31 de marzo 2015    /   CREATIVIDAD
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El método Hanselmann: humor bruto contra la depresión

31 de marzo 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Simon Hanselmann (Launceston, 1981) firma sus cómics como los dibuja. Le regala un trocito de alma a cada lector. No se conforma con pintar a sus personajes y poner un «para Víctor». Se arranca un mechón rojo de la peluca y lo pega con celo en la página; se pinta los labios y deja un beso rosa marcado en el papel. Con sus historietas ocurre lo mismo: cada página tiene algo de su experiencia con la depresión, con las drogas, con el alcohol, con la desidia adolescente, con la fiesta fuerte, con el amor, con el trabajo o con la familia. Un cóctel de humor porrero y drama autobiográfico, exhibicionista, terapéutico y suicida.

hanselmann1En su último libro publicado en España, Bahía de San Búho (Fulgencio Pimentel, 2015), Hanselmann dedica varias páginas a mostrar cómo eran sus personajes en el instituto. La bruja Megg, el gato Mogg, Búho o el licántropo Werewolf Jones siguen atrapados en la secundaria. Son adolescentes con problemas de adultos. «Ese soy yo, no he cambiado», admite el dibujante. «En el colegio dibujaba cómics, veía la tele y me colocaba. Ahora tengo 33 años y dibujo cómics, veo la tele y me coloco. No he crecido ni un poquito».

En realidad, hay un personaje que sí cambia. Se llama Moco. El autor y el libro lo definen de forma vaga. Moco dice que es drag en una ocasión, pero Hanselmann habla de él como un personaje «que se traviste, trans, o como quieras llamarlo». En el flashback, Moco aparece con ropa de hombre, pero lleva ropa de mujer en las historias que suceden después. Moco ha aceptado su condición, al igual que el propio Hanselmann.

«Me gustan las mujeres. Soy hetero o lo que sea», explica, «pero me gusta lo femenino desde que tenía cinco años. Me he sentido como una mierda por la sociedad, mi familia y mis novias, pero me da igual. Acéptame como soy o que te follen». Para Hanselmann vestirse de mujer es una necesidad. Se crió en una ciudad pequeña de Tasmania donde la homofobia le complicó que aceptara su condición. «Es peligroso, llamas la atención», cuenta; «me han gritado, me han amenazado… No sé, puede ser estresante. Prefiero hacerlo en casa o en eventos, pero cada vez llevo mejor lo de hacerlo en la calle. Llevo mejor las risas y las miradas, ya sabes».

pastilla-webHanselmann cree que muchos hombres se sienten como él y lo guardan en secreto. «La gente necesita hablar de ello para que desaparezca el estigma», sentencia el dibujante. El perfil más público que tiene últimamente y sus apariciones en eventos internacionales le han ayudado mucho. Se siente aceptado en la comunidad del cómic y su actual pareja le apoya: «Ya no lo escondo. Soy así. Si no te gusta, que te jodan. Estoy muy feliz».

Para Simon Hanselmann los tebeos son medicina. Dice que si no fuera por los cómics, estaría muerto. «Mi madre era drogadicta, mi abuela estaba enferma, he tenido depresión, relaciones extrañas», explica. «Escribir sobre las cosas te ayuda a mirarlas desde fuera, lo hace menos real». Cuando lo está pasando mal, cuando descubre que su madre vuelve a drogarse, cuando algo se tuerce, él dibuja. «Me alegra haber tenido una vida tan chunga porque tengo algo de lo que escribir», afirma. «Hay muchos cómics, películas y novelas aburridas de niños ricos que no hacen nada. No quiero otra familia. Adoro a mi familia jodida y mis amigos jodidos».

