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23 de octubre 2015    /   CIENCIA
por
ilustracion  Blastto

El museo de cerebros de la URSS

23 de octubre 2015    /   CIENCIA     por        ilustracion  Blastto
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El cielo y el infierno sobre la tierra. Moscú albergó, a pocos kilómetros de distancia  y durante años, el panteón donde se coleccionaban y estudiaban decenas de cerebros de mentes ejemplares como las de Lenin, Gorki o Pavlov, y la institución psiquiátrica donde se analizaban y reprimían, con minuciosa crueldad, las mentes supuestamente enfermas de los disidentes. Stalin era el señor de estos dos mundos y él decidía a quién correspondía la gloria y a quién el tormento.
Esta es la historia de este ‘cielo’ con nubes de formol. Lo llamaron Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú y abrió sus puertas en noviembre de 1928 con la intención de determinar que Lenin era un ser excepcional, la encarnación del superhombre socialista. La genialidad, según creían muchos científicos entonces, podía observarse en la estructura física del cerebro y, por eso mismo, analizaron el de Lenin. Lo acompañaron poco después, en sendas urnas, los de decenas de intelectuales, héroes militares o insignes hombres de ciencia a quienes se les habían vaciado los cráneos cuidadosamente durante los cien años anteriores.

Stalin necesitaba pensar que él era uno de ellos y estaba convencido de que el destino de estos seres fabulosos era liderar la Unión Soviética hacia el comunismo a pesar de la ignorancia y resistencia de parte de las masas y de la oposición de los que consideraba marginados y enfermos mentales


Al frente del instituto pusieron a la autoridad académica de moda, el alemán Oskar Vogt. Stalin no se fiaba totalmente de él, pero, en 1928, todavía no había logrado su poder absoluto y, como recuerda Paul Gregory en su libro Lenin’s Brain and Other Tales from the Secret Soviet Archives, no le gustaba nada la idea de que un extranjero fuera el encargado de algo tan sensible y con tantas posibilidades de convertirse en arma propagandística: tragó porque ansiaba su credibilidad.
Tampoco le divertía que Vogt mencionase en la misma conferencia pública el cerebro de Lenin y el de algunos criminales o que subrayase que tenía «un gran número de enormes células piramidales en el córtex», un rasgo que compartía con los disminuidos psíquicos, según los manuales alemanes de la época.
El motivo por el que a Stalin le molestaban los comentarios de Vogt era más complejo de lo que parece. Admiraba, como tantos otros en Rusia, a los hombres excepcionales que solo podían compararse con otros igual de excepcionales (por eso, durante las primeras décadas del instituto solo se estudiaban muestras de genios). Necesitaba pensar que él era uno de ellos (su cerebro fue a parar también a una urna con formol) y estaba convencido de que el destino de estos seres fabulosos era liderar la Unión Soviética hacia el comunismo a pesar de la ignorancia y resistencia de parte de las masas y de la oposición de los que consideraba marginados y enfermos mentales.
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Vogt tenía un rival ruso que tampoco le gustaba a Stalin y que hubiera sido el director y gestor natural del instituto de Moscú. Se llamaba Vladímir Bechterev y se presume que fue envenenado por orden del dictador después de que lo examinase médicamente, determinase que era un paranoico y se burlase de  su brazo izquierdo, deformado y mucho más corto que el derecho por culpa de un atropello cuando era niño.
Todos sus defectos físicos, también las marcas de viruela en la cara o su relativamente baja estatura, se ocultaban o escondían en unas fotografías oficiales que debían manipularse sistemáticamente. Ni siquiera lo conocemos hoy por su identidad verdadera: ‘Stalin’ es una palabra que sugiere la fortaleza del acero en ruso y su auténtico apellido, del que se avergonzaba, era georgiano.
 

