17 de octubre 2022    /   SOSTENIBILIDAD
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El mensaje del cataclismo medioambiental no funciona

Sustituyamos a Greta por Casey

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Como cada mañana, Casey Newton asiste a sus clases en el instituto, en Cabo Cañaveral. «Mutua y segura destrucción», anuncia una de sus profesoras con los ojos desorbitados. «Entropía medioambiental», señala otro profesor, «los casquetes polares no están esperando a que decidamos si el cambio climático existe». En clase de literatura, el atribulado profesor aborda las distopías de ciencia ficción escritas por autores como George Orwell, asegurando que ya se han convertido en nuestra funesta realidad. Todos los alumnos toman apuntes, cabizbajos y sombríos. Solo la vivaracha Casey está levantando la mano para pedir la palabra: «¿Se puede arreglar?».

Casey es una amante de la ciencia y la tecnología y considera que, con el suficiente empeño, al estilo Moonshot Thinking, todo puede arreglarse. Desafortunadamente, Casey no existe. Al menos, no existe nadie lo suficientemente popular que comparta su manera de entender el mundo. Porque Casey es la protagonista del film Tomorrowland (2015), una rara avis que, a diferencia de las admoniciones y visajes de la activista climática Greta Thunberg, no se deja llevar por la asunción de que estamos asistiendo al castigo de la diosa Gaia por nuestros pecados.

Casey plantea un futuro optimista en vez de pesimista donde no debemos pagar un tributo por el pacto fáustico asociado a nuestro avances tecnológicos y nuestra calidad de vida. Casey nunca aparecería en un capítulo de Black Mirror porque no sufre del popular síndrome de Frankenstein. Casey no regaña, sino que inspira. No alarma, sino que nos recuerda todo lo que hemos sido capaces de hacer a lo largo de la historia para llegar hasta aquí.

Cuando un recurso empieza a agotarse, podemos encontrar otro que lo sustituya; o podemos diseñar tecnologías que consuman ese recurso más eficientemente.

A diferencia del omnipresente mensaje que hallamos en la cultura de masas, Casey es, probablemente, la única protagonista de un blockbuster que nos envía un mensaje diferente.

NO BASTA CON ARREPENTIRSE

No basta con arrepentirse ni con regresar a la Edad Media. Ni siquiera los actos individuales de contrición y ascetismo tienen un impacto importante en un mundo habitado por casi ocho mil millones de personas, y en el que pronto habrá muchos miles de millones más. Incluso en el hipotético caso de que se redujeran a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero para el 2050, o se anularan por completo en 2075, el CO2 ya emitido continuará por muchísimo tiempo en la atmósfera. No basta con frenar o sentirnos culpables. Hay que actuar.

Sin embargo, los grandes cambios globales que implican a individuos con diferentes culturas e intereses tienen lugar, por lo general, por disruptores tecnológicos: la agricultura, la imprenta, la locomotora a vapor, el teléfono, la electricidad, internet… Por esa razón, el desarrollo de memorias digitales ha hecho más por la tala de árboles que la concienciación climática.

Así que Casey pensaría en soluciones que implicaran grandes cambios tecnológicos: avances en la tecnología nuclear (quizás la tan anhelada fusión), mejores baterías para almacenar la energía intermitente de las fuentes renovables, redes inteligentes como internet para distribuir la electricidad desde fuentes dispersas a usuarios dispersos, métodos de captación y almacenamiento de CO2, biotecnología para desarrollar nuevos materiales con mejor impacto medioambiental, transgénicos para alimentar más y mejor, y un largo etcétera.

Soluciones, no lamentos. Hacer que nos impulsen las promesas optimistas, no que nos asusten los pronósticos agoreros. Asumir cómo funciona la sociedad y cómo opera nuestra psicología para evitar esperar que la gente, por sí sola, decida actuar siempre bien y hacia un objetivo común.

 Necesitamos satisfacer las necesidades de las personas (cada uno tendrá la suyas) con ideas: recetas, fórmulas, técnicas, proyectos, algoritmos. Si una idea deja de funcionar, se sustituye por otra. Así podremos acabar con la falacia naturalista de que «necesitamos recursos» o «los recursos son finitos». Los recursos llevan siendo un problema desde hace trece mil años. Lo que no es un problema son las ideas. Porque nuevas ideas pueden saltar los límites de cualquier cantidad limitada de material terrestre.

Las leyes de la naturaleza no fueron diseñadas para satisfacer las necesidades los deseos humanos; son los deseos humanos los que adaptan las leyes de la naturaleza para que se adapten, a su vez, a ellos. Cuando un recurso empieza a agotarse, podemos encontrar otro que lo sustituya; o podemos diseñar tecnologías que consuman ese recurso más eficientemente.

DESPOLITIZAR EL PROBLEMA

Cada bando político enarbola sus propias doctrinas. Todas ellas son inexactas. Por esa razón, las buenas ideas aflorarán con mayor facilidad si despolitizamos el terreno de juego.

