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31 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El inventor de las fotos de 80 kilos

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Apretar un disparador, elegir la imagen y darle a imprimir eran funciones que sumían en el «aburrimiento» al fotógrafo mexicano Rubén Ochoa. Dice que no aguanta «la rutina». Este exejecutivo hace ocho años encargó una cámara de 3 megapíxeles a un amigo que iba a Estados Unidos, y pasaron dos semanas desde que abrió las instrucciones hasta que ganó el certamen Nopal Urbano, 50.000 pesos de premio y una exposición en la Torre Mayor (Ciudad de México).
Dos años después colgó el traje de godines. Ya había acumulado suficientes galardones en fotografía como para darse cuenta de que se había equivocado de camino. Tras un lustro de éxitos en su nuevo oficio, sin embargo, volvía a sentirse estancado. Esta vez su impulsividad le ha llevado a investigar, estudiar y experimentar durante más de año y medio para ser uno de los pocos fotógrafos que revela sobre piedra. Su técnica la mantiene en secreto. Ahora, cada una de sus fotos, se cuelgan en argollas que resistan ochenta kilos de peso.
«La piedra se llama tikul y solo se da en una parte del estado de Yucatán», deja tocar Ochoa en el salón de su casa una de las estampitas inéditas de metro por metro y medio. Lo que a simple vista parece una pintura en un lienzo grisáceo, de cerca se convierte en una lápida inamovible con imágenes demasiado perfectas incluso para un pintor realista. «Son fotos, y esto es piedra de verdad», repite por si las dudas, «para revelar cada una de ellas necesito crear un negativo de este tamaño».
Sobre la mesa, el artista pone dos gruesos libros de páginas amarillentas y casi un siglo de solera. Uno es del Profesor Rodolfo Namias y se titula Manual Práctico de Fotografía; el otro lo escribió Alejandro del Comte y se llama Formulario Fotográfico. «De aquí aprendí casi todo», los señala. Se refiere a las noches, días y meses que pasó estudiando las técnicas de revelado más antiguas y rudimentarias con el propósito de poder hacer lo mismo en el tikul. Con las bases bien aprendidas, solo era cuestión de ensayo y error dar con las fórmulas químicas, los tiempos y los procesos necesarios para hacer de la piedra un papel de fotografía.
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«Pasaba horas leyendo. Tenía que consultar con amigos científicos para que me dijesen a qué se referían algunos términos de estos libros», cuenta su experiencia investigativa. «Cuando iba a las droguerías, me pedían papeles y cartas firmadas para comprar algunos de los productos, por si los quería para fabricar explosivos».
Aunque no podría cuantificar el número de veces que falló ni cuantos fueron los intentos que se desvanecían cuando creía que por fin había dado en el clavo, sí recuerda perfectamente el día que en su laboratorio oscuro consiguió, por fin, revelar su primera fotografía en piedra. «Tan resistente que podrías tirarle un bote de tina (aguarrás) y no le pasaría nada», presume de la eficacia del descubrimiento.
Dice que prefiere no patentarlo, «por el momento». Esgrime que otros podrían aprender a «hacerlo igual» e incluso «mejorar la técnica». También es consciente de que más antes que después dejará «de hacer esto» para seguir innovando. Otra cosa muy distinta es que vaya a revelar la fórmula a cualquiera después de todo el esfuerzo. El día que un hombre a la salida de una exposición le pidió que le contase el método, Ochoa le respondió que «se lo podría decir», pero que era mejor que empezase por «leer» y «estudiar» todo eso que a él le había hecho falta para dar con ello.
Por lo demás, le resta importancia al hito y no quiere que su legado se reduzca a la técnica. Lo de haber inventado el revelado en piedra, en realidad, a Ochoa se le hizo tan solo un paso necesario para elaborar sus dos últimas colecciones.
En la primera de ellas, Bestiario, las fotos pedregosas de Ochoa sirvieron para declarar en una vieja iglesia anglicana los siete nuevos pecados capitales que él mismo ha ideado. «El egoísmo, el consumismo, la impunidad, la crueldad, el abandono, la mentira y la devastación», enumera. Las atípicas escenas de musas, mensajes grabados y animales que dispuso para disparar su cámara, reveladas en piedra, le han puesto difícil a más de uno creer que no se trataba de un cuadro pictórico surrealista.
La segunda se trataba de un homenaje al artista Manuel Felguérez. «Me pidieron que me encargara, pero yo me negué a hacer la típica exposición de fotografías». Tras pasar tiempo con el homenajeado escuchando sus anécdotas de vida, el fotógrafo retrató y reveló en tikul escenas, objetos y motivos tan íntimos para el escultor que solo él podía entenderlas. En esta ocasión lo que hizo fue superponer las láminas de piedra a base de rompimientos de las imágenes rígidas que mejoran la técnica. «Felguérez las miraba como un niño, acabó llorando», da fe del éxito.
