27 de octubre 2017    /   CINE/TV
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¿El Ministerio del Tiempo? Que se ponga… ¿Pueden traer a Suárez?

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¿Dónde está Adolfo Suárez ahora que tanto lo necesitamos? ¿No podríamos traerlo a través de una de las puertas del tiempo para que sea mentor de nuestros políticos? ¡Ah, la realidad poniendo pegas!

Ernesto Jiménez, mano derecha de Salvador Martí en El Ministerio del Tiempo, resume en pocas líneas de diálogo la importancia de Suárez para la historia española:

«Durante el primer año de mandato del presidente Suárez,
los españoles recuperaron los derechos de reunión,
manifestación, propaganda y asociación.
Se dio una amplia amnistía a los presos políticos.
Se legalizó el Partido Comunista y se anunció la celebración
de elecciones generales».

Salvador Martí remata: «¿Les parece poco?».

La pregunta, más que lanzada a los componentes de la patrulla temporal, parece dirigida al espectador.

Líneas de diálogo necesarias en estos convulsos momentos de la política ibérica. Coinciden con el ensombrecimiento de la figura de Suárez cuya vida podría dar lugar a una serie de largo recorrido. (La serie de dos episodios producida por Antena 3 en 2010 se hace lejana e insuficiente. ¿Cuántas películas hemos visto sobre Lincoln o Roosvelt o Kennedy?).

Suárez era hijo de padres y abuelos perdedores de la Guerra Civil y llegó a la cúspide del franquismo para desbaratarlo todo. El argumento es magnífico: Suárez como célula durmiente de una democracia extinguida a sangre y fuego décadas atrás por un villano de opereta —bajito, con bigote ridículo— que construyó un mausoleo a la manera que los faraones-dioses egipcios mandaron construir las pirámides: a la mayor gloria venidera. No debió ser fácil para Suárez guardar las cartas. Y romper la baraja desató la ira de muchos.

«A veces, cerrar viejas heridas abre otras nuevas», dice el Suárez de ficción a Salvador Martí. Una frase que se ajusta a la realidad.

Santiago Carrillo recuerda el clima de aquellos primeros años de la transición con una anécdota. Carrillo acudió al desfile de las Fuerzas Armadas tras la legalización del PCE. Algunos de los invitados a la celebración lo llamaron «asesino» mientras que una parte del público gritaba «¡Franco, Franco!». Suárez dijo: «Lo siento, a ti te han llamado asesino y a mí, traidor».

Suárez no temía levantar ampollas ni dentro ni fuera de España. Fue el primer jefe de Gobierno europeo que hizo una visita oficial a Cuba (1978) y que recibió en España a Yasser Arafat (1979), considerado por Occidente como terrorista al ser líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

«Se tomó tan en serio como tarea establecer una democracia —escribe Suso del Toro— que acabó enfrentado a todos los poderes actuantes en aquel momento y ahora. A los norteamericanos, al Rey [Juan Carlos I], al PSOE respaldado por la socialdemocracia europea, a todo el aparato del estado franquista y particularmente al Ejército, que fue quien verdaderamente lo depuso».

¿Qué habría hecho un Suárez contemporáneo con respecto al referéndum organizado por los independentistas catalanes? La política ficción es tramposa, pero las acciones del Suárez histórico sugieren una solución dialogada.

1976 fue un año de huelgas. Un año de miedo. De represión policial dirigida por Manuel Fraga como ministro de Gobernación. Con Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno. Represiones que se tradujeron en muertes de ciudadanos pacíficos por fuego policial.

Siendo ya Suárez presidente (julio de 1976) se enfrentó tanto a manifestaciones como a una huelga general el 12 de noviembre de 1976 organizada por los sindicatos USO, UGT y CCOO, por entonces aún ilegales como el Partido Comunista (dos millones de trabajadores la secundaron según los sindicatos). Cuatro días antes de que la Cortes franquistas —aún lo eran— votaran el proyecto de la Ley de Reforma Política. Los sindicatos se oponían a las medidas de ajuste laboral y económico del gobierno de Adolfo Suárez y pedían amnistía y las libertades democráticas.

Suárez podría haber seguido la senda represora. Sin embargo… La historia la conocemos.

Por supuesto además de los logros que recuerda el ministérico Ernesto Jiménez, Suárez trajo el Estatuto de los Trabajadores y el derecho de huelga.

Escribe el politólogo Dominique Moisi en Geopolítica de las series (que comentaremos en breve):

«Los guionistas se han convertido en los mejores analistas de las sociedades y el mundo, por no decir en los futurólogos más fiables».

Javier Olivares y su equipo demuestran la clarividencia. Cada uno de los últimos capítulos ha levantado suspicacias: ¿habla de la cuestión catalana? ¿A favor o en contra? El público común ignora que cada capítulo es el resultado de meses de guion, de grabación y edición.

En cualquier caso, qué oportuna la figura de Adolfo Suárez. Un mito peligroso, como el villano de El Ministerio del Tiempo alega.

El enfrentamiento en los pasillos del Ministerio entre Los hijos de Padilla (reformistas radicales) y El ángel exterminador (inmovilistas extremos) deja una bella metáfora. Los exaltados quedan atrapados. Ni unos pueden avanzar ni otros retroceder. Solo aniquilarse. Viven por el gas adormecedor. ¿Pero qué vida les espera? Les queda el rencor. Entre ellos y contra el enemigo.

