11 de diciembre 2014    /   IDEAS
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El museo de los cuadros secretos

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Si la biblioteca de Boston quisiera, podría poner a un hombre en una sala de paredes lisas con 500 libros cerrados en el suelo y decirle que se encuentra en una de las salas de exposición de obras pictóricas más nutrida del mundo. Y no estarían mintiendo. Aunque el hombre solo podría ver libros cerrados.
El fore-edge es una técnica creada en el florecimiento europeo que consiste en pintar mínimas franjas en los bordes de la página de un libro por su parte delantera. El canto de cada hoja es dorado, lo que se ve cuando el libro se cierra. «Si el hombre inclinase ligeramente el abanico de páginas, se daría cuenta de que realmente está en una exposición de cuadros», asegura el centro.
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Según la institución estadounidense, «la técnica comenzó cuando en el siglo XVI un artista veneciano llamado Cesare Vecellio pensó que sería bello realizar pinturas directamente en el canto de las hojas de los libros». Sin embargo, no le pareció lo suficientemente impresionante el método a un contemporáneo británico de Vecellio llamado Samuel Mearne. «Este encuadernador de la Familia Real quiso que las ilustraciones quedaran ocultas» hasta que alguien manipulase, aunque fuera levemente, la verticalidad de las páginas del libro. A sus majestades se las presentó con el nombre de «las pinturas que desaparecen».
Paisajes campestres, escenas arquitectónicas, cacerías, batallas navales, partidas de ajedrez, pasajes bíblicos, vistas de ciudades, representaciones exóticas de oriente y hasta escenas eróticas iban siendo descubiertas por lectores de todo el mundo que, debajo del oro, descubrían una obra de arte al presionar en borde de algunos de los tomos clásicos que llegaban a sus manos. El mayor auge del fore-edge se vivió durante el siglo XIX.
Gracias a algunos de esos buscadores empedernidos de encuadernaciones con cuadro, como Albert H. Wiggin y Anne y David Bromer, la Biblioteca Pública de Boston se adueñó de la segunda de las colecciones de este arte más importante del mundo, con 258 ejemplares, y tras años de empolve de estantería, hace un par de ellos que decidieron que era hora de inclinar los libros de Wiggin y Bromer un poquito y documentar en fotos las obras secretas para colgarlas en abierto. Falta que se animen a hacer lo propio el College of William and Mary’s y la Biblioteca Mary’s Earl Gregg Swem, en Reino Unido, poseedoras de una colección de 709 ejemplares. Y la Universidad de Iowa tampoco se queda atrás en sus posesiones de obras ocultas.
Existen modalidades en el trabajo, desde el pintado por ambas caras, hasta el pintado por los tres cantos. La próxima vez que tenga entre sus manos una obra de Julio Verne, una novela de Sherlock Holmes o un tomo firmado por Dickens cerrado, antes de abrirlo de golpe debe usted pellizcar un poquito sus páginas. Puede que allí haya una misteriosa «pintura que desaparece».

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Si la biblioteca de Boston quisiera, podría poner a un hombre en una sala de paredes lisas con 500 libros cerrados en el suelo y decirle que se encuentra en una de las salas de exposición de obras pictóricas más nutrida del mundo. Y no estarían mintiendo. Aunque el hombre solo podría ver libros cerrados.
El fore-edge es una técnica creada en el florecimiento europeo que consiste en pintar mínimas franjas en los bordes de la página de un libro por su parte delantera. El canto de cada hoja es dorado, lo que se ve cuando el libro se cierra. «Si el hombre inclinase ligeramente el abanico de páginas, se daría cuenta de que realmente está en una exposición de cuadros», asegura el centro.
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Según la institución estadounidense, «la técnica comenzó cuando en el siglo XVI un artista veneciano llamado Cesare Vecellio pensó que sería bello realizar pinturas directamente en el canto de las hojas de los libros». Sin embargo, no le pareció lo suficientemente impresionante el método a un contemporáneo británico de Vecellio llamado Samuel Mearne. «Este encuadernador de la Familia Real quiso que las ilustraciones quedaran ocultas» hasta que alguien manipulase, aunque fuera levemente, la verticalidad de las páginas del libro. A sus majestades se las presentó con el nombre de «las pinturas que desaparecen».
Paisajes campestres, escenas arquitectónicas, cacerías, batallas navales, partidas de ajedrez, pasajes bíblicos, vistas de ciudades, representaciones exóticas de oriente y hasta escenas eróticas iban siendo descubiertas por lectores de todo el mundo que, debajo del oro, descubrían una obra de arte al presionar en borde de algunos de los tomos clásicos que llegaban a sus manos. El mayor auge del fore-edge se vivió durante el siglo XIX.
Gracias a algunos de esos buscadores empedernidos de encuadernaciones con cuadro, como Albert H. Wiggin y Anne y David Bromer, la Biblioteca Pública de Boston se adueñó de la segunda de las colecciones de este arte más importante del mundo, con 258 ejemplares, y tras años de empolve de estantería, hace un par de ellos que decidieron que era hora de inclinar los libros de Wiggin y Bromer un poquito y documentar en fotos las obras secretas para colgarlas en abierto. Falta que se animen a hacer lo propio el College of William and Mary’s y la Biblioteca Mary’s Earl Gregg Swem, en Reino Unido, poseedoras de una colección de 709 ejemplares. Y la Universidad de Iowa tampoco se queda atrás en sus posesiones de obras ocultas.
Existen modalidades en el trabajo, desde el pintado por ambas caras, hasta el pintado por los tres cantos. La próxima vez que tenga entre sus manos una obra de Julio Verne, una novela de Sherlock Holmes o un tomo firmado por Dickens cerrado, antes de abrirlo de golpe debe usted pellizcar un poquito sus páginas. Puede que allí haya una misteriosa «pintura que desaparece».

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