 En estos casos, los datos son el mejor disolvente. Tomemos un país que no se caracteriza por ser particularmente sostenible, como Estados Unidos. Esto es lo que ha pasado desde 1970 a 2015: la población ha aumentado un 40%, se ha vuelto 2,5 veces más rica y ha conducido el doble de kilómetros. Pero ha reducido en casi dos tercios la emisión de cinco contaminantes atmosféricos. La mayor parte de esta mejoría no se debe a la externalización, sino a una mayor eficiencia y control de las emisiones. Es decir, más, mucho más, por menos.

Porque, en general, podemos resumir la historia de la civilización humana en estos términos: producimos más a la vez que contaminamos menos per cápita. De esta manera, podemos refutar las dos grandes tesis politizadas de nuestro tiempo: la verde ortodoxa de la izquierda (solo el decrecimiento puede frenar la contaminación) y la capitalista ortodoxa de la derecha (la protección medioambiental sabotea el crecimiento económico y el nivel de vida de la gente).

El mensaje del cataclismo medioambiental no funciona

Por consiguiente, para abordar el cambio climático hemos de evitar cuatro sesgos:

Por consiguiente, para abordar el cambio climático hemos de evitar cuatro sesgos: 

  1. El pesimista: porque subestimamos la capacidad de tener nuevas ideas.
  2. El catastrofista: porque si el escenario es demasiado pesimista, entonces la gente tiende a rendirse. O dicho de otra manera más técnica: cuanta menos seguridad tenemos, más gravosamente descontamos nuestro futuro.
  3. El político: porque su influencia nos vuelve intelectualmente hemipléjicos.
  4. El egotista: porque nos damos demasiada importancia y, dado que no importa lo que hagamos siendo como somos miles de millones de individuos, tomar una posición extrema (como el zero waste) tiende a incentivar a quienes anhelan el señalamiento de la virtud o puede dar la falsa sensación de que, si ya has hecho lo moralmente correcto, entonces el problema ya está arreglado.

Por contrapartida, debemos alimentar el optimismo. Pero no el bobo y complaciente que el economista Paul Romer compara con el sentimiento del niño que espera regalos la mañana de Navidad, sino el optimismo condicional: el sentimiento del niño que quiere una casita en el árbol y se da cuenta de que puede tenerla si consigue madera y clavos y convence a otros niños para que lo ayuden. El sentimiento de Casey cuando levanta la mano y pregunta: ¿se puede arreglar? 

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Como cada mañana, Casey Newton asiste a sus clases en el instituto, en Cabo Cañaveral. «Mutua y segura destrucción», anuncia una de sus profesoras con los ojos desorbitados. «Entropía medioambiental», señala otro profesor, «los casquetes polares no están esperando a que decidamos si el cambio climático existe». En clase de literatura, el atribulado profesor aborda las distopías de ciencia ficción escritas por autores como George Orwell, asegurando que ya se han convertido en nuestra funesta realidad. Todos los alumnos toman apuntes, cabizbajos y sombríos. Solo la vivaracha Casey está levantando la mano para pedir la palabra: «¿Se puede arreglar?».

Casey es una amante de la ciencia y la tecnología y considera que, con el suficiente empeño, al estilo Moonshot Thinking, todo puede arreglarse. Desafortunadamente, Casey no existe. Al menos, no existe nadie lo suficientemente popular que comparta su manera de entender el mundo. Porque Casey es la protagonista del film Tomorrowland (2015), una rara avis que, a diferencia de las admoniciones y visajes de la activista climática Greta Thunberg, no se deja llevar por la asunción de que estamos asistiendo al castigo de la diosa Gaia por nuestros pecados.

Casey plantea un futuro optimista en vez de pesimista donde no debemos pagar un tributo por el pacto fáustico asociado a nuestro avances tecnológicos y nuestra calidad de vida. Casey nunca aparecería en un capítulo de Black Mirror porque no sufre del popular síndrome de Frankenstein. Casey no regaña, sino que inspira. No alarma, sino que nos recuerda todo lo que hemos sido capaces de hacer a lo largo de la historia para llegar hasta aquí.

Cuando un recurso empieza a agotarse, podemos encontrar otro que lo sustituya; o podemos diseñar tecnologías que consuman ese recurso más eficientemente.

A diferencia del omnipresente mensaje que hallamos en la cultura de masas, Casey es, probablemente, la única protagonista de un blockbuster que nos envía un mensaje diferente.

NO BASTA CON ARREPENTIRSE

No basta con arrepentirse ni con regresar a la Edad Media. Ni siquiera los actos individuales de contrición y ascetismo tienen un impacto importante en un mundo habitado por casi ocho mil millones de personas, y en el que pronto habrá muchos miles de millones más. Incluso en el hipotético caso de que se redujeran a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero para el 2050, o se anularan por completo en 2075, el CO2 ya emitido continuará por muchísimo tiempo en la atmósfera. No basta con frenar o sentirnos culpables. Hay que actuar.