La ficción no cambia los corazones y las mentes de millones de personas a la vez y de repente. Pero basta con que uno de los espectadores se percate de que tras esta ficción hay una Historia que merece recuperarse en los peores momentos. ¿Para qué? Para actuar en conciencia.

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Ernesto Jiménez, mano derecha de Salvador Martí en El Ministerio del Tiempo, resume en pocas líneas de diálogo la importancia de Suárez para la historia española:

«Durante el primer año de mandato del presidente Suárez,
los españoles recuperaron los derechos de reunión,
manifestación, propaganda y asociación.
Se dio una amplia amnistía a los presos políticos.
Se legalizó el Partido Comunista y se anunció la celebración
de elecciones generales».

Salvador Martí remata: «¿Les parece poco?».

La pregunta, más que lanzada a los componentes de la patrulla temporal, parece dirigida al espectador.

Líneas de diálogo necesarias en estos convulsos momentos de la política ibérica. Coinciden con el ensombrecimiento de la figura de Suárez cuya vida podría dar lugar a una serie de largo recorrido. (La serie de dos episodios producida por Antena 3 en 2010 se hace lejana e insuficiente. ¿Cuántas películas hemos visto sobre Lincoln o Roosvelt o Kennedy?).

Suárez era hijo de padres y abuelos perdedores de la Guerra Civil y llegó a la cúspide del franquismo para desbaratarlo todo. El argumento es magnífico: Suárez como célula durmiente de una democracia extinguida a sangre y fuego décadas atrás por un villano de opereta —bajito, con bigote ridículo— que construyó un mausoleo a la manera que los faraones-dioses egipcios mandaron construir las pirámides: a la mayor gloria venidera. No debió ser fácil para Suárez guardar las cartas. Y romper la baraja desató la ira de muchos.

«A veces, cerrar viejas heridas abre otras nuevas», dice el Suárez de ficción a Salvador Martí. Una frase que se ajusta a la realidad.

Santiago Carrillo recuerda el clima de aquellos primeros años de la transición con una anécdota. Carrillo acudió al desfile de las Fuerzas Armadas tras la legalización del PCE. Algunos de los invitados a la celebración lo llamaron «asesino» mientras que una parte del público gritaba «¡Franco, Franco!». Suárez dijo: «Lo siento, a ti te han llamado asesino y a mí, traidor».

Suárez no temía levantar ampollas ni dentro ni fuera de España. Fue el primer jefe de Gobierno europeo que hizo una visita oficial a Cuba (1978) y que recibió en España a Yasser Arafat (1979), considerado por Occidente como terrorista al ser líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

«Se tomó tan en serio como tarea establecer una democracia —escribe Suso del Toro— que acabó enfrentado a todos los poderes actuantes en aquel momento y ahora. A los norteamericanos, al Rey [Juan Carlos I], al PSOE respaldado por la socialdemocracia europea, a todo el aparato del estado franquista y particularmente al Ejército, que fue quien verdaderamente lo depuso».

¿Qué habría hecho un Suárez contemporáneo con respecto al referéndum organizado por los independentistas catalanes? La política ficción es tramposa, pero las acciones del Suárez histórico sugieren una solución dialogada.

1976 fue un año de huelgas. Un año de miedo. De represión policial dirigida por Manuel Fraga como ministro de Gobernación. Con Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno. Represiones que se tradujeron en muertes de ciudadanos pacíficos por fuego policial.

Siendo ya Suárez presidente (julio de 1976) se enfrentó tanto a manifestaciones como a una huelga general el 12 de noviembre de 1976 organizada por los sindicatos USO, UGT y CCOO, por entonces aún ilegales como el Partido Comunista (dos millones de trabajadores la secundaron según los sindicatos). Cuatro días antes de que la Cortes franquistas —aún lo eran— votaran el proyecto de la Ley de Reforma Política. Los sindicatos se oponían a las medidas de ajuste laboral y económico del gobierno de Adolfo Suárez y pedían amnistía y las libertades democráticas.

Suárez podría haber seguido la senda represora. Sin embargo… La historia la conocemos.

Por supuesto además de los logros que recuerda el ministérico Ernesto Jiménez, Suárez trajo el Estatuto de los Trabajadores y el derecho de huelga.

Escribe el politólogo Dominique Moisi en Geopolítica de las series (que comentaremos en breve):

«Los guionistas se han convertido en los mejores analistas de las sociedades y el mundo, por no decir en los futurólogos más fiables».

Javier Olivares y su equipo demuestran la clarividencia. Cada uno de los últimos capítulos ha levantado suspicacias: ¿habla de la cuestión catalana? ¿A favor o en contra? El público común ignora que cada capítulo es el resultado de meses de guion, de grabación y edición.

En cualquier caso, qué oportuna la figura de Adolfo Suárez. Un mito peligroso, como el villano de El Ministerio del Tiempo alega.

El enfrentamiento en los pasillos del Ministerio entre Los hijos de Padilla (reformistas radicales) y El ángel exterminador (inmovilistas extremos) deja una bella metáfora. Los exaltados quedan atrapados. Ni unos pueden avanzar ni otros retroceder. Solo aniquilarse. Viven por el gas adormecedor. ¿Pero qué vida les espera? Les queda el rencor. Entre ellos y contra el enemigo.

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