Sus personajes comparten con él vivencias e inquietudes. La bruja Megg y el gato Mogg son una pareja que vive de prestaciones sociales y del dinero que les pasan sus padres. Los dos echan el día viendo la televisión, fumando hierba y bebiendo. La depresión de Megg es una presencia constante. Hanselmann retrata esa depresión desde la experiencia y la muestra como la enfermedad difícil que es. Megg tiene días buenos y días en los que no puede salir de la cama. Puede pasar de todo o llorar por un sándwich. Hay días en los que folla con Mogg porque no logra decir que no.
simon-yorokoY luego está Búho. Hanselmann trabajó de comercial telefónico durante un tiempo y lo dejó porque no lo soportaba. Búho tiene ese mismo trabajo y lo aguanta. Es el único que mira al futuro. Le encanta asumir responsabilidades y sentirse más adulto que el resto. Búho representa lo que la sociedad espera de un ciudadano y todo lo que Hanselmann no ha querido ser. Quizá por eso se ensaña con él. Es el saco de boxeo del resto de la pandilla: se ríen de él, lo maltratan, le empujan a drogarse y boicotean sus relaciones amorosas y sus empleos. Incluso le ‘regalan’ una violación por su cumpleaños.

ensayo_p129-yorokoWerewolf Jones es la antítesis de Búho. Es ruidoso, violento y capaz de cualquier cosa para ser el centro de la fiesta. Hanselmann ha dicho en alguna ocasión que odia al 90% de los hombres. «Crecí rodeado de machos gilipollas», explica. «Mi madre tuvo novios horribles que la trataban como a una mierda y que iban por ahí atacando a los gais. También hay muchas mujeres estúpidas, claro». Muchos de esos ‘machos’ están representados por Werewolf Jones.

A pesar de todo, lo defiende: «Es un personaje bastante jodido, pero no es mal tío». Hanselmann adora a sus personajes. «La gente dice que son horribles, pero yo creo que tienen sus encantos», explica. Está cómodo con Megg y compañía, son muy humanos y siente que puede hacer cualquier cosa con ellos. «Son animales divertidos. Puedes empatizar más que con los humanos porque puedes proyectarte en ellos».

Simon Hanselmann sabe que es bueno dibujando y que tiene mucho talento, pero también trabaja duro. Tiene suerte: sus personajes son lo bastante flexibles para aguantar el ritmo al que dibuja. Es muy prolífico. Se ve con fuerzas para publicar más libros de Megg, Mogg y Búho. «Bebo Red Bull todo el día y pido pizzas para no salir de casa y seguir trabajando», cuenta; «podría quemarme, pero no creo que suceda». Lleva dibujando y publicando cómics desde los siete años. Vendía sus historietas en el colegio. «Mi vida son los cómics», dice, «mi habitación es como la de un asesino en serie, pero en la pared tengo cómics en lugar de víctimas».

yoroko-depreLos tebeos formaron parte de su educación. De algún modo, le criaron. Hanselmann dejó el colegio a los 15 años y aprendió por su cuenta. Su madre lo dejaba en el colegio y él se iba a dar vueltas por la ciudad. Pensaba en sus cosas, leía y dibujaba. «Mi madre vendía droga, teníamos mucho dinero y tele por cable», explica. «Veía la tele, leía cómics y dibujaba todo el rato. Si te concentras en algo, acabas aprendiendo». Dice que ha aprendido mucho de series como Seinfield, Los Simpson, Las chicas Gilmore o Sabrina, cosas de brujas. «Es comedia muy concentrada, se puede aprender mucho», explica. «Para mí, Megg, Mogg y Búho son como un programa de televisión en papel».

La televisión sigue siendo una de sus obsesiones. La gusta la idea de hacer programas de televisión sobre Megg, Mogg y Búho: «Podría pasar, pero me da igual si no sucede porque estoy viviendo un buen momento con los cómics». Fantasea con la idea de pasar seis meses en Los Angeles trabajando en horario de oficina con otras cinco personas, pero tiene claro que escribir guiones seguiría siendo su terapia. ¿Y después? «Seguramente cancelarían el puto programa y volvería arrastrándome a los cómics».