Os mataré si no creéis en mí

Un aliado clave de Stalin, Nikolái Bujarin, confirmó que la paranoia del líder era extrema y que no solo desconfiaba de forma enfermiza de los demás, sino también de sí mismo. Marina Staal sugiere en Psychopathology of Joseph Stalin que el dictador impuso un culto a su personalidad entre la población, en parte porque, entre otras razones, necesitaba que otros le hicieran creer con su devoción lo que él no era capaz de creer sobre sí mismo.
Las borracheras le ayudaban también a mitigar sus tremendas inseguridades y sus depresiones. Poco tiempo después de fallecer, el instituto de Moscú recibió su cerebro con la sagrada misión de determinar que era el de un genio: el sanguinario líder imploraba, incluso después de su muerte, que los científicos certificasen sus capacidades. Estaba llamando a las puertas del cielo que él mismo había creado.

Al igual que en el Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú se buscaba ansiosamente un rasgo físico que permitiera identificar a las mentes brillantes, en el Serbsky se buscaba ansiosamente un rasgo que distinguiera, con toda la objetividad de la ciencia, la enfermedad mental de los disidentes


A pocos kilómetros de allí, se encontraba el infierno que no creó directamente, pero que sí convirtió en un centro psiquiátrico forense que se utilizó, entre otras cosas, para examinar y catalogar como enfermos a los disidentes que luego enviaban a unos manicomios donde se les sometía a terapias de pesadilla. El Instituto Serbsky, fundado en 1921, empezó a analizar a opositores en los años 30, pero esta práctica no se hizo sistemática hasta que el doctor Dannil Lunts asumió en 1948 la jefatura del departamento político del centro.
Al igual que en el Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú se buscaba ansiosamente un rasgo físico que permitiera identificar a las mentes brillantes, en el Serbsky se buscaba ansiosamente un rasgo que distinguiera, con toda la objetividad de la ciencia, la enfermedad mental de los disidentes. Los primeros estaban convencidos (tenían la obligación de convencerse) de que las muestras de cerebros correspondían a unos seres excepcionales cuya superioridad quedaría revelada bajo el microscopio. Los segundos también veían claramente que los que negaban la propaganda oficial sobre el mejor sistema político de la Tierra debían ser unos dementes bien por querer enfrentarse a una brutal represión para defender su libertad, bien por creer en una realidad inaceptable. Unos y otros solo tenían que encontrar la pieza que faltaba en el puzle.  No podía ser tan difícil.
Los científicos del Serbsky tuvieron algo más de suerte. Andréi Snezhnevsky, que en los años 50 fue su director y, gracias a Stalin y a sus sucesores, también fue durante décadas el sumo sacerdote de la psiquiatría soviética, ‘descubrió’ en los 60 una enfermedad que denominó «esquizofrenia lenta». Según un análisis del Parlamento Europeo, Psychiatry as a tool for coerción in post-Soviet countries, ese mal lo sufrían personas que «se creían reformistas», «luchaban por la verdad», mostraban una sospechosa «perseverancia» o eran «excesivamente religiosas». Estos síntomas, según aquellos expertos, coincidían con los de algunas neurosis y eran muchas veces propios de paranoicos que, aun siendo capaces de actuar con normalidad en muchos ámbitos de sus vidas, exageraban su propia importancia y apoyaban ideas grandiosas para reformar la sociedad.
 

El niño débil es el adulto implacable

Un paranoico extremo como Stalin ayudó a convertir un centro de investigación psiquiátrica en una institución que diagnosticaba esquizofrenia y paranoia a todos los que se le oponían. No le bastaba con imponer su voluntad arbitrariamente: necesitaba, una vez más, que otros creyeran en su capacidad para separar a los sanos de los enfermos, a los genios del ignorante vulgo y, sobre todo, al gran y omnipotente líder Iósif Stalin de ese miserable niño georgiano, Iósif Dzhugashvili, que tenía un brazo deforme y más corto después de que lo atropellara un carruaje, que tuvo que ir al seminario porque no podía trabajar en una fábrica y ayudar a su paupérrima familia como los demás (era hijo único) y que perdió a su padre, probablemente alcohólico y violento, en una supuesta pelea de bar. Su pasado fue más fuerte de lo que él sospechaba y quizás por eso el joven seminarista, alcohólico y violento, creó su particular versión del cielo y el infierno.

