho correr ríos de tinta por sus implicaciones éticas. Nadie, más que los propios afectados, puede juzgar si es ético o no mutilarse en pos de una mayor calidad de vida. Nadie cuando hablamos de una calidad de vida mermada en comparación con los estándares sociales. Sin embargo, la noticia da pie a un debate que va más allá de sus protagonistas.
Cada avance médico, cada brillante anuncio tecnológico, nos plantea retos morales de difícil solución. Y este en concreto nos ha hecho ver un futuro muy distinto del que imagina Stephen Hawking cuando alerta sobre los peligros de la inteligencia artificial. Un futuro que no está dominado por robots humanizados, sino por humanos robotizados.
Obviando intervenciones más agresivas lo cierto es que la tecnología ya ha empezado una loca carrera para adaptarse a nuestro cuerpo. Lo lleva haciendo desde hace años. El primer paso se produjo cuando pasamos de ordenadores de mesa a laptops, un producto que lleva hasta en su nombre –lap significa ‘regazo’ en inglés- su vocación de adaptarse al cuerpo.
El siguiente paso ha sido más firme, cuando ha convertido tablets y smartphones en apéndices externos de nuestro físico, dispositivos que responden a nuestro tacto, que reconocen nuestra cara y nuestras huellas dactilares. Objetos que se acercan, cada vez más, a formar parte de nosotros. En la actualidad estamos inmersos en un tercer paso, un tercer salto tecnológico que encarnan los llamados wearables, tecnología puntera que se lleva pegada al cuerpo. El smartwatch y las smart glasses son quizá los objetos que mejor representan esta nueva ola, pero solo son los primeros. No es difícil imaginar un futuro en el que todos nuestros accesorios lleven el prefijo smart.
Juntando estas dos tendencias varios expertos han empezado a alertar de que las fronteras entre humanos y robots son cada vez más difusas. Hay incluso quien habla de una hibridación, pronosticando que en 2025 la fusión entre humanos y robots será algo cotidiano. En su libro ‘La brecha robótica. ¿Una nueva frontera en el siglo XXI?‘, el catedrático de Trabajo Social de la UNED Antonio López asegura que «lo más íntimo dentro de unos años será nuestro robot». «Y por íntimo me refiero a una convivencia tanto física como psicológica», matiza el profesor.
Las cuestiones morales que se plantea López en su tesis no ahondan en la conveniencia de robotizarnos sino en las desigualdades sociales que ello supondría. Defiende el doctor López que produciría una brecha robótica del mismo modo que hoy se produce una brecha tecnológica.
Los avances del Capitán Cyborg y el Doctor Maligno
Kevin Warwick tiene un apodo de superhéroe y un currículum de Nobel. Conocido como Capitán Cyborg, este profesor de la Universidad de Reading ha llevado a cabo distintos experimentos y estudios, siendo el Proyecto Cyborg el que más repercusión ha tenido. En 1998, Warwick se implantó un chip en el brazo que le permitía controlar dispositivos electrónicos por proximidad. A su paso se encienden luces y abren puertas gracias a esta tecnología. La finalidad del experimento era probar que el cuerpo podía soportar la injerencias de este chip.
El Capitán Cyborg está realizando varios experimentos de este tipo con ayuda del Doctor Maligno, un tatuador que se ha reconvertido en experto en microcirugía para implantar chips e imanes subcutáneos. Puede que sus nombres recuerden a los personajes de un cómic, pero sus resultados son muy reales y han inspirado experimentos similares por todo el mundo para recuperar sentidos que el destino había cercenado.

El ejemplo más inmediato sería el de Neil Harbisson, un joven diagnosticado de acromatopsia -una enfermedad que impide apreciar los colores-, que se sometió a una intervención para que su cerebro pudiera convertir los colores en sonidos. Pero las aplicaciones de la robótica en la actualidad no solo se orientan a recuperar sentidos, sino a crear algunos nuevos. Warwick defiende que el ser humano tiene muchos límites y que la tecnología puede ayudarnos a superar nuestras limitaciones senso-motoras.
Ian Harrison, uno de los estudiantes de Warwick, tiene imanes en las yemas de los dedos y está conectado a un sensor infrarrojo. Lo que puede hacer es sentir, a distancia, lo caliente que está un determinado objeto o lugar. Puede que de entrada parezca un sexto sentido con poca aplicación en la vida real, pero el uso militar que puede tener (comprobar, asomando un dedo si hay o no gente en una habitación, por ejemplo) es innegable.
Las fronteras entre lo humano y lo robótico se difuminan. Procedimientos agresivos o inocuos, éticos o moralmente reprobables, pero todos dirigidos a un mismo fin: conseguir adelantarse a la evolución natural y convertir al hombre en una máquina perfecta. Con todo lo que ello conlleva.

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