2 de junio 2020    /   IDEAS
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¿Pero no íbamos a ser inmortales dentro de nada?

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Cada revolución tecnológica llega con su propia mitología. La de la imprenta nos prometió el final de la incultura. La industrial, el final de la hambruna. La digital, el final de la mortalidad.

Nos las creímos todas, pero ninguna se ha cumplido. Esa es la razón por la que siempre se no queda cara de tontos.

La última decepción es la de la promesa de inmortalidad que ha llenado de libros las bibliotecas, de conferencias las universidades y de artículos la prensa.

Algunos autores, como José Luis Cordeiro, se han hecho famosos asegurando que para el 2045 seremos todos inmortales. Estamos tan cerca de conseguirlo que este ingeniero mecánico del Massachusetts Institute of Technology nos anuncia que nos encontramos justo entre la última generación de seres mortales y la primera de inmortales.

Existen muchos otros gurús de la inmortalidad, como David Wood, autor de «la muerte de la muerte», quien nos explica que todo esto será posible gracias a «la edición genética para convertir los genes malos en sanos, la medicina regenerativa, la eliminación de las células muertas del cuerpo, los tratamientos con células madre, la reparación de las células dañadas y la impresión de órganos en 3D».

El paroxismo de esta nueva mitología se alcanza cuando Cordeiro declara que él no se piensa morir y que, además, en 30 años será más joven que hoy. Otro que también ha renegado de algo tan antiguo como es el morirse ha sido el científico Aubrey de Grey, que se ha autoincluido en la lista de los futuros imperecederos.

También es mala pata que haya tenido que venir un virus para devolvernos a la realidad. Y la realidad es que resulta muy osado hablar de la inmortalidad dentro de 25 años cuando ahora mismo una sola vacuna para una sola enfermedad trae de cabeza a los mejores científicos del planeta.

En las revoluciones anteriores los mitos aguantaron un poco más antes de venirse abajo. Y en esta lo hubieran hecho, pues venían avalados por todas las grandes siglas que conforman hoy el olimpo de la evolución humana: MIT, FB, MIPT, etc. Recordemos que fue el propio Mark Zuckerberg el que en 2016 se propuso curar todas las enfermedades en un plazo de 10 años aportando para ello un presupuesto de tres billones de dólares.

También es cierto que muchos otros investigadores jamás se tomaron el tema de la inmortalidad muy en serio. Por ejemplo, Joanna Masel y Paul Nelson, de la Universidad de Arizona, quienes presentaron una ecuación que muestra que el envejecimiento y la muerte son inevitables pues, al frenar las células del envejecimiento, se dejan proliferar otras que causan cáncer.

A ese grupo conviene añadir a varios investigadores de la Universidad de Cambridge, que nos advierten de que nuestro ADN ya viene programado para que el cuerpo envejezca de forma escalonada e irremediable.

Resulta difícil a estas alturas saber quiénes tienen razón. Pero al margen de la ciencia está la mitología. Y esta de la inmortalidad, nacida de la mano de la revolución digital y la inteligencia artificial, acaba de llevarse un palo al tener que confinarse en sus ordenadores como nosotros tuvimos que hacerlo en casa.

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Nos las creímos todas, pero ninguna se ha cumplido. Esa es la razón por la que siempre se no queda cara de tontos.

La última decepción es la de la promesa de inmortalidad que ha llenado de libros las bibliotecas, de conferencias las universidades y de artículos la prensa.

Algunos autores, como José Luis Cordeiro, se han hecho famosos asegurando que para el 2045 seremos todos inmortales. Estamos tan cerca de conseguirlo que este ingeniero mecánico del Massachusetts Institute of Technology nos anuncia que nos encontramos justo entre la última generación de seres mortales y la primera de inmortales.

Existen muchos otros gurús de la inmortalidad, como David Wood, autor de «la muerte de la muerte», quien nos explica que todo esto será posible gracias a «la edición genética para convertir los genes malos en sanos, la medicina regenerativa, la eliminación de las células muertas del cuerpo, los tratamientos con células madre, la reparación de las células dañadas y la impresión de órganos en 3D».

El paroxismo de esta nueva mitología se alcanza cuando Cordeiro declara que él no se piensa morir y que, además, en 30 años será más joven que hoy. Otro que también ha renegado de algo tan antiguo como es el morirse ha sido el científico Aubrey de Grey, que se ha autoincluido en la lista de los futuros imperecederos.

También es mala pata que haya tenido que venir un virus para devolvernos a la realidad. Y la realidad es que resulta muy osado hablar de la inmortalidad dentro de 25 años cuando ahora mismo una sola vacuna para una sola enfermedad trae de cabeza a los mejores científicos del planeta.

En las revoluciones anteriores los mitos aguantaron un poco más antes de venirse abajo. Y en esta lo hubieran hecho, pues venían avalados por todas las grandes siglas que conforman hoy el olimpo de la evolución humana: MIT, FB, MIPT, etc. Recordemos que fue el propio Mark Zuckerberg el que en 2016 se propuso curar todas las enfermedades en un plazo de 10 años aportando para ello un presupuesto de tres billones de dólares.

También es cierto que muchos otros investigadores jamás se tomaron el tema de la inmortalidad muy en serio. Por ejemplo, Joanna Masel y Paul Nelson, de la Universidad de Arizona, quienes presentaron una ecuación que muestra que el envejecimiento y la muerte son inevitables pues, al frenar las células del envejecimiento, se dejan proliferar otras que causan cáncer.

A ese grupo conviene añadir a varios investigadores de la Universidad de Cambridge, que nos advierten de que nuestro ADN ya viene programado para que el cuerpo envejezca de forma escalonada e irremediable.

Resulta difícil a estas alturas saber quiénes tienen razón. Pero al margen de la ciencia está la mitología. Y esta de la inmortalidad, nacida de la mano de la revolución digital y la inteligencia artificial, acaba de llevarse un palo al tener que confinarse en sus ordenadores como nosotros tuvimos que hacerlo en casa.

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