10 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Matar el gusanillo

10 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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A juzgar por el ruido que hace nuestro estómago cuando llega esa hora tonta a media mañana, más que un gusanillo parece que tengamos dentro un tiranosaurio rex cabreado como una mona. Lo sorprendente es que cuando nuestros abuelos hablaban de acabar con ese invertebrado estomacal no se estaban refiriendo a ingerir sólidos, precisamente.


Nosotros nos acordamos del gusanillo y la necesidad de acabar con él cuando sentimos hambre entre horas. Pero no siempre ha sido así, sino que antes se hablaba de «matar al gusanillo» cuando se tomaba una copa de licor –mejor aguardiente- o vino como desayuno para matar las lombricillas y otros parásitos de los intestinos. Lo que viene siendo «medicina tradicional», vamos.

La creencia popular establecía que en nuestro estómago habitaba el «gusanillo del hambre», que provoca ruiditos y esa sensación de cosquilleo y vacío estomacal cuando nos pide de comer. Y para calmarlo, qué mejor que una copa de orujo para desayunar, que si no lo mata, al menos lo emborracha y atonta durante un buen rato. Al gusano y al portador, claro está. Pero esos son los pequeños efectos secundarios del remedio. No hay que ponerse exquisito.

Otro falso mito era el que aseguraba que lo que teníamos en nuestro interior no era un gusanillo exactamente, sino un «pedazo gusanote» (llamémosle tenia o solitaria) que se zampaba con total impunidad todo el alimento que nuestro estómago contenía, especialmente mientras dormíamos. Por esta razón, decían, nos levantamos con hambre. Así que convenía dormir a la bestia con un copazo de licor antes de la leche y el café.

Para darle credibilidad científica al asunto del gusano había incluso artículos en revistas de la época que intentaban dar una explicación histórica de por qué era conveniente ingerir vino y pan en el desayuno. Una de estas revistas era Alrededor del Mundo, que en su número del 23 de junio de 1904 se cuenta el caso de la esposa del magistrado francés La Vernarde, que falleció de repente en julio de 1519. Y al hacerle la autopsia se vio que había muerto porque un gusano le había perforado el corazón. «Se aplicó sobre el gusano un trozo de miga de pan empapado en vino y el animalito murió inmediatamente. De donde se sigue que es conveniente tomar pan y vino por la mañana, al menos en época peligrosa, para no pillar el gusano». No lo he leído yo, sino José María Iribarren, y así nos lo cuenta en El porqué de los dichos.

Incluso hay quien atribuye al mismísimo Pasteur la afirmación de que el hombre genera parásitos mortales en la saliva cuando está en ayunas, que pueden causarle la muerte; peligro que desaparece cuando el individuo ingiere algo de alimento, ya que este arrastra al estómago al vil bichejo condenándolo a muerte por jugo gástrico.

Se mire por donde se mire, la metáfora del gusano en el estómago cuando sentimos apetito no deja de ser curiosa y divertida. Ahora, como justificación del alcoholismo pierde toda la gracia, la verdad. ¡Menos mal que alguien inventó el pincho de tortilla para calmar el hambre mañanera! Y hablando de pinchos… voy a ver qué hay en la nevera, que para eso trabajo desde casa.

A juzgar por el ruido que hace nuestro estómago cuando llega esa hora tonta a media mañana, más que un gusanillo parece que tengamos dentro un tiranosaurio rex cabreado como una mona. Lo sorprendente es que cuando nuestros abuelos hablaban de acabar con ese invertebrado estomacal no se estaban refiriendo a ingerir sólidos, precisamente.


Nosotros nos acordamos del gusanillo y la necesidad de acabar con él cuando sentimos hambre entre horas. Pero no siempre ha sido así, sino que antes se hablaba de «matar al gusanillo» cuando se tomaba una copa de licor –mejor aguardiente- o vino como desayuno para matar las lombricillas y otros parásitos de los intestinos. Lo que viene siendo «medicina tradicional», vamos.

La creencia popular establecía que en nuestro estómago habitaba el «gusanillo del hambre», que provoca ruiditos y esa sensación de cosquilleo y vacío estomacal cuando nos pide de comer. Y para calmarlo, qué mejor que una copa de orujo para desayunar, que si no lo mata, al menos lo emborracha y atonta durante un buen rato. Al gusano y al portador, claro está. Pero esos son los pequeños efectos secundarios del remedio. No hay que ponerse exquisito.

Otro falso mito era el que aseguraba que lo que teníamos en nuestro interior no era un gusanillo exactamente, sino un «pedazo gusanote» (llamémosle tenia o solitaria) que se zampaba con total impunidad todo el alimento que nuestro estómago contenía, especialmente mientras dormíamos. Por esta razón, decían, nos levantamos con hambre. Así que convenía dormir a la bestia con un copazo de licor antes de la leche y el café.

Para darle credibilidad científica al asunto del gusano había incluso artículos en revistas de la época que intentaban dar una explicación histórica de por qué era conveniente ingerir vino y pan en el desayuno. Una de estas revistas era Alrededor del Mundo, que en su número del 23 de junio de 1904 se cuenta el caso de la esposa del magistrado francés La Vernarde, que falleció de repente en julio de 1519. Y al hacerle la autopsia se vio que había muerto porque un gusano le había perforado el corazón. «Se aplicó sobre el gusano un trozo de miga de pan empapado en vino y el animalito murió inmediatamente. De donde se sigue que es conveniente tomar pan y vino por la mañana, al menos en época peligrosa, para no pillar el gusano». No lo he leído yo, sino José María Iribarren, y así nos lo cuenta en El porqué de los dichos.

Incluso hay quien atribuye al mismísimo Pasteur la afirmación de que el hombre genera parásitos mortales en la saliva cuando está en ayunas, que pueden causarle la muerte; peligro que desaparece cuando el individuo ingiere algo de alimento, ya que este arrastra al estómago al vil bichejo condenándolo a muerte por jugo gástrico.

Se mire por donde se mire, la metáfora del gusano en el estómago cuando sentimos apetito no deja de ser curiosa y divertida. Ahora, como justificación del alcoholismo pierde toda la gracia, la verdad. ¡Menos mal que alguien inventó el pincho de tortilla para calmar el hambre mañanera! Y hablando de pinchos… voy a ver qué hay en la nevera, que para eso trabajo desde casa.

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