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13 de mayo 2015    /   CREATIVIDAD
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El misterio de la creación artística

13 de mayo 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Pronto se haría de noche en Buenos Aires. En la calle había tantos individuos esperando que tuvo que acudir la policía. Eran unos 3.000 pero solo cabían 1.500. Habían acudido al auditorio para escuchar a un escritor famoso que venía de Europa y que, aquella tarde, hablaría sobre El misterio de la creación artística. Era el 29 de octubre de 1940 y aquel señor, Stefan Zweig, empezó a hablar.
«De todos los misterios del universo, ninguno es más profundo que el de la creación».
¿De dónde surgen las obras? ¿Cómo aparece una idea nueva? Averiguarlo, propuso el austriaco, requiere usar las mismas técnicas que un detective.
Las pruebas empiezan a aparecer después de que un individuo decida crear una obra. Desde que la empieza hasta que la termina hay un camino por medio lleno de intentos, pruebas, bocetos y borradores. «Aquí encuentro, por fin, la oportunidad para conducirles un poco más cerca del proceso de la creación artística. Es precisamente en ese instante breve de la transición cuando la idea pasa a la realización. Es lo que a veces podemos observar. Aquí se nos abre una rendija estrecha para el estudio del artista».
Las palabras que pronunció Zweig están hoy escritas en un libro que recoge el discurso y el título de aquel día: El misterio de la creación artística. «Esas huellas que el artista deja en el lugar de su acción son sus trabajos previos, los primeros esquemas que el pintor hace de sus cuadros, los manuscritos y borradores del poeta y del músico».
El periodista se refirió a la música. Empleó la disciplina del detective y propuso analizar los manuscritos de las obras de Mozart, Beethoven, Bach, Rossini y Schubert. Pero había un problema con el primero. No había rastro de ningún borrador del músico de Salzburgo.
¿Había perdido la humanidad semejantes documentos?
No.
«Con sorpresa nos enteramos de que no hay tales borradores», indicó el biógrafo. «Todos los manuscritos que poseemos de él están escritos con la misma mano fácil, ligera, graciosa, en un solo trazo (…). Los contemporáneos nos informan de que Mozart nunca había trabajado en el sentido del esfuerzo y la dedicación. No le hacía falta buscar la melodía. La melodía venía a él. (…) La creación musical era para ese genio algo tan carente de esfuerzo, algo tan poco absorbente que, al mismo tiempo que jugaba al billar con los amigos, era capaz de trabajar interiormente y cuando salía del café, le bastaba llegar hasta su habitación para poder anotar con su pluma rápida el movimiento de una sonata completamente acabado».
A Schubert le ocurría algo parecido. El compositor austriaco podía estar hojeando un libro de poesía, con unos amigos, en el salón. De repente, se levantaba y se iba a la habitación contigua. A los diez minutos volvía, se sentaba al piano y tocaba una melodía. Era la pieza que acababa de componer, al otro lado de la pared, mientras los demás seguían leyendo.
Así componían también Bach y Rossini. Pudiera parecer entonces que «el genio de la inspiración dicta, y el artista no es más que el escribiente (…). No necesita trabajar, luchar, esforzarse por su trabajo. Le basta copiar obedientemente lo que se le acerca como en un sueño divino. (…) Pero no nos precipitemos, comprometiéndonos con una fórmula tan seductora, según la cual el artista sería siempre nada más que el ejecutante de una orden superior».
Beethoven está ahí para desmontar esta teoría. En sus manuscritos «desordenados, casi ilegibles —¡cada uno de ellos, un campo de batalla!— ya no encontramos ni un adarme de la facilidad divina de Mozart. (…). Cada sinfonía de Beethoven exigía gruesos tomos de trabajos preliminares, que a veces abarcaban años enteros. (…). En sus libros de trabajo todo forma un caos tremendo. Es como si un titán hubiera tirado bloques montañosos impulsado por la ira».
El compositor alemán salía al campo a correr como un loco. Gritaba, cantaba, marcaba ritmos con las manos y lanzaba los brazos al cielo como si pudiese atrapar así las negras y las corcheas. Los campesinos lo observaban desde lejos y evitaban cruzarse con aquel ser tan vehemente.
«Estos ejemplos demuestran cuán enormemente distinto puede ser el acto de la creación artística en dos genios de igual rango (…) y qué diferente es el estado en que esos dos hombres se hallaban durante el rapto creador. (…) Mozart juega con su arte como el viento con las hojas. Beethoven lucha con la música como Hércules con la hidra de las cien cabezas».
El estudio de Zweig parecía indicar que no hay recetas para crear obras de arte. Ni en la música, ni en la literatura, ni en nada similar. Las pruebas del detective llevaron al austriaco al punto del que partía. La creación artística sigue siendo un misterio y el camino que lleva hasta ella nada tiene que ver con el resultado final. «La obra de uno y de otro —Mozart y Beethoven— produce la misma perfección», dijo aquella tarde abarrotada en una sala de Buenos Aires. «La obra de ambos nos brinda la misma dicha inefable».