Simon Hanselmann (Launceston, 1981) firma sus cómics como los dibuja. Le regala un trocito de alma a cada lector. No se conforma con pintar a sus personajes y poner un «para Víctor». Se arranca un mechón rojo de la peluca y lo pega con celo en la página; se pinta los labios y deja un beso rosa marcado en el papel. Con sus historietas ocurre lo mismo: cada página tiene algo de su experiencia con la depresión, con las drogas, con el alcohol, con la desidia adolescente, con la fiesta fuerte, con el amor, con el trabajo o con la familia. Un cóctel de humor porrero y drama autobiográfico, exhibicionista, terapéutico y suicida.

hanselmann1En su último libro publicado en España, Bahía de San Búho (Fulgencio Pimentel, 2015), Hanselmann dedica varias páginas a mostrar cómo eran sus personajes en el instituto. La bruja Megg, el gato Mogg, Búho o el licántropo Werewolf Jones siguen atrapados en la secundaria. Son adolescentes con problemas de adultos. «Ese soy yo, no he cambiado», admite el dibujante. «En el colegio dibujaba cómics, veía la tele y me colocaba. Ahora tengo 33 años y dibujo cómics, veo la tele y me coloco. No he crecido ni un poquito».

En realidad, hay un personaje que sí cambia. Se llama Moco. El autor y el libro lo definen de forma vaga. Moco dice que es drag en una ocasión, pero Hanselmann habla de él como un personaje «que se traviste, trans, o como quieras llamarlo». En el flashback, Moco aparece con ropa de hombre, pero lleva ropa de mujer en las historias que suceden después. Moco ha aceptado su condición, al igual que el propio Hanselmann.

«Me gustan las mujeres. Soy hetero o lo que sea», explica, «pero me gusta lo femenino desde que tenía cinco años. Me he sentido como una mierda por la sociedad, mi familia y mis novias, pero me da igual. Acéptame como soy o que te follen». Para Hanselmann vestirse de mujer es una necesidad. Se crió en una ciudad pequeña de Tasmania donde la homofobia le complicó que aceptara su condición. «Es peligroso, llamas la atención», cuenta; «me han gritado, me han amenazado… No sé, puede ser estresante. Prefiero hacerlo en casa o en eventos, pero cada vez llevo mejor lo de hacerlo en la calle. Llevo mejor las risas y las miradas, ya sabes».

pastilla-webHanselmann cree que muchos hombres se sienten como él y lo guardan en secreto. «La gente necesita hablar de ello para que desaparezca el estigma», sentencia el dibujante. El perfil más público que tiene últimamente y sus apariciones en eventos internacionales le han ayudado mucho. Se siente aceptado en la comunidad del cómic y su actual pareja le apoya: «Ya no lo escondo. Soy así. Si no te gusta, que te jodan. Estoy muy feliz».

Para Simon Hanselmann los tebeos son medicina. Dice que si no fuera por los cómics, estaría muerto. «Mi madre era drogadicta, mi abuela estaba enferma, he tenido depresión, relaciones extrañas», explica. «Escribir sobre las cosas te ayuda a mirarlas desde fuera, lo hace menos real». Cuando lo está pasando mal, cuando descubre que su madre vuelve a drogarse, cuando algo se tuerce, él dibuja. «Me alegra haber tenido una vida tan chunga porque tengo algo de lo que escribir», afirma. «Hay muchos cómics, películas y novelas aburridas de niños ricos que no hacen nada. No quiero otra familia. Adoro a mi familia jodida y mis amigos jodidos».

