5 de marzo 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Armarse la de Dios es Cristo

5 de marzo 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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De estas hemos visualizado todos más de una. Porque no son peleas sangrientas, de esas tipo Mazinguer Z, ya sabéis: «puños fuera». No llega en ellas la sangre al río, aunque el ruido que generan parezca presagiarlo. Por decirlo claro, sería una pelea tipo Sálvame, con Belén Esteban de moderadora.

Esta expresión se usa para hablar de broncas colosales en las que todos gritan y nadie se entiende. Estamos muy acostumbrados a verlas en reuniones de vecinos, cenas de Navidad o programas de debate sobre temas tan sesudos como si las bragas de Fulanita de Tal son o no son de mercadillo.

Algo así debió ser lo que ocurrió en el primer concilio ecuménico de Nicea, evento que dio lugar al dicho de esta semana. Tuvo lugar allá por el año 325 y fue organizado por el emperador Constantino I el Grande por consejo de su asesor religioso, el obispo Osorio de Córdoba.

Constantino simpatizaba con los cristianos y bajo su mandato autorizó a estos a reunirse abiertamente y a profesar su religión sin temor a represalias. Pero ocurría que andaban los seguidores de Cristo muy dispersos y muy a lo suyo, sin que llegaran a ponerse de acuerdo en cosas como si Jesús era o no era Dios. Así que el buen Constantino consiguió reunir a unos cuantos en Nicea, entre los que acuden el principal defensor de que Cristo no era divino, el presbítero Arrio, y los que defendían la doble naturaleza divina y humana del hijo de Dios, como Alejandro de Alejandría (nombre original como pocos, vive Dios).

Tan píos señores serían muy cristianos, nadie lo pone en duda, pero también bastante ordinarios si juzgamos por los gritos que allí debieron producirse. Así que entre santos berridos y desgañites, el concilio dio como resultado la proclamación como hereje de Arrio y sus amigos y la introducción en el Credo católico de eso que decía, hablando de Jesucristo: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre…» Qué creyente, pensaréis alguno. No, simple presunción. Que se note que estudié en un colegio de monjas, que si bien no me acercó mucho a la religión, me ha dado una cultura general en materia católica impresionante, como ha quedado demostrado aquí.

Esta sería la tesis mayoritaria. Sbarbi, sin embargo, cree que «armarse la de Dios es Cristo» tuvo su origen en el canguelo que les entró a los judíos que mataron a Jesús ante tanto temblor de tierra y tanto relámpago furibundo que se produjo en el Calvario, en el mismo momento en que el nazareno expiraba. Entonces, y solo entonces, más de uno se convenció de que el asesinado no era otro más que el Hijo de Dios y es muy probable que gritara lo de «Dios es Cristo» con tal de no ser tragado por la tierra.

Ni Covarrubias ni Correas citan esta frase, nos dice José María Iribarren. Como mucho, Correas sí habla de la expresión: «A lo de Dios es Cristo. Como a lo rufo y fanfarrón». Queriendo decir rufo «a lo rufián, por el vestido y el semblante que uno lleva con desgarro». O sea, nada que ver.

De estas hemos visualizado todos más de una. Porque no son peleas sangrientas, de esas tipo Mazinguer Z, ya sabéis: «puños fuera». No llega en ellas la sangre al río, aunque el ruido que generan parezca presagiarlo. Por decirlo claro, sería una pelea tipo Sálvame, con Belén Esteban de moderadora.

Esta expresión se usa para hablar de broncas colosales en las que todos gritan y nadie se entiende. Estamos muy acostumbrados a verlas en reuniones de vecinos, cenas de Navidad o programas de debate sobre temas tan sesudos como si las bragas de Fulanita de Tal son o no son de mercadillo.

Algo así debió ser lo que ocurrió en el primer concilio ecuménico de Nicea, evento que dio lugar al dicho de esta semana. Tuvo lugar allá por el año 325 y fue organizado por el emperador Constantino I el Grande por consejo de su asesor religioso, el obispo Osorio de Córdoba.

Constantino simpatizaba con los cristianos y bajo su mandato autorizó a estos a reunirse abiertamente y a profesar su religión sin temor a represalias. Pero ocurría que andaban los seguidores de Cristo muy dispersos y muy a lo suyo, sin que llegaran a ponerse de acuerdo en cosas como si Jesús era o no era Dios. Así que el buen Constantino consiguió reunir a unos cuantos en Nicea, entre los que acuden el principal defensor de que Cristo no era divino, el presbítero Arrio, y los que defendían la doble naturaleza divina y humana del hijo de Dios, como Alejandro de Alejandría (nombre original como pocos, vive Dios).

Tan píos señores serían muy cristianos, nadie lo pone en duda, pero también bastante ordinarios si juzgamos por los gritos que allí debieron producirse. Así que entre santos berridos y desgañites, el concilio dio como resultado la proclamación como hereje de Arrio y sus amigos y la introducción en el Credo católico de eso que decía, hablando de Jesucristo: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre…» Qué creyente, pensaréis alguno. No, simple presunción. Que se note que estudié en un colegio de monjas, que si bien no me acercó mucho a la religión, me ha dado una cultura general en materia católica impresionante, como ha quedado demostrado aquí.

Esta sería la tesis mayoritaria. Sbarbi, sin embargo, cree que «armarse la de Dios es Cristo» tuvo su origen en el canguelo que les entró a los judíos que mataron a Jesús ante tanto temblor de tierra y tanto relámpago furibundo que se produjo en el Calvario, en el mismo momento en que el nazareno expiraba. Entonces, y solo entonces, más de uno se convenció de que el asesinado no era otro más que el Hijo de Dios y es muy probable que gritara lo de «Dios es Cristo» con tal de no ser tragado por la tierra.

Ni Covarrubias ni Correas citan esta frase, nos dice José María Iribarren. Como mucho, Correas sí habla de la expresión: «A lo de Dios es Cristo. Como a lo rufo y fanfarrón». Queriendo decir rufo «a lo rufián, por el vestido y el semblante que uno lleva con desgarro». O sea, nada que ver.

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