«Cuando digo que haber conseguido revelar en piedra no lo es todo, me refiero a que lo que cuenta en realidad es la originalidad que le des a un trabajo. Yo no quise solo inventar un método, yo quise hacer del revelado en piedra parte de estos trabajos. Porque el oficio no significa nada sin el lado estético. Para mí, hacer algo así, es como hacer un poema».
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Dos años después colgó el traje de godines. Ya había acumulado suficientes galardones en fotografía como para darse cuenta de que se había equivocado de camino. Tras un lustro de éxitos en su nuevo oficio, sin embargo, volvía a sentirse estancado. Esta vez su impulsividad le ha llevado a investigar, estudiar y experimentar durante más de año y medio para ser uno de los pocos fotógrafos que revela sobre piedra. Su técnica la mantiene en secreto. Ahora, cada una de sus fotos, se cuelgan en argollas que resistan ochenta kilos de peso.
«La piedra se llama tikul y solo se da en una parte del estado de Yucatán», deja tocar Ochoa en el salón de su casa una de las estampitas inéditas de metro por metro y medio. Lo que a simple vista parece una pintura en un lienzo grisáceo, de cerca se convierte en una lápida inamovible con imágenes demasiado perfectas incluso para un pintor realista. «Son fotos, y esto es piedra de verdad», repite por si las dudas, «para revelar cada una de ellas necesito crear un negativo de este tamaño».
Sobre la mesa, el artista pone dos gruesos libros de páginas amarillentas y casi un siglo de solera. Uno es del Profesor Rodolfo Namias y se titula Manual Práctico de Fotografía; el otro lo escribió Alejandro del Comte y se llama Formulario Fotográfico. «De aquí aprendí casi todo», los señala. Se refiere a las noches, días y meses que pasó estudiando las técnicas de revelado más antiguas y rudimentarias con el propósito de poder hacer lo mismo en el tikul. Con las bases bien aprendidas, solo era cuestión de ensayo y error dar con las fórmulas químicas, los tiempos y los procesos necesarios para hacer de la piedra un papel de fotografía.
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«Pasaba horas leyendo. Tenía que consultar con amigos científicos para que me dijesen a qué se referían algunos términos de estos libros», cuenta su experiencia investigativa. «Cuando iba a las droguerías, me pedían papeles y cartas firmadas para comprar algunos de los productos, por si los quería para fabricar explosivos».
Aunque no podría cuantificar el número de veces que falló ni cuantos fueron los intentos que se desvanecían cuando creía que por fin había dado en el clavo, sí recuerda perfectamente el día que en su laboratorio oscuro consiguió, por fin, revelar su primera fotografía en piedra. «Tan resistente que podrías tirarle un bote de tina (aguarrás) y no le pasaría nada», presume de la eficacia del descubrimiento.
Dice que prefiere no patentarlo, «por el momento». Esgrime que otros podrían aprender a «hacerlo igual» e incluso «mejorar la técnica». También es consciente de que más antes que después dejará «de hacer esto» para seguir innovando. Otra cosa muy distinta es que vaya a revelar la fórmula a cualquiera después de todo el esfuerzo. El día que un hombre a la salida de una exposición le pidió que le contase el método, Ochoa le respondió que «se lo podría decir», pero que era mejor que empezase por «leer» y «estudiar» todo eso que a él le había hecho falta para dar con ello.
Por lo demás, le resta importancia al hito y no quiere que su legado se reduzca a la técnica. Lo de haber inventado el revelado en piedra, en realidad, a Ochoa se le hizo tan solo un paso necesario para elaborar sus dos últimas colecciones.
En la primera de ellas, Bestiario, las fotos pedregosas de Ochoa sirvieron para declarar en una vieja iglesia anglicana los siete nuevos pecados capitales que él mismo ha ideado. «El egoísmo, el consumismo, la impunidad, la crueldad, el abandono, la mentira y la devastación», enumera. Las atípicas escenas de musas, mensajes grabados y animales que dispuso para disparar su cámara, reveladas en piedra, le han puesto difícil a más de uno creer que no se trataba de un cuadro pictórico surrealista.
La segunda se trataba de un homenaje al artista Manuel Felguérez. «Me pidieron que me encargara, pero yo me negué a hacer la típica exposición de fotografías». Tras pasar tiempo con el homenajeado escuchando sus anécdotas de vida, el fotógrafo retrató y reveló en tikul escenas, objetos y motivos tan íntimos para el escultor que solo él podía entenderlas. En esta ocasión lo que hizo fue superponer las láminas de piedra a base de rompimientos de las imágenes rígidas que mejoran la técnica. «Felguérez las miraba como un niño, acabó llorando», da fe del éxito.
«Cuando digo que haber conseguido revelar en piedra no lo es todo, me refiero a que lo que cuenta en realidad es la originalidad que le des a un trabajo. Yo no quise solo inventar un método, yo quise hacer del revelado en piedra parte de estos trabajos. Porque el oficio no significa nada sin el lado estético. Para mí, hacer algo así, es como hacer un poema».
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