Myasnikov necesitaba pensar que el responsable del horror, los asesinatos masivos, las familias destrozadas y las sangrantes torturas estaba enfermo exactamente igual que el mismo Stalin había necesitado imaginar que era un genio o que su sociedad lo quería


Aunque buscaron, los miembros del Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú no encontraron en la cabeza de Iósif Dzhugashvili ningún rastro que identificase a un ser excepcional y tampoco en las de los otros. Lo que sí creyó encontrar Alexander Myasnikov, un médico que lo trató en sus últimos días y que estuvo presente durante la autopsia, fue una posible explicación para su suprema crueldad, su odio y su paranoia: las arterias de su cerebro se habían endurecido y eso había extremado al límite algunos rasgos negativos de su personalidad.
Myasnikov necesitaba pensar que el responsable del horror, los asesinatos masivos, las familias destrozadas y las sangrantes torturas estaba enfermo exactamente igual que el mismo Stalin había necesitado imaginar que era un genio o que su sociedad lo quería. Las alternativas eran mirarse en el espejo y ver a Iósif Dzhugashvili, o mirarse como hombre en el espejo y reconocer el mal que somos capaces de hacer, voluntaria y conscientemente, a otros hombres. Nadie quiere mirarse en ese espejo.
Iósif Stalin impuso absoluto secreto sobre las actividades del Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú que estaban relacionadas con las grandes mentes, algo que sus sucesores mantuvieron porque contradecían totalmente los principios más elementales de Marx. Estaban asumiendo que una élite de grandes genios era la que hacía la historia, no el proletariado o las clases sociales. Por defender mucho menos que eso, cientos de disidentes fueron considerados esquizofrénicos en Serbsky y enviados a manicomios para que los trataran con descargas eléctricas. ¿Quién merecía el cielo? ¿Quién merecía el infierno? ¿Quién había perdido la cabeza?

El cielo y el infierno sobre la tierra. Moscú albergó, a pocos kilómetros de distancia  y durante años, el panteón donde se coleccionaban y estudiaban decenas de cerebros de mentes ejemplares como las de Lenin, Gorki o Pavlov, y la institución psiquiátrica donde se analizaban y reprimían, con minuciosa crueldad, las mentes supuestamente enfermas de los disidentes. Stalin era el señor de estos dos mundos y él decidía a quién correspondía la gloria y a quién el tormento.
Esta es la historia de este ‘cielo’ con nubes de formol. Lo llamaron Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú y abrió sus puertas en noviembre de 1928 con la intención de determinar que Lenin era un ser excepcional, la encarnación del superhombre socialista. La genialidad, según creían muchos científicos entonces, podía observarse en la estructura física del cerebro y, por eso mismo, analizaron el de Lenin. Lo acompañaron poco después, en sendas urnas, los de decenas de intelectuales, héroes militares o insignes hombres de ciencia a quienes se les habían vaciado los cráneos cuidadosamente durante los cien años anteriores.

Stalin necesitaba pensar que él era uno de ellos y estaba convencido de que el destino de estos seres fabulosos era liderar la Unión Soviética hacia el comunismo a pesar de la ignorancia y resistencia de parte de las masas y de la oposición de los que consideraba marginados y enfermos mentales


