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5 de mayo 2016    /   DIGITAL
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¿Cambiará el mundo el Tinder de los fontaneros?

5 de mayo 2016    /   DIGITAL     por          
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No es que me haya sucedido a mí. Le ha pasado a un amigo. Se compró un móvil por cuatro veces lo que cuesta fabricarlo en China con mano de obra cuestionable, previa espera de varias horas a la intemperie, frente a un enorme escaparate de cristal, en una cola que daba la vuelta a la manzana. A los pocos meses se le fastidió la batería: tampoco es que antes durase 24 horas, pero ahora ya no llega a media tarde. Cambiarla no parece una opción porque el cacharro está cerrado a cal y canto. Sin tres ingenierías, imposible ver qué hay detrás de la carcasa. Es el precio que ha tenido que pagar por tenerla dorada.

Se queja mi amigo de que la memoria del smartphone se le está quedando corta. Por lo visto buena parte de las páginas que visitaba le han pedido que descargue una app, aunque él solo quería una pizza, un taxi de esos que son medio piratas o leer las noticias. Yo le digo que acceda desde el navegador, pero es cierto que tiene desventajas: cuando logra esquivar el mensaje que le invita a descargar la aplicación, un tsunami de publicidad le inunda la pantalla. Cuando quiso instalar un bloqueador de anuncios, las webs comenzaron a decirle que mejor si lo quitaba, que de algo tenían que comer. Tras seguir sus indicaciones, algunas comenzaron a servirle malware a través de la publicidad. Menuda semanita lleva.

Al final ha conseguido entrar en un periódico. Resulta que el dueño de la app más intrusiva de todas acaba de reunir decenas de millones de euros en una ronda de financiación. Dicen que lo suyo es el Tinder de los fontaneros y que va a cambiar el mundo. Por lo visto se ha convertido en unicornio y los gigantes se lo rifan, aunque mi amigo no sabe muy bien qué significa todo eso. La cisterna de su casa está rota y ahora mismo sólo quiere que la arreglen.

Ha tenido que dar los datos de su tarjeta a una startup de fintech que ya tiene una valoración de ocho ceros, pero a cambio ha logrado que el ñapas de su barrio, un chaval con el que iba al instituto hace la tira, acuda por fin a su vivienda. Le dice que el váter ya funciona, pero que lo suyo sería instalar una cisterna inteligente que controle el consumo de agua y avise a la central cuando se rompa. Así es el internet de las cosas: el fabricante sabe cuándo va al baño, pero también se entera si el inodoro sufre una avería (más frecuente ahora por no sé qué de la obsolescencia programada) y acude a repararla de inmediato.

Al menos la experiencia de usuario del retrete está gamificada. La primera vez que se sentó en el trono se bajó un juego que se parece la tira al Candy Crush, solo que aquí los caramelos son caquitas sonrientes como las de WhatsApp. Ahora que se ha pasado la mitad de las pantallas, la cosa empieza a ponerse peliaguda. Las escobillas que necesita para ganar se recargan cada cuatro horas. Si quiere jugar más, tiene que abonar dos euros con noventa y nueve. Ya ha tenido que pasar por caja varias veces para mantener su puntuación.

Resulta que su primo Fermín, el que se fue a vivir a Alemania por la crisis, es una ballena. No sabía muy bien lo que significaba, pero en YouTube un chico multimillonario de catorce años ha explicado que son los que se dejan mucha pasta. Por lo visto se ha buscado un pluriempleo: en cuatro meses sale un nuevo smartphone y el suyo se está quedando viejo. Mi amigo va a tener que hacer cola si no quiere avergonzarse en nochevieja.