Pronto se haría de noche en Buenos Aires. En la calle había tantos individuos esperando que tuvo que acudir la policía. Eran unos 3.000 pero solo cabían 1.500. Habían acudido al auditorio para escuchar a un escritor famoso que venía de Europa y que, aquella tarde, hablaría sobre El misterio de la creación artística. Era el 29 de octubre de 1940 y aquel señor, Stefan Zweig, empezó a hablar.
«De todos los misterios del universo, ninguno es más profundo que el de la creación».
¿De dónde surgen las obras? ¿Cómo aparece una idea nueva? Averiguarlo, propuso el austriaco, requiere usar las mismas técnicas que un detective.
Las pruebas empiezan a aparecer después de que un individuo decida crear una obra. Desde que la empieza hasta que la termina hay un camino por medio lleno de intentos, pruebas, bocetos y borradores. «Aquí encuentro, por fin, la oportunidad para conducirles un poco más cerca del proceso de la creación artística. Es precisamente en ese instante breve de la transición cuando la idea pasa a la realización. Es lo que a veces podemos observar. Aquí se nos abre una rendija estrecha para el estudio del artista».
Las palabras que pronunció Zweig están hoy escritas en un libro que recoge el discurso y el título de aquel día: El misterio de la creación artística. «Esas huellas que el artista deja en el lugar de su acción son sus trabajos previos, los primeros esquemas que el pintor hace de sus cuadros, los manuscritos y borradores del poeta y del músico».
El periodista se refirió a la música. Empleó la disciplina del detective y propuso analizar los manuscritos de las obras de Mozart, Beethoven, Bach, Rossini y Schubert. Pero había un problema con el primero. No había rastro de ningún borrador del músico de Salzburgo.
¿Había perdido la humanidad semejantes documentos?
No.
«Con sorpresa nos enteramos de que no hay tales borradores», indicó el biógrafo. «Todos los manuscritos que poseemos de él están escritos con la misma mano fácil, ligera, graciosa, en un solo trazo (…). Los contemporáneos nos informan de que Mozart nunca había trabajado en el sentido del esfuerzo y la dedicación. No le hacía falta buscar la melodía. La melodía venía a él. (…) La creación musical era para ese genio algo tan carente de esfuerzo, algo tan poco absorbente que, al mismo tiempo que jugaba al billar con los amigos, era capaz de trabajar interiormente y cuando salía del café, le bastaba llegar hasta su habitación para poder anotar con su pluma rápida el movimiento de una sonata completamente acabado».
A Schubert le ocurría algo parecido. El compositor austriaco podía estar hojeando un libro de poesía, con unos amigos, en el salón. De repente, se levantaba y se iba a la habitación contigua. A los diez minutos volvía, se sentaba al piano y tocaba una melodía. Era la pieza que acababa de componer, al otro lado de la pared, mientras los demás seguían leyendo.
Así componían también Bach y Rossini. Pudiera parecer entonces que «el genio de la inspiración dicta, y el artista no es más que el escribiente (…). No necesita trabajar, luchar, esforzarse por su trabajo. Le basta copiar obedientemente lo que se le acerca como en un sueño divino. (…) Pero no nos precipitemos, comprometiéndonos con una fórmula tan seductora, según la cual el artista sería siempre nada más que el ejecutante de una orden superior».
Beethoven está ahí para desmontar esta teoría. En sus manuscritos «desordenados, casi ilegibles —¡cada uno de ellos, un campo de batalla!— ya no encontramos ni un adarme de la facilidad divina de Mozart. (…). Cada sinfonía de Beethoven exigía gruesos tomos de trabajos preliminares, que a veces abarcaban años enteros. (…). En sus libros de trabajo todo forma un caos tremendo. Es como si un titán hubiera tirado bloques montañosos impulsado por la ira».
El compositor alemán salía al campo a correr como un loco. Gritaba, cantaba, marcaba ritmos con las manos y lanzaba los brazos al cielo como si pudiese atrapar así las negras y las corcheas. Los campesinos lo observaban desde lejos y evitaban cruzarse con aquel ser tan vehemente.
«Estos ejemplos demuestran cuán enormemente distinto puede ser el acto de la creación artística en dos genios de igual rango (…) y qué diferente es el estado en que esos dos hombres se hallaban durante el rapto creador. (…) Mozart juega con su arte como el viento con las hojas. Beethoven lucha con la música como Hércules con la hidra de las cien cabezas».
El estudio de Zweig parecía indicar que no hay recetas para crear obras de arte. Ni en la música, ni en la literatura, ni en nada similar. Las pruebas del detective llevaron al austriaco al punto del que partía. La creación artística sigue siendo un misterio y el camino que lleva hasta ella nada tiene que ver con el resultado final. «La obra de uno y de otro —Mozart y Beethoven— produce la misma perfección», dijo aquella tarde abarrotada en una sala de Buenos Aires. «La obra de ambos nos brinda la misma dicha inefable».

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