Al frente del instituto pusieron a la autoridad académica de moda, el alemán Oskar Vogt. Stalin no se fiaba totalmente de él, pero, en 1928, todavía no había logrado su poder absoluto y, como recuerda Paul Gregory en su libro Lenin’s Brain and Other Tales from the Secret Soviet Archives, no le gustaba nada la idea de que un extranjero fuera el encargado de algo tan sensible y con tantas posibilidades de convertirse en arma propagandística: tragó porque ansiaba su credibilidad.
Tampoco le divertía que Vogt mencionase en la misma conferencia pública el cerebro de Lenin y el de algunos criminales o que subrayase que tenía «un gran número de enormes células piramidales en el córtex», un rasgo que compartía con los disminuidos psíquicos, según los manuales alemanes de la época.
El motivo por el que a Stalin le molestaban los comentarios de Vogt era más complejo de lo que parece. Admiraba, como tantos otros en Rusia, a los hombres excepcionales que solo podían compararse con otros igual de excepcionales (por eso, durante las primeras décadas del instituto solo se estudiaban muestras de genios). Necesitaba pensar que él era uno de ellos (su cerebro fue a parar también a una urna con formol) y estaba convencido de que el destino de estos seres fabulosos era liderar la Unión Soviética hacia el comunismo a pesar de la ignorancia y resistencia de parte de las masas y de la oposición de los que consideraba marginados y enfermos mentales.
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Vogt tenía un rival ruso que tampoco le gustaba a Stalin y que hubiera sido el director y gestor natural del instituto de Moscú. Se llamaba Vladímir Bechterev y se presume que fue envenenado por orden del dictador después de que lo examinase médicamente, determinase que era un paranoico y se burlase de  su brazo izquierdo, deformado y mucho más corto que el derecho por culpa de un atropello cuando era niño.
Todos sus defectos físicos, también las marcas de viruela en la cara o su relativamente baja estatura, se ocultaban o escondían en unas fotografías oficiales que debían manipularse sistemáticamente. Ni siquiera lo conocemos hoy por su identidad verdadera: ‘Stalin’ es una palabra que sugiere la fortaleza del acero en ruso y su auténtico apellido, del que se avergonzaba, era georgiano.
 

Os mataré si no creéis en mí

Un aliado clave de Stalin, Nikolái Bujarin, confirmó que la paranoia del líder era extrema y que no solo desconfiaba de forma enfermiza de los demás, sino también de sí mismo. Marina Staal sugiere en Psychopathology of Joseph Stalin que el dictador impuso un culto a su personalidad entre la población, en parte porque, entre otras razones, necesitaba que otros le hicieran creer con su devoción lo que él no era capaz de creer sobre sí mismo.
Las borracheras le ayudaban también a mitigar sus tremendas inseguridades y sus depresiones. Poco tiempo después de fallecer, el instituto de Moscú recibió su cerebro con la sagrada misión de determinar que era el de un genio: el sanguinario líder imploraba, incluso después de su muerte, que los científicos certificasen sus capacidades. Estaba llamando a las puertas del cielo que él mismo había creado.

Al igual que en el Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú se buscaba ansiosamente un rasgo físico que permitiera identificar a las mentes brillantes, en el Serbsky se buscaba ansiosamente un rasgo que distinguiera, con toda la objetividad de la ciencia, la enfermedad mental de los disidentes


A pocos kilómetros de allí, se encontraba el infierno que no creó directamente, pero que sí convirtió en un centro psiquiátrico forense que se utilizó, entre otras cosas, para examinar y catalogar como enfermos a los disidentes que luego enviaban a unos manicomios donde se les sometía a terapias de pesadilla. El Instituto Serbsky, fundado en 1921, empezó a analizar a opositores en los años 30, pero esta práctica no se hizo sistemática hasta que el doctor Dannil Lunts asumió en 1948 la jefatura del departamento político del centro.
Al igual que en el Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú se buscaba ansiosamente un rasgo físico que permitiera identificar a las mentes brillantes, en el Serbsky se buscaba ansiosamente un rasgo que distinguiera, con toda la objetividad de la ciencia, la enfermedad mental de los disidentes. Los primeros estaban convencidos (tenían la obligación de convencerse) de que las muestras de cerebros correspondían a unos seres excepcionales cuya superioridad quedaría revelada bajo el microscopio. Los segundos también veían claramente que los que negaban la propaganda oficial sobre el mejor sistema político de la Tierra debían ser unos dementes bien por querer enfrentarse a una brutal represión para defender su libertad, bien por creer en una realidad inaceptable. Unos y otros solo tenían que encontrar la pieza que faltaba en el puzle.  No podía ser tan difícil.
Los científicos del Serbsky tuvieron algo más de suerte. Andréi Snezhnevsky, que en los años 50 fue su director y, gracias a Stalin y a sus sucesores, también fue durante décadas el sumo sacerdote de la psiquiatría soviética, ‘descubrió’ en los 60 una enfermedad que denominó «esquizofrenia lenta». Según un análisis del Parlamento Europeo, Psychiatry as a tool for coerción in post-Soviet countries, ese mal lo sufrían personas que «se creían reformistas», «luchaban por la verdad», mostraban una sospechosa «perseverancia» o eran «excesivamente religiosas». Estos síntomas, según aquellos expertos, coincidían con los de algunas neurosis y eran muchas veces propios de paranoicos que, aun siendo capaces de actuar con normalidad en muchos ámbitos de sus vidas, exageraban su propia importancia y apoyaban ideas grandiosas para reformar la sociedad.
 

