12 de junio 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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El lago de sal seco de Bonneville

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Simon Davidson ha sido contagiado por la fiebre de la sal. Todo ocurrió durante su visita a Bonneville (Utah), un lago de sal seco donde el ser humano lleva más de un siglo rompiendo récords de la velocidad a cuatro ruedas.

Durante la primera mitad del siglo 20, el motor tuvo una figura similar a los exploradores que viajaban hacia la Antártida y escalaban las montañas del Himalaya. Hombres intrépidos que se desplazaban a cuatro ruedas hasta parajes desérticos para sobrepasar los límites de la ingeniería. Empezaron siendo experimentos locos minoritarios, pero con la entrada de los años 30 recibieron cobertura digna de una estrella del rock. Martin Campbell, uno de los pilotos más conocidos de esa década, fue galardonado con el titulo de Sir por sus proezas.

El afán por romper las barreras de velocidad dio pie a una gran rivalidad entre británicos y americanos que se jugaban la vida para satisfacer una mezcla de ego y patriotismo. Las medidas de seguridad eran tan precarias que muchos se quedaron por el camino.

Probablemente, el lugar que más representa este afán por ir más rápido es Bonneville. Un lago de sal seco en el estado de Utah que cubre más de 12.000 hectáreas donde se han batido récord tras récord de velocidad en todas las modalidades.

“Es la Meca de la velocidad. Se han superado los registros de 200, 300, 400, 500 y 600 millas por hora en este lugar. Craig Breedlove, un piloto legendario, quiere impulsar un proyecto para superar la barrera de las 800 millas por hora aquí. Quién sabe si dentro de poco estaremos hablando de superar las 1000 millas por hora”, cuenta Simon Davidson.

Este fotógrafo australiano llevaba más de una década cubriendo distintas escenas, independiente, del motor en Australia, su país de origen. Era asiduo a las carreras en las explanadas de sal en el Lago Gardiner. Pero todo esto se le quedó corto cuando empezó a indagar sobre las carreras de Bonneville, donde acabó contagiado por ‘la fiebre de la sal’.

Un lugar venido a menos en el imaginario colectivo de la gente pero que, gracias a ese olvido, mantiene un espíritu independiente lejos del mundo del motor dominado por los patrocinadores. Un sitio donde cada año se reúnen fanáticos del motor para conducir sus coches a velocidades extremas en un ambiente colaborativo y sin ánimo de lucro.

 

¿Cómo fue tu primera visita a Bonneville?

A lo largo de los años había tenido un montón de referencias visuales del lugar en películas y fotografías, pero nada me preparó para lo que me encontré cuando me detuve, un lunes por la mañana, delante de este enorme lago seco. Los pit lanes medían tres kilómetros. Te quedas hipnotizado viendo coches circular a velocidades entre 300 y 650 kilómetros por hora. Pero lo que realmente me cautivó de este mundo fueron las personas que participan en estas carreras. Es de los pocos deportes donde se conserva una cierta pureza. No se viene aquí a ganar dinero. No hay apenas patrocinadores. Se compite por amor al arte. Por amor a llevar estas máquinas al límite de sus posibilidades.

¿Qué tipo de gente encontraste en el lugar?

Lo que más me impactó fue conocer al hijo de un piloto que falleció aquí en 1959 cuando intentaba romper la barrera de las 300 millas por hora. Tenía dos años cuando ocurrió. Más adelante, decidió reconstruir el coche que acabó con la vida de su padre y este era el primer año que lo iba a probar sobre la sal. Es un coche rojo que se llama City of Saltlake. Me dijo que para él suponía un viaje espiritual. Fue una especie de catarsis en la que consiguió completar la carrera que su padre nunca pudo finalizar. Otro tipo francés había venido desde su país con una moto de principios del siglo 20. En cierto modo está lleno de gente peculiar. Personas que meten todos sus ahorros para conducir coches alargados construídos para moverse en línea recta. Coches que solo tienen sentido y utilidad en este lugar.

¿Tuviste oportunidad de probar los vehículos?

Un grupo de personas con quienes congenié me dejaron conducir un Roadster de 1934. Ese momento fue cuando realmente lo entendí. Cuando todo empezó a tener sentido. No hay nada a tu alrededor. Pierdes la noción de la velocidad. Solo quieres seguir. No quieres que se detenga. Pero conlleva ciertos peligros también. Es como estar en un océano. Al no tener apenas referencias visuales es muy fácil calcular mal la velocidad a la que viajas. Hay persona que han volcado sus coches o se han caído de sus motos porque giraron pensando que ya iban despacio cuando, en realidad, circulaban a más de 160 kilómetros por hora.

¿Cómo son las condiciones de un lugar así para un fotógrafo?

En cierto modo es complicado porque todas las reglas de la fotografía se dan la vuelta. Como fotógrafo te enseñan que la mejor luz es por la mañana y por la tarde. Aquí el momento más bello es el mediodía. Es cuando la sal toma vida. Luego está el factor de la perspectiva. Esa sensación de estar en un espacio infinito. Es un lienzo en el que se desenvuelven pequeñas narrativas. Es como vislumbrar un océano que emite un ruido que poco tiene que ver con lo que escuchas en las carreras. Se pierde en el inmenso vacio. Es precioso.