Sus personajes comparten con él vivencias e inquietudes. La bruja Megg y el gato Mogg son una pareja que vive de prestaciones sociales y del dinero que les pasan sus padres. Los dos echan el día viendo la televisión, fumando hierba y bebiendo. La depresión de Megg es una presencia constante. Hanselmann retrata esa depresión desde la experiencia y la muestra como la enfermedad difícil que es. Megg tiene días buenos y días en los que no puede salir de la cama. Puede pasar de todo o llorar por un sándwich. Hay días en los que folla con Mogg porque no logra decir que no.
simon-yorokoY luego está Búho. Hanselmann trabajó de comercial telefónico durante un tiempo y lo dejó porque no lo soportaba. Búho tiene ese mismo trabajo y lo aguanta. Es el único que mira al futuro. Le encanta asumir responsabilidades y sentirse más adulto que el resto. Búho representa lo que la sociedad espera de un ciudadano y todo lo que Hanselmann no ha querido ser. Quizá por eso se ensaña con él. Es el saco de boxeo del resto de la pandilla: se ríen de él, lo maltratan, le empujan a drogarse y boicotean sus relaciones amorosas y sus empleos. Incluso le ‘regalan’ una violación por su cumpleaños.

ensayo_p129-yorokoWerewolf Jones es la antítesis de Búho. Es ruidoso, violento y capaz de cualquier cosa para ser el centro de la fiesta. Hanselmann ha dicho en alguna ocasión que odia al 90% de los hombres. «Crecí rodeado de machos gilipollas», explica. «Mi madre tuvo novios horribles que la trataban como a una mierda y que iban por ahí atacando a los gais. También hay muchas mujeres estúpidas, claro». Muchos de esos ‘machos’ están representados por Werewolf Jones.

A pesar de todo, lo defiende: «Es un personaje bastante jodido, pero no es mal tío». Hanselmann adora a sus personajes. «La gente dice que son horribles, pero yo creo que tienen sus encantos», explica. Está cómodo con Megg y compañía, son muy humanos y siente que puede hacer cualquier cosa con ellos. «Son animales divertidos. Puedes empatizar más que con los humanos porque puedes proyectarte en ellos».

Simon Hanselmann sabe que es bueno dibujando y que tiene mucho talento, pero también trabaja duro. Tiene suerte: sus personajes son lo bastante flexibles para aguantar el ritmo al que dibuja. Es muy prolífico. Se ve con fuerzas para publicar más libros de Megg, Mogg y Búho. «Bebo Red Bull todo el día y pido pizzas para no salir de casa y seguir trabajando», cuenta; «podría quemarme, pero no creo que suceda». Lleva dibujando y publicando cómics desde los siete años. Vendía sus historietas en el colegio. «Mi vida son los cómics», dice, «mi habitación es como la de un asesino en serie, pero en la pared tengo cómics en lugar de víctimas».

yoroko-depreLos tebeos formaron parte de su educación. De algún modo, le criaron. Hanselmann dejó el colegio a los 15 años y aprendió por su cuenta. Su madre lo dejaba en el colegio y él se iba a dar vueltas por la ciudad. Pensaba en sus cosas, leía y dibujaba. «Mi madre vendía droga, teníamos mucho dinero y tele por cable», explica. «Veía la tele, leía cómics y dibujaba todo el rato. Si te concentras en algo, acabas aprendiendo». Dice que ha aprendido mucho de series como Seinfield, Los Simpson, Las chicas Gilmore o Sabrina, cosas de brujas. «Es comedia muy concentrada, se puede aprender mucho», explica. «Para mí, Megg, Mogg y Búho son como un programa de televisión en papel».

La televisión sigue siendo una de sus obsesiones. La gusta la idea de hacer programas de televisión sobre Megg, Mogg y Búho: «Podría pasar, pero me da igual si no sucede porque estoy viviendo un buen momento con los cómics». Fantasea con la idea de pasar seis meses en Los Angeles trabajando en horario de oficina con otras cinco personas, pero tiene claro que escribir guiones seguiría siendo su terapia. ¿Y después? «Seguramente cancelarían el puto programa y volvería arrastrándome a los cómics».

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