El niño débil es el adulto implacable

Un paranoico extremo como Stalin ayudó a convertir un centro de investigación psiquiátrica en una institución que diagnosticaba esquizofrenia y paranoia a todos los que se le oponían. No le bastaba con imponer su voluntad arbitrariamente: necesitaba, una vez más, que otros creyeran en su capacidad para separar a los sanos de los enfermos, a los genios del ignorante vulgo y, sobre todo, al gran y omnipotente líder Iósif Stalin de ese miserable niño georgiano, Iósif Dzhugashvili, que tenía un brazo deforme y más corto después de que lo atropellara un carruaje, que tuvo que ir al seminario porque no podía trabajar en una fábrica y ayudar a su paupérrima familia como los demás (era hijo único) y que perdió a su padre, probablemente alcohólico y violento, en una supuesta pelea de bar. Su pasado fue más fuerte de lo que él sospechaba y quizás por eso el joven seminarista, alcohólico y violento, creó su particular versión del cielo y el infierno.

Myasnikov necesitaba pensar que el responsable del horror, los asesinatos masivos, las familias destrozadas y las sangrantes torturas estaba enfermo exactamente igual que el mismo Stalin había necesitado imaginar que era un genio o que su sociedad lo quería


Aunque buscaron, los miembros del Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú no encontraron en la cabeza de Iósif Dzhugashvili ningún rastro que identificase a un ser excepcional y tampoco en las de los otros. Lo que sí creyó encontrar Alexander Myasnikov, un médico que lo trató en sus últimos días y que estuvo presente durante la autopsia, fue una posible explicación para su suprema crueldad, su odio y su paranoia: las arterias de su cerebro se habían endurecido y eso había extremado al límite algunos rasgos negativos de su personalidad.
Myasnikov necesitaba pensar que el responsable del horror, los asesinatos masivos, las familias destrozadas y las sangrantes torturas estaba enfermo exactamente igual que el mismo Stalin había necesitado imaginar que era un genio o que su sociedad lo quería. Las alternativas eran mirarse en el espejo y ver a Iósif Dzhugashvili, o mirarse como hombre en el espejo y reconocer el mal que somos capaces de hacer, voluntaria y conscientemente, a otros hombres. Nadie quiere mirarse en ese espejo.
Iósif Stalin impuso absoluto secreto sobre las actividades del Instituto de Investigación del Cerebro de Moscú que estaban relacionadas con las grandes mentes, algo que sus sucesores mantuvieron porque contradecían totalmente los principios más elementales de Marx. Estaban asumiendo que una élite de grandes genios era la que hacía la historia, no el proletariado o las clases sociales. Por defender mucho menos que eso, cientos de disidentes fueron considerados esquizofrénicos en Serbsky y enviados a manicomios para que los trataran con descargas eléctricas. ¿Quién merecía el cielo? ¿Quién merecía el infierno? ¿Quién había perdido la cabeza?

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