Sin embargo, los grandes cambios globales que implican a individuos con diferentes culturas e intereses tienen lugar, por lo general, por disruptores tecnológicos: la agricultura, la imprenta, la locomotora a vapor, el teléfono, la electricidad, internet… Por esa razón, el desarrollo de memorias digitales ha hecho más por la tala de árboles que la concienciación climática.

Así que Casey pensaría en soluciones que implicaran grandes cambios tecnológicos: avances en la tecnología nuclear (quizás la tan anhelada fusión), mejores baterías para almacenar la energía intermitente de las fuentes renovables, redes inteligentes como internet para distribuir la electricidad desde fuentes dispersas a usuarios dispersos, métodos de captación y almacenamiento de CO2, biotecnología para desarrollar nuevos materiales con mejor impacto medioambiental, transgénicos para alimentar más y mejor, y un largo etcétera.

Soluciones, no lamentos. Hacer que nos impulsen las promesas optimistas, no que nos asusten los pronósticos agoreros. Asumir cómo funciona la sociedad y cómo opera nuestra psicología para evitar esperar que la gente, por sí sola, decida actuar siempre bien y hacia un objetivo común.

 Necesitamos satisfacer las necesidades de las personas (cada uno tendrá la suyas) con ideas: recetas, fórmulas, técnicas, proyectos, algoritmos. Si una idea deja de funcionar, se sustituye por otra. Así podremos acabar con la falacia naturalista de que «necesitamos recursos» o «los recursos son finitos». Los recursos llevan siendo un problema desde hace trece mil años. Lo que no es un problema son las ideas. Porque nuevas ideas pueden saltar los límites de cualquier cantidad limitada de material terrestre.

Las leyes de la naturaleza no fueron diseñadas para satisfacer las necesidades los deseos humanos; son los deseos humanos los que adaptan las leyes de la naturaleza para que se adapten, a su vez, a ellos. Cuando un recurso empieza a agotarse, podemos encontrar otro que lo sustituya; o podemos diseñar tecnologías que consuman ese recurso más eficientemente.

DESPOLITIZAR EL PROBLEMA

Cada bando político enarbola sus propias doctrinas. Todas ellas son inexactas. Por esa razón, las buenas ideas aflorarán con mayor facilidad si despolitizamos el terreno de juego.

 En estos casos, los datos son el mejor disolvente. Tomemos un país que no se caracteriza por ser particularmente sostenible, como Estados Unidos. Esto es lo que ha pasado desde 1970 a 2015: la población ha aumentado un 40%, se ha vuelto 2,5 veces más rica y ha conducido el doble de kilómetros. Pero ha reducido en casi dos tercios la emisión de cinco contaminantes atmosféricos. La mayor parte de esta mejoría no se debe a la externalización, sino a una mayor eficiencia y control de las emisiones. Es decir, más, mucho más, por menos.

Porque, en general, podemos resumir la historia de la civilización humana en estos términos: producimos más a la vez que contaminamos menos per cápita. De esta manera, podemos refutar las dos grandes tesis politizadas de nuestro tiempo: la verde ortodoxa de la izquierda (solo el decrecimiento puede frenar la contaminación) y la capitalista ortodoxa de la derecha (la protección medioambiental sabotea el crecimiento económico y el nivel de vida de la gente).

El mensaje del cataclismo medioambiental no funciona

Por consiguiente, para abordar el cambio climático hemos de evitar cuatro sesgos:

Por consiguiente, para abordar el cambio climático hemos de evitar cuatro sesgos: 

  1. El pesimista: porque subestimamos la capacidad de tener nuevas ideas.
  2. El catastrofista: porque si el escenario es demasiado pesimista, entonces la gente tiende a rendirse. O dicho de otra manera más técnica: cuanta menos seguridad tenemos, más gravosamente descontamos nuestro futuro.
  3. El político: porque su influencia nos vuelve intelectualmente hemipléjicos.
  4. El egotista: porque nos damos demasiada importancia y, dado que no importa lo que hagamos siendo como somos miles de millones de individuos, tomar una posición extrema (como el zero waste) tiende a incentivar a quienes anhelan el señalamiento de la virtud o puede dar la falsa sensación de que, si ya has hecho lo moralmente correcto, entonces el problema ya está arreglado.

Por contrapartida, debemos alimentar el optimismo. Pero no el bobo y complaciente que el economista Paul Romer compara con el sentimiento del niño que espera regalos la mañana de Navidad, sino el optimismo condicional: el sentimiento del niño que quiere una casita en el árbol y se da cuenta de que puede tenerla si consigue madera y clavos y convence a otros niños para que lo ayuden. El sentimiento de Casey cuando levanta la mano y pregunta: ¿se puede arreglar? 

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