5 de enero 2012    /   CREATIVIDAD
por
 

El museo berlinés de objetos extraños

5 de enero 2012    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista On fire haciendo clic aquí.

“Berlín es un lugar donde con poco dinero puedes desarrollar grandes ideas”. Eso fue lo que llevó al artista Vlad Korneev a mudarse a esta ciudad de su Rusia natal y lo que más adelante le permitió abrir Design Panoptikum, uno de los museos más extraños de la capital alemana.

Qué mejor sitio que esta ciudad para exponer y encontrar piezas de diseño industrial del siglo 20. Una metrópoli que durante 45 años contaba con dos versiones de todo. La comunista y la occidental. El punto de encuentro entre este y oeste. La capital de un país de ingenieros que levantaron el país a base de duro trabajo tras los años oscuros del nazismo.

El interior del museo parece el laboratorio de un científico loco. Aquí no encontrarás vigilantes con mirada seria. Este es un trabajo de un hombre solo. Korneev se encarga de guiarte por las distintas salas del museo. En cada habitación señala objetos y pide tu involucración para averiguar qué son. ¿Es una platillo volador? No, es una lavadora de los años 60 que nunca llegó a fabricarse a gran escala. ¿Es una bañera? No, es un motor de un avión antonov. ¿Es una sauna o una incubadora gigante? Negativo, es un pulmón artificial. “Eran artículos tan avanzados a su tiempo que es difícil adivinar lo que son”.

Le siguen instrumentos médicos que parecen más bien objetos de tortura, secadores de pelo futuristas y una máquina de rayos X que se asemeja a un telescopio. Cada objeto expuesto está escogido sobre todo por su funcionalidad, explica el dueño del local, aunque la rareza de algunos los convierte prácticamente en objetos de arte.

En el museo también se puede encontrar dispositivos que dicen mucho sobre las incoherencias de los tiempos comunistas. “Esta cámara es de Checoslovaquia. A pesar de que Alemania del Este contaba con los mejores ingenieros, las autoridades pensaron que ésta no era una actividad importante, así que tuvieron que importar este tipo de productos”, señala Korneev.

El artista considera que Design Panoptikum es una alternativa al Berlín que va camino de convertirse en un parque temático. El de una ciudad que vive de la nostalgia por el pasado, tomada por la avalancha de turistas que llegan en busca de una autenticidad e historia que paradójicamente están contribuyendo a deshacer. “Cuando vas al museo de la DDR no hay un deseo real de transmitir lo que pasó. Es un espacio creado para ganar dinero, con reproducciones mal hechas. Vive de la nostalgia por el pasado sin aportar verdadera sustancia”, explica.

Para ayudar a financiar el museo, Vlad Korneev alquila el espacio para rodar películas y hacer sesiones de fotos. También tiene una pequeña parte del espacio reservado a vender objetos antiguos. Pero no le pidas que te ofrezca piezas de su museo. “Karl Lagerfeld me intentó comprar un objeto cuando pasó por aquí. Tuve la suerte de tener una réplica en mi almacén y se la vendí. Si no, le hubiera tenido que decir que no”.

Este artículo fue publicado en el número de enero de Yorokobu.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista On fire haciendo clic aquí.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista On fire haciendo clic aquí.

“Berlín es un lugar donde con poco dinero puedes desarrollar grandes ideas”. Eso fue lo que llevó al artista Vlad Korneev a mudarse a esta ciudad de su Rusia natal y lo que más adelante le permitió abrir Design Panoptikum, uno de los museos más extraños de la capital alemana.

Qué mejor sitio que esta ciudad para exponer y encontrar piezas de diseño industrial del siglo 20. Una metrópoli que durante 45 años contaba con dos versiones de todo. La comunista y la occidental. El punto de encuentro entre este y oeste. La capital de un país de ingenieros que levantaron el país a base de duro trabajo tras los años oscuros del nazismo.

El interior del museo parece el laboratorio de un científico loco. Aquí no encontrarás vigilantes con mirada seria. Este es un trabajo de un hombre solo. Korneev se encarga de guiarte por las distintas salas del museo. En cada habitación señala objetos y pide tu involucración para averiguar qué son. ¿Es una platillo volador? No, es una lavadora de los años 60 que nunca llegó a fabricarse a gran escala. ¿Es una bañera? No, es un motor de un avión antonov. ¿Es una sauna o una incubadora gigante? Negativo, es un pulmón artificial. “Eran artículos tan avanzados a su tiempo que es difícil adivinar lo que son”.

Le siguen instrumentos médicos que parecen más bien objetos de tortura, secadores de pelo futuristas y una máquina de rayos X que se asemeja a un telescopio. Cada objeto expuesto está escogido sobre todo por su funcionalidad, explica el dueño del local, aunque la rareza de algunos los convierte prácticamente en objetos de arte.

En el museo también se puede encontrar dispositivos que dicen mucho sobre las incoherencias de los tiempos comunistas. “Esta cámara es de Checoslovaquia. A pesar de que Alemania del Este contaba con los mejores ingenieros, las autoridades pensaron que ésta no era una actividad importante, así que tuvieron que importar este tipo de productos”, señala Korneev.

El artista considera que Design Panoptikum es una alternativa al Berlín que va camino de convertirse en un parque temático. El de una ciudad que vive de la nostalgia por el pasado, tomada por la avalancha de turistas que llegan en busca de una autenticidad e historia que paradójicamente están contribuyendo a deshacer. “Cuando vas al museo de la DDR no hay un deseo real de transmitir lo que pasó. Es un espacio creado para ganar dinero, con reproducciones mal hechas. Vive de la nostalgia por el pasado sin aportar verdadera sustancia”, explica.

Para ayudar a financiar el museo, Vlad Korneev alquila el espacio para rodar películas y hacer sesiones de fotos. También tiene una pequeña parte del espacio reservado a vender objetos antiguos. Pero no le pidas que te ofrezca piezas de su museo. “Karl Lagerfeld me intentó comprar un objeto cuando pasó por aquí. Tuve la suerte de tener una réplica en mi almacén y se la vendí. Si no, le hubiera tenido que decir que no”.

Este artículo fue publicado en el número de enero de Yorokobu.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista On fire haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Los 5 posts más vistos de la última semana
‘Cómo se hace una novela’: Chaves Nogales, contra las técnicas de escritura
El micromundo amorfo de Pau del Toro en la portada de Yorokobu
Shortmail: emails en 500 caracteres
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Comentarios cerrados.

Publicidad