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Durante la primera mitad del siglo 20, el motor tuvo una figura similar a los exploradores que viajaban hacia la Antártida y escalaban las montañas del Himalaya. Hombres intrépidos que se desplazaban a cuatro ruedas hasta parajes desérticos para sobrepasar los límites de la ingeniería. Empezaron siendo experimentos locos minoritarios, pero con la entrada de los años 30 recibieron cobertura digna de una estrella del rock. Martin Campbell, uno de los pilotos más conocidos de esa década, fue galardonado con el titulo de Sir por sus proezas.

El afán por romper las barreras de velocidad dio pie a una gran rivalidad entre británicos y americanos que se jugaban la vida para satisfacer una mezcla de ego y patriotismo. Las medidas de seguridad eran tan precarias que muchos se quedaron por el camino.

Probablemente, el lugar que más representa este afán por ir más rápido es Bonneville. Un lago de sal seco en el estado de Utah que cubre más de 12.000 hectáreas donde se han batido récord tras récord de velocidad en todas las modalidades.

“Es la Meca de la velocidad. Se han superado los registros de 200, 300, 400, 500 y 600 millas por hora en este lugar. Craig Breedlove, un piloto legendario, quiere impulsar un proyecto para superar la barrera de las 800 millas por hora aquí. Quién sabe si dentro de poco estaremos hablando de superar las 1000 millas por hora”, cuenta Simon Davidson.

Este fotógrafo australiano llevaba más de una década cubriendo distintas escenas, independiente, del motor en Australia, su país de origen. Era asiduo a las carreras en las explanadas de sal en el Lago Gardiner. Pero todo esto se le quedó corto cuando empezó a indagar sobre las carreras de Bonneville, donde acabó contagiado por ‘la fiebre de la sal’.

Un lugar venido a menos en el imaginario colectivo de la gente pero que, gracias a ese olvido, mantiene un espíritu independiente lejos del mundo del motor dominado por los patrocinadores. Un sitio donde cada año se reúnen fanáticos del motor para conducir sus coches a velocidades extremas en un ambiente colaborativo y sin ánimo de lucro.

 

¿Cómo fue tu primera visita a Bonneville?

A lo largo de los años había tenido un montón de referencias visuales del lugar en películas y fotografías, pero nada me preparó para lo que me encontré cuando me detuve, un lunes por la mañana, delante de este enorme lago seco. Los pit lanes medían tres kilómetros. Te quedas hipnotizado viendo coches circular a velocidades entre 300 y 650 kilómetros por hora. Pero lo que realmente me cautivó de este mundo fueron las personas que participan en estas carreras. Es de los pocos deportes donde se conserva una cierta pureza. No se viene aquí a ganar dinero. No hay apenas patrocinadores. Se compite por amor al arte. Por amor a llevar estas máquinas al límite de sus posibilidades.

¿Qué tipo de gente encontraste en el lugar?

Lo que más me impactó fue conocer al hijo de un piloto que falleció aquí en 1959 cuando intentaba romper la barrera de las 300 millas por hora. Tenía dos años cuando ocurrió. Más adelante, decidió reconstruir el coche que acabó con la vida de su padre y este era el primer año que lo iba a probar sobre la sal. Es un coche rojo que se llama City of Saltlake. Me dijo que para él suponía un viaje espiritual. Fue una especie de catarsis en la que consiguió completar la carrera que su padre nunca pudo finalizar. Otro tipo francés había venido desde su país con una moto de principios del siglo 20. En cierto modo está lleno de gente peculiar. Personas que meten todos sus ahorros para conducir coches alargados construídos para moverse en línea recta. Coches que solo tienen sentido y utilidad en este lugar.

¿Tuviste oportunidad de probar los vehículos?

Un grupo de personas con quienes congenié me dejaron conducir un Roadster de 1934. Ese momento fue cuando realmente lo entendí. Cuando todo empezó a tener sentido. No hay nada a tu alrededor. Pierdes la noción de la velocidad. Solo quieres seguir. No quieres que se detenga. Pero conlleva ciertos peligros también. Es como estar en un océano. Al no tener apenas referencias visuales es muy fácil calcular mal la velocidad a la que viajas. Hay persona que han volcado sus coches o se han caído de sus motos porque giraron pensando que ya iban despacio cuando, en realidad, circulaban a más de 160 kilómetros por hora.

¿Cómo son las condiciones de un lugar así para un fotógrafo?

En cierto modo es complicado porque todas las reglas de la fotografía se dan la vuelta. Como fotógrafo te enseñan que la mejor luz es por la mañana y por la tarde. Aquí el momento más bello es el mediodía. Es cuando la sal toma vida. Luego está el factor de la perspectiva. Esa sensación de estar en un espacio infinito. Es un lienzo en el que se desenvuelven pequeñas narrativas. Es como vislumbrar un océano que emite un ruido que poco tiene que ver con lo que escuchas en las carreras. Se pierde en el inmenso vacio. Es precioso.

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