 

No es que me haya sucedido a mí. Le ha pasado a un amigo. Se compró un móvil por cuatro veces lo que cuesta fabricarlo en China con mano de obra cuestionable, previa espera de varias horas a la intemperie, frente a un enorme escaparate de cristal, en una cola que daba la vuelta a la manzana. A los pocos meses se le fastidió la batería: tampoco es que antes durase 24 horas, pero ahora ya no llega a media tarde. Cambiarla no parece una opción porque el cacharro está cerrado a cal y canto. Sin tres ingenierías, imposible ver qué hay detrás de la carcasa. Es el precio que ha tenido que pagar por tenerla dorada.

Se queja mi amigo de que la memoria del smartphone se le está quedando corta. Por lo visto buena parte de las páginas que visitaba le han pedido que descargue una app, aunque él solo quería una pizza, un taxi de esos que son medio piratas o leer las noticias. Yo le digo que acceda desde el navegador, pero es cierto que tiene desventajas: cuando logra esquivar el mensaje que le invita a descargar la aplicación, un tsunami de publicidad le inunda la pantalla. Cuando quiso instalar un bloqueador de anuncios, las webs comenzaron a decirle que mejor si lo quitaba, que de algo tenían que comer. Tras seguir sus indicaciones, algunas comenzaron a servirle malware a través de la publicidad. Menuda semanita lleva.

Al final ha conseguido entrar en un periódico. Resulta que el dueño de la app más intrusiva de todas acaba de reunir decenas de millones de euros en una ronda de financiación. Dicen que lo suyo es el Tinder de los fontaneros y que va a cambiar el mundo. Por lo visto se ha convertido en unicornio y los gigantes se lo rifan, aunque mi amigo no sabe muy bien qué significa todo eso. La cisterna de su casa está rota y ahora mismo sólo quiere que la arreglen.

Ha tenido que dar los datos de su tarjeta a una startup de fintech que ya tiene una valoración de ocho ceros, pero a cambio ha logrado que el ñapas de su barrio, un chaval con el que iba al instituto hace la tira, acuda por fin a su vivienda. Le dice que el váter ya funciona, pero que lo suyo sería instalar una cisterna inteligente que controle el consumo de agua y avise a la central cuando se rompa. Así es el internet de las cosas: el fabricante sabe cuándo va al baño, pero también se entera si el inodoro sufre una avería (más frecuente ahora por no sé qué de la obsolescencia programada) y acude a repararla de inmediato.

Al menos la experiencia de usuario del retrete está gamificada. La primera vez que se sentó en el trono se bajó un juego que se parece la tira al Candy Crush, solo que aquí los caramelos son caquitas sonrientes como las de WhatsApp. Ahora que se ha pasado la mitad de las pantallas, la cosa empieza a ponerse peliaguda. Las escobillas que necesita para ganar se recargan cada cuatro horas. Si quiere jugar más, tiene que abonar dos euros con noventa y nueve. Ya ha tenido que pasar por caja varias veces para mantener su puntuación.

Resulta que su primo Fermín, el que se fue a vivir a Alemania por la crisis, es una ballena. No sabía muy bien lo que significaba, pero en YouTube un chico multimillonario de catorce años ha explicado que son los que se dejan mucha pasta. Por lo visto se ha buscado un pluriempleo: en cuatro meses sale un nuevo smartphone y el suyo se está quedando viejo. Mi amigo va a tener que hacer cola si no quiere avergonzarse en nochevieja.

 

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Opiniones 13
  • amén!!! Lo malo es la cantidad de gente que hay así, me quedo con mi móvil español por menos de 200, total me va a durar lo mismo y no tengo que hacer colas

  • Afortunadamente no lo lei hasta el final por el post anterior a mi este escrito destila, la amargura y desesperación de alguien ,que dejó de lado; que quien hace lo que hace en relación a un móvil, lo hace por que quiere y puede, por lo que puede ser absurdo para alguien no necesariamente lo es en realidad.

  • Bastante mediocre. Habla de temas muy trillados sin aportar nada nuevo y sin decir nada. Una «crítica» gratuita, para nada constructiva y sin apenas mensaje.

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